El meditador, capitulo 12.
El aire en el Coliseo Central de la provincia de Hubei no tenía nada que ver con el viento helado e implacable de las montañas de Henan. Aquí, en el corazón de la etapa final del Torneo de las Provincias Unidas, la atmósfera era pesada, cargada con una humedad casi sofocante y un denso tufo a incienso de sándalo y aceite de sésamo quemado. El cosquilleo de la electricidad estática flotaba en el ambiente como una llovizna invisible, producto de la concentración de decenas de mentes maestras congregadas en un solo punto.
La arena de combate era una vasta plataforma circular de arenisca roja, pulida por los siglos y rodeada por un foso de agua profunda donde flotaban flores de loto de pétalos oscuros. Las gradas, esculpidas en la misma roca de la colina, subían en espirales concéntricas repletas de espectadores, maestros de artes marciales, ancianos ascetas de túnicas doradas y delegados de cada rincón de la nación.
En medio de esa multitud reverencial y silenciosa, una voz destacaba sobre todas las demás, restándole cualquier atisbo de solemnidad al recinto.
—¡Destruyelo, Rodolfo! —retumbó la voz clara, potente y llena de orgullo de su madre desde la tercera fila de la grada baja—.
La mujer permanecía de pie, sujetándose con firmeza del borde del antepecho de piedra. Su pañuelo tejido relucía bajo la luz dorada de los pebeteros y su abrigo de lana estaba bien ceñido a la cintura. Ignoraba por completo las miradas de desaprobación de los monjes locales que la rodeaban; su atención estaba clavada al cien por cien en la figura masiva de su hijo.
Rodolfo, situado en el borde sur de la plataforma de arenisca, cerró los ojos un milisegundo y dejó escapar una breve exhalación de vapor. La voz de su madre era su ancla, el hilo de realidad que lo mantenía cuerdo en medio de aquel circo de poderes ancestrales. Sus más de cien kilos de peso se asentaban con firmeza sobre la superficie roja. Vestía su ya característica chamarra térmica con las mangas arremangadas, dejando al descubierto unos antebrazos gruesos como troncos, salpicados de raspones y cicatrices recientes.
Frente a él, a quince metros de distancia, aguardaba su oponente para esta primera ronda de la etapa final: el Maestro Zhao, un veterano de sesenta años representante de las escuelas interiores de Hubei.
Zhao era un hombre de complexión ancha, de torso robusto y hombros densos como un barril de roble. Su cabeza estaba rapada a tazón, mostrando una barba gris y tupida cortada con precisión milimétrica. A pesar de su edad, no había un solo gramo de flacidez en su anatomía; sus brazos eran gruesas ramas de encino y vestía una túnica pesada de lino color verde oliva, atada con una faja de cuero crudo. Pero lo más inquietante en él no era su musculatura, sino su mirada: dos ojos grises, secos y fríos como la escarcha de una lápida, que no parpadeaban ni mostraban la menor emoción.
El impacto metálico de un gong gigante de bronce reverberó en todo el coliseo, dando inicio a la contienda. El sonido retumbó en las costillas de Rodolfo con una vibración grave.
Rodolfo no alcanzó ni a flexionar las rodillas.
En una fracción de segundo, el Maestro Zhao ni siquiera cambió su postura ni alzó los puños. Solo fijó sus ojos fríos en el pecho del mexicano. Un chasquido invisible rasgó el aire y una fuerza gravitacional descomunal se clavó en las entrañas de Rodolfo.
Sin previo aviso, el gigante de más de cien kilos fue alzado por el aire.
Rodolfo sintió cómo una tenaza invisible le oprimía el esternón y lo elevaba a tres metros de altura sobre el suelo de arenisca. La sensación era terrorífica: no había manos, no había cuerdas, solo un vacío de presión psíquica pura que le impedía apoyar los pies y que amagaba con aplastarle los pulmones. La masa de su propio cuerpo se convirtió en su peor enemiga mientras flotaba indefenso en el vacío.
El Maestro Zhao apretó el puño en el aire, dispuesto a estrellar a Rodolfo contra la piedra de la arena a velocidad mortal.
Pero Rodolfo ya no era el peleador rústico que había llegado semanas atrás a China. En un parpadeo de desesperación calculada, activó la técnica que le había costado lágrimas y sangre comprender en la fase previa: la proyección de hologramas psíquicos que había copiado de su anterior oponente, Zhang Wei.
Rodolfo obligó a su mente a fracturar su propia presencia. Un zumbido agudo rasgó la percepción del cuadrilátero y, de repente, la figura de Rodolfo elevándose en el aire vibró como una imagen sobre el agua agitada. En una fracción de segundo, tres duplicados psíquicos de Rodolfo aparecieron flotando y cayendo en distintas direcciones de la arena, emitiendo el mismo calor, la misma masa y la misma firma mental que el original.
El Maestro Zhao frunció levemente el ceño. Su agarre telequinético se dividió por un microsegundo al no poder discernir cuál era el cuerpo verdadero. Esa vacilación microscópica en el campo de fuerza fue todo lo que Rodolfo necesitó. El agarre invisible perdió densidad y el mexicano se dejó caer de golpe, impactando sobre las losas rojas con los tenis por delante en un impacto pesado que levantó una densa nube de polvo.
Sin perder un instante, el holograma de la izquierda de Rodolfo se lanzó hacia el anciano a toda velocidad para iniciar el ataque, mientras el Rodolfo real se desplazaba por el flanco derecho con pasos rápidos y amortiguados.
Sin embargo, el viejo maestro de Hubei no era un iniciado fácil de engañar.
—Trucos de niños —gruñó Zhao con una voz rasposa que sonó como dos piedras de molino frotándose entre sí.
El anciano estampó el pie derecho contra el suelo de arenisca. Una onda de choque telequinética pura se propagó por la superficie de la arena. Las losas de la plataforma se agrietaron con un estruendo seco y docenas de fragmentos de roca, del tamaño de puños y cabezas humanas, se elevaron en el aire, flotando alrededor de Zhao como un cinturón de asteroides enloquecido.
Con un gesto barrido de sus brazos, el Maestro Zhao liberó las rocas en una ráfaga continua y devastadora.
Las piedras salieron disparadas como proyectiles de artillería, silbando en el aire con un chasquido ensordecedor. Las rocas atravesaron las ilusiones de Rodolfo, disipándolas en chispas de luz inútiles, y se dirigieron en masa hacia el cuerpo real del mexicano.
Rodolfo no podía esquivarlas todas; la densidad de la ráfaga era demasiado alta y el espacio de maniobra, reducido. Entonces puso en marcha el arte de la fluidez que había comenzado a dominar.
Dejó que su cuerpo fluyera con la trayectoria de los proyectiles. Se movía como una hoja atrapada en una tormenta: ladeaba el torso justo cuando una piedra rozaba su hombro, flexionaba la cintura para dejar pasar un pedrusco por debajo del brazo y pivotaba sobre los talones para ceder ante la presión del aire. Sin embargo, cuando una roca de gran tamaño era inevitable y amenazaba con golpearlo de frente, Rodolfo endurecía sus músculos hasta convertirlos en una muralla.
¡CRACK!
Una piedra del tamaño de un melón le impactó de lleno en el pectoral izquierdo. El sonido del choque fue el de una roca contra un bloque de hierro dulce. La piedra se pulverizó en miles de esquirlas y polvo rojo al chocar contra la musculatura petrificada de Rodolfo, quien apenas retrocedió medio paso, absorbiendo el impacto con una mueca de dolor controlado antes de volver a ablandar sus extremidades para continuar esquivando la siguiente oleada.
El dolor le quemaba la piel y le dejaba hematomas oscuros, pero Rodolfo no quitaba los ojos del anciano. Observaba una y otra vez la mecánica de su rival: el parpadeo de sus ojos grises cada vez que levantaba una masa de piedra, la tensión en sus antebrazos y el intervalo microscópico que necesitaba entre ráfaga y ráfaga para recargar su fuerza telequinética.
A la mitad del combate, la arena estaba cubierta de polvo denso y cascotes destruidos. El Maestro Zhao, molesto por la terquedad del gigante occidental, decidió poner fin a la pelea con una exhibición de fuerza bruta.
El anciano extendió ambas manos hacia el centro de la plataforma. Una grieta enorme se abrió en la arenisca y un bloque de piedra monumental —de más de dos metros de ancho y varias toneladas de peso— fue arrancado del suelo por su telekinesis, elevándose por encima de su cabeza como una sombra gigantesca que oscureció la luz de los pebeteros.
—¡A ver si fluyes con esto, muchacho! —rugió el anciano, lanzando la enorme mole de piedra directamente contra Rodolfo.
La roca gigante avanzó cortando el aire con un rugido ensordecedor que hizo temblar las gradas del coliseo.
Rodolfo apretó las mandíbulas. No había espacio para esquivar y su densidad muscular no sería suficiente para soportar semejante masa sin ser aplastado. Necesitaba usar la mente.
Recordando y replicando la naturaleza del poder de Zhao, Rodolfo proyectó su propia energía psíquica hacia el frente. No era una telekinesis tan vasta ni tan cultivada como la del anciano, pero tenía la fuerza de su propia voluntad. Una mano invisible de fuerza mental brotó de la frente de Rodolfo y chocó contra la base de la mole de piedra.
Rodolfo no intentó detener la roca de frente; intentó desviarla. Aplicó la fuerza telequinética en un ángulo diagonal sobre la arista derecha de la masa flotante. La enorme piedra, desviada por un par de grados decisivos, rozó el hombro de Rodolfo y pasó de largo, estrellándose contra el suelo detrás de él con un estruendo sismo que levantó una cortina de polvo.
Sin embargo, el Maestro Zhao no dudó. Con un chasquido de sus dedos, el anciano hizo explotar la gran piedra desviada a espaldas de Rodolfo. La detonación psíquica arrojó una lluvia de metralla de piedra que golpeó la espalda del mexicano, empujándolo hacia adelante.
Rodolfo aprovechó el propio impulso de la explosión para abalanzarse hacia el frente.
Salió de la nube de polvo como una bestia desatada. Su cuerpo era ahora una combinación perfecta de todo lo aprendido en su viaje: coordinaba la dureza de sus impactos, la fluidez de sus esquives y la telekinesis defensiva en una sola danza mortal.
Alcanzó al Maestro Zhao en un parpadeo.
El anciano intentó levantar una barrera telequinética de emergencia, pero Rodolfo usó un destello de su propia telekinesis —menor a la del viejo, pero lo suficientemente precisa— para desviar los dedos de Zhao y romper la trayectoria de su escudo invisible.
Acto seguido, Rodolfo penetró la distancia corta. Flexionó el cuerpo con una fluidez pasmosa para esquivar un golpe directo de codo del anciano y luego, endureciendo su brazo derecho hasta convertirlo en una maza de acero, le asestó un mazo directo al costado del torso.
¡THUD!
El impacto de la dureza muscular de Rodolfo sacó todo el aire de los pulmones del Maestro Zhao. El anciano se tambaleó hacia atrás, pero antes de que pudiera intentar elevar otra ráfaga de piedras del suelo, Rodolfo volvió a desviarle los fragmentos flotantes más peligrosos con pequeños manotazos telequinéticos, desarmando su ofensiva pedrusco por pedrusco.
Rodolfo acorraló al maestro contra el borde de la plataforma, justo sobre el foso de los lotos.
Zhao, con el rostro sudoroso y la respiración agónica, intentó concentrar todo su poder restante en un último golpe mental desesperado. Sus ojos grises brillaron con una luz salvaje.
Pero Rodolfo fue más rápido.
Clavó sus pies en la arenisca, erguió su figura masiva sobre el anciano y concentró toda su energía psíquica en la frente. No hubo ilusiones, no hubo engaños. Solo una descarga pura, concentrada y directa de voluntad de victoria.
Rodolfo soltó un rugido que hizo vibrar las aguas del foso:
—¡HASTA AQUÍ LLEGASTE!
Lanzó un poderoso golpe psíquico de frente.
Una onda de choque invisible pero devastadora estalló entre ambos. La fuerza mental de Rodolfo impactó de lleno en la frente del Maestro Zhao, atravesando sus defensas cansadas como un ariete de hierro sobre una puerta de madera podrida.
Los ojos grises del anciano se pusieron en blanco al instante. La tensión de su cuerpo se esfumó y su túnica verde oliva dejó de flotar. El Maestro Zhao cayó hacia atrás, completamente inconsciente, desplomándose de espaldas sobre la arena roja con un golpe sordo e inerte.
Un silencio absoluto se apoderó del Coliseo Central de Hubei. La cortina de polvo comenzó a asentarse lentamente sobre las losas agrietadas.
En el centro de la pista, Rodolfo permanecía de pie, respirando con dificultad, con el pecho masivo subiendo y bajando mientras se limpiaba un hilo de sudor y polvo de la frente. Sus manos gruesas aún vibraban con la energía del impacto psíquico.
El juez supremo de la etapa final, vestido con túnicas ceremoniales de seda dorada, caminó hacia la plataforma. Observó el cuerpo tendido del veterano de Hubei, comprobó su falta de conocimiento y luego levantó el cetro de jade hacia el cielo de la arena.
—¡Ganador por victoria psíquica y física: Rodolfo! —proclamó la voz del juez, resonando con fuerza en cada rincón del recinto—. ¡Avanza oficialmente a la Gran Final del Torneo de las Provincias Unidas!
El coliseo estalló en un murmullo de asombro y respeto. Los maestros de las distintas sedes inclinaron las cabezas ante la demostración de adaptabilidad y fuerza del gigante occidental.
Y desde las gradas bajas, una voz conocida volvió a adueñarse del lugar, opacando cualquier murmullo ceremonial.
—¡Ese es mi hijo! —vitoreó su madre a todo pulmón, brincando sobre la piedra y agitándole el pañuelo en el aire con una cara radiante de victoria—. ¡Se los dije! ¡A mi muchacho no me lo tumba nadie!
Rodolfo alzó la vista hacia la grada. La miró a los ojos, escuchó los vítores desbordados de la mujer que lo había acompañado desde la modesta cocina de su casa hasta la cumbre de las artes marciales del mundo, y no pudo evitar sonreír de oreja a oreja. Levantó ambos puños cerrados hacia el cielo del coliseo, sintiéndose más fuerte y más seguro que nunca. La gran final lo esperaba, y estaba más que listo para reclamar su lugar.
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