Trimind, capitulo 12
El olor salado del océano se mezclaba con el aroma estéril del acero limpio mientras dos científicos descendían por la estrecha escalera que conducía a la bodega del enorme barco. Las luces fluorescentes parpadeaban débilmente, proyectando destellos blancos sobre tuberías cubiertas de condensación. El zumbido grave de los motores recorría el casco como el latido de una criatura colosal.
—¿Escuchaste eso? —preguntó uno de los investigadores, deteniéndose.
Un golpe metálico respondió desde la oscuridad.
Clang.
Los dos intercambiaron una mirada.
El silencio volvió durante apenas unos segundos.
Entonces una figura emergió lentamente desde detrás de un contenedor de carga.
Era una mujer alta, de musculatura poderosa y piel oscura. Su postura transmitía una tranquilidad absoluta, casi inquietante. Vestía ropa táctica negra que absorbía la poca luz del lugar, y sus ojos permanecían fijos sobre los científicos sin el menor rastro de nerviosismo.
—No deberían estar aquí —dijo con voz firme.
Antes de que alguno pudiera reaccionar, la mujer levantó una pequeña cerbatana de aspecto artesanal.
Ffft.
Un diminuto dardo atravesó el aire.
El primer científico apenas alcanzó a llevarse una mano al cuello.
—¿Qué...?
Sus piernas cedieron.
Cayó inconsciente sobre el piso metálico con un golpe seco.
El segundo intentó correr.
Ffft.
Otro dardo.
Sus pasos se volvieron torpes.
El mundo comenzó a girar a su alrededor antes de desplomarse junto a su compañero.
La mujer guardó la cerbatana con un movimiento fluido.
—Dos menos.
Durante las siguientes horas el barco entero se convirtió en un tablero de ajedrez.
Los pasillos resonaban con pasos apresurados, alarmas aisladas y radios que emitían órdenes confusas.
Pero la atacante parecía conocer cada rincón del buque.
Esperaba inmóvil detrás de una esquina.
Un guardia doblaba el corredor.
Ffft.
Inconsciente.
En otra cubierta, dos investigadores revisaban una consola.
Una pequeña esfera rodó hasta sus pies.
Al liberar una nube anestésica ambos cayeron profundamente dormidos.
La mujer desaparecía antes de que llegaran los refuerzos.
Cada emboscada duraba apenas unos segundos.
Nunca disparaba más de lo necesario.
Nunca permanecía en el mismo sitio.
Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás del horizonte, gran parte del personal del barco había sido reducido sin sufrir heridas graves.
Las alarmas finalmente cesaron.
Las enormes puertas del comedor se abrieron.
Cientos de mutantes dirigieron la mirada hacia la entrada.
La mujer avanzó lentamente entre las mesas.
Su presencia imponía respeto.
Se detuvo en el centro de la sala.
—Escúchenme todos.
Las conversaciones desaparecieron.
Solo permanecía el rumor lejano de las olas golpeando el casco.
—Este barco ya no está bajo el control de quienes los encerraron.
Un murmullo recorrió el comedor.
Algunos sonrieron.
Otros permanecieron inmóviles, incapaces de creerlo.
—Voy a liberarlos.
La frase provocó un silencio absoluto.
—Pero tenemos un problema.
Señaló el suelo con un dedo.
—Estamos en medio del océano.
Necesito que alguien sepa operar este barco.
Varias miradas comenzaron a cruzarse.
Nadie respondió.
Joseph observó a West y Wester.
—Sabemos cómo hacerlo —dijo West.
—Lo aprendimos estudiando los manuales de navegación de la biblioteca —añadió Wester.
Joseph levantó lentamente la mano.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
—Yo puedo.
La mujer lo observó durante unos segundos.
—¿Estás seguro?
Joseph asintió.
Fue conducido inmediatamente al puente de mando.
El lugar estaba lleno de pantallas, radares y grandes ventanales desde donde el océano se extendía hasta perderse en el horizonte.
El aire olía a plástico caliente, circuitos electrónicos y café abandonado.
Joseph tomó asiento frente a la consola principal.
—El sistema de propulsión responde desde estos controles —explicó mientras señalaba las palancas—. Aquí se ajusta el empuje de las hélices. Estos indicadores muestran la profundidad de la quilla y este radar detecta obstáculos.
La mujer escuchaba atentamente.
Joseph continuó explicando los sistemas eléctricos, los estabilizadores y la navegación asistida.
West corregía pequeños detalles.
Wester aportaba soluciones prácticas cuando surgía algún inconveniente.
Las horas transcurrieron entre mapas digitales y coordenadas marítimas.
Poco antes del amanecer apareció la costa.
Los primeros rayos del sol tiñeron el océano de tonos dorados y anaranjados.
Una ligera brisa marina entró por las ventanas abiertas del puente.
El enorme barco avanzó lentamente hasta el puerto.
El sonido grave de las sirenas anunció la maniobra final.
Las amarras fueron aseguradas.
Habían llegado.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Uno por uno, los mutantes descendieron del barco.
Algunos lloraban en silencio al sentir tierra firme bajo sus pies.
Otros permanecían inmóviles, respirando profundamente el aire libre como si hubieran olvidado su olor.
El viento llevaba consigo el aroma del mar, combustible de los muelles y pescado fresco.
Muchos no sabían adónde ir.
Pero todos compartían algo.
La libertad.
Horas después, la mujer observaba desde un almacén portuario cómo varios individuos de aspecto sospechoso inspeccionaban el barco.
Vestían trajes caros, aunque sus modales revelaban que estaban lejos de ser empresarios respetables.
Tras una breve negociación, intercambiaron varios maletines metálicos.
La mujer los abrió.
Billetes.
Muchos billetes.
El trato quedó cerrado.
El barco cambió de dueño.
Cuando Joseph se disponía a alejarse del puerto con una pequeña mochila al hombro, escuchó una voz detrás de él.
—Joseph.
Se volvió.
La mujer caminó hasta detenerse frente a él.
El viento agitaba ligeramente su chaqueta.
—Necesito ayuda.
Joseph guardó silencio.
—Necesito a alguien inteligente.
Alguien capaz de resolver problemas que muy poca gente entiende.
Joseph no respondió enseguida.
Cerró los ojos durante un instante.
—¿Qué opinan?
West habló primero.
—Las probabilidades de supervivencia en solitario siguen siendo reducidas.
Wester sonrió.
—Y ella parece divertida.
Joseph abrió los ojos.
Miró nuevamente a la mujer.
—Acepto.
Ella extendió la mano.
—Me llamo Talis.
Hizo una breve pausa antes de añadir con una ligera sonrisa.
—Aunque la mayoría me conoce como Sin Fronteras.
Joseph estrechó su mano.
Su mirada permanecía tranquila.
—Yo soy Joseph.
West y Wester guardaron silencio.
Era la primera vez que pensaban en ello.
Una identidad.
Un nombre para los tres.
Joseph sonrió apenas.
—Mi alias...
Levantó la vista.
—Trimind.
Talis soltó una breve risa.
—Creo que haremos un buen equipo.
Mientras ambos abandonaban el puerto, el sol terminaba de elevarse sobre el horizonte.
Por primera vez en muchos años, Joseph no caminaba huyendo de alguien.
Caminaba hacia un futuro completamente desconocido.
Comentarios
Publicar un comentario