Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 3.

 El frío seco de la piedra dejó paso al aire denso y ceniciento del exterior en cuanto Dayane cruzó el umbral de la cueva.

Avanzó con paso vacilante, apoyando la palma de la mano contra la pared rugosa de la caverna para estabilizarse. Los músculos de sus piernas, entumecidos por el largo letargo en el arnés de la cápsula y la posterior recuperación milagrosa, respondían con una lentitud pesada. Al llegar a la repisa de roca que servía como balcón natural, la inmensidad del yermo se abrió ante ella como un océano de muerte y silencio.

La llanura se extendía hasta donde alcanzaba la vista, un tapiz infinito de dunas de arena roja, salinas blanquecinas y esqueletos de formaciones rocosas que el viento había esculpido a lo largo de los siglos. El sol ceniciento, un disco opaco y desprovisto de brillo real, colgaba en un cielo de plOMO puro. No soplaba brisa. El calor del desierto no era un clima: era una presencia física, una losa invisible que oprimía el pecho y desecaba los labios al instante. En el horizonte lejano, donde las llanuras se fundían con la bruma radiactiva, los restos oxidados de un viaducto elevado o una antigua autopista industrial sobresalían como costillas rotas de un titán sepultado.

Sintió el crujido de la grava a su espalda. No necesitó volverse para saber que era él. Lobo se materializó junto a su flanco con esa gracia felina, silenciosa, que parecía desafiar la robustez de su complexión. Se detuvo a su lado, con el poncho de cuero curtido oscilando levemente con el aire caliente, y fijó sus ojos oscuros en el mismo punto del horizonte desolado.

Dayane se abrazó los brazos por encima de la camiseta térmica, sintiendo el contraste entre la sombra fresca de la roca y el fuego invisible del exterior. Su mente, habituada al ritmo vertiginoso de las megaciudades corporativas y al zumbido constante de los servidores orbitales, luchaba por procesar el vacío absoluto de aquel mundo.

Giró ligeramente el rostro para mirarlo. Las pequeñas cuentas de hueso y los hilos de cuero trenzados en su cabello negro tintineaban con un movimiento imperceptible.

—Lobo —murmuró ella, rompiendo la quietud con una voz que aún guardaba la aspereza del desierto—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí... solo?

El cazador no apartó la vista del horizonte. Sus labios permanecieron sellados durante varios segundos, como si sopesara el peso de las palabras antes de dejarlas escapar. Levantó la mano derecha con parsimonia, abriendo la palma gruesa y callosa, y extendió tres dedos.

Dayane frunció el ceño, intentando descifrar el gesto a través de los códigos temporales a los que estaba acostumbrada.

—¿Meses? —preguntó ella, con un hilo de incredulidad en la voz.

Lobo giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo, la atravesaron con una fijeza inquebrantable.

—Primaveras —dijo el hombre. Su voz resonó grave, áspera, con una cadencia áspera que parecía esculpida directamente en las rocas del cañón.

El término dejó a Dayane sin aire por un instante. Tres primaveras. Tres años enteros sobreviviendo solo.

—Y... ¿tu familia? —preguntó Dayane, con una delicadeza inusual en ella, temiendo cruzar un límite invisible en el código de aquel hombre primitivo.

Lobo exhaló un suspiro lento por la nariz. Su mandíbula se tensó, marcando con dureza los pómulos cobrizos bajo la piel curtida por el sol.

—Muerta —dijo Lobo.

La palabra cayó entre ambos con la contundencia de una piedra lanzada sobre un charco seco. No hubo temblor en su voz, ni un atisbo de autocompasión o quiebro emocional; solo la aceptación pétrea de una tragedia antigua, consumida por el tiempo y enterrada bajo el polvo del desierto.

Dayane lo miró fijamente. En esa única respuesta se condensaba todo el dolor del mundo que ella apenas comenzaba a comprender. Sintió un nudo apretarse en su garganta, una empatía sorda que brotaba desde lo más hondo de sus propias vivencias corporativas, donde la soledad solía ser emocional y no física. Alargó la mano con un impulso casi imperceptible, como si quisiera rozar su brazo cubierto de cicatrices, pero se detuvo a mitad del camino, conteniéndose.

—Lo siento —susurró ella.

El cazador no respondió al gesto. Apartó la mirada con sobriedad y volvió a enfocar el yermo. Dayane tragó saliva, sacudiéndose el peso de la atmósfera, y enderezó los hombros. Era momento de actuar. Sus recursos tácticos seguían activos en la memoria de su implante subdérmico; necesitaba establecer contacto con el exterior, averiguar si quedaba algún remanente de su red de transporte o si sus antiguos socios corporativos se habían olvidado de ella en el borde exterior del sistema.

—Voy a comunicarme —dijo Dayane con firmeza, señalando con la barbilla la dirección donde, más allá de la cresta de la duna, yacían los restos humeantes de su cápsula de escape.

Sin esperar confirmación, comenzó a descender por la pendiente de la roca. Lobo la siguió de cerca, abriéndole el paso entre las piedras sueltas con una protección instintiva. Al llegar al cráter, el olor acre a metal fundido, ozono y plástico quemado seguía impregnando el aire. La cápsula de acero negro descansaba inclinada sobre su costado, con la escotilla abierta como una boca metálica que exhalaba finos hilos de vapor blanco.

Dayane se introdujo en el interior bañado por la penumbra, arrodillándose sobre los paneles de control calcinados. Sus dedos, ágiles y precisos a pesar de la tensión, buscaron el panel de emergencia secundario protegido bajo una cubierta de titanio. Con un golpe seco, arrancó el pestillo y conectó los cables de cobre oxidado a su propio brazalete táctico. Una chispa azulada saltó, iluminando brevemente su rostro pálido y la melena roja como el fuego.

Un zumbido agudo, metálico y eléctrico comenzó a latir en el interior de la carcasa.

Tras ella, sintiendo el crujido de las botas sobre la chatarra, Lobo se asomó por la escotilla abierta. Sus ojos recorrieron con fascinación y recelo los circuitos parpadeantes, los hilos de fibra óptica expuestos y las pantallas holográficas rotas que proyectaban destellos morados sobre el polvo del suelo.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, observando el panel con una curiosidad primitiva que rara vez dejaba asomar en su rostro de piedra.

—¿Eso servir para hablar pueblo? —preguntó Lobo, señalando con la punta de su dedo calloso el conglomerado de cables y luces que parpadeaban en las manos de la mujer.

Dayane levantó la vista hacia él, con una ligera sonrisa de triunfo danzando en las comisuras de sus labios resecos.

—Sí —respondió ella, tecleando con rapidez una secuencia de códigos de cifrado orbital en el teclado táctil auxiliar—. Con esto puedo enviar una señal de largo alcance... hablar con gente que está muy, muy lejos de aquí. A miles de kilómetros, o incluso más allá de las nubes.

Lobo frunció el ceño, intentando procesar la magnitud de la afirmación. Para alguien cuyo universo se medía por la distancia que sus propias piernas podian recorrer entre un oasis y una cueva, la idea de hablar con alguien invisible a través del aire era algo que rozaba la magia o la locura.

—¿Y tú... cómo lo haces? —preguntó Dayane con genuina curiosidad, volviendo a concentrarse en la pantalla mientras la barra de transmisión comenzaba a cargar el búfer de enlace satelital—

Lobo la miró con absoluta naturalidad, enderezando su postura.

—Señales de humo —dijo el hombre con sencillez.

Dayane detuvo el movimiento de sus dedos sobre el teclado. Parpadeó un par de veces, procesando la respuesta, y luego dejó escapar una carcajada corta, incrédula pero cálida, que rompió por primera vez la tensión del ambiente metálico.

—¿Señales de humo? —repitió ella, mirándolo de hito en hito con una mezcla de asombro y ternura—. ¿En pleno año 200 años después del Exodo usas fuego y ramas húmedas?

Lobo no se inmutó ante la risa; mantuvo el rostro solemne, con una seriedad casi académica.

—fuego no mentir —respondió el cazador con firmeza—. Viento tampoco.

Dayane lo contempló en silencio, sintiendo una profunda fascinación por aquel hombre esculpido por la crudeza del yermo. Un superviviente nato que dominaba los secretos ancestrales de la Tierra muerta mientras ella dependía de códigos binarios y reliquias espaciales corporativas.

—Eres fascinante, Lobo —susurró ella con una sonrisa sincera en el rostro, negando levemente con la cabeza antes de volver su atención a la pantalla.

Un pitido agudo y constante resonó en el interior de la cápsula.

Enlace establecido. El logotipo verde de una antigua corporación de transporte interestelar parpadeó en el fragmento de pantalla que aún funcionaba. Dayane oprimió el botón de transmisión de audio, abriendo un canal directo con los nodos orbitales de baja altitud.

—Aquí ejecutiva Dayane Galaxar, registro corporativo cero-tres-nueve —dijo su voz, clara, firme y cortante en medio del mausoleo de hierro—. Solicitando protocolo de extracción de emergencia en sector septentrional, coordenadas cuarenta y cinco guion delta. ¿Me recibe alguien? Cambio.

El estática crepitó en el pequeño altavoz integrado de la consola durante largos y agonizantes segundos. El olor a ozono se intensificó. Lobo permaneció inmóvil junto a la escotilla, con los sentidos alerta, observando cada gesto de la mujer como si esperara que de esa caja brotara un enemigo invisible.

De pronto, la estática se rompió. Una voz masculina, distorsionada por la compresión atmosférica y los saltos cuánticos de la señal, flotó en el aire.

—¿...Dayane...? ¿Eres tú, jefa? Pensamos que la tormenta de radiación del sector norte te había desintegrado junto con el carguero. Aquí el equipo de ruta de la compañía de transportes del cuadrante oeste.

Dayane exhaló un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros enteros se desplomaron. El peso de la incertidumbre se desvaneció de golpe, reemplazado por la fría y reconfortante familiaridad de la red corporativa.

—Estoy viva, Marcus —respondió ella, presionando con más fuerza el comunicador—. La cápsula cayó en el desierto continental. Estoy ilesa, pero los sistemas de propulsión están totalmente calcinados. Necesito una extracción inmediata.

Del otro lado se escuchó un suspiro metálico, seguido del tecleo lejano de una terminal de navegación.

—Tranquila, Dayane —respondió la voz de Marcus a través del altavoz con tono pausado—. No te preocupes por el rescate. Justo ahora tengo una ruta de inspección programada sobre esa zona exacta. Pasaré a recogerte por ahí en un mes, cuando las tormentas de arena del equinoccio den una tregua en la meseta. Quédate en un lugar seguro y raciona el agua. Cambio y fuera.

La señal se cortó con un zumbido seco, dejando la pantalla en un parpadeo tenue y morado.

Dayane cerró los ojos por un segundo, asimilando la noticia. Un mes. Tendría que pasar un mes entero en aquel refugio de piedra, compartiendo la cotidianidad con un cazador del yermo en un mundo que ya no reconocía. Pero estaba viva, y había una fecha de salida.

Abrió los ojos con una sonrisa de alivio y se giró hacia la escotilla para darle la buena noticia a Lobo.

Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, un movimiento sutil e inesperado sobre el hombro izquierdo del cazador la hizo detenerse en seco.

De entre los pliegues ásperos del poncho de cuero curtido y la piel oscura del cuello del hombre, emergió lentamente una criatura pequeña y sinuosa. Tenía la piel cubierta de escamas diminutas y tornasoladas que cambiaban de tono con el reflejo de la luz cenicienta del desierto: un destello verde esmeralda que viraba con rapidez hacia un marrón terracota, mimetizándose a la perfección con los harapos del cazador. Giró independientemente sus dos ojos globulares de color ámbar, escrutando a Dayane con una curiosidad reptiliana, antes de exhalar un diminuto siseo y extender una larga y fina lengua bífida que rozó el lóbulo de la oreja de Lobo.

Dayane abrió los ojos de par en par, llevándose una mano al pecho por la sorpresa. Retrocedió medio paso dentro de la cápsula, señalando con el dedo índice al pequeño intruso.

—¡Espera, quieto! —exclamó ella en un susurro tenso—. Tienes... tienes un reptil en el hombro. ¿Qué es eso?

Lobo ni siquiera se sobresaltó. Giró ligeramente la cabeza hacia su propio hombro, permitiendo que la pequeña criatura le apoyara una de sus garras escamosas sobre la mejilla con total familiaridad. Un atisbo de suavidad, casi imperceptible, cruzó la dureza de sus facciones curtidas.

—Ser... mascuta —respondió el hombre con su voz ronca y pausada, mientras el animalito volvía a cambiar de color, tornándose de un gris ceniciento idéntico al de las rocas de la cueva.

Dayane lo miró con asombro, observando cómo el lagarto se acomodaba cómodamente sobre el cuello de Lobo como si fuera el lugar más seguro del planeta. 

—Y... ¿cómo se llama? —preguntó ella, dando un paso cauteloso hacia adelante para detallar mejor al pequeño camaleón mutado, cuyas escamas brillaban con un tinte iridiscente bajo la penumbra metálica.

Lobo la miró fijamente, con las cejas levemente fruncidas por la extrañeza de la pregunta, como si Dayane le estuviera pidiendo que tradujera un idioma olvidado de las estrellas.

—No tener... se llama —respondió el cazador con absoluta naturalidad, encogiéndose de hombros bajo el pesado poncho.

Dayane frunció el ceño, deteniéndose en seco. Su mente corporativa, habituada a la categorización milimétrica de cada ser, objeto y recurso, tropezó con aquella respuesta tan visceralmente simple. Inclinó la cabeza hacia un lado, incrédula.

—¿Quieres decir que no tiene nombre? —preguntó ella, buscando confirmar si había entendido bien la crudeza de su gramática tosca.

Lobo la sostuvo con la mirada durante unos segundos, mientras la criatura en su hombro parpadeaba perezosamente con sus ojos ámbar. El viento del desierto soplaba débilmente contra el metal retorcido de la cápsula, haciendo crujir las placas de acero en el exterior del cráter.

—Sí —dijo él con firmeza, sin añadir una sola palabra más, volviendo a girarse hacia la salida con la certeza absoluta de que las cosas, para tener valor en el yermo, no necesitaban un nombre que las encadenara al tiempo.

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