Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 4.
El amanecer en el yermo no traía consigo el espectáculo dorado de los viejos mundos, sino el lento levantamiento de una cortina de gasa cenicienta. La luz, filtrada a través de capas de polvo radiactivo suspendidas en la estratosfera, bañaba el horizonte en un tono plomizo, frío y áspero que apenas templaba el aire antes de que el calor volviera a imponer su ley implacable.
Dentro de la cueva, el olor a ceniza fría y resina de pino se mezclaba con el aroma metálico y residual que Dayane aún conservaba en la piel, un eco persistente de su cápsula de escape. Despertó con los músculos agarrotados. Cada fibra de su cuerpo protestó cuando intentó incorporarse; el mes de aislamiento que le había prometido Marcus se antojaba ahora como una condena de plomo. Sin embargo, el aire fresco de la mañana que se filtraba desde el exterior traía una promesa distinta.
Lobo ya estaba despierto. De pie junto a la entrada, con el pesado poncho de cuero curtido oscilando levemente con la corriente matutina, ajustaba las tiras de sus botas de piel. Sobre su hombro derecho, la pequeña criatura escamosa —el camaleón mutado de tonos iridiscentes— se deslizaba perezosamente, cambiando su piel a un gris piedra que se confundía con la clavícula del cazador.
El hombre se giró lentamente. Sus ojos oscuros, fijos y analíticos, se posaron en Dayane, quien trataba de estirar las piernas sin soltar un gemido de dolor.
—Yo ir montaña sagrada —dijo Lobo, con su voz ronca y pausada, moldeando las palabras como si cada sílaba le costara un esfuerzo ancestral.
Dayane parpadeó, sacudiéndose el sueño de los ojos. La idea de moverse bajo aquel sol implacable le produjo un escalofrío de fatiga anticipada, pero la curiosidad, el motor incansable de su mente corporativa, pudo más que el cansancio. No quería quedarse encerrada en la penumbra de la caverna contando los segundos hasta el rescate.
—¿Puedo ir contigo? —preguntó ella, poniéndose en pie con torpeza y apoyándose contra la pared rocosa.
Lobo la estudió en silencio durante unos segundos interminables. Sus cejas tupidas se arquearon levemente antes de que un atisbo de aprobación cruzara la dureza de sus facciones.
Asintió. Un gesto seco, preciso.
Las siguientes horas fueron un suplicio cinético para Dayane. La caminata por la llanura no se parecía en nada a las rutinas controladas de los gimnasios de gravedad simulada en las estaciones orbitales o los paseos higiénicos por las cubiertas de cristal de las megaciudades. Aquí, cada paso era una negociación con la física implacable del suelo. La arena roja, fina y traicionera, se colaba por las rendijas de sus botas, quemando los calcetines y ampollando la piel. El sol ceniciento, aunque bloqueado parcialmente por el velo radiactivo, actuaba como una lupa invisible que deshidrataba la dermis a un ritmo alarmante.
A los pocos kilómetros, Dayane sentía que los pulmones le quemaban como si estuviera inhalando brasas. Su respiración se convirtió en un silbido rítmico y acelerado. Gotas de sudor espeso, mezcladas con el hollín residual de su piel, surcaban sus sienes, picándole los ojos y cayendo en un goteo incesante que le pegaba la camiseta térmica al torso. Las piernas le pesaban como vigas de hierro galvanizado; cada zancada requería un esfuerzo mental consciente para no desplomarse sobre las dunas de sal.
Lobo caminaba metros adelante con una soltura sobrenatural. Sus botas de suela gruesa pisaban la corteza salina con un ritmo constante, casi ceremonial, imperturbable ante la abrasión del viento caliente. No miraba atrás con impaciencia, pero medía el paso para mantenerla a la vista, demostrando una paciencia de depredador paciente.
Cuando finalmente la silueta de una formación rocosa colosal —la "montaña sagrada"— emergió de la bruma del yermo, recortándose contra el cielo plomizo como una muela desportajada, Dayane sentía que la garganta se le había convertido en lija. Se detuvo, apoyando las manos sobre sus rodillas, jadeando con la boca abierta mientras el corazón le latía desbocado en los oídos.
—Lobo... —graznó con la voz rota, apenas un hilo seco—. ¿Tienes agua? Se me... se me secó la garganta.
El cazador se detuvo y giró el torso. La miró con una neutralidad pétrea, observando el temblor leve en las manos de la mujer y sus labios cuarteados.
—Haber en lago—respondió Lobo, señalando con la barbilla hacia una profunda grieta en la base de la montaña, donde la sombra proyectada por los peñascos ofrecía un refugio visual contra el calor.
Dayane tragó saliva con dificultad, sintiendo el dolor del roce en la faringe. Pasó el dorso de la mano por su frente, retirando el sudor salado, y exhaló un suspiro de resignación mezclada con urgencia.
—Tendré que empezar a cargar mi cantimplora antes de salir —murmuró ella para sí misma, con un dejo de ironía cansada—. Allá arriba en las nubes nunca tenías que preocuparte por la deshidratación.
Lobo no respondió a sus palabras; simplemente dio media vuelta y continuó su marcha. Sus botas crujieron sobre los cantos rodados que alfombraban el acceso a la fisura. Dayane apretó los dientes, obligando a sus músculos entumecidos a responder, y lo siguió tambaleándose hasta adentrarse en la oscuridad de la montaña.
La transición térmica fue brutal. Del calor asfixiante del exterior pasaron de golpe a un frío mineral, denso y húmedo, que olía a piedra mojada, musgo fósil y minerales milenarios. La luz del día se desvanecía rápidamente a medida que avanzaban por el túnel natural, cuyas paredes rocosas mostraban estrías caprichosas esculpidas por el agua subterránea de eras pretéritas.
Al final del corredor, el espacio se abría en una caverna interior de techos vertiginosos, donde la penumbra era rota únicamente por un tenue haz de luz cenicienta que se filtraba por una grieta cenital. En el centro de aquel santuario silencioso, reflejando el fulgor plateado del rayo de luz, reposaba una poza de agua cristalina y quieta como un espejo de obsidiana.
A pocos pasos de la orilla de la poza, esculpida directamente sobre un bloque macizo de granito negro que emergía del suelo de la cueva, se alzaba una figura.
Era una estatua de tamaño natural. Representaba a un lobo en una postura de acecho primordial: el lomo encorvado, los belfos ligeramente retraídos en un rictus de ferocidad muda, y las orejas erguidas hacia adelante, capturando un sonido que solo los muertos podían escuchar. Los detalles del pelaje mineral, cincelados con una maestría áspera pero profundamente expresiva, parecían cobrar relieve bajo la luz cenital.
Dayane se detuvo junto a Lobo, conteniendo el aliento. Sus ojos corporativos, entrenados para descifrar tecnología punta, diseño industrial y algoritmos de precisión, se sintieron de pronto diminutos ante la fuerza telúrica de aquella obra esculpida a mano en las entrañas de la Tierra muerta.
—¿Qué... qué es eso? —preguntó Dayane en un susurro involuntario, como si temiera profanar el eco de la caverna.
Lobo se detuvo frente al pedestal de piedra. Su rostro, habitualmente una máscara de absoluta impenetrabilidad, adquirió una rigidez solemne. Inclinó ligeramente la cabeza hacia la escultura, en una muestra de respeto reverente.
—Espíritu —respondió el cazador. Su voz resonó grave, rebotando suavemente contra las paredes húmedas de la cueva.
Dayane lo miró de reojo, escrutando la expresión de sus ojos oscuros, donde brillaba una convicción inquebrantable que rozaba el fervor religioso. Frunció el ceño, intentando procesar el concepto a través de su lente estrictamente lógica.
—¿Un espíritu? —repitió ella, con un tono en el que la duda pugnaba por no convertirse en burla—. ¿Te refieres a una reliquia de los viejos cultos pre-éxodo?
Lobo giró la cabeza con lentitud, clavando sus ojos negros en los de ella con una intensidad que la hizo retroceder medio paso. No había ofensa en su mirada, solo una verdad absoluta, desprovista de metáforas.
—Yo ser elegido —dijo el hombre.
Dayane sintió un impulso irrefrenable de soltar una risa seca, un reflejo nervioso de su condicionamiento urbano y corporativo donde los "elegidos" solo existían en los manuales de marketing de las corporaciones interestelares o en las viejas leyendas archivadas en los servidores de la red. Abrió la boca para articular un comentario sarcástico, pero al mirar el rostro de Lobo —la absoluta solemnidad de sus pómulos cobrizos, la firmeza de su mandíbula y el brillo sordo y antiguo en sus pupilas— algo la detuvo en Seco. Por respeto a la mano que la había arrastrado fuera del infierno metálico, tragó el sarcasmo y guardó silencio.
—¿Dices que el espíritu del lobo te eligió? —preguntó ella finalmente, con un tono suavizado, midiendo cada palabra.
Lobo asintió con un movimiento imperceptible de la cabeza.
Sin apartar los ojos de la escultura de granito, el cazador dobló las rodillas con una agilidad felina y se arrodilló directamente sobre la piedra húmeda frente al pedestal. Juntó las palmas de sus manos callosas frente al pecho, cerrando los ojos en un silencio absoluto. El agua de la poza cercana goteaba con un compás metálico: ploc... ploc... ploc...
Dayane se quedó inmóvil, observándolo desde el borde de la poza, sintiendo el frío de la cueva calar a través de su camiseta térmica.
Y entonces, ocurrió.
En el preciso instante en que la respiración de Lobo pareció sincronizarse con el latido invisible de la caverna, el haz de luz cenicienta que caía desde la grieta superior pareció intensificarse. Un temblor sutil, una vibración imperceptible que no nacía de la tierra sino del aire mismo, recorrió la piel de Dayane.
Parpadeó con fuerza, creyendo que era una alucinación provocada por la fatiga extrema del recorrido y la deshidratación incipiente. Pero la visión se mantuvo, nítida y rotunda.
La estatua de granito negro comenzó a exhalar un brillo propio. Un resplandor plateado, frío y pulsante, brotó de las grietas de la piedra como si las venas ocultas del mineral estuvieran absorbiendo la luz del cenit para devolverla transformada. Las líneas del lomo del lobo esculpido destellaron con un fuego iridiscente, un fulgor espectral que se reflejó de inmediato en la superficie quieta de la poza de agua, multiplicando las ondas de luz en las paredes húmedas de la cueva.
Dayane dio un paso atrás, con el corazón apretado en el pecho, conteniendo un grito de asombro. Sus ojos se abrieron de par en par, contemplando cómo el rostro de piedra de la escultura parecía cobrar vida por una milésima de segundo, con los ojos de granito brillando con una inteligencia antigua y salvaje que desafiaba toda ley de la física corporativa.
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