Trimind, capitulo 13.

 La mañana avanzaba lentamente sobre la ciudad costera. El aire conservaba el olor húmedo del océano mezclado con el aroma del combustible de los barcos que entraban y salían del puerto. Las gaviotas cruzaban el cielo lanzando sus gritos agudos mientras una brisa fresca agitaba la ropa de los transeúntes.


Joseph caminaba junto a Talis por una acera de concreto desgastado. La mochila descansaba sobre uno de sus hombros y sus ojos recorrían las calles con cautela, todavía poco acostumbrados a una libertad tan reciente.


Talis avanzaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra. Su piel era de un tono tan profundamente oscuro que parecía absorber parte de la luz del sol, aunque al mismo tiempo reflejaba un brillo suave que resaltaba cada movimiento de sus músculos bajo la tela. Caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a observar cada detalle sin parecer que lo hacía.


Durante unos minutos ninguno habló.


Solo se escuchaban los motores de los automóviles, el murmullo lejano del mercado y el golpeteo de unas herramientas provenientes de un taller cercano.


Finalmente, Talis rompió el silencio.


—Hay algo que llevo preguntándome desde que te vi en ese barco.


Joseph volvió la mirada hacia ella.


—¿Qué cosa?


—¿Por qué estabas ahí?


Joseph permaneció unos segundos en silencio.


El olor de una panadería cercana llegó hasta ellos. Pan recién horneado, mantequilla caliente y café. Era un aroma agradable, pero no bastó para borrar los recuerdos que acudieron a su mente.


—Me capturaron por mis capacidades cognitivas.


Talis arqueó una ceja.


—¿Encierran gente por ser inteligente?


Joseph negó despacio.


—No exactamente.


Levantó una mano y apartó el cabello que cubría los costados de su cabeza.


Las dos protuberancias, ubicadas a ambos lados del cráneo, quedaron completamente visibles.


Talis redujo la velocidad de sus pasos.


Las observó con atención.


No parecían tumores.


Ni deformaciones comunes.


Eran demasiado simétricas.


—Solo si tienen tres cerebros.


La mujer permaneció unos segundos sin decir una palabra.


Luego soltó una breve risa de incredulidad.


—Eso explica muchas cosas...


Joseph asintió.


—Quieres saber cómo funciona.


—Bastante.


Joseph cerró los ojos.


Respiró lentamente.


Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado.


Su expresión se volvió más rígida.


Más analítica.


La manera de caminar era ligeramente distinta.


La voz también.


—Buenos días.


Talis inclinó apenas la cabeza.


—¿Tú eres...?


—West.


La pronunciación era precisa y completamente controlada.


—Soy uno de los tres cerebros que compartimos este cuerpo. Nuestra actividad neuronal está coordinada, aunque nuestras identidades son distintas. Podemos alternar el control motor de manera voluntaria y compartir recuerdos mediante conexiones neuronales permanentes.


Talis lo observaba fascinada.


—Entonces...


—Sí.


—¿Siempre están conscientes?


—Casi siempre. Mientras uno descansa, los otros dos permanecen activos. Eso explica por qué nuestro organismo necesita dormir considerablemente menos que un ser humano promedio.


West dio un pequeño paso hacia atrás.


—Ahora le toca a Wester.


Los ojos volvieron a cerrarse durante apenas un instante.


Cuando se abrieron nuevamente, la diferencia era evidente.


Una sonrisa relajada apareció en el rostro de Joseph.


La postura se volvió menos rígida.


Incluso el tono de voz era más cálido.


—Mucho gusto.


Talis sonrió.


—Tú eres Wester.


—El favorito de mucha gente.


West respondió desde el interior.


—Esa afirmación carece de evidencia.


Wester soltó una pequeña carcajada.


—¿Ves? Así es todo el tiempo.


Talis no pudo evitar reír también.


—Debe ser... extraño.


—No tanto. Es como tener hermanos que jamás se callan.


—Oye.


—Era broma.


Los tres rieron.


Un instante después, Joseph recuperó nuevamente el control del cuerpo.


Su expresión volvió al equilibrio habitual.


Talis lo miró durante unos segundos.


—No puedo imaginar cómo sería vivir así.


Joseph contempló las personas que caminaban por la avenida.


Familias.


Niños.


Vendedores ambulantes.


Gente completamente ajena a conversaciones como aquella.


—Estos dos cerebros me condenaron.


Guardó silencio.


—Pero también me salvaron.


Ninguno de los tres añadió nada más.


No hacía falta.


Tras recorrer otra calle, Joseph decidió cambiar de tema.


—¿Y tú?


Talis levantó la vista.


—¿Cómo terminaste haciendo todo esto?


Ella soltó un suspiro.


—Vengo del único clan de ladrones del mundo.


Joseph giró la cabeza con curiosidad.


—¿Clan?


—Sí.


El sonido de un autobús pasó rugiendo junto a ellos.


Cuando volvió el silencio, continuó.


—Mi bisabuela fue considerada la mayor ladrona de la historia.


Joseph escuchaba atentamente.


—Tuvo doce hijos.


Hizo una breve pausa.


—Y cada uno tuvo ocho.


Joseph hizo un cálculo mental automático.


West también.


Wester decidió no hacerlo.


Talis continuó.


—Nos criaban desde niños para robar.


—¿Todos?


—Todos.


Su voz perdió parte de la ligereza.


—La lealtad al clan era absoluta.


No existía nada por encima de la familia.


Ni gobiernos.


Ni leyes.


Ni amistades.


Joseph notó una sombra de tristeza cruzar fugazmente el rostro de Talis.


—¿Y qué pasó?


Ella soltó una pequeña risa.


—Cometí una traición imperdonable.


Joseph esperó.


—Doné dinero a organizaciones benéficas.


Joseph parpadeó.


—¿Eso fue suficiente?


—Para ellos, sí.


Miró hacia el cielo.


—Si ayudas a quien no pertenece al clan, estás robando al clan.


Su sentencia fue inmediata.


—Me expulsaron.


Durante unos segundos solo caminaron.


La brisa marina volvió a traer el olor del puerto.


Joseph rompió el silencio.


—Entonces...


Miró a ambos lados de la calle.


—¿Dónde vamos a vivir?


Talis sonrió con resignación.


—Donde encontremos sitio.


Wester habló inmediatamente desde el interior.


—Volvimos a la indigencia...


West respondió con la calma habitual.


—La situación económica no es comparable con la anterior. Talis dispone de recursos financieros suficientes. La probabilidad de pasar hambre es baja.


Wester dejó escapar un suspiro exagerado.


—Bueno... al menos comida no faltará.


Joseph no pudo evitar sonreír.


Por primera vez desde que abandonaron el barco, el futuro seguía siendo incierto.


Pero ya no tendría que recorrerlo solo.

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