El meditador, capítulo 1
El calor bochornoso del auditorio en pleno centro de la Ciudad de México olía a palomitas quemadas, sudor y perfume barato. El murmullo de la multitud era un zumbido denso mientras las luces de neón del escenario parpadeaban con un zumbido eléctrico. Era la gran final del concurso de talentos corporativo.
El último acto estaba por comenzar. Rodolfo, un joven de veinte años, corpulento, de hombros anchos y estatura imponente, caminó hacia el centro de la tarima. El tablado crujió bajo sus pasos pesados. Sin pronunciar palabra, se dejó caer de espaldas contra el suelo de madera fría. Cerró los ojos.
El silencio cayó de golpe, denso y helado. Rodolfo comenzó a inhalar despacio, expandiendo su tórax masivo. No había música, no había accesorios, solo la tensión vibrante en el aire mientras establecía comunicación telepática. Una brisa invisible pareció recorrer la primera fila, un cosquilleo en la nuca de los asistentes que no sabían si sentir fascinación o escalofríos.
Entre la multitud, una mujer de unos cuarenta años agitaba los brazos con frenesí. Era su madre. Tenía la voz ronca de tanto gritar, pero sus aplausos resonaban secos y orgullosos contra las paredes del recinto. Era la única en el público que no dudaba; conocía la verdad oculta tras el talento de su hijo.
Frente al escenario, los tres jueces se inclinaron en un cuchicheo tenso. Las luces reflejaban el sudor en sus frentes mientras revisaban papeles, buscaban hilos invisibles o micrófonos ocultos con la mirada. Nada. Tras una breve deliberación, el juez principal se acercó al micrófono.
—Al no poder identificar el truco… —anunció con el ceño fruncido—, declaramos a Rodolfo como el ganador.
El aplauso de la madre estalló como un cohete. Corrió al escenario y fundió a Rodolfo en un abrazo apretado donde se mezclaban el olor a jazmín de ella y el cansancio acumulado de él.
Horas más tarde, el murmullo de la ciudad se convirtió en el suave zumbido del refrigerador en su pequeña cocina. El aroma a café recién colado llenaba el ambiente pacífico de la casa. Sobre la mesa de pino raspado descansaba el trofeo: un sobre dorado con relieve brillante.
Rodolfo lo abrió con sus dedos gruesos. Sacó un pase turístico impreso en papel satinado, ilustrado con montañas nevadas y templos antiguos. Un viaje todo pagado al Tíbet.
—¿Vas a ir? —preguntó su madre, rompiendo el silencio mientras apoyaba las manos en el respaldo de una silla, mirándolo con ojos brillantes.
Rodolfo contempló el boleto entre sus manos, sintiendo el peso del papel y la inmensidad del destino que representaba. Se encogió de hombros con una sonrisa tímida.
—Pues… sí, ¿no? —murmuró.
Su madre sonrió con calidez, le dio una palmada cariñosa en el hombro y contestó sin dudar:
—Entonces vamos juntos.
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