La hermandad de la piedra, capítulo 6.

 El vacío no era una ausencia de luz; era una presencia de nada. En el Reino de la Vigilia, el concepto de distancia se deshacía como sal en el agua. Liam Jameson, el hombre que se jactaba de ser el "No" absoluto, se encontró flotando en un abismo que olía a tiempo muerto y a estática. No había suelo, no había cielo, solo una negrura infinita que parecía presionar contra sus globos oculares hasta que el dolor se convirtió en una nota sorda y constante en su cráneo.

Por primera vez en su vida, el miedo no fue una emoción, sino un proceso biológico. Sintió cómo el sudor frío le recorría la columna, pero el sudor no caía; se quedaba pegado a su piel en la ingravidez de ese lugar maldito. Su corazón martilleaba contra sus costillas con tal violencia que temía que el sonido atrajera a lo que sea que habitara en ese silencio sepulcral.

—¿Taho? —gritó, pero su voz fue devorada por la nada. No hubo eco. El silencio era un depredador hambriento.

De pronto, la negrura se rasgó.

No hubo aviso. Una silueta, una amalgama de extremidades alargadas y mandíbulas desencajadas, se materializó desde el punto ciego de su visión. Era un demonio del Cancerverso, una criatura cuya piel parecía hecha de tumores de obsidiana y cuyos ojos eran hendiduras de un fuego violeta enfermizo. El ser se abalanzó con un chillido que no se escuchó con los oídos, sino con los nervios.

—¡NO! —rugió Liam por puro instinto.

La Esfera de Defensa Inmediata se manifestó en un microsegundo. Era una burbuja de luz azul cobalto, fina como el papel pero densa como el plomo. El demonio impactó contra ella y, por un instante, Liam creyó que su invulnerabilidad habitual lo salvaría. Pero entonces escuchó el sonido que más temía en el mundo: el crujido del cristal rompiéndose.

La garra del demonio atravesó la primera capa como si fuera humo. La esfera estalló en mil fragmentos de energía que se disolvieron antes de tocar el suelo inexistente.

—¡Maldita sea! —Liam retrocedió, su mente trabajando a una velocidad que quemaba sus neuronas.

Concentró su voluntad, visualizando los átomos del aire (o de lo que fuera ese gas denso) y obligándolos a entrelazarse. La Esfera de Dos Capas surgió con un zumbido eléctrico. Era más oscura, un azul marino profundo, con una segunda membrana interna que vibraba en una frecuencia armónica opuesta a la externa. El demonio golpeó de nuevo, pero esta vez fue repelido por una descarga de energía cinética.

—¿Dónde estoy? —preguntó Liam, su voz temblando. El sudor nublaba su visión—. ¡Angelo! ¡Sé que estás aquí! ¡Muéstrate!

—Estás en mis dominios —la voz de Angelo no provino de una dirección, sino de la propia estructura de la negrura.

Angelo se materializó frente a él, suspendido en el aire con la gracia de un dios aburrido. A su alrededor, la oscuridad comenzó a bullir. Decenas, cientos de sombras similares a la primera criatura empezaron a emerger del vacío. Eran los habitantes del Cancerverso, parásitos de la realidad que olían el miedo de Liam como si fuera sangre fresca.

—Este es el lugar donde los conceptos mueren, pequeño muro —dijo Angelo, extendiendo una mano—. Aquí, tu voluntad es solo combustible para el hambre de mis subditos

A una señal de Angelo, la horda se lanzó contra la esfera bicapa. El sonido era ensordecedor: miles de garras rascando el campo de fuerza, un chirrido metálico que hacía que los dientes de Liam sangraran por la presión. Angelo, con un gesto displicente, lanzó una ráfaga de energía blanca desde su palma. El rayo impactó directamente en el ecuador de la esfera.

La bicapa aguantó tres segundos. Luego, con un estruendo que sacudió la espina dorsal de Liam, se desintegró.

—No eres nada aquí —sentenció Angelo.

Liam cayó de rodillas en el vacío. Podía sentir el aliento gélido de los demonios en su nuca. La desesperación le dio una claridad que nunca había tenido. Recordó las palabras de Taho sobre el límite de sus capacidades. Recordó que él era el "No".

—He dicho... ¡QUE NO! —gritó Liam, y sus ojos se tornaron de un blanco cegador.

Expandió su conciencia más allá de su cuerpo. Sintió cada neurona de su cerebro encenderse como una supernova. La Esfera Tricapa, su técnica definitiva, la que nunca había necesitado usar, se desplegó con la fuerza de un Big Bang en miniatura.

La primera capa era de un azul eléctrico; la segunda, un violeta denso; la tercera, una membrana de color negro absoluto que absorbía cualquier forma de energía. Era una fortaleza geométrica perfecta. Pero Liam no se detuvo ahí.

—¿Quieres ver lo que puede hacer un "error de redondeo"? —desafió Liam, con la sangre brotando de su nariz por el esfuerzo metabólico.

Empezó a expandir la esfera.

Mil veces su tamaño original. Cien mil veces. Un millón.

La esfera tricapa creció como una burbuja de jabón inflada por un gigante. El esfuerzo físico era devastador. Liam sentía que sus músculos se desgarraban de sus huesos, que sus pulmones se llenaban de fuego. El calor dentro de la esfera subió a niveles insoportables, el olor a su propia carne quemada por la fricción de la energía llenaba el espacio.

La esfera creció tanto que empezó a chocar con las paredes del Cancerverso. El impacto generó ondas de choque que iluminaron el vacío con destellos de colores imposibles. La estructura misma de la dimensión de Angelo empezó a gemir, como un edificio a punto de colapsar bajo una presión externa infinita.

—¡Detente! —la voz de Angelo perdió su calma, tornándose en un trueno de preocupación—. ¡Si continúas, te desgastarás hasta la última célula! No solo morirás tú, sino que la presión romperá los sellos de las celdas inferiores. ¡Liberarás demonios que ni siquiera yo puedo contener! Estás agrietando el tejido de la existencia.

Liam no escuchaba. O quizás no quería escuchar. Estaba dispuesto a convertirse en ceniza con tal de demostrar que su muro era infranqueable. Su visión se volvía roja; los capilares de sus ojos habían estallado.

—¿Te vas a rendir... o voy a tener que explotar este lugar entero? —jadeó Liam, su voz apenas un susurro roto por la agonía.

Angelo observó la esfera tricapa, que ahora vibraba con una frecuencia que hacía que los propios demonios se desintegraran por la mera proximidad. El Guerrero del Hilo Dorado comprendió que Taho no le había enviado a un guerrero, sino a una fuerza de la naturaleza cuya terquedad era más poderosa que la física.

—Suficiente —dijo Angelo, bajando las manos y disolviendo la horda de sombras con un suspiro de luz—. Detén esta locura. Si te detienes ahora, antes de que tu corazón se detenga también... aceptaré hablar contigo. Aceptaré escuchar lo que esa mujer de ojos gélidos tiene que decir.

Liam mantuvo la presión un segundo más, saboreando el poder de tener a un dios en jaque. Luego, con un gemido de alivio y agotamiento, dejó que la esfera tricapa se contrajera. La energía regresó a él de golpe, lanzándolo hacia atrás.

El silencio regresó al Reino de la Vigilia, pero esta vez, no era un silencio de muerte, sino de tregua. Liam flotaba, inconsciente pero vivo, mientras Angelo lo observaba con un nuevo y peligroso respeto.


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