La hermandad de la piedra, capítulo 5.
El Bosque de los Ecos parecía haber quedado en suspenso. El avance de la grisalla de La Mancha se había ralentizado en los lindes del claro, repelido temporalmente por el aura de pureza que emanaba de Bastian, el Niño Mago. Sin embargo, el aire seguía cargado de una electricidad estática que hacía que el cabello rubio platino de Taho flotara levemente, como si estuviera bajo el agua.
Taho se mantenía a escasos metros del pequeño, cuya túnica de plumas emitía un siseo suave con cada ráfaga de viento. Los ojos del niño, densos y antiguos, recorrieron la tecnología de fibra óptica de la mujer con una mezcla de lástima y reconocimiento.
—No basta con el engranaje, Arquitecta —dijo Bastian, y su voz no movió sus labios, sino que floreció directamente en el centro del cráneo de Taho—.Necesitan traerme la Diadema del Gorgón.
Taho procesó el término en milisegundos. Sus archivos internos recuperaron leyendas de un artefacto forjado en las fraguas del inframundo, una corona de serpientes de obsidiana que no petrificaba la carne, sino el tiempo mismo de quien la miraba.
Antes de que el Mago pudiera responder, una risa seca y metálica vibró a sus espaldas. Liam Jameson, el Hombre Domo, dio un paso al frente. Su campo de fuerza personal emitía un zumbido de confianza, una burbuja de arrogancia azulada que apartaba el polen y el aire sagrado del bosque.
—¿Terror puro? ¿Gorgones? Por favor —bufó Liam, cruzándose de brazos—. He caminado por el núcleo de reactores en fusión y he dormido en fosas de desechos químicos. Ese "Gorgón" no es más que otra creatura biológica que no sabe lo que es chocar contra un muro de densidad infinita. No será muy difícil. Iré allí, lo reduciré a nada y traeré esa baratija antes de que el niño termine de peinarse las plumas.
Liam comenzó a caminar hacia la linde del claro, su postura irradiaba el desprecio de quien se sabe invulnerable. No esperaba resistencia; en su mundo, el poder era la última palabra.
—Detente, Liam —dijo Taho. No gritó, pero la vibración de su voz detuvo el zumbido del campo de fuerza del joven por una fracción de segundo.
Liam se giró, con una sonrisa ladeada.
—¿Y por qué debería? Estamos perdiendo el tiempo. Mientras tú analizas flores, yo puedo resolver esto con un impacto cinético.
—Necesitas esperar aquí —continuó Taho, sin moverse un ápice—.
Liam borró la sonrisa. Sus ojos se encendieron con un brillo rebelde. Se acercó a Taho, invadiendo su espacio personal con la presión de su escudo de energía.
—Escúchame bien, analista. He seguido tus coordenadas hasta este bosque olvidado porque me divertía ver cómo jugabas a ser Dios con tus hologramas. Pero yo no obedezco órdenes de nadie. Ni de generales, ni de máquinas, y mucho menos de una mujer que no tiene más poder que una calculadora de bolsillo. Me voy por esa diadema.
Fue entonces cuando Taho hizo algo que nadie en el grupo había presenciado. No activó ningún arma, no llamó al Cyborg. Simplemente se giró y clavó su mirada en los ojos de Liam. Sus pupilas, normalmente azules, parecieron contraerse hasta convertirse en puntos negros rodeados de un anillo de luz blanca, una mirada de una frialdad tan absoluta que parecía drenar el calor de la sangre de Liam. No era odio lo que emanaba de ella; era una indiferencia cósmica, la mirada de una entidad que ha visto el fin de todas las cosas y ha decidido que Liam no es más que un error de redondeo en una ecuación infinita.
Bajo ese escrutinio, el Hombre Domo enmudeció. El aire en sus pulmones se sintió repentinamente pesado, como si el oxígeno se hubiera convertido en plomo. Su campo de fuerza flaqueó, parpadeando con un tono violáceo de inestabilidad. Por primera vez, Liam sintió que si daba un paso más, Taho no lo detendría físicamente, simplemente lo borraría de su realidad.
Liam retrocedió un paso, luego otro, desviando la mirada hacia el suelo de pétalos violetas. La arrogancia se le escurrió por los hombros como agua sucia.
—Como quieras —masculló Liam, intentando recuperar un resto de dignidad mientras se alejaba hacia un rincón del claro, cerca de donde Behemooth lo observaba con curiosidad—. Al fin que ni quería ir a ese agujero apestoso. Quédense con su magia.
Taho volvió su atención al Niño Mago, como si el altercado nunca hubiera ocurrido.
—Dinos dónde está el portal hacia el Gorgón, Bastian. Enviaremos a alguien que pueda ver sin usar los ojos.
El ascenso a la cumbre de la Montaña de los Lamentos no había sido una escalada, sino una guerra contra la gravedad y el tiempo. Horas después de la partida del Bosque de los Ecos, el grupo se hallaba en la cima, un altiplano de roca volcánica azotado por vientos que aullaban como almas en pena. El aire allí arriba olía a azufre y a carne quemada por el frío.
Frente a ellos, emergiendo de una grieta que parecía conectar con el centro de la tierra, se alzaba la abominación. El Gorgón no era el monstruo de los mitos griegos, sino una aberración de la evolución prohibida. Medía cinco metros de altura, con un cuerpo simiesco cubierto de un pelaje ralo y coriáceo, duro como el hierro. Sus ocho brazos, terminados en garras de obsidiana, se movían con una coordinación matemática, y en su rostro deforme, seis ojos de un color amarillo bilioso parpadeaban independientemente, eliminando cualquier punto ciego. Cuando rugió, reveló una doble dentadura: hileras de colmillos de marfil que se cruzaban como las cuchillas de una trituradora industrial.
Taho permanecía en el borde del precipicio, con el viento agitando su cabello platino. Sus ojos no parpadeaban; procesaban vectores, puntos de impacto y niveles de fatiga.
—Formación Titán —ordenó Taho. Su voz, amplificada por un transceptor cuántico, resonó por encima del vendaval—. Cordman, eres el ancla. Behemooth, eres el martillo. ¡Ahora!
El Choque de los Gigantes
Cordman cerró los ojos y se hundió en su propia biomasa. Sus fibras vegetales, alimentadas por la energía residual del bosque, comenzaron a proliferar a una velocidad aterradora. El crujido de la madera y el siseo de la savia a presión llenaron el aire mientras su cuerpo se expandía, absorbiendo los minerales de la roca. En segundos, el héroe de Sonora se transformó en un coloso de veinte metros, una torre de raíces trenzadas y corteza reforzada que hacía que el Gorgón pareciera pequeño a su lado.
A su lado, Behemooth rugió. No necesitó transformarse; simplemente liberó la densidad de sus músculos. El suelo se agrietó bajo sus botas mientras corría. Los dos gigantes impactaron contra la criatura.
El sonido fue como el choque de dos planetas. Cordman lanzó un puñetazo que era básicamente el tronco de una secuoya, pero el Gorgón, con una agilidad antinatural, bloqueó el golpe con cuatro de sus brazos, mientras los otros cuatro desgarraban la corteza del pecho de Cordman, haciendo saltar savia verde y luminosa.
—¡Es más difícil de lo que parece! —bramó Cordman, su voz como un terremoto—. ¡Su piel rechaza el impacto, es como golpear diamante vivo!
—¡Más fuerte! —sentenció Taho desde la retaguardia, con la frialdad de quien calibra una máquina—. Behemooth, flanco izquierdo. ¡No le des resuello!
Behemooth embistió, conectando un derechazo en la mandíbula inferior del monstruo. El Gorgón tambaleó, soltando un chorro de icor negro que congeló la piedra al contacto, pero rápidamente se recuperó, envolviendo a Behemooth en un abrazo de seis brazos que amenazaba con pulverizar sus huesos de acero.
La Sinergia de la Destrucción
—Cyborg, Huseín: Protocolo de Erosión —comandó Taho.
El Cyborg dio un paso adelante. Sus manos se retrajeron, y en su lugar, una serie de filamentos de nanotecnología se auto-ensamblaron en milisegundos, formando cañones de riel integrados a sus antebrazos. A su lado, Huseín dejó de ser hombre. Su sombra se expandió, envolviéndolo hasta que solo quedó una entidad demoníaca de alas negras y ojos que ardían con el fuego del vacío.
Huseín se elevó, sobrevolando la lucha de los gigantes. De sus manos brotaron chorros de un ácido demoníaco, una sustancia violeta que siseaba y devoraba la realidad misma. El líquido cayó sobre la espalda del Gorgón, derritiendo su pelaje de hierro y dejando la carne viva expuesta.
—Objetivo marcado —dijo el Cyborg con una voz procesada.
Desde el suelo, el Cyborg comenzó a disparar proyectiles de tungsteno acelerados electromagnéticamente. Las armas en sus brazos cambiaban a voluntad: de ametralladoras rotativas a lanzadores de plasma. Cada impacto abría agujeros en la carne que Huseín había debilitado previamente. El olor a ozono, azufre y carne podrida se volvió sofocante.
El Golpe de Gracia: La Venganza del Polimorfo
—Chihuahuel, ahora —susurró Taho.
Desde una saliente superior, una sombra se proyectó sobre el campo de batalla. Chihuahuel, quien había estado esperando el momento exacto, se lanzó al vacío. En el aire, su cuerpo sufrió una metamorfosis violenta. Sus huesos crujieron y se ensancharon, su piel se cubrió de un pelaje negro como el carbón y su masa se multiplicó hasta convertirse en un gorila de seis metros de puro odio muscular.
En su mano derecha, la pequeña hacha que había robado del lugar reaccionó a su cambio de forma. Al igual que el polimorfo, la herramienta se expandió, alimentándose de la energía de la montaña hasta convertirse en una hacha de guerra ciclópea, con una hoja que vibraba con una frecuencia de corte molecular.
El impacto de Chihuahuel sobre la espalda del Gorgón fue definitivo. La criatura intentó levantar sus ocho brazos para defenderse, pero estaba demasiado ocupada lidiando con las raíces de Cordman y los puños de Behemooth.
Chihuahuel descendió con todo su peso y la inercia de la caída. El hacha trazó un arco de luz blanca en el aire. El sonido fue un tajo limpio, un "shick" que cortó el viento.
La cabeza del Gorgón, con sus seis ojos aún girando en órbitas de terror, se separó del cuerpo al instante. El icor negro brotó como un géiser, manchando la nieve de la cima mientras el cuerpo inmenso colapsaba, haciendo temblar la montaña por última vez.
Chihuahuel, volviendo lentamente a su forma humana, se quedó de pie sobre el cadáver, jadeando. En el centro de lo que había sido el cráneo del monstruo, la Diadema del Gorgón brillaba con una luz opaca, esperando a su nuevo dueño.
Taho caminó entre los gigantes que recuperaban su aliento, se acercó al trofeo y lo recogió con un gesto impasible.
—Buen trabajo —dijo, aunque su mirada ya estaba puesta en el horizonte gris donde La Mancha seguía avanzando—. Pero esto solo ha sido la calibración. El verdadero enemigo aún no sabe que vamos por él.
Bajo la sombra de un roble milenario, donde el aire sabía a resina y a magia antigua, Liam Jameson se recostaba con una suficiencia que eclipsaba la paz del bosque. El "Hombre Domo" gesticulaba con manos inquietas, mientras su campo de fuerza emitía un zumbido azulado que hacía vibrar las briznas de hierba.
—Entiéndelo, niño —decía Liam, ensanchando el pecho—. He frenado misiles con el pensamiento. He caminado por el fuego como si fuera una brisa de verano. No existe en este mundo, ni en otros, un héroe más grande que yo. Soy el muro contra el que el destino se rompe.
Bastian, el Niño Mago, acariciaba una pluma de su túnica con una calma exasperante. Sus ojos, cargados con el peso de siglos, apenas parpadearon.
—He leído crónicas de hechiceros caldeos y tejedores de luz en la Atlántida con hazañas muy similares —respondió el niño con una voz suave que cortó la jactancia de Liam—. Al final, todos fueron polvo.
Liam se levantó de golpe, el rostro encendido de un rojo violento. La humillación le picaba en la piel como ácido.
—¿Similares? ¡No tienes ni idea de...!
Sus palabras se ahogaron en el aire. Un trueno sordo anunció el regreso. Taho emergió de la espesura con la Diadema del Gorgón en la mano, seguida por los gigantes cansados y el Cyborg, cuyo chasis aún humeaba por la batalla. La era de las palabras de Liam había terminado; la era del despertar comenzaba.
El Templo del Tiempo Suspendido era una estructura que no debería existir según las leyes de la arquitectura humana. Construido con una aleación de obsidiana y luz sólida, sus muros respiraban al unísono con el planeta. En el centro de la gran cámara, la piscina de agua cian burbujeaba, no por calor, sino por la presión de la conciencia que estaba a punto de emerger.
Bastian, el Niño Mago, se hallaba en el borde del estanque. Sus manos pequeñas sostenían la Diadema del Gorgón, cuyas serpientes de piedra parecían retorcerse bajo el efecto de los cánticos que el niño entonaba. El aire en el templo se volvió denso, saturado de un olor a ozono, jazmín y metal purificado.
—Oritur, Guerrero del Hilo Dorado. El vacío te reclama, pero el mundo te necesita —susurró Bastian.
En el momento en que colocó la diadema sobre la superficie del agua, una onda de choque invisible barrió el templo. Los pilares de obsidiana vibraron y el agua se elevó en una columna perfecta. En el centro de ese torrente, el cuerpo de Angelo ascendió.
Ya no era el durmiente pálido que habían visto antes. Al abrir los ojos, la luz que emanó de sus pupilas no fue de este espectro; era una claridad cruda, una mirada que no veía carne ni hueso, sino las debilidades del alma. Se mantuvo suspendido en el aire, con su túnica metálica ondeando en una gravedad inexistente. Su sola presencia hacía que el aire se sintiera afilado.
—Despertar es un error —dijo Angelo. Su voz no era un sonido, sino un impacto directo en los pensamientos de los presentes.
Taho, cuya mente era la única que permanecía imperturbable, detectó el cambio en la presión barométrica de la sala. Angelo no los veía como aliados; los veía como impurezas, variables descontroladas que habían perturbado su descanso necesario para mantener a La Mancha a raya.
—¡Amurallen a Liam! —ordenó Taho de repente. Su voz cortó el aire como un disparo.
Liam Jameson no tuvo tiempo de protestar. Sintió el peligro antes de verlo. Angelo se movió, pero no cruzó el espacio; simplemente "estuvo" en otro lugar. En un parpadeo, el sujeto golpeó a Cordman y a Behemooth. No hubo explosiones, solo un contacto que envió a los dos gigantes volando contra las paredes del templo con tal fuerza que el granito se pulverizó. El Cyborg intentó disparar sus nanobots, pero con un simple gesto de la mano de Angelo, la tecnología del autómata se volvió loca, obligándolo a reiniciarse en medio de un bucle de errores.
Huseín lanzó su ácido demoníaco, pero el fluido se evaporó antes de tocar la túnica del Guerrero. Angelo era abrumador. Era la perfección del combate, un ser que no peleaba, sino que corregía el espacio a su alrededor para que el enemigo dejara de ser un estorbo.
—¡Basta! —rugió Liam, sintiendo que su orgullo era lo único que quedaba en pie.
Liam concentró toda su voluntad. Su campo de fuerza, alimentado por el miedo y la adrenalina, se expandió y luego se contrajo violentamente, encerrando a Angelo en una esfera de densidad infinita. Era una prisión de energía azul cobalto, una burbuja donde ni siquiera el aire podía vibrar.
Angelo, dentro de la esfera, no se inmutó. Observó a Liam a través del muro translúcido con una curiosidad gélida.
—Libérame —dijo Angelo. Sus labios no se movieron, pero la orden resonó en los huesos de Liam.
—¡Ni hablar! —respondió Liam, apretando los dientes, mientras el sudor corría por su frente—. Eres peligroso. Si no estás con nosotros, te quedarás en esa bola hasta que yo decida qué hacer contigo.
Angelo inclinó levemente la cabeza. Por primera vez, una chispa de algo parecido a la ironía brilló en sus ojos.
—No entiendes la escala de este juego, pequeño muro —sentenció Angelo.
Sin esfuerzo físico aparente, Angelo levantó una mano hacia el borde de la esfera de Liam. En lugar de romperla, comenzó a plegar la realidad dentro de ella. Un agujero negro microscópico se abrió en el centro de la prisión de Liam, y de él brotó un portal de luz blanca y sombras entrelazadas.
—Si deseas ser mi carcelero, vendrás conmigo a mi reino —dijo Angelo.
El portal succionó la esfera y a Liam con ella. En un estallido de energía que dejó a los demás ciegos por unos segundos, ambos desaparecieron. El templo quedó sumido en un silencio sepulcral, roto solo por el goteo del agua que regresaba a la piscina.
La Lógica de la Estratega
El Cyborg, recuperando el control de sus sistemas, se enderezó. Sus lentes ópticos parpadeaban erráticamente mientras escaneaba el lugar donde Liam había estado hace un momento.
—Anomalía dimensional confirmada. Liam Jameson ha sido desplazado de esta realidad —informó el Cyborg. Luego, giró su cabeza mecánica hacia Taho—. Pregunta lógica: ¿Por qué no llevaste a Liam a la lucha contra el Gorgón?
Taho caminó hacia el centro del templo, recogiendo un pequeño cristal que había caído de la diadema. Se detuvo y miró el vacío que dejó el portal. Su rostro no mostraba arrepentimiento, ni sorpresa. Era la misma máscara de hielo de siempre.
—Porque lo imaginaba —respondió Taho con una calma aterradora.
—No comprendo —dijo el Cyborg—. ¿Imaginabas qué?
—Imaginaba que Liam era el único lo suficientemente poderoso para contener a Angelo.
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