El angel de la muerte y el hijo prodigo, temporada 3, capítulo 8.
El viento de Planeta X azotaba los paneles metálicos de la plataforma de lanzamiento, arrastrando consigo un polvo brillante que raspaba la piel bajo los trajes presurizados. Yosarian Jr. caminaba a paso lento, con las botas resonando huecas sobre el metal. Su respiración se mezclaba con el siseo del aire comprimido de los sistemas de la nave, creando un murmullo constante que parecía envolverlo en un manto de tensión. Frente a él, Hack, su tío y mentor, ajustaba los últimos controles del puente de mando, sus dedos ágiles y seguros deslizándose sobre las superficies táctiles que emitían un resplandor azul eléctrico.
—¿De verdad vamos a hacer esto? —preguntó Yosarian Jr., la voz apenas audible sobre el zumbido de los generadores, con un dejo de incredulidad que contrastaba con la frialdad mecánica del entorno. Sus ojos recorrían la nave, admirando la precisión de cada módulo ensamblado, el brillo metálico de las cúpulas de energía, el aroma acre de lubricantes y metal recién trabajado.
Hack no se giró de inmediato. El silencio duró unos segundos, cargado de la tensión de años de planificación y secretos compartidos solo entre ellos. Finalmente, sus ojos, grises y profundos como el mineral que cubría el suelo de Planeta X, se posaron en los de Yosarian.
—No hay alternativa —dijo, la voz firme, resonando contra los paneles metálicos—. La nave ya está lista.
El murmullo del aire se volvió un acompañamiento hipnótico a sus palabras, como un tambor constante que marcaba el paso hacia lo inevitable. Yosarian Jr. tragó saliva, sintiendo cómo la gravedad ligeramente aumentada de Planeta X comprimía su pecho. Se apoyó en un pasamanos frío, dejando que la energía residual de los sistemas de la nave vibrara bajo sus manos.
—¿La colonia… es del mismo tamaño que la de Malerius? —preguntó, con un hilo de duda que mezclaba temor y excitación. La luz azul de los monitores se reflejaba en su visor, proyectando destellos que imitaban estrellas diminutas sobre su rostro.
Hack sonrió con un atisbo de orgullo y un brillo casi obsesivo en los ojos. Sus manos se detuvieron un momento sobre los controles, acariciando la superficie metálica como quien toca un recuerdo materializado.
—No… es diez veces más grande —dijo, la voz resonando con un eco que parecía doblar el espacio—. Nos llevaremos a la mitad de Planeta X. Dejaremos al Imperio atrás y haremos lo mismo que Malerius, pero a una escala que él ni siquiera podría haber imaginado.
Yosarian Jr. sintió un escalofrío recorrerle la espalda, un temblor eléctrico que se mezclaba con el olor metálico del suelo y el aroma a ozono que emanaba de los generadores activos. Cada palabra de Hack parecía ocupar un espacio físico, una presencia que llenaba el aire frío y vibrante.
—Diez veces… —murmuró, el sonido de su voz casi ahogado por el zumbido de los sistemas—. Eso es… inmenso.
Hack asintió, sin apartar la vista de los controles. Sus dedos se movían ahora con movimientos mecánicos, precisos, pero cada gesto parecía cargado de años de fantasía y planificación secreta.
—Más de una década preparándome para algo así —dijo, la voz baja, casi confidencial, mientras el resplandor azul iluminaba las arrugas profundas de su rostro—. Cada cálculo, cada simulación, cada modelo que dibujé en mi mente… estaba destinado a esto. Este proyecto no es solo ingeniería; es… liberación y conquista a la vez.
El aire parecía densificarse, impregnado del aroma de circuitos calientes y del metal pulido de la nave. Yosarian Jr. apoyó una mano sobre el casco, sintiendo el frío y la vibración sutil del generador principal que recorría toda la estructura. Cada latido de su corazón se mezclaba con el zumbido eléctrico, y por un momento, el tiempo pareció detenerse, suspendido entre la ambición y el vértigo de lo imposible.
—¿Y… si fallamos? —preguntó, con la voz casi quebrada, mientras la luz de los paneles parpadeaba reflejando los destellos metálicos de la nave—. ¿Si no logramos controlar la mitad del planeta?
Hack se giró lentamente, el rostro iluminado por la fría luz azul. Sus ojos brillaban con determinación y algo más: la mezcla de locura y certeza de quien ha trabajado tanto que no concibe otra posibilidad.
—No podemos fallar —dijo, firme—. Todo esto ha sido planeado para minimizar el riesgo. Cada módulo está sincronizado, cada sistema es redundante. La colonia crecerá, se expandirá, y el Imperio quedará atrás.
Yosarian Jr. inspiró profundamente, sintiendo el aire presurizado penetrar en sus pulmones como un fuego frío que revitalizaba cada músculo. El sonido de la nave, el aroma metálico, la vibración constante bajo sus pies… todo conspiraba para reforzar la realidad de lo que estaban a punto de hacer.
—Entonces… lo haremos —dijo finalmente, con voz firme, dejando que el temor se mezclara con una excitación nueva, casi eléctrica—. Por el planeta. Por lo que soñaste.
Hack asintió, un gesto breve pero cargado de significado. Sus dedos se cerraron sobre los controles principales, enviando una serie de impulsos que hicieron brillar los sistemas con intensidad. El metal de la nave vibró, la luz azul se intensificó y el aire cargado de ozono y polvo metálico se movió como una ola invisible. Todo estaba listo.
Las semanas que siguieron a la audaz maniobra de Yosarian Jr. transcurrieron con un ritmo acelerado, casi febril. Freddy, el antiguo comandante de campo y amigo cercano de Yosarian, se había convertido en el ejecutor del nuevo orden en Planeta X, fungiendo como dirigente provisional mientras la enorme nave que había llevado a la mitad de los habitantes a la nueva colonia surcaba los cielos de su mundo. Cada mañana, el viento metálico que barría las mesetas y los valles del planeta traía consigo el olor característico de mineral y ozono, mezclado con la vibración constante de las estaciones energéticas que marcaban la vida en la superficie. Freddy pasaba largas horas caminando entre los centros de mando, revisando sistemas de energía, controlando la distribución de recursos y supervisando la reconstrucción de la infraestructura administrativa.
Las primeras semanas habían sido una mezcla de precisión. Las cuadrillas de ingeniería trabajaban con el zumbido constante de herramientas eléctricas y máquinas automatizadas que cortaban, soldaban y ensamblaban módulos de comando y centros de control. Los cielos de Planeta X se llenaban con el resplandor de las torres de energía recién activadas, su luz azul y verde parpadeando en la atmósfera delgada, reflejándose en las mesetas metálicas como un océano fragmentado de vidrio y metal. Freddy, con su casco abierto, sentía el calor de los paneles de energía irradiando desde las superficies cercanas, y el aroma del metal caliente se mezclaba con el del polvo de mineral pulverizado que flotaba en el aire.
Finalmente, el día que todos esperaban llegó: las naves de Nueva Europa, gigantescas estructuras de acero y titanio, se acercaron a la órbita de Planeta X, brillando bajo la luz de la estrella local como colosos suspendidos en un mar de vacío. Las luces de los módulos de mando parpadeaban en sincronía, reflejando en los ojos de Freddy un brillo de anticipación y tensión. La atmósfera estaba cargada de electricidad, y cada zumbido de los sistemas de las naves resonaba a través de la superficie metálica del planeta, como un latido uniforme que indicaba que la historia estaba a punto de cambiar.
El general Tool, líder de la flota de Nueva Europa, descendió con su comitiva a la plataforma de aterrizaje más cercana, sus botas golpeando el metal con un eco profundo. Su uniforme impecable olía a aceite y cuero, y el aroma de la tecnología recién activada flotaba a su alrededor, mezclándose con la bruma metálica del planeta. Sus ojos evaluaban cada detalle, cada módulo, cada indicio de resistencia que pudiera presentarse.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, la voz firme, cargada de autoridad y un dejo de incredulidad. Cada palabra parecía vibrar en el aire, reverberando contra los paneles metálicos y las torres que aún chisporroteaban con energía residual.
Freddy avanzó hacia él, sus botas resonando sobre el metal pulido, el sonido amortiguado por la bruma de polvo mineral que flotaba a su alrededor. Su rostro reflejaba una calma calculada, aunque cada músculo estaba tenso por semanas de planificación y vigilancia.
—General —dijo Freddy, la voz firme y clara, mientras el aroma de metal caliente y mineral recién expuesto llenaba el aire—. Esto es lo que ha hecho Yosarian Jr.: tomó la nave que había preparado, llevó a la mitad de los habitantes del planeta a una nueva colonia y, una vez asegurada la evacuación, me entregó el control total del planeta.
Tool arqueó una ceja, cruzando los brazos mientras sus ojos recorrían la superficie del planeta, todavía cubierto de módulos de energía y centros administrativos improvisados. Un destello de incredulidad y admiración cruzó su rostro, mezclado con una tensión apenas contenida.
—Así que… —dijo Tool, sus palabras pesadas como martillos—. Todo esto… sin un solo disparo del enemigo.
—Exactamente —contestó Freddy, caminando hacia un panel de control cercano y dejando que sus dedos tocaran los botones y pantallas con un roce firme y seguro—. Todo se resolvió sin violencia directa.
El olor de la energía residual se mezclaba con la humedad del aire y un tenue aroma a aceite de maquinaria que se filtraba desde los motores de la plataforma. Cada zumbido y crujido metálico del lugar parecía acentuar la magnitud de lo que Freddy había logrado.
—Muy bien, entonces… ¿qué piensas hacer ahora? —preguntó Tool, con un deje de curiosidad militar, mientras sus botas hacían eco en el metal de la plataforma.
Freddy respiró hondo, dejando que el aire cargado de ozono y polvo mineral llenara sus pulmones. Miró hacia la vista panorámica del planeta, donde los ríos de mineral brillaban bajo la luz azul y verde de las estaciones de energía, y las estructuras administrativas flotaban como racimos de metal suspendidos en el aire.
—General, ya he entregado el planeta —dijo finalmente—. Yo me voy. Mi hermana está embarazada, y he conseguido unas hectáreas cerca de donde vive mi familia. Planeo llevar una vida sencilla de granjero, como siempre he deseado. Nada de intrigas ni batallas, solo el trabajo de la tierra y la tranquilidad que nunca tuve.
El silencio que siguió fue casi absoluto, roto solo por el zumbido lejano de los sistemas de energía y el eco metálico de los pasos de Tool mientras caminaba a lo largo de la plataforma. Sus ojos evaluaban a Freddy, como si midiera su determinación, su honestidad y la verdadera magnitud de su decisión.
—No, Freddy —dijo finalmente Tool, su voz firme, cargada de autoridad y un matiz imperativo—. No te dejaremos ir a ninguna parte todavía. Tu tarea no ha terminado. Debes ayudarnos durante la transición del régimen. Asegurarte de que todo funcione, que la población se adapte, que las estructuras administrativas mantengan el orden.
Freddy frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda mientras el aire cargado de energía vibraba a su alrededor. Podía oler el metal y el polvo mezclados con un leve aroma a ozono que parecía impregnarse en la piel y en la ropa. Cada respiración le recordaba que la responsabilidad estaba lejos de terminar.
—Entiendo —dijo finalmente, con un suspiro, mientras su mirada recorría la plataforma, los módulos y los paneles de control—. Ayudaré durante la transición. Pero después de eso… finalmente podré descansar.
En cada punto de la galaxia, desde los corredores pulidos de las estaciones orbitales hasta las grutas industriales de los asteroides más remotos, las pantallas parpadearon al unísono. Un resplandor rojo y blanco inundó monitores, hologramas y visores, proyectando cifras y símbolos que vibraban en el aire como brasas suspendidas. Los sistemas de comunicación emitían un zumbido uniforme, un latido metálico que recorría conductos y estructuras, haciendo que el metal vibrara bajo los pies de los observadores. El mensaje era inequívoco: el comunalismo había ganado.
En Nova Praxis, la estación central de gobierno y comercio, los oficiales se apiñaban ante paneles táctiles y proyectores holográficos. Cada gráfico de población y distribución de recursos se iluminaba con precisión láser, reflejando un orden que parecía resonar con el corazón de la ciudad. El aroma a ozono y aceite caliente flotaba sobre ellos, impregnando la piel y el pelo, y el zumbido constante de los generadores parecía sincronizarse con el pulso acelerado de los oficiales. El suelo metálico vibraba suavemente bajo sus botas, recordándoles la presencia física de la maquinaria que sostenía toda la estación, y sus ojos absorbían la luz roja y blanca como si cada destello fuera un golpe directo al sistema nervioso.
En los mercados flotantes de Avenar, los hologramas de las noticias se desplegaban sobre los puestos suspendidos. La luz roja bañaba rostros de comerciantes y compradores, delineando arrugas, cicatrices y expresiones de incredulidad. Algunos dedos se congelaron sobre las herramientas de venta; otros respiraron hondo, inhalando el olor a metal caliente, especias y humedad de las cápsulas de levitación. Murmullos crecían como oleadas, mezclándose con el zumbido de los motores de transporte y el crujido metálico de los puestos. La noticia no era solo información; era una corriente que sacudía cuerpos y mentes simultáneamente.
En la órbita de Kepler-72, naves de reconocimiento y transporte replicaban la transmisión. La cabina vibraba con cada latido de los motores de propulsión, y el aire cargado de hidrógeno ionizado añadía un peso físico a la noticia. Los hologramas giraban lentamente sobre los paneles, proyectando mapas de ocupación de recursos y flujos económicos, iluminando los pasillos con un brillo fantasmal que parecía bailar sobre las cabezas de los oficiales. Cada respiración se mezclaba con el olor metálico y el calor de los sistemas, creando una sensación de gravedad material que acompañaba la magnitud de la victoria.
En las colonias subterráneas de Cyrion-5, los extractores de aire y ventiladores resonaban en sincronía con la transmisión, amplificando la noticia a través de un zumbido constante que recorría paredes de metal pulido y roca natural. La luz roja y blanca de los monitores reflejaba patrones sobre los rostros cansados de los trabajadores, delineando arrugas, cicatrices y expresiones que oscilaban entre el asombro y el miedo. Cada paso sobre el suelo húmedo y frío producía un eco amortiguado, como si la misma caverna reconociera la importancia de la información. Algunos se quedaron inmóviles, respirando profundamente, sintiendo la noticia primero en sus cuerpos, en sus extremidades y corazones, antes que en sus cerebros.
En las naves de carga que cruzaban cinturones de asteroides olvidados, los pilotos y tripulantes experimentaban la noticia con un cóctel de sensaciones físicas y emocionales. La luz de los monitores iluminaba cabinas estrechas, mostrando reflejos rojos sobre ojos y metales desgastados. El zumbido de los sistemas de navegación y el crujido de la chapa bajo presión reforzaban la realidad de la transmisión: el comunalismo había triunfado. Algunos dedos se tensaron sobre los controles, mientras otros se frotaban los ojos y respiraban con fuerza, mezclando el olor a aceite, metal y ozono con la adrenalina de la sorpresa.
En los planetas más distantes, donde los cielos eran verdes y los vientos olían a minerales húmedos y vegetación fosforescente, los habitantes también presenciaron la misma escena. Las torres de comunicación replicaban la señal, proyectando luz roja y blanca sobre plazas y aldeas. La vibración de los transmisores recorría el suelo, haciendo temblar las raíces de los árboles y los tejados de cristal orgánico. Niños y adultos alzaban la vista, sintiendo un escalofrío recorrerles la columna vertebral, mientras los murmullos creaban un murmullo que resonaba como un coro distante de asombro y aceptación.
Incluso en los laboratorios de investigación, donde el aire era frío y cargado de ozono, y las luces blancas cortaban la oscuridad con precisión quirúrgica, las pantallas replicaban la transmisión. Los científicos dejaron caer instrumentos de medición, observando los gráficos de población y recursos, los flujos de producción y los mapas de distribución. El zumbido de los sistemas de soporte y refrigeración resonaba en sus huesos, y el aroma metálico se mezclaba con el olor a químicos inertes, creando una sensación de trascendencia física: el cambio no era abstracto, sino algo que tocaba cuerpos y mentes por igual.
Incluso los habitantes más aislados, los solitarios que surcaban el vacío entre estrellas en cápsulas mínimas, percibieron la noticia. El resplandor de las pantallas iluminaba sus rostros tensos y cabinas estrechas, y el zumbido de los sistemas parecía vibrar a través de su carne y hueso. Cada pulso de luz roja y blanca parecía latir en sincronía con su corazón, resonando con la magnitud de la transformación que acababa de comenzar.
En ese instante, en toda la galaxia, no hubo duda: el comunalismo había triunfado. No era solo una victoria política, ni siquiera social; era una onda que recorría sistemas, planetas, estaciones y naves, tocando piel, músculo y hueso, filtrándose en cada respiración, en cada zumbido de maquinaria, en cada destello de luz roja y blanca
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