Tri mind, capitulo 11

 La luz blanca y uniforme de la celda iluminaba cada rincón con una limpieza casi clínica. No había sombras profundas ni rincones oscuros donde esconderse; todo era visible, ordenado y perfectamente controlado.


Joseph estaba sentado sobre una cama sencilla, con la espalda apoyada contra la pared metálica. Sobre sus piernas descansaba una tableta electrónica repleta de documentos científicos y libros de ingeniería avanzada. Sus ojos recorrían las líneas de texto con rapidez asombrosa mientras sus dedos pasaban páginas digitales una tras otra.


A los quince años, su apariencia había cambiado mucho desde los días del sótano.


Su cabello estaba limpio y bien cortado. Su piel, antes cubierta constantemente de polvo, grasa y suciedad, tenía ahora un aspecto saludable. Había ganado peso y musculatura gracias a una alimentación adecuada y atención médica constante. Incluso la ropa gris que vestía estaba perfectamente lavada y ajustada a su talla.


Paradójicamente, Joseph sospechaba que jamás había estado físicamente tan bien cuidado como ahora.


El suave zumbido de los sistemas de ventilación llenaba la habitación. El aire olía a desinfectante, metal limpio y plástico nuevo. Nada que ver con el moho, las aguas negras y el óxido del alcantarillado.


—A veces sigo extrañando el vagón —murmuró Wester dentro de su mente.


—Eso es nostalgia irracional —respondió West inmediatamente—. Las probabilidades de contraer una enfermedad mortal allí eran significativamente mayores.


Joseph sonrió ligeramente.


Después de varios meses de observación, los científicos habían llegado a una conclusión definitiva acerca de las protuberancias que sobresalían junto a sus orejas.


No eran tumores.


No eran deformaciones.


Eran cerebros adicionales completamente funcionales.


El descubrimiento había causado conmoción entre los investigadores.


Explicaba muchas cosas.


Explicaba a West.


Explicaba a Wester.


Explicaba la velocidad de aprendizaje de Joseph.


Y explicaba por qué nunca parecía necesitar dormir.


Mientras uno de los cerebros descansaba, los otros permanecían activos. El resultado era un sistema de relevos biológicos casi perfecto.


Joseph podía estudiar veinticuatro horas al día sin experimentar agotamiento cognitivo significativo.


Un sonido metálico interrumpió sus pensamientos.


La puerta automática de la celda se abrió con un suave siseo hidráulico.


Un guardia apareció en el umbral.


—Hora del comedor.


Joseph cerró la tableta.


—Entendido.


El guardia asintió.


No llevaba armas visibles.


Tampoco parecía nervioso.


Joseph se había ganado cierta reputación entre el personal.


Era educado.


Cooperativo.


Nunca intentaba agredir a nadie.


Nunca causaba problemas.


Por ello conservaba privilegios que otras anomalías no tenían.


Acceso a bibliotecas digitales.


Material de estudio.


Herramientas supervisadas.


Mayor libertad de movimiento dentro de ciertas áreas.


Todo eso podía desaparecer si cometía un error.


Joseph abandonó la celda y caminó por un pasillo de acero iluminado por luces fluorescentes.


Bajo sus pies, el suelo vibraba ligeramente.


La sensación era constante.


Sutil.


Como un latido gigantesco.


El barco.


Siempre el barco.


Aquel complejo entero se encontraba instalado en una enorme embarcación oceánica diseñada específicamente para contener anomalías.


El olor salado del mar se filtraba ocasionalmente a través de los sistemas de ventilación, mezclándose con el aroma industrial de los motores.


Mientras avanzaba por los corredores, podía escuchar el distante rugido de las máquinas impulsando la nave.


Finalmente llegó al comedor.


El espacio era amplio y sorprendentemente agradable.


Mesas metálicas ocupaban la mayor parte de la sala.


El aroma de comida caliente flotaba en el aire.


Sopa.


Pan recién horneado.


Carne cocinada.


Verduras.


Joseph todavía recordaba la carne cruda que su madre le arrojaba al suelo del sótano.


Aquellos recuerdos hacían que apreciara incluso los alimentos más simples.


Sin embargo, lo más llamativo no era la comida.


Eran los demás ocupantes.


Anomalías.


Mutantes.


Personas alteradas por fenómenos que los científicos aún intentaban comprender.


Algunos presentaban mutaciones discretas.


Otros resultaban imposibles de ignorar.


Un hombre con escamas azuladas cubriendo gran parte del rostro.


Una mujer cuyos ojos brillaban tenuemente con luz verde.


Un adolescente de piel grisácea y dedos excesivamente largos.


Una anciana capaz de generar pequeñas descargas eléctricas involuntarias cuando se sobresaltaba.


Cada uno tenía un expediente.


Un perfil.


Una historia.


Joseph tomó una bandeja y se sentó en una mesa apartada.


Mientras comía, observó el lugar con atención.


El sonido de cubiertos chocando contra platos llenaba el ambiente.


Conversaciones dispersas surgían aquí y allá.


Risas ocasionales.


Suspiros.


Silencios incómodos.


Era extraño.


A veces parecía una escuela.


Otras veces una prisión.


—Sigues pensando en escapar —dijo Wester.


Joseph masticó lentamente antes de responder mentalmente.


—Sí.


West apareció inmediatamente en la conversación.


—El plan sigue siendo viable.


Joseph conocía perfectamente las dificultades.


La primera era obvia.


Estaban en medio del océano.


Escapar de una instalación terrestre era complicado.


Escapar de una prisión flotante era otra cosa completamente distinta.


La segunda dificultad era más personal.


Volver a vivir como fugitivo.


Volver a esconderse.


Volver al hambre.


Al frío.


A la incertidumbre.


La idea ya no resultaba tan romántica como cuando tenía diez años.


Ahora comprendía el verdadero precio de la libertad absoluta.


La tercera dificultad era quizá la peor.


Si lo intentaba y fracasaba, los científicos no reaccionarían con violencia.


Pero sí le retirarían privilegios.


Sin biblioteca.


Sin herramientas.


Sin acceso a investigación.


Sin estudios.


Meses.


Quizá años.


La simple idea le provocaba una sensación desagradable en el estómago.


Joseph observó a través de uno de los ventanales reforzados del comedor.


Más allá del cristal podía verse el océano.


Inmenso.


Oscuro.


Interminable.


Las olas golpeaban el casco del barco con una cadencia constante.


El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el agua de tonos anaranjados y dorados.


Por un instante, Joseph permaneció en silencio.


Libre o cautivo.


Prisionero o estudiante.


Monstruo o prodigio.


A veces ya no estaba seguro de cuál era la diferencia.


Pero una cosa sí sabía.


Tarde o temprano tendría que tomar una decisión.


Y cuando llegara ese momento, tendría que elegir qué clase de persona quería ser.

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