El genio y el angel de la muerte, capitulo 4.

 El aire en la órbita superior de Nueva Europa no era aire, sino una sopa electromagnética cargada de estática y muerte. En el centro de esa tormenta, encerrado en una cápsula de interceptación que parecía más un ataúd de cristal que una cabina de combate, se encontraba Geometry.

Con apenas quince años, su cuerpo era una contradicción de la violencia que desataba. Era flaco, casi esquelético; sus clavículas se marcaban bajo el traje de presión como costillas de un animal desnutrido. Pero sus ojos no eran los de un niño. Eran dos lentes de precisión absoluta, fijos en la retícula holográfica que bañaba su rostro de un verde fosforescente.

—Trayectoria compensada. Viento solar a 12t km/s —Su voz era un hilo monótono, carente de la adrenalina que suele acompañar a la guerra.

Frente a él, una flota de naves criminales —remiendos de metal oxidado y motores robados— intentaba perforar el bloqueo del Imperio Comunalista. Para Geometry, no eran naves; eran vectores, puntos de masa que necesitaban ser corregidos. Apretó el gatillo neuronal.

El cañón de riel de su interceptor escupió un proyectil de tungsteno. El sonido no existía en el vacío, pero la vibración recorrió sus huesos como un escalofrío metálico. Un segundo después, una nave enemiga floreció en una bola de fuego naranja y blanca. Luego otra. Y otra. Geometry no fallaba. Era el tirador perfecto, una herramienta biológica diseñada para mantener la pureza del sistema. Cada explosión era un tributo al poder del Imperio, una señal para los carroñeros de que el orden comunalista era absoluto e inquebrantable.

Sin embargo, mientras el metal se retorcía en el espacio, en las sombras de las estaciones orbitales, el aroma del dinero empezaba a asfixiar la ideología.

Los capitales de la galaxia, esos buitres de seda y algoritmos, observaron la victoria del Imperio con sonrisas calculadas. Para ellos, la guerra no era gloria, sino una fluctuación de mercado. En las cubiertas privadas, donde el aire olía a ozono filtrado y sándalo sintético, los contratos del mercado negro se firmaban con sangre y códigos encriptados. El comunalismo ponía el orden; ellos ponían el precio. Incluso el más pequeño de estos oligarcas, hombres de vientres abultados y dedos enjoyados, poseía sistemas planetarios enteros como si fueran simples parcelas de jardín, extrayendo cada gramo de mineral para financiar su opulencia bajo la mesa del Imperio.

A años luz de la carnicería orbital, en la ciudad flotante que una vez fue el corazón del Imperio de Capital en el Planeta X, la realidad era otra. Aquí, el aire era espeso, saturado con el perfume de flores exóticas que no deberían crecer en ese suelo y el humo dulce de inciensos prohibidos.

Hack, el patriarca, caminaba con parsimonia por los jardines de obsidiana. A su lado, su nieto de doce años caminaba con la pesadez de un gigante. El niño era una anomalía: ancho de hombros, con una estatura de 1.70 metros que lo hacía parecer un hombre hecho y derecho, aunque su rostro conservaba la redondez fofa de la infancia consentida.

—Mira ese horizonte, pequeño —dijo Hack, su voz como el crujido de pergamino viejo—. Algún día, incluso las sombras de Nueva Europa nos pertenecerán.

El niño no miraba el horizonte. Estaba ocupado pateando una piedra de cuarzo pulido con sus botas de piel de reptil importada. Su respiración era pesada, audible, cargada de la irritabilidad de quien nunca ha escuchado la palabra "no".

—Quiero una nave como la del tirador, abuelo —exigió el niño, su voz rompiéndose entre la niñez y la pubertad—. Una de verdad. No el juguete que me diste ayer.

Hack soltó una carcajada seca que olió a tabaco viejo. Acarició la cabeza de su nieto, sintiendo el cabello denso y aceitoso del muchacho. El niño era un monumento al exceso; mientras en el frente Geometry apenas tenía carne para cubrir sus huesos, este nieto rebosaba de una salud artificial, alimentada por los lujos más caros de la galaxia.

—Todo a su tiempo, heredero —susurró Hack—. Geometry dispara las balas, pero nosotros somos los que compramos el metal.

El niño gruñó, impaciente. A su alrededor, la ciudad flotante zumbaba con una opulencia decadente. El aroma de los manjares sintéticos y el alcohol destilado en lunas lejanas flotaba en el aire, chocando con el eco de las naves que, allá arriba, seguían ardiendo bajo el ojo clínico de un tirador de quince años que no conocía el sabor de la fruta fresca, solo el sabor metálico de la victoria impuesta.


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