La hermandad de la piedra, capítulo 7.

 El silencio que precedió a la creación no fue paz, sino una tensión insoportable de posibilidades no nacidas. Antes de que el primer sol humano calentara la arcilla de la tierra, Urano, el Padre Cielo, cuya piel era el firmamento y cuyos ojos eran galaxias en colisión, comprendió que el orden necesitaba un vertedero. Con un gesto que desgarró el tejido de la realidad, Urano no creó vida, sino un No-Lugar.

Lo llamó el Cancerverso.

Era una dimensión diseñada para ser el gemelo oscuro del Tártaro. Pero mientras el Tártaro era una prisión de fuego y castigo, el Cancerverso era un vacío estéril, una arquitectura de geometría imposible donde el tiempo no corría, sino que se estancaba como el agua en una herida infectada. Durante eones, aquel lugar fue una negrura absoluta que olía a metal frío y a la ausencia de Dios. Era estático, una fotografía de la nada.

Hasta que ocurrió el error.

No fue un rayo, ni una palabra divina. Fue una bacteria. Un accidente biológico que se filtró por una micro-fisura en la membrana de la realidad. Aquella célula microscópica, privada de luz y oxígeno, no murió. En la atmósfera ácida del Cancerverso, mutó. Se alimentó del vacío. Su metabolismo comenzó a procesar la propia nada, convirtiéndola en una materia viscosa y grisácea.

En diez años, la bacteria era una masa palpitante. En cincuenta, era un arrecife de carne pálida que cubría leguas de oscuridad. Y al cumplirse un siglo, de aquel tumor dimensional emergió La Mancha.

Al principio, era solo una silueta; un borrón de sombra que no reflejaba la luz, sino que la succionaba. No tenía rostro, solo un hambre que vibraba en una frecuencia que hacía sangrar los nervios. La Mancha no solo vivía; estimulaba al Cancerverso. Con su mera presencia, la dimensión estéril se volvió fértil en horrores. De las paredes empezaron a brotar los primeros demonios: seres de extremidades asimétricas, con piel que recordaba a la superficie de un pulmón enfermo, emitiendo chillidos que sonaban como el chirrido de metal sobre hueso.

El Cancerverso ya no era un vertedero; era un ecosistema de la entropía.

El Exilio de la Sombra

La Mancha intentó filtrarse hacia la creación, buscando devorar los colores del mundo naciente. Pero la realidad tiene sus propios anticuerpos. En aquel entonces, surgió una figura que brillaba con la pureza del mármol bajo el sol del mediodía: Angelo.

Él no era un guerrero por elección, sino por naturaleza; era la reencarnación de Asclepio, el dios de la medicina, el sanador de la existencia. Donde La Mancha era infección, Angelo era el bisturí de luz.

El encuentro ocurrió en el umbral entre dimensiones. El aire olía a incienso y a ozono. Angelo no usó espadas, sino hilos de oro que tejían patrones de armonía cuántica. Cada vez que La Mancha intentaba extender sus zarcillos de sombra, Angelo los cauterizaba con un toque de su palma, emitiendo una luz que olía a flores de jazmín y a lluvia limpia.

—Regresa al vacío —ordenó Angelo, y su voz fue una nota pura que rompió los cristales de la realidad.

Con un esfuerzo que le costó su primera hibernación, Angelo empujó a La Mancha de regreso al corazón del Cancerverso, sellando las puertas con una impronta de su propia esencia. El demonio primordial quedó encerrado, rumiando su odio en la oscuridad durante milenios, esperando el momento en que el sello se debilitara.

Mientras Angelo luchaba en el vacío, en la Tierra, las catacumbas de la Diosa Hécate bullían con una energía diferente. Hécate, la reina de las encrucijadas, la señora de los fantasmas, no buscaba la destrucción, sino el equilibrio entre la vida y la muerte.

En lo profundo de sus templos subterráneos, rodeada de guardianas cuyas máscaras de porcelana lloraban sangre negra, Hécate terminó su Gran Obra.

—Tómalo —le dijo a su Gran Sacerdotisa, una mujer cuya piel era gris como la ceniza—. Este es el Talismán de los Titanes.

No era un objeto inerte. Era un cristal de un azul profundo, casi eléctrico, tallado con la forma de un corazón anatómico que latía rítmicamente. Al tocarlo, la Sacerdotisa sintió el peso de las montañas y el rugido de los volcanes. Era una joya de poder absoluto: una herramienta diseñada no solo para sanar, sino para resucitar lo que nunca debió volver. En sus facetas brillaban las sombras de los antiguos Titanes, los gigantes que Urano había derrocado. Quien poseyera el talismán azul tendría el mando sobre los cadáveres de los dioses.

La Gran Corrupción

El tiempo pasó, y la vigilancia de Angelo flaqueó cuando su cuerpo humano entró en el sueño de los siglos. Fue entonces cuando La Mancha, ahora más astuta y hambrienta, encontró la grieta. No regresó como una bacteria, sino como una voluntad oscura que corrompió la mente de los hombres.

Logró lo imposible: infiltrarse en las catacumbas de Hécate y reclamar el Talismán Azul.

En el momento en que la sombra de La Mancha envolvió el cristal, el color azul brillante se tornó turbio, un tono de cian podrido. La Mancha no quería revivir a los Titanes para que gobernaran, sino para que destruyeran. Pero empezó con algo más pequeño, algo más personal para la humanidad.

En los campos de batalla de la historia, en las fosas comunes de las pestes, en los cementerios donde descansaban los primeros humanos que habían manifestado habilidades extraordinarias —los ancestros de los superhumanos—, el suelo empezó a agitarse.

El olor en el mundo superior cambió. Ya no era el aroma de la vida, sino el de la tierra removida y la carne fría que recobra un calor antinatural.

Bajo el poder del talismán azul corrompido, los cadáveres de los antiguos superhumanos, guerreros que habían muerto hacía milenios, abrieron sus ojos. Sus órbitas no tenían pupilas, solo un resplandor azul gélido. Se levantaron de sus tumbas, sus huesos crujiendo bajo la presión de la magia de La Mancha. No eran hombres, eran Variedades: recipientes vacíos de su antigua gloria, ahora marionetas de la sombra primordial.

La Mancha observaba desde el Cancerverso, sosteniendo el talismán que latía como un corazón robado. El ejército de los muertos estaba listo. Angelo, el sanador, dormía. Y el mundo, que una vez fue el jardín de Urano, estaba a punto de convertirse en una extensión del cáncer que nació de una sola bacteria en la oscuridad.


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