El gran ingeniero, capitulo 5, temporada 3
El zumbido uniforme de los motores volvió a dominar la cabina después del combate. Afuera, el cielo se extendía limpio e inmenso, atravesado únicamente por las delgadas columnas de humo que dejaban los restos de las aeronaves derribadas mientras caían hacia el desierto. Dentro de la nave, el aire olía intensamente a ozono, metal caliente y aislamiento eléctrico recalentado. Los paneles todavía mostraban indicadores de combate en color ámbar, mientras los sistemas realizaban diagnósticos automáticos.
Entonces, un tono diferente rompió la calma.
Un sonido breve, grave y repetitivo.
Los sensores de comunicaciones acababan de detectar una transmisión.
Sobre la consola apareció una serie de ondas electromagnéticas representadas como delicadas curvas azuladas que se desplazaban sobre una cuadrícula tridimensional. Los algoritmos comenzaron a analizarlas con una velocidad vertiginosa.
Victor no respondió de inmediato.
Sus dedos recorrieron los controles con movimientos precisos, activando una batería completa de protocolos de seguridad.
—Analizando origen...
—Buscando retransmisores...
—Comprobando satélites intermediarios...
Los hologramas cambiaban sin cesar. Decenas de rutas posibles aparecían y desaparecían mientras la inteligencia de la nave rastreaba cualquier intento de localizar su posición.
Yet observaba en silencio.
Las líneas luminosas terminaban por apagarse una tras otra.
Finalmente, la voz sintética habló.
—Riesgo de rastreo: inexistente.
Victor asintió.
—Ahora sí.
Presionó un pequeño panel luminoso.
La pantalla principal se iluminó lentamente.
Durante un instante solo apareció estática.
Después surgió el rostro de un hombre.
Era de baja estatura, evidente incluso sentado frente a la cámara. Su cabeza era inusualmente prominente, con una frente amplia que parecía albergar más pensamientos de los que podía expresar al mismo tiempo. Su piel morena contrastaba con el impecable traje negro que vestía. Sus ojos oscuros permanecían inmóviles, estudiando cada gesto de Victor con una intensidad incómoda.
Detrás de él se distinguía una oficina inmensa. Cristales de piso a techo dejaban entrar la luz del día sobre muebles minimalistas de madera oscura y acero pulido. Todo transmitía riqueza, orden y poder.
El hombre sonrió apenas.
—Así que tú eres el dueño de ese lindo juguete.
Victor sostuvo la mirada sin inmutarse.
Una ligera sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Es mucho más que un juguete.
Los ojos de Ramson brillaron con un destello de interés.
—Lo sé.
Su tono cambió.
La sonrisa desapareció.
Ahora había molestia.
Una curiosidad mezclada con orgullo herido.
—Dime una cosa.
¿Construiste ese aparato?
Victor apoyó tranquilamente un brazo sobre la consola.
—Algo así.
Ramson soltó una risa breve.
—Interesante respuesta.
Se inclinó ligeramente hacia la cámara.
—He revisado el rendimiento de esa nave. Su tecnología supera cualquier cosa registrada por mi empresa.
Hizo una pequeña pausa.
—Eso significa que eres exactamente la clase de persona que necesito.
El silencio llenó la cabina.
El zumbido de los motores parecía acompañar las palabras.
—Trabaja para mí.
Recibirás un sueldo extraordinario.
Laboratorios ilimitados.
Recursos prácticamente infinitos.
Podrás construir cualquier cosa que imagines.
Victor escuchó toda la oferta sin mover un músculo.
Cuando Ramson terminó, respondió con absoluta serenidad.
—No estoy interesado.
La expresión del empresario se endureció.
Su voz perdió toda cordialidad.
—En ese caso...
entregarás la nave.
Yet sintió un escalofrío.
Ramson continuó.
—Un vehículo con esa clase de tecnología viola numerosos estatutos internacionales de defensa, transporte, inteligencia artificial y desarrollo militar.
Victor dejó escapar una leve sonrisa.
—También lo hace la mitad de las investigaciones realizadas por Industrias Ramson.
Durante unos segundos nadie habló.
La oficina permanecía completamente silenciosa.
Ramson entrecerró los ojos.
Era evidente que aquella respuesta no le había gustado.
—Debes saber algo.
Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo firme.
—Yo siempre obtengo lo que quiero.
Victor respondió casi al mismo tiempo.
—Yo también.
Las dos frases quedaron suspendidas entre ambos como dos espadas cruzadas.
Ramson respiró lentamente.
Después volvió a sonreír.
Pero ahora era una sonrisa fría.
Calculadora.
—Entonces cuídate.
Porque no vas a enfrentarte a un hombre.
Vas a enfrentarte...
a un imperio.
Victor sostuvo la mirada sin el menor rastro de temor.
Incluso parecía divertido.
—Ya he vencido imperios antes.
Ramson permaneció inmóvil durante un instante.
Después la transmisión desapareció.
La pantalla volvió a oscurecerse.
Solo quedó el reflejo de Victor observándose a sí mismo.
La cabina volvió a llenarse únicamente con el murmullo constante de los sistemas electrónicos.
Yet tragó saliva.
Todavía sentía la tensión recorriéndole el pecho.
Miró a Victor.
—¿Con qué cuenta ese hombre?
Victor comenzó a cerrar tranquilamente los registros de la comunicación.
—Con una empresa que controla aproximadamente el cincuenta por ciento de la economía mundial.
Yet abrió mucho los ojos.
Victor continuó como si estuviera leyendo un informe cualquiera.
—Produce cerca del ochenta por ciento del armamento fabricado en el planeta.
Las palabras parecían pesar más que el acero.
El silencio regresó.
Yet imaginó fábricas interminables, ejércitos privados, satélites, laboratorios, miles de científicos y millones de trabajadores obedeciendo las órdenes de un solo hombre.
Sintió un nudo en el estómago.
Miró el inmenso cielo que se extendía frente a ellos.
Por primera vez desde que había despertado comprendió el tamaño del enemigo.
—Estamos perdidos...
murmuró.
Victor negó despacio.
Su expresión seguía siendo sorprendentemente tranquila.
—No.
Yet lo observó desconcertado.
—¿Entonces con qué contamos nosotros?
Victor apoyó ambas manos sobre los controles de navegación.
El cristal frontal reflejaba el amanecer mientras la nave atravesaba un océano de nubes doradas.
—Tenemos esta nave.
Miró a Yet.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Y nos tenemos el uno al otro.
Yet soltó una risa nerviosa.
—Eso significa que estamos fritos.
Victor negó nuevamente.
Esta vez con absoluta convicción.
—No.
Porque es todo lo que necesitamos.
Durante unos segundos ninguno volvió a hablar.
La nave siguió avanzando hacia el horizonte, dejando atrás el humo de la batalla y adentrándose en un cielo inmenso donde, por primera vez, dos hombres acababan de declarar la guerra a un imperio.
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