El planeta verde, capítulo 2.
El amanecer en el planeta anónimo no trajo frescura, sino un calor denso y sofocante que se filtraba por la escotilla abierta de la *Sombra de Ónix*. El sol verde, ahora una esfera cegadora de luz esmeralda, derretía las pocas sombras que quedaban en la ladera de la montaña. Para Robinson Sholó, el día comenzó con el sonido de su propia respiración: un silbido seco, áspero, como el roce de dos lijas en el fondo de su garganta.
La sed ya no era una molestia; era una presencia física, un parásito que le oprimía el pecho y le resecaba la lengua hasta transformarla en un trozo de cuero inútil. El destilador improvisado de la noche anterior, un esqueleto de tubos de cobre y licores caros, yacía en el suelo de la cabina. El intento de purificación había fracasado estrepitosamente: las baterías de emergencia habían muerto a mitad del proceso, dejando solo un charco de lodo químico humeante y un olor acre que hacía llorar los ojos. No había agua. Ni una sola gota.
Desesperado, Sholó salió al exterior. El musgo violeta eléctrico crujía bajo sus botas con un sonido metálico, rompiéndose en un polvo seco que se le pegaba a la piel sudorosa. Caminó hacia el este, siguiendo una hendidura en la roca caliza que prometía, por pura gravedad, el curso de un antiguo río. Cada paso era una tortura. La conmoción cerebral hacía que el paisaje vibrara; la luz verde del sol se fragmentaba en miles de agujas que se le clavaban directamente detrás de las córneas.
Caminó durante dos horas. El paisaje no cambiaba. Solo crestas de piedra calcárea que reflejaban el calor y esa maldita vegetación monocromática que parecía burlarse de él. Encontró un cañón profundo, un lugar donde la lógica dictaba que la humedad debía acumularse. Bajó resbalando por las rocas, rasgándose las manos y la chaqueta. Al llegar al fondo, solo encontró polvo. Una arena fina, de un color gris ceniza, que se coló en sus botas y se mezcló con el sudor de sus heridas. No había arroyos. No había manantiales. El planeta era una esponja seca que absorbía la humedad del aire pero se negaba a devolverla a la superficie.
Vencido por el esfuerzo y el calor abrasador, Sholó regresó a rastras a la sombra deformada de su nave. El refugio del fuselaje era un horno, pero al menos lo protegía de la radiación directa del sol verde. Se desplomó contra el panel de control destruido, sintiendo que el corazón le latía en el cuello con la violencia de un tambor.
Tenía que engañar al cuerpo. Tenía que detener el incendio que le quemaba las entrañas.
Con manos torpes, Sholó gateó hasta la bodega y tomó una de las botellas supervivientes: un whisky de malta de Nueva Escocia, envejecido en barricas de roble sintético, una joya contrabandeada que valía una pequeña fortuna en el mercado negro del Borde Exterior. Rompió el cuello de la botella contra el suelo de metal. El aroma a turba, humo y alcohol puro inundó el espacio.
No lo bebió; lo usó como un amortiguador químico contra la locura. Dio un trago largo, forzando al líquido ardiente a bajar por su garganta reseca. El alcohol quemó las llagas de su boca con la intensidad del plasma, haciéndolo jadear y retorcerse en el suelo. Un segundo trago. Luego un tercero. El whisky no hidrataba —lo sabía perfectamente, el alcohol era un diurético despiadado—, pero el calor anestésico de la bebida comenzó a adormecer sus receptores nerviosos. La realidad empezó a desdibujarse en una neblina dorada y pesada. El dolor de la sed se transformó en una vibración sorda. Sholó se abandonó a la inconsciencia, abrazado a la botella rota, mientras el sol verde iniciaba su lento descenso.
El despertar fue un descenso a los infiernos.
Si la sed del día anterior había sido terrible, la resaca que lo reclamó a la mañana siguiente era una fuerza de destrucción masiva. Sholó abrió los ojos y emitió un gemido que ni siquiera pareció humano. Su boca estaba completamente sellada por una saliva pastosa y amarga; sus labios estaban agrietados, sangrando en las comisuras al menor movimiento. Cada latido de su corazón enviaba una onda de choque de dolor puro a través de su cráneo, como si alguien estuviera golpeando un yunque dentro de su cabeza con un martillo de hierro.
El estómago se le revolvió. Se arrastró hacia la escotilla y vomitó bilis ácida y restos del whisky, un espasmo violento que le dejó los músculos abdominales temblando y las lágrimas corriendo por sus mejillas sucias. El esfuerzo lo dejó tumbado boca arriba en la rampa, temblando bajo el viento frío del amanecer, sintiéndose más cerca de la muerte que nunca. Era el precio del refugio artificial. El whisky le había cobrado el alquiler con un interés usurero.
Con las fuerzas justas para moverse, su mano tropezó con el bolsillo interior de su chaqueta. El bulto rectangular seguía allí. Sacó el libro de cuero gastado, *Así habló Zaratustra*, con dedos que no dejaban de temblar. Necesitaba un ancla. Necesitaba algo que no fuera el dolor de su propio cuerpo marchito.
Abrió el libro al azar, las páginas crujiendo bajo la luz pálida de la mañana. Sus ojos, nublados por la deshidratación y la resaca, tardaron en enfocar los caracteres dorados, pero finalmente las palabras se ordenaron ante él: "Muchas cosas deplorables hay todavía por descubrir. ¡Y este suelo es rico aún! ¡Buscad y removed, hombres de hoy, sed vuestros propios descubridores!"
Sholó cerró los ojos y apoyó la frente contra el papel frío. *Buscad y removed.* Las palabras del filósofo muerto hacía milenios operaron como un interruptor en su cerebro dañado por el alcohol. No podía quedarse allí esperando a que la resaca lo consumiera. El whisky casi lo mata, pero la voluntad seguía intacta. El suelo era rico; el planeta tenía vida, y donde había vida, había una debilidad en el sistema que un contrabandista podía explotar.
—Decidido... —susurró, limpiándose la sangre labial con el dorso de la mano—. Aún no soy chatarra.
Se levantó, ignorando las náuseas y el vértigo que amenazaban con devolverlo al suelo. Tomó su cuchillo de cinto, una hoja de aleación de titanio y carbono, y bajó de la nave con un propósito renovado. Esta vez no buscó ríos secos; miró la vegetación.
Se acercó a una de las plantas más grandes de la ladera: una especie de helecho gigante con hojas gruesas y coriáceas, de un tono violáceo que brillaba con una pátina cerosa bajo la luz verde. Si estas plantas sobrevivían al calor sin marchitarse, debían almacenar el agua de alguna manera. Tenían que ser tan hidrofóbicas por fuera como llenas de líquido por dentro.
Sholó clavó la hoja del cuchillo en la base de la hoja más grande. El corte emitió un crujido vegetal, y de la herida de la planta comenzó a brotar una savia espesa, blanquecina y lechosa. Acercó la punta del dedo y la probó con precaución: era amarga como el veneno y le durmió la punta de la lengua al instante. Savia tóxica. Alcaloides. Frustrado, golpeó el tallo con el puño.
No se rindió. *Buscad y removed.*
Se movió hacia otro tipo de flora: unas estructuras tubulares que crecían entre las grietas de las rocas, similares a cactus pero sin espinas, cubiertas por una pelusa fina y plateada que atrapaba el rocío de la noche. Sholó seleccionó una de las más grandes, del tamaño de su propio brazo. Cortó la sección superior con un tajo limpio.
Al principio, nada. El interior parecía una esponja seca de fibras de color verde oscuro. Pero Sholó no se detuvo; tomó el trozo cortado y, utilizando la fuerza que le quedaba, comenzó a exprimirlo con ambas manos sobre la tapa de un contenedor de plástico limpio. Los músculos de sus antebrazos se tensaron hasta el límite, las heridas de sus manos volvieron a abrirse, dejando escapar gotas de sangre roja que amenazaban con contaminar su premio.
Entonces, ocurrió.
Una gota. Transparente, pesada, libre de la savia blanca y venenosa de las otras especies. Cayó con un *ploc* sordo contra el plástico. Luego otra. Y otra más. El líquido se filtraba lentamente a través de las fibras compactas de la planta.
Después de diez minutos de un esfuerzo agónico que le hizo ver estrellas por la resaca, Sholó logró extraer apenas un par de cucharadas de un agua densa, que olía ligeramente a tierra húmeda y a ozono. Era una cantidad ridícula, apenas suficiente para humedecerse los labios y dar un único trago corto que no llegó ni a llenar su estómago.
Pero cuando ese líquido tibio tocó su garganta, Robinson Sholó supo que el abismo no había ganado. Era muy poco, casi nada, pero era la prueba de que el planeta podía ser doblegado. El puente seguía en pie.
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