El angel de la muerte y el genio

 


Lupus se recostó contra la pared de cristal de la cueva, dejando que sus enormes manos descansaran sobre sus rodillas. La luz violeta de las tres lunas se filtraba a través de los ventanales naturales, dibujando sombras alargadas que parecían serpientes quietas sobre la roca helada. Sus ojos grises, normalmente brillantes con curiosidad, ahora estaban apagados por el tedio.


—Estoy harto de este planeta —dijo, su voz grave resonando entre las paredes de piedra como un tambor metálico—. Hemos explorado cada recodo, cada cueva. No hay nada aquí que me rete. Debemos irnos.


Angel flotaba a unos centímetros del suelo, cruzando los brazos sobre el pecho. Su túnica ondeaba suavemente en la corriente mínima que se filtraba desde la abertura de la cueva, y el aroma a resina helada y ozono flotaba en torno a ellos. Su voz, suave pero firme, cortó el silencio como un cuchillo de luz.


—Estamos bien aquí, Lupus. Si nos vamos, perderemos todo. Cada patrón de viento, cada resonancia de la roca, cada corriente de Chi que hemos encontrado. Todo se queda atrás.


Lupus soltó un bufido que removió polvo fino de la roca. Su respiración profunda olía a tierra húmeda y cuero gastado.


—Ya he mapeado todas las cuevas, Angel. Todo lo que se puede explorar en este maldito planeta ya no tiene secretos. Con el viejo muerto, regresar será un paseo. Nada nos retiene aquí.


Angel abrió los ojos, y la luz violeta reflejada en ellos parecía líquida. Su respiración era rápida y ligera, el Chi recorriendo cada fibra de su cuerpo. —No, Lupus. Si nos vamos ahora, perderé mis poderes. Esta cueva, este planeta, cada mineral que tocamos y cada vibración del aire… me dan fuerza. Me la quitan si nos alejamos demasiado pronto.


Lupus rodó los hombros, y el crujido de sus huesos resonó contra la pared. Su nariz captó un matiz metálico en el aire, un vestigio de los minerales ricos que apenas tocaban el olfato de Angel. —Entonces escucha esto —dijo, y de su mochila emergió un pequeño bloque de roca negra que emitía un resplandor interno débil, como un corazón palpitante en miniatura—. He creado una versión pura de la roca del planeta. No es un mineral común: es su esencia, encapsulada. Tú podrías usarla por cinco años completos, Angel. Cada respiración, cada movimiento de Chi, cada proyección de tu energía… se amplificará.


Angel extendió una mano temblorosa, y el aire a su alrededor zumbó, reaccionando a la vibración de su Chi. —Cinco años… —susurró, el tono de su voz cargado de asombro y tentación—. ¿Cómo escaparemos de Malerius? Este bloque no nos mueve, solo nos da fuerza.


Lupus sonrió con una precisión fría, el gesto apenas visible bajo su capucha. Su aroma era una mezcla de cuero, metal y un toque de ozono que impregnaba la roca. —Eso depende de ti —dijo, sus dientes haciendo un leve crujido al apretar la mandíbula—. ¿Serías capaz de defenderme mientras yo me robo una nave de Malerius?


El aire a su alrededor se cargó con una tensión eléctrica. Angel inhaló, sintiendo cada molécula vibrando con anticipación. Su Chi respondió con un calor intenso en la base de su cráneo. —Claro que sí —dijo con firmeza—. Soy el primero bajo el sol.


Lupus arqueó una ceja, y una risa seca escapó de su garganta, mezclándose con el aroma metálico del mineral y la resina helada que flotaba en la cueva. —Ya gastaste esa frase —dijo, sus palabras como piedras cayendo en un río—. Pero me gusta tu seguridad. Bien. Entonces vamos a ponerla a prueba.


Salieron de la cueva, y el viento cortante les golpeó la piel y el metal de sus armaduras. La nieve bajo sus botas crujía como cristales rotos, y el aire estaba impregnado de ozono, especias quemadas y un olor lejano a aceite de motores. Lupus extendió su mano, y Angel se elevó a su lado, suspendido en el aire, sintiendo la corriente invisible como un río que lo sostenía.


Las Torres de Malerius se alzaban ante ellos, cincuenta pisos de acero negro y vidrio tintado que reflejaban la luz de las lunas como cuchillas de obsidiana. El viento que descendía de la cima traía ecos de risas, música y el aroma de alimentos sintéticos mezclados con alcohol, señalando que la celebración estaba en pleno apogeo.


—Recuerda —dijo Lupus, sus ojos fijos en las torres—. Rápido y silencioso. Nadie nos verá si seguimos la sombra de la estructura. El exceso de Malerius nos favorece. El alcohol y la euforia nublan la vigilancia.


Angel asintió, flotando sobre la superficie helada como una bruma viviente. Su túnica emitía un suave zumbido, resonando con su Chi. Sentía cada fibra de la torre, cada vibración de la estructura metálica, cada flujo de calor de los conductos de aire y de las luces internas. Podía anticipar los pasos de los guardias antes de que siquiera los dieran.


Lupus se deslizó hacia la base de la torre, sus botas haciendo un sonido apagado sobre los metales y cristales del suelo. El aroma a aceite, a sudor y a metal caliente lo rodeaba, mezclándose con la fragancia de los festejos lejanos. Con un gesto, Angel se elevó detrás de él, flotando sin esfuerzo mientras sus ojos calculaban trayectorias de movimientos y corrientes de aire.


Llegaron al hangar de vehículos. Las puertas estaban parcialmente abiertas, un descuido típico de la celebración. Lupus olió el calor de los motores, el combustible pesado y la vibración constante de las naves atracadas. Su sonrisa se amplió bajo la capucha.


—Aquí está —susurró, mientras sus dedos tocaban los controles de un terminal cercano, sintiendo el flujo de datos como un río de luz por sus nervios—. Una Colmillo clase Fénix. Capaz de atravesar las defensas de la Ciudadela y salir sin ser detectada.


Angel descendió junto a él, tocando la nave con la punta de los dedos. Su Chi se sincronizó con la vibración del metal, y el aroma a ozono y plasma le recorrió la nariz. —Defenderé cada metro de tu retirada —dijo, su voz cargada de convicción. Sus manos se tensaron, y un calor sutil recorrió sus brazos y piernas.


Lupus no perdió tiempo. Sus dedos bailaron sobre los controles, escuchando cada pitido y cada zumbido como si fueran notas de una partitura. La nave respondió al toque, vibrando suavemente como un animal domesticado. Un último vistazo a Angel, y con un movimiento ágil se deslizó dentro de la cabina.


Angel se posicionó sobre el parapeto de la torre, flotando como un centinela. Cada corriente de viento, cada sombra de los guardias ebrios que deambulaban por los pasillos, cada destello de luz de los sistemas de vigilancia, era registrado por su mente con precisión geométrica. Sus sentidos se expandieron hasta convertirse en un campo protector alrededor de Lupus.


Cuando Lupus activó la nave, el rugido de los motores resonó como un trueno contenido, mezclando el aroma a plasma y aceite quemado. Angel emitió un zumbido de Chi que recorrió la torre, y los guardias que se acercaban tropezaron con su propio equilibrio, incapaces de detectar la figura etérea que bloqueaba su camino.


La nave se elevó, cortando el aire y el cielo violeta con un resplandor azul intenso de propulsores ionizados. Lupus maniobró con habilidad, cada giro y aceleración calculado para aprovechar la inercia y minimizar la detección. Angel lo siguió de cerca, flotando para adentrarse en la nave, cada fibra de su ser alineada para interceptar cualquier amenaza.


—Bien —dijo Lupus, respirando con fuerza, mientras el olor a plasma y ozono llenaba la cabina—. Estás demostrando que sigues siendo el primero bajo el sol.


Angel frunció el ceño, pero una pequeña sonrisa se asomó en su rostro. —No lo he dicho hoy, pero lo siento en mi Chi —replicó—. Y sigue siendo cierto.


Mientras se alejaban de la Ciudadela, el viento de la altura mezclaba el aroma a festividad, alcohol y metal caliente con la frescura del aire exterior. La nave Colmillo cortaba el espacio como un cuchillo de obsidiana, y Angel permanecía a su lado, un guardián invisible de luz blanca y resonancia pura.


El planeta quedó atrás, un mosaico de rocas negras, cuevas y luces festivas. Pero dentro de ellos, la sensación de poder y libertad recién ganada era tan intensa que incluso el frío y la altura no podían disminuirla. Lupus se reclinó, satisfecho, y Angel flotó, respirando profundamente, sintiendo cómo su Chi fluía y crecía gracias al mineral que había tomado de su creador. Cinco años de poder, y un escape que nadie habría esperado.


El sol de las lunas titiló sobre ellos mientras la nave se perdía entre las estrellas, y el aroma a metal, ozono y libertad llenaba la cabina y el aire que los rodeaba, recordándoles que estaban vivos, intactos, y un paso más cerca de cualquier cosa que el universo quisiera mostrarles.







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