La hermandad de la piedra, capítulo 4.
El frío en el interior de la montaña no era sino una ausencia de vida que calaba hasta los huesos de grafeno de Taho. Las paredes, de un granito tan oscuro que parecía absorber la luz de las linternas tácticas, se cerraban sobre el grupo como las fauces de un gigante petrificado. El aire aquí arriba, a casi cinco mil metros de altura, era ralo, un recordatorio constante de que estaban en un lugar donde los pulmones humanos no estaban diseñados para funcionar.
Liam Jameson, el "Hombre Domo", rompió el silencio. Su voz, usualmente filtrada por la confianza de su invulnerabilidad, sonó pequeña, casi infantil, rebotando en las paredes húmedas.
—¿Qué demonios estamos haciendo aquí, Taho? —preguntó Liam, abrazándose a sí mismo a pesar de que su campo de fuerza mantenía la temperatura interna estable. Su mirada saltaba de una sombra a otra, buscando una amenaza que no podía ver—. Esto no se parece a nada de lo que hay en los catálogos.
Taho no se detuvo. Sus manos, enguantadas en esa fibra óptica que brillaba con un pulso cian, se movían en el aire frente a ella, manipulando una interfaz invisible que solo sus ojos aumentados podían percibir. El Coyote caminaba a su lado, sus patas moviéndose sin hacer ruido sobre la grava, con el bozal traductor emitiendo un zumbido de baja frecuencia.
—Los catálogos son solo la superficie de la verdad, Liam —respondió Taho. Su voz era una línea recta de metal, carente de inflexión—. He pasado las últimas setenta y dos horas cruzando archivos que el mundo cree borrados. Datos de satélites espía rusos, diarios de campo de arqueólogos desaparecidos en los años cincuenta y registros de fluctuaciones de neutrinos en el Mediterráneo.
Se detuvo frente a una pared que parecía idéntica a las demás, pero que para ella era un mapa.
—En el verano de 1998 —continuó Taho—, cerca de la costa de Italia, el mundo registró lo que los medios llamaron una "tormenta seca". Inmensos destellos de energía que no procedían de las nubes, sino que parecían brotar de la misma estructura de la realidad. La energía era tan pura que fundió los transformadores de tres provincias. En los archivos más profundos de la inteligencia italiana, a ese fenómeno se le llamó "Quirón".
Se giró para mirar al grupo. Sus ojos gélidos se detuvieron en cada uno de ellos.
—"Polemistic" fue el término que usaron los analistas del Vaticano para describir lo que ocurrió inmediatamente después en un orfanato cercano al epicentro. Una fuga masiva. No de delincuentes, ni de rebeldes, sino de niños. Cincuenta y dos huérfanos desaparecieron en una sola noche. No hubo rastro de lucha, ni de huellas, solo un olor a ozono que persistió durante meses. Y entre esos nombres, uno destacaba por su anomalía estadística.
—Angelo —susurró el Coyote, su voz digital sonando como un eco en la cámara de piedra.
—Exacto —confirmó Taho—. Angelo. El único niño que no tenía registro de entrada, ni partida de nacimiento. Siguiendo el rastro de la radiación residual de "Quirón", la huella de "Polemistic" me trajo exactamente a este punto geográfico. Aquí es donde la realidad se dobla.
Taho se arrodilló sobre el suelo de la cueva. Con un movimiento de su mano, proyectó una luz ultravioleta que reveló lo que la oscuridad ocultaba. En el suelo, talladas con una precisión que desafiaba cualquier herramienta humana, había letras inscritas en la roca. No estaban escritas en latín, ni en griego, sino en una simbología que mezclaba geometría fractal con algo que parecía un lenguaje de programación antiguo.
Mientras Taho comenzaba a analizar los glifos, el ambiente cambió. La tensión entre los superhumanos, contenida por el liderazgo de la mujer, empezó a filtrarse.
Huseín, el híbrido demoníaco, dio un paso adelante. Su sombra, esa entidad con cuernos y alas que no siempre obedecía a las leyes de la luz, se estiró de forma antinatural por el suelo. Su presencia hizo que el aire se enfriara un par de grados más, cargándolo con un aroma a incienso quemado y cobre.
—Acérquense todos —ordenó Huseín. Su voz tenía una profundidad que vibraba en el pecho de los demás—. Todos, menos la arquitecta y su... mascota.
El Coyote emitió un gruñido bajo, pero Taho no se inmutó, absorta en el análisis de las inscripciones. El grupo se reunió en un semicírculo frente al demonio.
—Si vamos a entrar en lo desconocido —dijo Huseín, observándolos con sus ojos violetas—, quiero saber con quién estoy compartiendo mi tumba. Ya sé lo que dicen los papeles de ella, pero quiero escucharlo de ustedes. ¿Qué los hace creer que sobrevivirán a esto?
Behemooth fue el primero en hablar. El gigante de tres metros se rascó la nuca con una mano que podría haber aplastado un bloque de motor. Su tono era de una ingenuidad casi desarmante, la voz de un niño atrapado en el cuerpo de un titán.
—Bueno —dijo Behemooth, encogiéndose de hombros, lo que provocó un pequeño sismo bajo sus pies—. Yo solo... no me rompo, Puedo levantar cosas grandes Y mi piel es dura como la de un rinoceronte, o quizá más. No me gusta pelear, pero si me empujan, pues no me muevo.
Cordman soltó una carcajada seca, un sonido que recordaba al crujir de ramas secas en un bosque en otoño. Sus fibras vegetales se retorcieron alrededor de sus brazos de forma burlona.
—Un escudo de carne —comentó Cordman, con una sonrisa que revelaba dientes teñidos de verde por la clorofila—. Útil, supongo. Yo, por otro lado, soy la selva misma. ¿Ves este suelo de piedra? Si quisiera, podría hacer que una raíz de hierro perforara tu corazón de sombra antes de que pudieras parpadear. No necesito aire, no necesito comida corriente. Soy la paciencia de la tierra. Puedo estrangular un ejército sin mover un dedo.
El Cyborg intervino entonces. Sus lentes ópticos hicieron un sonido rítmico de enfoque mientras analizaba la biomasa de Cordman con desdén técnico. Su voz era una síntesis perfecta, carente de cualquier duda.
—Mi valor no reside en la fuerza bruta o el crecimiento orgánico —declaró el Cyborg—. Soy la culminación de la lógica aplicada. Puedo procesar diez mil escenarios de combate por segundo. Mi sistema nervioso está integrado con una nube de nanobots que pueden desensamblar cualquier estructura molecular en un radio de acción definido. No cometo errores de cálculo. Soy la eficiencia pura.
Liam Jameson, el "Hombre Domo", se relajó un poco, apoyando su espalda contra una estalagmita. Su campo de fuerza emitía un brillo azulado y reconfortante.
—Yo lo veo más simple —dijo Liam con un tono despreocupado, casi aburrido—. Ustedes pueden atacar todo lo que quieran. Yo simplemente decido que el universo se detenga a un metro de mi piel. He estado en el epicentro de una explosión nuclear y ni siquiera se me despeinó el flequillo. Soy el "No" absoluto. Si estoy con ustedes, nadie muere a menos que yo lo permita.
Huseín asintió lentamente. Su mirada se desvió entonces hacia la figura de Taho, que seguía de espaldas, con sus dedos trazando las líneas en el suelo con una intensidad casi religiosa.
—¿Y ella? —preguntó Huseín en un susurro que todos escucharon—. ¿Alguien sabe cuál es el "poder" de Taho?
El silencio que siguió fue más denso que la propia montaña. Los cuatro se miraron entre sí. Se dieron cuenta de algo inquietante: ninguno de ellos la había visto hacer nada que pudiera considerarse "sobrehumano". No volaba, no proyectaba energía, no tenía fuerza muscular aumentada. Solo era... inteligente. Extremadamente inteligente. Y sin embargo, todos la obedecían con una sumisión que rayaba en el instinto de supervivencia.
Ninguno quiso preguntar. Había algo en la postura de Taho, en la forma en que el Coyote la vigilaba, que sugería que la respuesta sería mucho más aterradora que cualquier campo de fuerza o fuerza bruta. El miedo a lo desconocido en ella era mayor que su curiosidad.
Pasaron catorce minutos exactos. El tiempo en la cueva parecía haberse dilatado. El goteo del agua, el zumbido del Cyborg, la respiración pesada de Behemooth... todo formaba una sinfonía de espera.
De pronto, Taho se puso de pie. Su figura, recortada contra la oscuridad, parecía vibrar.
—Lo tengo —dijo.
No era una voz de triunfo, sino de confirmación matemática. Taho inhaló profundamente y, ante la sorpresa de todos, comenzó a silbar. No era una melodía que alguien pudiera reconocer. Era un tono extraño, una frecuencia disonante que parecía golpear contra los nervios más que contra los oídos. Era un sonido "sucio", lleno de armónicos imposibles que hacían que el Cyborg emitiera una alerta de error de audio.
En respuesta al silbido, las letras en el suelo comenzaron a brillar con una luz blanca cegadora. El granito bajo sus pies dejó de ser sólido. Se convirtió en una membrana líquida, una superficie de tensión superficial que cedió de golpe.
No hubo tiempo para gritar. La realidad se rasgó como un papel viejo.
Una compuerta dimensional se abrió bajo ellos, un túnel de luz y sombras entrelazadas que los succionó con la fuerza de un agujero negro. Cayeron al vacío, pero no era un vacío oscuro, sino una vorágine de sensaciones: el olor a aceite de motor viejo mezclado con flores frescas, el sonido de mil relojes de arena vaciándose a la vez.
El impacto fue seco.
Behemooth aterrizó primero, su inmenso peso haciendo que el suelo de metal vibrara. Los demás cayeron sobre él o a su alrededor en un montón de extremidades y confusión.
Cuando el polvo de la transición se asentó y sus sentidos regresaron, se encontraron en un lugar que desafiaba toda descripción lógica.
No era una cueva. Era un salón vasto, con techos que se perdían en una penumbra artificial. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el infinito, repletas de herramientas cuyos propósitos eran un misterio para la física moderna: llaves inglesas que parecían hechas de luz sólida, martillos que vibraban con una nota musical, y artefactos extraños que pulsaban con un brillo orgánico dentro de frascos de cristal líquido.
El aire olía a ozono, a grasa de alta fricción y a algo más... algo antiguo.
El eco de sus propios pasos sobre el suelo de aleación pulida era el único sonido que acompañaba al grupo mientras se internaban. El espacio no se sentía como una construcción humana; las proporciones eran erróneas, los techos demasiado altos y los ángulos de las paredes parecían curvarse sutilmente si uno los miraba de reojo por demasiado tiempo. El aire era denso, saturado con una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Liam se erizara y que los sensores del Cyborg emitieran un zumbido de advertencia constante.
—Este lugar… huele a matemáticas —murmuró Liam, intentando poner palabras a la extraña pureza del ambiente.
Cruzaron el primer salón, una estancia donde la luz no provenía de lámparas, sino de las propias paredes de cristal translúcido que dividían el espacio. Dentro del cristal, suspendidas en un gas inerte, flotaban piezas de maquinaria tan pequeñas que parecían granos de arena, moviéndose en patrones orbitales perfectos.
Cordman, cuya conexión con lo orgánico lo hacía especialmente sensible a las vibraciones del entorno, se detuvo frente a una sección de la pared. Sus dedos, entrelazados con finas raíces que buscaban desesperadamente tierra que no existía, temblaron.
—Hay algo aquí —dijo, con su voz áspera como la corteza de un roble—. Algo que respira.
Frente a él, en la profundidad del cristal, las motas de polvo metálico comenzaron a agruparse. En cuestión de segundos, formaron una estructura reconocible: un rostro. No era un rostro humano, sino una máscara de rasgos alargados y cuencas vacías que parecía observar a Cordman con una curiosidad gélida. Fascinado por el movimiento, el hombre planta extendió una mano y rozó la superficie fría del cristal.
¡ZAS!
Una descarga eléctrica, azulada y nítida, saltó desde la pared hasta la punta de sus dedos. Cordman soltó un gruñido y retiró la mano de un tirón, mientras el olor a ozono y savia quemada llenaba el aire.
—¡Basta! —la voz de Taho cortó el aire como un látigo—. No estamos en una exhibición de curiosidades. Cada átomo en este lugar tiene una función defensiva o procesal. Si vuelven a tocar algo sin mi autorización, dejaré que este taller los desintegre antes de que lleguemos al objetivo. ¿Ha quedado claro?
Su mirada se clavó en Cordman con tal intensidad que el hombre planta simplemente asintió, ocultando sus dedos heridos entre sus fibras vegetales. Taho no bromeaba; su seriedad era la de un cirujano operando a corazón abierto.
Sin embargo, no todos en el grupo compartían el respeto por la autoridad de la analista.
Chihuahuel, el polimorfo, caminaba al final de la fila. En su forma actual, parecía un enano de hombros exageradamente anchos, una masa de músculos compactos y pelaje pelirrojo que le daba el aspecto de un cavernícola que hubiera tropezado con un futuro que no comprendía. Sus ojos amarillos, pequeños y brillantes de una astucia animal pero de inteligencia limitada, no estaban fijos en el camino, sino en las maravillas que colgaban de las paredes.
Para Chihuahuel, el taller no era un templo de conocimiento, sino un botín.
Al entrar en el segundo salón, un espacio dedicado a lo que parecían prototipos de herramientas de mano, Chihuahuel divisó algo que capturó su atención. Colgada de un filamento de luz, había una pequeña "hacha": un objeto del tamaño de una moneda que giraba sobre sí mismo sin cesar. Parecía un juguete, una baratija sin importancia en medio de máquinas de guerra.
Aprovechando que Taho discutía coordenadas con el Cyborg, Chihuahuel se desvió del camino. Con un movimiento rápido y torpe de sus dedos gruesos, arrancó el objeto del filamento. El engranaje emitió un leve tintineo metálico, como una risa de cristal, antes de desaparecer en el bolsillo de su pantalón de cuero. El polimorfo sonrió para sí mismo, mostrando sus colmillos romos, ignorando que el filamento de luz del que lo había robado acababa de tornarse de un rojo violento.
—Seguimos —ordenó Taho, sin girarse, aunque el Coyote, a su lado, lanzó una mirada de sospecha hacia el pelirrojo.
Finalmente, tras atravesar un pasillo donde el suelo se volvía líquido bajo sus botas, llegaron a la cámara central.
El cambio de atmósfera fue inmediato. El ruido de la maquinaria desapareció, sustituido por el sonido constante y relajante de agua corriendo. El salón era una cúpula inmensa de obsidiana, y en el centro, el suelo se hundía en una piscina circular de agua cristalina que emitía un resplandor cian.
Allí, suspendido sobre la superficie del agua por campos de fuerza invisibles, yacía el cuerpo del hombre que habían estado buscando: Angelo, el Quiron Polemistic.
Su cuerpo era de una palidez marmórea, vestido con una túnica de hilos metálicos que parecían fundirse con su piel. No parecía estar muerto, sino atrapado en un sueño profundo, una hibernación de datos. Alrededor de la piscina, la humedad era tan alta que se formaba una neblina que olía a lluvia y a metal purificado.
Pero no estaban solos.
De pie junto al pedestal, como centinelas de un tiempo olvidado, dos hombres encapuchados observaban el cuerpo. Vestían túnicas de un gris cenizo que absorbía toda la luz, ocultando sus rostros en una oscuridad absoluta. No se movieron cuando el grupo entró, ni mostraron sorpresa ante la presencia de un gigante, un demonio y un cyborg.
Uno de ellos, el que estaba a la derecha, levantó ligeramente la cabeza. Su voz no salió de su garganta, sino que pareció emanar de las mismas paredes de la cámara, una resonancia que hizo vibrar el agua de la piscina.
—Los estábamos esperando —exclamó el encapuchado, con una calma que resultaba más amenazadora que cualquier grito.
Taho dio un paso al frente, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos azules no se desviaron ni un segundo de los encapuchados, reflejando el brillo cian del agua. No había miedo en su rostro, solo la satisfacción gélida de quien ve cómo una ecuación largamente estudiada finalmente se resuelve.
—Lo sé —respondió Taho.
El silencio que siguió fue el preludio de una tormenta. En el bolsillo de Chihuahuel, el pequeño engranaje robado comenzó a calentarse, emitiendo un pulso de luz roja que latía al unísono con el corazón del durmiente en el agua.
El eco del agua contra la obsidiana era lo único que llenaba el vacío del salón mientras Taho avanzaba hacia el borde de la piscina. La luz que emanaba del líquido bañaba su rostro, dándole una apariencia espectral, casi de porcelana. Frente a ella, el encapuchado permanecía inmóvil, una columna de tela gris que parecía no tener peso.
—Habla —ordenó Taho. Su voz no pidió, exigió. El aire se volvió pesado, cargado con el olor a ozono que siempre precedía a las grandes revelaciones—. Sé que este cuerpo no es solo un relicario.
El encapuchado ladeó la cabeza. Cuando habló, el sonido fue como el de dos piedras antiguas frotándose entre sí, una vibración que se sentía en los dientes de los presentes.
—Angelo no es un hombre, ni una máquina —comenzó el guardián—. Es una cicatriz en el tiempo, la reencarnación de un dios. Hace eones, cuando la primera luz aún luchaba contra el vacío, surgió La Mancha. Una entidad de sombra absoluta, un demonio primordial que no devora la carne, sino la existencia misma. en su apogeo La Mancha convirtió galaxias en ceniza antes de que Angelo la enfrentara en el campo de batalla de la creación.
Behemooth tragó saliva, el sonido resonando como un trueno en la cúpula. El encapuchado extendió una mano huesuda hacia el cuerpo sumergido.
—Él derrotó a la Mancha, encerrándola en los pliegues de la realidad, pero el precio de su último enfrentamiento, hace 50 años, fue su propia vigilia en este cuerpo humano. Quedó en este estado. Pero La Mancha ha regresado, filtrándose a través de las fisuras que los hombres como ustedes han abierto en el mundo superior. Y esta vez, no viene sola.
Taho entrecerró los ojos. Sus dedos enguantados en fibra óptica pulsaron con un brillo nervioso.
—Mis informes hablan de una anomalía en las catacumbas de Hécate —dijo ella—. Un robo.
—Así es —confirmó el encapuchado, y por primera vez hubo un rastro de miedo en su tono—. La Mancha posee ahora el Talismán de la Diosa Hécate. Un rubí anatómico que late con la sangre de la realidad. Con ese objeto en sus manos se dice que es posible resucitar cualquier cosa, incluso titanes.
Taho observó el cuerpo de Angelo. Estaba tan cerca, a solo unos metros bajo el agua resplandeciente, pero parecía estar a años luz de distancia.
—¿Quién puede traerlo de vuelta? —preguntó Taho, su mente ya trazando mapas de probabilidad—. Mis archivos no tienen protocolos para despertar a un dios en hibernación cuántica.
El segundo encapuchado, que hasta entonces había permanecido en silencio, dio un paso al frente. Su túnica desprendió un polvillo brillante que olía a pinos viejos y a tierra mojada después de una tormenta.
—No se despierta a Angelo con ciencia, arquitecta —dijo el segundo hombre—. Se le llama desde el mito. Hay un ser, un maestro de la magia pura que aún respira en este mundo agonizante. El aclamado Niño Mago. Él camina ahora por los bosques antiguos, en los pliegues donde la naturaleza aún no ha sido profanada por el hierro y el silicio. Él posee la llave tonal para abrir la mente de Angelo.
—¿Cómo lo encontramos? —intervino el Cyborg, sus lentes ópticos buscando una señal de calor en el vacío—. No hay radares que detecten la magia.
El encapuchado señaló hacia el techo de la cúpula, donde las estrellas parecían formarse en la oscuridad de la piedra.
—No se le busca con ojos, sino con el aliento. El Niño Mago puede ser convocado si su nombre verdadero es pronunciado en el lugar correcto. Él es el vínculo entre lo que fue y lo que debe ser.
Taho permaneció en silencio unos segundos, procesando la información. Sus sentidos detectaron un cambio en la temperatura del agua; Angelo parecía agitarse bajo la superficie, como si el solo hecho de mencionar al Mago hiciera vibrar su conciencia.
Se giró hacia su grupo. Behemooth sostenía su servilleta arrugada con fuerza; Cordman tenía las raíces de sus pies hundiéndose en las grietas del metal buscando vida; Huseín estaba envuelto en su propia sombra, y Chihuahuel, nervioso, apretaba el objeto robado en su bolsillo, ajeno a que el calor del engranaje estaba empezando a quemar su piel.
—Ya han escuchado —dijo Taho, y su voz recuperó esa autoridad gélida que no permitía réplicas—. El tiempo de los laboratorios y los búnkeres se ha terminado. Si la Mancha tiene el Talismán, cada segundo que pasamos aquí es un kilómetro de realidad que desaparece.
El Coyote dio un paso al frente, su traductor emitiendo una nota clara y sostenida.
—Es hora de buscar al Mago —sentenció Taho—. Vamos a los bosques.
Con un movimiento fluido, Taho se dio la vuelta, ignorando a los encapuchados que empezaban a desvanecerse en humo gris. El grupo la siguió, saliendo de la cámara de agua hacia el túnel de luz.
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