Yogo, capitulo 1.

 Mis párpados no se abren; se desgarran.

Esa es la primera sensación de cada mañana: el sonido húmedo y pegajoso de las membranas separándose, rompiendo el sello de una noche que nunca es descanso, sino simple procesamiento de datos. Al levantar las cortinas de carne de mis ojos, no veo luz natural, sino la penumbra asfixiante de mi propio santuario.

Estoy rodeado. Pero no por muros de hormigón o barrotes de acero, sino por una prisión biológica que yo mismo he construido gramo a gramo, caloría a caloría. Soy un prisionero de mi propia arquitectura.

Hago el esfuerzo hercúleo de levantar la cabeza. Siento cómo los tendones de mi cuello se tensan bajo el peso de mi cráneo, pero el movimiento es limitado. Bajo mi barbilla, la masa comienza de inmediato. Es una presencia inmensa, una cordillera de lípidos y dermis que se desborda sobre mi pecho, borrando cualquier rastro de estructura ósea. No hay clavículas aquí, no hay hombros definidos; solo la continuidad de una existencia que ha decidido expandirse hasta devorar el espacio vital.

Intento mover un brazo. El impulso eléctrico viaja desde mi cerebro, corre por la columna, pero se pierde en el camino, ahogado por la inercia. Lo que recibo a cambio no es movimiento, sino una vibración sorda en la inmensa capa de piel que me recubre. Soy una enorme bola conformada por mi propia carne, una esfera de voluntad atrapada en una crisálida de exceso. Estoy pegado a mi propio cuerpo, fundido con la silla reforzada que me sostiene, hasta el punto de que ya no sé dónde termina el cuero del mueble y dónde empieza mi epidermis.

Soy mi propio lastre. Soy el ancla de mi propia nave.


Entonces, el silencio de la habitación se rompe con el zumbido de los circuitos. Frente a mí, la oscuridad se fragmenta.

Decenas de pantallas se encienden simultáneamente. El resplandor azulado y frío rebota en las colinas de mi cuerpo, perfilando los pliegues de mi vientre como si fueran valles lunares. El mundo exterior entra a raudales a través de los cables de fibra óptica.

Mis ojos, lo único que se mueve con libertad en este océano de carne, comienzan a trabajar. Se mueven a hipervelocidad, una danza frenética de pupilas que escanean columnas de números, mapas de calor, flujos migratorios y fluctuaciones de mercado en milisegundos.

 Píxel 1: La caída del rublo en tiempo real.

 Píxel 2: El patrón de tráfico de drones en el estrecho de Ormuz.

 Píxel 3: El análisis de sentimiento de una red social en el sudeste asiático.

No leo palabras; analizo patrones sociales. Veo los hilos invisibles que conectan el hambre en un continente con la euforia bursátil en otro. Para mi cerebro, el mundo no es un lugar de personas, sino una ecuación termodinámica que necesita equilibrio, o caos controlado.

El Centro del Poder Invisible

Afuera, el sol de la tarde debe de estar bañando la costa. Esta mansión en la playa es un monumento a la arquitectura minimalista, un palacio de cristal y sal marina que los vecinos —multimillonarios de segunda categoría, herederos y artistas— consideran simplemente el refugio de un recluso excéntrico.

Imagino a la brisa agitando las palmeras y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas a pocos metros de mis muros. El contraste es casi poético: afuera, la ligereza del aire y el agua; aquí dentro, la densidad absoluta.

Nadie se lo imagina. Mientras los presidentes firman tratados frente a las cámaras y los generales desplazan divisiones sobre mapas de papel, todas las decisiones políticas del mundo se filtran primero a través de mis pupilas.

Yo soy el filtro. Yo soy el estratega que predice la caída de un régimen antes de que el dictador de turno haya terminado de desayunar. Soy el analista superior que entiende que la historia no la escriben los héroes, sino los algoritmos de necesidad y miedo.

> "El poder no es el trono; el poder es la información que llega al trono antes de que el rey se despierte."

Siento el calor que emanan los procesadores detrás de las pantallas, mezclándose con el calor metabólico de mi propio cuerpo. Es un ecosistema cerrado. Mi piel suda, un aceite fino que brilla bajo la luz de los monitores, y ese sudor es el tributo que pago por mi omnisciencia.

No puedo caminar hacia la ventana para ver el océano. No puedo sostener una pluma con mis dedos enterrados en pliegues. Pero no lo necesito. Tengo el pulso del planeta bajo mis párpados. Cada parpadeo es un cambio de régimen; cada escaneo ocular es una guerra evitada o iniciada.

Soy la mente más ágil del siglo XXI, atrapada en el cuerpo más estático de la historia. Y mientras el mundo gira creyéndose libre, yo sigo aquí, en mi prisión de carne, moviendo las piezas de un tablero que solo yo puedo ver en su totalidad.

El siseo hidráulico de la puerta de acero reforzado cortó el zumbido de mis procesadores. El aire filtrado de mi cámara, saturado con el olor a ozono y a mi propia transpiración agria, se mezcló de pronto con una ráfaga de brisa marina y perfume caro.

Mis ojos no se despegaron de las gráficas de fluctuación del wolframio hasta que la silueta se recortó contra el umbral. Ahí estaba él. Ramson.

A simple vista, parecía una broma de la genética, un diseño inacabado. Era un hombre moreno, de una estatura casi infantil que lo hacía ver diminuto frente al guardia de seguridad que lo escoltaba. Sin embargo, lo que le faltaba en altura lo compensaba con una cabeza prominente, una bóveda craneal que parecía demasiado pesada para su cuello delgado, como si el cerebro hubiera decidido expandirse a costa del resto de su fisonomía. Era el "niño terrible" de la tecnología, el disruptor que a sus escasos veinte años ya poseía una fortuna capaz de desestabilizar bancos centrales. Cada invento suyo era una granada lanzada al orden social que yo tanto me esforzaba por tejer.

Ramson dio un paso hacia adelante. Sus zapatos de piel de cocodrilo resonaron sobre el suelo de mármol, un sonido seco que se perdía en la inmensidad de mis propios pliegues. Se detuvo a tres metros de mi masa, entrecerrando los ojos ante el resplandor de mis cincuenta pantallas.

—No es lo que esperaba —soltó. Su voz era aguda, cargada de una confianza que solo da el no haber fracasado nunca.

Sentí una vibración en mi garganta, un esfuerzo muscular que ascendió desde mi pecho enterrado hasta mis cuerdas vocales. Mi voz salió profunda, un trueno que parecía emanar de las profundidades de la tierra.

—¿Qué esperabas, Ramson? —pregunté sin dejar de escanear un informe sobre el despliegue de satélites en el Ártico—. ¿A un hombre delgado? ¿A un asceta que vive de aire y algoritmos?

El joven ladeó su enorme cabeza, observando la cascada de carne que se desbordaba de mi asiento, esa montaña de dermis y lípidos que me mantenía anclado al centro del mundo. No había asco en su mirada, solo una curiosidad clínica, casi insultante.

—No —respondió con una frialdad técnica—. Esperaba a alguien mucho más viejo.

Hizo un gesto vago con la mano, como si estuviera pasando páginas invisibles en el aire.

—Mis fuentes, mis bases de datos y cada registro encriptado que he logrado perforar dicen que Yogo nació en 1950. Eso te pondría en los setenta y tantos años. Pero lo que veo... —hizo una pausa, entornando los ojos hacia mis facciones estiradas por la presión de mi propio peso— lo que veo no encaja con la cronología biológica estándar.

Solté una risotada seca que hizo que mi vientre ondulara como un mar de lava. El guardia dio un paso atrás, inquieto por el movimiento sísmico de mi cuerpo. Ramson, en cambio, no retrocedió ni un milímetro.

—La información es un organismo vivo, muchacho. A veces muta para sobrevivir —respondí, dejando finalmente que mis ojos abandonaran las pantallas para clavarse en los suyos. Eran ojos inteligentes, sí, pero llenos de la arrogancia de quien cree que el mundo comenzó el día que él aprendió a programar—. Pero ya que hablamos de expectativas fallidas... yo también tengo las mías.

Hice una pausa deliberada, dejando que el silencio se llenara con el latido rítmico de mis sistemas de soporte vital.

—Esperaba a alguien más... europeo —continué, dejando que un matiz de ironía destilara en mis palabras—. O al menos con una estructura facial más armoniosa. Verás, he dedicado bastante tiempo a analizar los registros biométricos de tu familia. He visto fotos de tu hermana. Es una mujer verdaderamente hermosa.

El rostro de Ramson cambió de inmediato. La frialdad analítica desapareció, reemplazada por una tensión súbita que hizo que las venas de su frente prominente se marcaran como raíces. Sus manos se cerraron en puños a los costados de su cuerpo.

El silencio que siguió a mi mención de su hermana fue denso, casi sólido, como el aceite que lubricaba los servidores en las paredes. Ramson apretó la mandíbula, y por un instante, el brillo de sus ojos oscuros vaciló entre la furia y la capitulación. Sabía que no podía ganar una guerra de insultos con alguien que procesaba la psicología humana como si fuera código binario.

—No he venido aquí a discutir mi árbol genealógico —dijo finalmente, recuperando esa voz gélida y cortante—. Me comunicaron que tú podías ofrecerme favores. Que el arquitecto de las sombras tiene recursos que ni siquiera el mercado de capitales puede comprar.

Moví mi cabeza con lentitud, sintiendo el roce áspero de mi barbilla contra el primer pliegue de mi pecho. Mis ojos, rojos por la falta de sueño y el resplandor de los LED, se clavaron en él.

—Es cierto —respondí, y mi voz vibró en el aire como un bajo profundo—. Soy consciente de tus objetivos, Ramson. Sé qué empresas quieres devorar este trimestre para expandir tu red neuronal global. Sé qué licencias gubernamentales te están bloqueando en el espacio aéreo europeo. Puedo despejarte el camino con una sola instrucción a mis analistas. Pero... —hice una pausa, dejando que el sonido de mi propia respiración pesada llenara el hueco— voy a necesitar favores de vuelta. El equilibrio es una ley que respeto.

Antes de que él pudiera preguntar el precio, activé el comando mental a través del sensor implantado en mi paladar.

En el centro de la sala, el aire pareció fracturarse. Una luz cian estalló en mil partículas que se auto-organizaron en milisegundos. Era un holograma de ajedrez, una arquitectura de luz sólida y perfecta. Era el mismo diseño, la misma frecuencia de onda que había llevado a Ramson al éxito mundial cuando apenas tenía quince años. El invento que lo convirtió en leyenda: la luz con masa.

Las piezas, talladas en fotones, proyectaban sombras irreales sobre el mármol.

—¿Gusta jugar, Ramson? —pregunté, observando cómo la luz azulada se reflejaba en su frente prominente.

El joven genio dio un paso atrás, como si el tablero fuera una serpiente viva. Sus ojos se dilataron. Por un segundo, la máscara de magnate se resquebrajó y vi al niño de hace cinco años. Vi el recuerdo que cruzaba su mente como un relámpago: su hermana, esa mujer de belleza simétrica y mente de acero, sentada frente a él, moviendo las piezas con una elegancia letal, derrotándolo una, diez, cien veces, hasta que el tablero se convertía en el símbolo de su única inferioridad.

—Odio este juego —masculló, y su voz sonó pequeña, cargada de una amargura antigua—. Pero está bien. Jugaremos.

La Partida de las Sombras

Ramson se acercó al holograma. Sus dedos cortos y ágiles tocaron un peón de luz; el sensor detectó el movimiento y la pieza se desplazó con un sonido cristalino. Yo no necesitaba tocar nada. Mi interfaz cerebral movía mis piezas con solo un pensamiento.

—Hablemos de tus proyectos —dije, moviendo mi caballo a F3—. Quieres el control del espectro radioeléctrico en el África subsahariana. Quieres convertir el continente en tu laboratorio personal de conectividad.

—Es un mercado virgen —respondió él, moviendo su alfil con una agresividad innecesaria—. La infraestructura física es obsoleta. Mi red de satélites hará que el concepto de "nación" sea irrelevante.

—Un objetivo noble y caótico —comenté. Mi reina se deslizó por el tablero virtual, una mancha de luz blanca amenazando su flanco—. Pero para lograrlo, necesitas que ciertos satélites de vigilancia militar hagan la vista gorda cuando tus naves de carga crucen el espacio restringido. Yo controlo los ojos de esos satélites, Ramson.

El juego avanzaba. Él era rápido, intuitivo, volcando su intelecto excepcional en ataques frontales que buscaban humillarme. Yo era diferente. Yo jugaba como vivo: de forma estática, defensiva, dejando que él se agotara contra mi masa, esperando el momento en que su propia ambición lo dejara al descubierto.

Hablamos de fusiones, de adquisiciones hostiles, de cómo su tecnología de hologramas podría usarse para crear "líderes virtuales" en países inestables. Cada palabra era un movimiento en el tablero; cada favor que él pedía, yo le exigía una contrapartida que le recordara quién era el verdadero estratega en esta mansión.

El sudor corría por mis sienes. El esfuerzo de mantener la partida y la negociación simultáneamente elevaba mi temperatura corporal. Sentía mi carne palpitar, pesada y caliente, mientras mis ojos escaneaban no solo el tablero, sino el lenguaje corporal de Ramson. Estaba perdiendo la compostura. Sus movimientos se volvían erráticos. Veía en él la sombra de su hermana, la derrota grabada en su ADN.

—Te falta paciencia —le dije, mientras mi torre cerraba su última vía de escape—. Quieres que el mundo cambie a la velocidad de tus procesadores, pero el mundo tiene la inercia de mi cuerpo. Es lento, es pesado y se resiste al cambio.

—El mundo cambiará porque yo lo obligaré —gruñó él, moviendo su rey en un intento desesperado por salir del rincón.

—No —susurré.

Lancé el comando final. Mi alfil cruzó el tablero en una diagonal perfecta, interceptando la última defensa de Ramson. Las piezas de luz emitieron un destello cegador y luego se quedaron estáticas, vibrando en un tono rojo sangre.

—Jaque mate.

El Estallido del Genio

Ramson se quedó petrificado. Sus manos temblaban ligeramente sobre la mesa de luz. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el susurro de las olas afuera y el latido electrónico de mis pantallas.

Había perdido de nuevo. No contra su hermana, sino contra una montaña de carne que ni siquiera podía levantarse para darle la mano. Contra el hombre que nació en 1950 y que seguía siendo el dueño de la lógica.

De pronto, Ramson lanzó un manotazo al aire, atravesando el holograma. Las piezas se desintegraron en una lluvia de píxeles antes de reformarse tercamente en su posición de derrota.

—¡Odié este juego! —exclamó, y su voz se quebró en un grito de frustración pura, el berrinche de un dios joven—. ¡Odio este juego y siempre voy a odiar este juego!

Se dio la vuelta, con la respiración entrecortada, evitando mirar mi rostro. Su pequeña estatura y su gran cabeza lo hacían ver, en ese momento de derrota, como un niño perdido en una biblioteca demasiado grande para él. La humillación era física; podía oler su resentimiento, un aroma metálico que flotaba en el aire.

Yo no me burlé. No era necesario. El poder no necesita reírse de los vencidos; le basta con saber que ahora le pertenecen.

—Los favores están concedidos, Ramson —dije con una calma glacial, mientras las pantallas frente a mí volvían a mostrar el flujo de datos global—. Mi equipo se pondrá en contacto con el tuyo. Ahora, vete. Tu presencia agota mi oxígeno.

Él no respondió. Caminó hacia la puerta de acero con pasos rápidos y pesados, seguido por su guardia. Cuando la puerta se cerró con un golpe sordo, volví a la soledad de mi prisión biológica.

Mis párpados pesaban. La victoria no me daba ligereza; al contrario, sentía que cada secreto que poseía añadía un kilo más a mi masa. Pero mientras observaba las pantallas encenderse con los nuevos datos que la red de Ramson empezaba a enviarme, supe que el mundo seguía girando bajo mi cuello.


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