Dayane y el espíritu del lobo, capitulo 2.
El frío de la piedra no se sentía como una temperatura, sino como un peso denso, un aliento mineral que contrastaba brutalmente con el recuerdo sofocante del reingreso atmosférico.
Dayane volvió a la conciencia no con un parpadeo, sino con una marejada de sensaciones descoordinadas. El primer sentido en despertar fue el olfato: un olor penetrante a tierra húmeda, humo de madera seca, resina de pino quemada y algo que chisporroteaba con un siseo rítmico sobre brasas incandescentes. No había ozono. Tampoco el tufillo estéril y filtrado de los clasificadores de aire de su cápsula táctica, ni el tufo a lubricante sintético derretido.
El dolor en su abdomen, aquel zarpazo incandescente que recordaba haber visto manar sangre oscura contra el arnés de contención, había menguado a un palpitar sordo, lejano, como el eco de un golpe viejo.
Pestañeó con lentitud. Sus pestañas, pesadas por el hollín acumulado, se despegaron. La luz que la rodeaba no era la alarma morada y agonizante del fuselaje, sino un resplandor cálido, anaranjado y trémulo que danzaba sobre paredes de roca caliza rugosa. Las sombras bailaban en el techo alto de una cueva natural, alargándose y encogiéndose al ritmo del fuego central.
Intentó incorporarse, pero un calambre recorrió su espina dorsal. Soltó un gemido ahogado y llevó de inmediato la mano derecha hacia su costado. Esperaba encontrar la tela táctica desgarrada, el calor pegajoso de una hemorragia abierta o la rigidez de un parche médico de sellado rápido.
En su lugar, sus dedos enguantados —alguien le había quitado el traje superior, dejándola solo con la camiseta térmica interna— tocaron piel desnuda. Piel suave. Fiel.
Dayane frunció el ceño. Deslizó la yema de los dedos por la curva de su talle. Su piel estaba limpia, sin rastros de la sangre espesa que recordaba. Donde debía haber una laceración profunda y devastadora causada por la metralla del impacto, solo encontró una superficie firme. Pasó los dedos con mayor presión, incrédula. Se levantó levemente la tela de la camiseta térmica y acercó el torso a la luz del fuego.
Solo había cicatrices.
No eran suturas recientes ni heridas en proceso de cierre. Eran marcas rosadas y pálidas, líneas finas y sinuosas que parecían llevar años grabadas en su carne. Tejido cicatrizal perfectamente curado, antiguo, como si la herida letal de hacía unas horas hubiese ocurrido en otra vida o perteneciera a otra persona. La piel estaba fría al tacto, pero intacta.
—Imposible... —murmuró. Su voz no fue más que un graznido rasposo, seco como la ceniza del desierto.
—Despertar —dijo una voz.
El sonido no vino de la entrada de la cueva, sino de un rincón en penumbra, a la derecha del riachuelo subterráneo que cruzaba el suelo de piedra.
Dayane se tensó al instante. Su instinto de supervivencia, moldeado por años en el mando corporativo y táctico, la hizo buscar una posición defensiva. Intentó ponerse en pie, pero sus piernas reaccionaron con la torpeza de un autómata sin energía. Se apoyó contra el lecho de pieles de animal curtidas sobre el que había estado tendida, respirando agitadamente.
De la penumbra surgió una figura.
Era el mismo hombre que la había arrastrado fuera del infierno de metal. A la luz del fuego, su aspecto era imponente y ancestral. Tenía la tez cobriza, esculpida por el sol implacable y el viento del yermo en ángulos rectos y pómulos prominentes. Su cabello, negro como el azabache y lacio, le caía a los lados del rostro en dos trenzas tejidas con hilos de cuero y pequeñas cuentas de hueso. Llevaba el torso cubierto por un chaleco de piel gruesa sin mangas, revelando unos brazos musculosos y fibrosos surcados por venas marcadas y cicatrices cruzadas. Sus ojos, oscuros como el carbón, la observaban con una fijeza serena, sin rastro de hostilidad, pero con una atención depredadora y analítica.
Paseó la mirada sobre ella, bajando hacia su abdomen cicatrizado y luego a su rostro pálido coronado por la melena roja como fuego.
El hombre dio un paso al frente. Sus botas de piel amortiguaban el ruido contra el suelo de roca. Se señaló a sí mismo con el pulgar en el pecho, en un gesto directo, casi primario.
—Yo ser Lobo —dijo. Su voz era grave, gutural, golpeando las sílabas con una pronunciación tosca, como si las palabras fuesen piedras que moldeaba en la boca antes de dejarlas caer.
Dayane se pasó una mano por la frente, apartándose un mechón de cabello rojizo que le tapaba la visión. El dolor de cabeza latía detrás de sus ojos, pero la presencia de aquel sujeto no le transmitía un peligro inminente. Había algo en su postura, una especie de código tribal no escrito, que le decía que estaba a salvo... por ahora.
—Dayane —respondió ella, tragando saliva para aliviar la aridez de su garganta—. Me llamo Dayane.
El hombre repitió el sonido en un susurro casi inaudible, paladeándolo:
—Da-ya-ne.
Lobo inclinó levemente la cabeza, estudiando la sonoridad del nombre como si buscase un significado en la naturaleza. Luego, sin añadir nada más, se giró hacia la fogata. Cerca del fuego había una escudilla de barro cocido a mano, basta y desigual, apoyada sobre una piedra plana. Con un trozo de tela gruesa para no quemarse, tomó el recipiente y regresó hacia el lecho de pieles.
Se agachó frente a ella con la agilidad de un felino, apoyando una rodilla en el suelo. Extendió el plato de barro hacia la mujer.
Un vapor denso y fragante ascendió entre ambos. El olor golpeó a Dayane con la fuerza de un impacto: era una mezcla de carne tostada, grasa jugosa, hierbas silvestres con un toque amargo y la leña de encino donde se había cocinado. Su estómago, vacío tras la travesía y la regeneración acelerada de su cuerpo, emitió un rugido involuntario y estridente que resonó en las paredes de la cueva.
Lobo dejó escapar un resoplido corto por la nariz, lo más cercano a una sonrisa que su rostro de piedra podía permitir. Dejó el plato sobre las pieles, justo al alcance de la mujer.
Dayane miró la comida. Eran trozos de carne oscura, dorada en las orillas, ensartados en pequeños palos de madera pulida y bañados en una reducción de su propio jugo mezclado con hojas trituradas de algún matorral del desierto.
—¿De qué es esto? —preguntó ella, levantando la vista para fijarla en los ojos oscuros del hombre.
Lobo la miró. Sus cejas tupidas se juntaron levemente en el centro. No respondió. Simplemente la observó con la cabeza inclinada, con la misma expresión con la que un sabio mira un grabado indescifrable.
Dayane suspiró, señalando la escudilla con un gesto de la mano.
—La comida —aclaró, hablando despacio—. ¿Qué tipo de carne es?
Lobo pareció comprender la última palabra. Parpadeó una sola vez, dirigió la mirada al plato y luego volvió a mirar a Dayane.
—Conejo —respondió seco.
Sin más explicaciones, el hombre se cruzó de piernas en el suelo, a un metro de ella, y sacó un cuchillo de hueso pulido con el que comenzó a limpiar sus uñas, despreocupado.
Dayane no esperó más. La cautela se vio doblegada por un hambre voraz. Tomó uno de los trozos de carne con los dedos, ignorando la grasa tibia que le manchó las yemas, y se lo llevó a la boca.
Mordió.
La capa exterior estaba crujiente, sellada a la perfección por el fuego directo, mientras que el interior era suave, jugoso y desprendía un sabor profundo, silvestre, condimentado de forma natural por la sal de las dunas y el amargor especiado de las hierbas. No había conservantes sintéticos. No había texturizantes de laboratorio, ni el sabor metálilco de las raciones de supervivencia, ni la perfección insípida de los platillos hiperfiltrados que se servían en las altas esferas de la civilización de la que provenía.
Era sabor puro. Brutal. Vivo.
Cerró los ojos, disfrutando del bocado mientras masticaba lentamente. Una extraña calidez le recorrió el pecho, un deleite que no experimentaba desde hacía años.
—Es... es lo más delicioso que he probado en mi vida —dijo Dayane al tragar, con la sorpresa dibujada en el rostro—. Y créeme, eso dice mucho. Soy la dueña de una cadena de restaurantes.
Lobo detuvo el movimiento del cuchillo de hueso. Se quedó inmóvil, con la hoja a medio camino de su mano. Levantó los ojos lentamente hacia ella. La miró fijo, sin parpadear, procesando el sonido de la última palabra con evidente extrañeza.
—¿Qué ser... rasturante? —preguntó Lobo, tropezando con las sílabas desconocidas, deformando la estructura de la palabra.
Dayane estuvo a punto de sonreír, pero la absoluta seriedad en el rostro del hombre la detuvo. Se dio cuenta, con un golpe de realidad, de dónde estaba. El año 2400. La Tierra sepultada en cenizas. Para este hombre, el mundo del que ella venía —el de los rascacielos de cristal, la opulencia y el consumo refinado— simplemente no existía. No había quedado ni el eco de sus conceptos más básicos.
Se limpió los labios con el dorso de la mano antes de responder.
—Un restaurante... es un lugar donde la gente va y paga para que le sirvan comida —explicó con sencillez—. Un sitio donde cocineros profesionales preparan platillos como este, pero con ingredientes de todo el mundo. Cientos de personas comen juntas en un mismo espacio.
Lobo se le quedó mirando. La idea parecía flotar en el aire de la cueva como un espectro invisible. Pasaron largos segundos en los que solo se escuchó el chisporroteo del fuego y el murmullo lejano del riachuelo subterráneo.
El cazador bajó la mirada hacia las brasas. Sus ojos reflejaban el parpadeo de la llama. En su mente, acostumbrada a la escasez del yermo, a la caza diaria, al rastreo de presas mutadas y a la lucha constante contra el clima implacable para conseguir una sola comida al día, el concepto de un lugar donde la comida simplemente "estaba allí" para ser repartida a muchos parecía una fantasía descabellada. O un milagro.
Permaneció en silencio, pensando. La rigidez de su rostro se acentuó.
—yo Querer ver —dijo finalmente Lobo, rompiendo la quietud. Su voz resonó con una mezcla de curiosidad ancestral y una determinación madura. No hablaba como quien pide un favor, sino como quien declara una meta recién descubierta.
Dayane dejó la escudilla vacía a un lado. Miró al hombre, luego dirigió la vista hacia la entrada de la cueva, donde la penumbra del exterior presagiaba las tormentas de arena del desierto radiactivo. Sabía que la tecnología de su cápsula de escape estaba destruida o inutilizada, pero los emisores de baliza de emergencia de largo alcance tenían salvaguardas independientes. Si lograba acceder a los restos de la nave o encontrar un repetidor operativo en aquella órbita infestada de chatarra, habría una oportunidad.
Miró nuevamente a Lobo. Había algo reconfortante en la firmeza de aquel nativo, un ancla de humanidad en medio de las ruinas del planeta.
—En cuanto logre solicitar una nave... —dijo Dayane, cruzando su mirada con la de él— podremos ir. Te lo prometo.
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