El planeta verde, capitulo 1.
El metal crujía con el lamento rítmico de una bestia herida. Dentro de la cabina de mando, el aire sabía a ozono quemado y a cables fritos, un cóctel químico que irritaba los pulmones antes siquiera de abrir los ojos.
Robinson Sholó despertó con el pulso martilleando contra sus sienes. El dolor no era una punzada, era un bloque sólido de hormigón instalado detrás de sus ojos. Al intentar moverse, un rastro de sangre pegajosa, ya seca, le recordó que el tablero de mandos no era el lugar más suave para apoyar el cráneo durante un aterrizaje forzoso a trescientas millas por hora.
Sus dedos buscaron apoyo en el cuero sintético del asiento del piloto, ahora desgarrado. Los recuerdos regresaron en ráfagas de luz de neón y sirenas:
Los interceptores de nueva Europa, con sus cascos cromados y sus leyes asfixiantes, pisándole los talones.
Una fragata de cargamento pesado, llena de créditos encriptados y especias raras, que él había desviado con la elegancia de un prestidigitador.
Un motor de distorsión fallido, una coordenada al azar y el vacío tragándoselo todo hasta que la gravedad de aquel planeta anónimo lo reclamó.
—Maldita sea... —su propia voz sonó extraña, como si no le perteneciera.
Se puso de pie lentamente. El mundo se inclinaba unos veinte grados a la izquierda; la nave, su otrora majestuosa Sombra de Ónix, estaba empotrada en la ladera de una montaña como un dardo mal lanzado. Revisó los sistemas. Las pantallas estaban muertas, mostrando solo el reflejo de su rostro sucio y ojeroso. No había energía. El núcleo de plasma era ahora un montón de chatarra radiactiva. El daño era absoluto.
Sholó accionó la palanca manual de la escotilla. El metal chirrió, resistiéndose, hasta que finalmente cedió con un estallido de presión. El aire que entró no era el aire reciclado y estéril de la navegación espacial; era denso, húmedo y cargado de un aroma que nunca había olido: una mezcla de tierra virgen y algo parecido a la canela vieja.
Al bajar por la rampa deformada, sus botas se hundieron en un musgo de color violeta eléctrico. Lo que vio lo dejó sin aliento, pero no por belleza, sino por una inquietante desolación.
La montaña descendía en crestas de piedra caliza que brillaban bajo un sol pálido y verdoso. El vacío de civilización era total. No había estelas de condensación en el cielo, ni señales de radio en su receptor de muñeca, ni el zumbido de una ciudad a lo lejos. Pero lo que más le perturbó fue lo vacío, solo plantas parecían rodear el planeta
El sol verde comenzó a calentar su espalda y la deshidratación se convirtió en una prioridad de Sholó.
Regresó a la nave, rebuscando entre los restos de la bodega de carga. Apartó cajas de seda electrónica y cajas de munición.
—Agua... dime que queda una maldita ración de emergencia —gruñó, golpeando un contenedor.
Solo encontró botellas. Botellas de cristal fino, ámbar y cristalino, llenas de licores caros que había robado para celebrar una victoria que nunca llegó. El alcohol solo aceleraría su final. No había agua. El sistema de filtrado de la nave había estallado, derramando el líquido vital sobre el suelo de rejilla, donde se había evaporado o mezclado con refrigerante tóxico.
Salió de nuevo, buscando un arroyo o un manantial en la ladera. Caminó durante una hora, pero solo encontró más de esa vegetación alienígena que parecía alimentarse de la luz y la humedad del aire. No había fuentes de agua dulce a la vista, solo la vastedad de un planeta que lo ignoraba por completo.
Sholó regresó a la sombra de la Sombra de Ónix. El cansancio y la conmoción cerebral empezaron a pasarle factura. Él no era un superviviente de la naturaleza; era un depredador de los suburbios espaciales, un amante de la seda, el neón y el ruido. La idea de una muerte lenta, consumido por la sed en un planeta sin nombre, rodeado de insectos que se alimentarían de sus ojos, le resultó insoportable.
—Si el gobierno no pudo matarme, lo haré yo mismo con un poco de dignidad —susurró.
Tomó una cuerda de remolque de nailon reforzado del compartimento de carga. Sus manos, expertas en pilotar y robar, hicieron el nudo con una eficiencia mecánica. Buscó una viga de soporte expuesta en la parte exterior del casco dañado, un lugar lo suficientemente alto donde la caída fuera definitiva.
Se subió a una caja de suministros abollada. El sol verde estaba en su cenit. El nudo estaba listo. El pirata cerró los ojos, sintiendo el viento frío de la montaña acariciar su rostro.
Justo cuando Sholó desplazaba el peso de su cuerpo hacia las puntas de sus pies, listo para dar el paso hacia el vacío, el equilibrio le falló. Su bota resbaló sobre una mancha de aceite hidráulico en el borde de la caja.
—¡Mierda! —gritó, cayendo de espaldas hacia el interior de la nave en lugar de hacia fuera.
Su cuerpo golpeó el suelo de metal con un estruendo que resonó en todo el valle. Mientras intentaba recuperar el aire, aturdido y con el nudo todavía flojo alrededor del cuello, vio algo que no recordaba haber tenido. De un compartimento oculto en el techo, desplazado por el impacto del choque original o quizás por su caída, había caído un objeto pequeño.
Era un libro físico. Un artefacto casi extinto en la era de los holocuánticos. Tenía la portada rota, el cuero desgastado por siglos de manos que ya no existían. El título, impreso en letras doradas que el tiempo no había logrado borrar del todo, decía:
Así habló Zaratustra
El libro se había abierto al caer, como si las páginas tuvieran voluntad propia. Sholó, con la respiración entrecortada, estiró la mano y leyó el párrafo donde su vista había aterrizado por puro azar:
"El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo... Lo que es grande en el hombre es que es un puente y no una meta."*
Sholó se quedó inmóvil. No sabía quién era Zaratustra ni qué hacía ese libro en su nave de contrabandista; tal vez perteneció a algún dueño anterior del carguero, o a un coleccionista que no supo lo que tenía. Pero las palabras sobre la voluntad y el abismo golpearon su mente con más fuerza que el choque de la nave.
Se quitó la soga del cuello con manos temblorosas. Miró hacia afuera, hacia la montaña silenciosa y el sol verde. El planeta ya no parecía una tumba, sino un desafío. El vacío no era una ausencia, sino un espacio para ser llenado.
—Puente, no meta... —repitió.
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