El angel de la muerte y el genio, capitulo 4.
El espacio no era un vacío inerte para ellos; era un océano de sensaciones que se filtraba por cada nervio y cada fibra del Chi de Angel. La Colmillo clase Fénix cortaba la negrura estelar como un cuchillo de obsidiana, y el zumbido de los motores era un canto constante que resonaba en el pecho de los dos fugitivos. Lupus, reclinado en la cabina, sus ojos grises reflejando destellos de los paneles, observaba a Angel con una mezcla de paciencia y cálculo.
—Angel —dijo Lupus, su voz profunda vibrando en la resonancia metálica de la nave—, necesitamos algo más que fuerza bruta para los próximos pasos. Hay un artefacto en los laboratorios de Nueva Europa que puede cambiarlo todo. Para mis futuros inventos…
Angel lo miró, flotando ligeramente sobre la cabina, la túnica blanca ondulando con la mínima corriente de aire. Sus ojos plateados brillaban con curiosidad y una chispa de reticencia. —¿Qué tipo de artefacto? —preguntó, su voz un murmullo que parecía resonar con el Chi—.
Lupus inclinó la cabeza, un gesto que proyectaba confianza calculada. El aroma a metal caliente y ozono se mezclaba con un perfume más dulce: el olor de la victoria anticipada, de la travesura que todavía no se había cometido. —No es cualquier objeto —dijo—. Es una matriz de energía cuántica estabilizada.
Angel lo consideró en silencio. Su respiración era rápida, ligera, pero medida, como si cada inhalación se calibrara contra un cálculo interno. Su Chi vibraba, curioso y cauteloso a la vez, reaccionando a la tensión en el aire. Finalmente, su cabeza se inclinó ligeramente. —De acuerdo. Lo haremos. Pero cada paso debe ser preciso. Cada movimiento, medido.
Lupus sonrió, un gesto frío y certero que apenas se insinuó bajo la capucha. —Eso es lo que quería escuchar.
Mientras la Colmillo atravesaba la órbita de Kepler-4, la vista de Nueva Europa apareció en el horizonte: un planeta de luces azul eléctrico y arquitectura metálica que parecía una colmena vertical. Los laboratorios brillaban como diamantes fríos en la superficie, cada torre irradiando energía que se filtraba a través de la atmósfera sintética. Angel percibió la vibración de los generadores de energía a kilómetros de distancia, una cadencia regular que podía anticipar incluso desde el espacio.
—Los sistemas de seguridad —dijo Lupus, señalando con un dedo enguantado—, son densos, pero predecibles. Alcohol, negligencia y exceso festivo. Perfecto para un fantasma.
El aterrizaje fue silencioso, casi imperceptible. La nave rozó la plataforma superior, liberando vapor de condensación que olía a metal caliente y aceite quemado. Angel descendió primero, flotando suavemente hacia el suelo, sintiendo cómo el Chi se expandía en consonancia con la estructura metálica de los laboratorios. El aroma de sintetizadores, ozono y productos químicos penetraba sus sentidos, mezclándose con la sensación fría y cortante del metal bajo sus pies.
Lupus le hizo un gesto: las sombras eran su aliada. Angel se movió como un suspiro de aire, su túnica ondulando y resonando con la vibración de los pasillos. Cada paso que daba se sincronizaba con la corriente de energía que emanaba del laboratorio, anticipando el calor de los conductos, la vibración de los motores y los pasos descuidados de los guardias ebrios que patrullaban los corredores.
—Ahí está —susurró Lupus, señalando un compartimiento blindado en el corazón del laboratorio—. La matriz. Tres niveles de contención, cada uno con sensores de calor, presión y Chi.
Angel inhaló, y su Chi respondió como si la misma estructura del edificio lo reconociera. Extendió las manos y envió pequeñas ondas de energía que palparon el espacio, detectando la densidad de cada barrera. Los sensores se activaron brevemente, pero la corriente invisible que Angel manejaba los desvió, como agua esquivando piedras en un arroyo.
Lupus trabajó con precisión en el terminal de control cercano. Sus dedos golpeaban los paneles como un pianista, escuchando los pitidos y zumbidos como notas musicales, ajustando campos de fuerza y desactivando alarmas temporales. Cada segundo parecía eterno, un hilo de tensión que se estiraba entre ellos.
Finalmente, la puerta blindada cedió con un leve chasquido metálico, liberando un aroma concentrado de ozono, aceite y la electricidad estática que desprendía la matriz. Angel la tomó con cuidado, sintiendo el calor frío del objeto que vibraba con energía contenida, pulsando como un corazón diminuto. Sus dedos se tensaron, percibiendo la resonancia que prometía multiplicar su Chi durante años.
—Lo tenemos —susurró Angel, y por un instante la emoción real se filtró en su voz.
Salieron del laboratorio tan silenciosamente como habían entrado, cada paso calculado para que los sensores que aún estaban activos no detectaran su presencia. La luz artificial de Nueva Europa los rozaba, pero Angel y Lupus permanecían sombras, fantasmas flotando entre la vibración y el metal.
Horas después, en la cabina de la Colmillo, el aire olía a metal caliente, ozono y la vibración de la matriz contenida en su interior. Angel cerró los ojos, dejando que su Chi se sincronizara con la energía del objeto. Su respiración se volvió más lenta, profunda, como si absorbiera cada bit de poder contenido en la matriz.
—Esto cambiará todo —dijo Lupus, dejando que su voz retumbara en la resonancia metálica de la nave—. Tus años de fuerza no serán comparables a nada de lo que has sentido.
Angel asintió, flotando ligeramente, y su túnica brilló con un zumbido suave que parecía anticipar el flujo de su poder multiplicado. Cada fibra de su ser vibraba, cada célula sentía la promesa de dominio sobre su Chi y de posibilidades que antes parecían inalcanzables.
Mientras tanto, en la superficie de Nueva Europa, los sistemas detectaron la intrusión apenas horas después. La alarma de la matriz se había activado demasiado tarde; el objeto ya no estaba. La ciudad colapsó en un caos de sirenas y luces rojas, y pronto, las autoridades planetarias emitieron un aviso directo: Geometry debía localizar la matriz robada a toda costa. La advertencia no solo era un recordatorio del robo, sino un desafío implícito para quienes se habían atrevido a desafiar la seguridad de los laboratorios más avanzados del planeta.
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