Dos jóvenes listos para comerse el mundo

 La estática en los oídos de Geometry era una sinfonía de orden. El interceptor se deslizaba entre los jirones de una fragata pirata que acababa de desmembrar, el metal desgarrado soltando nubes de gas criogénico que brillaban como polvo de diamantes bajo las lunas. Los sensores de Geometry, incrustados directamente en su corteza visual, detectaron una anomalía de trayectoria.

—Piratas —susurró Geometry, su voz un siseo metálico—. Desviación innecesaria.

Los fugitivos, desesperados por sacudirse al cazador de quince años, realizaron una maniobra errática. Dispararon una salva de torpedos de plasma, no hacia Geometry, sino hacia la Ciudad Flotante del Planeta X que colgaba debajo de ellos como una medusa de cristal y oro. Buscaban una distracción, un incendio que obligara a los protocolos imperiales a priorizar el rescate sobre la caza.

El impacto fue un relámpago que tiñó el vacío de un carmesí violento.

En los jardines de obsidiana, el aire dejó de oler a sándalo y empezó a oler a carne quemada y ozono ionizado. Hack, el patriarca de los algoritmos de seda, ni siquiera tuvo tiempo de cerrar los ojos. La onda expansiva de la explosión desintegró los ventanales de cuarzo, convirtiéndolos en metralla transparente. Un fragmento, del tamaño de una daga, atravesó el pecho del anciano antes de que el fuego consumiera el resto.

Su nieto, el gigante de doce años recibió la noticia. El la información le sacó el aire, un aire que ahora sabía a ceniza y fundición. Se levantó tambaleándose, sus ojos nublados buscando la figura de su abuelo. Al llegar a observar lo sucedido Solo encontró un cráter humeante donde antes había una mesa de banquetes. La noticia no llegó por radio, sino por el silencio absoluto de los sirvientes que huían: su protector, su fuente de comida, su dios de oro, se había evaporado.

—¿Abuelo? —preguntó el chico, su voz quebrándose—. ¿Quién... quién me va a dar la cena?

El pánico, un sudor frío que olía a miedo rancio, lo envolvió. Sabía lo que pasaba con los herederos sin herencia en el Imperio: las minas de boro, los trabajos de carga, el hambre. Con una fuerza nacida del terror, corrió hacia el hangar privado, arrastrando sus botas de piel de reptil sobre los escombros. Se subió a una nave de recreo, un juguete de lujo con acabados de cromo, y activó los motores. El rugido del despegue fue un grito de auxilio.

Pero en el radar de Geometry, el "juguete" era solo otra firma de calor irregular.

El interceptor de Geometry se posicionó sobre la nave de recreo en un parpadeo. No hubo advertencia. Un puerto lateral se abrió y disparó un dardo de pulso magnético y sedante neurotóxico que atravesó el casco de lujo como si fuera papel.

El chico despertó con el sabor amargo del metal en la lengua. Intentó moverse, pero sus muñecas estaban sujetas por bridas de polímero que se hundían en su carne fofa. El entorno era una pesadilla de funcionalidad: paredes grises, cables expuestos y un olor punzante a desinfectante y aceite de armas.

Frente a él, sentado en un taburete metálico, estaba la figura esquelética del piloto. Geometry limpiaba un cañón de mano con movimientos rítmicos.

—¡Suéltame! ¡Soy un heredero! ¡Te haré ejecutar! —gritó el chico, las lágrimas surcando sus mejillas redondas.

Geometry no levantó la vista. Su voz era plana, fría como el vacío exterior.

—Dime dónde está el Zorgon Azul de Nueva Europa. El mineral creado en laboratorio.

—¿Zorgon? ¿Qué es eso? ¡No sé nada! —sollozó el muchacho—. ¡Solo quiero irme a casa!

Geometry dejó de limpiar el arma. Sus ojos, profundos y carentes de infancia, se clavaron en él.

—Entonces, ¿qué hacías en esa nave? Es una trayectoria de escape prohibida.

—¡Mi abuelo murió! ¡Ese disparo... lo borró! —el chico empezó a hiperventilar, el aroma de su propio sudor llenando la pequeña cabina—. Escapé porque no sé hacer nada. Oh, Dios mío... ¿quién me alimentará? ¿Cómo sobreviviré? Sin sirvientes, sin chefs... ¡voy a morir de hambre en una semana!

Geometry inclinó la cabeza, observando la masa física del chico. Para él, ver a alguien tan joven y tan... grande, era una anomalía biológica.

—¿No has pensado en trabajar? —preguntó Geometry, genuinamente curioso por el concepto de un humano que no produce.

—¿Trabajar? —el chico se detuvo, confundido, como si le hubieran hablado en un idioma extinto—. ¿Trabajar... trabajar? —repitió la palabra, probando su peso—. Podría funcionar... supongo. Pero, ¿en qué? No sé manejar un pico de minería y mis manos se irritan con los químicos.

Geometry se puso de pie. Sus huesos crujieron bajo el traje de presión. El contraste era ridículo: el tirador era una astilla de hueso y nervios; el prisionero era una montaña de potencial desperdiciado.

—Busco un asistente —dijo Geometry—.

El chico parpadeó, secándose la nariz con el hombro.

—¿Un asistente? Bueno... eso suena mejor que las minas. ¿A qué te dedicas exactamente?

—Soy Geometry —respondió el piloto, enfundando su arma.

El chico guardó silencio un momento. Sus ojos se abrieron de par en par, recorriendo el cuerpo desnutrido y el rostro pálido del adolescente frente a él.

—¿Tú eres Geometry? —soltó, con una mezcla de decepción y asombro—. No eras lo que esperaba. 

Geometry arqueó una ceja. —¿Qué esperabas?

—No lo sé... un hombre alto. Un gigante con armadura de asalto, ojos de láser y una voz que hiciera temblar los planetas. No un... —miró las manos delgadas de Geometry— ...un chico que parece que no ha comido en un año.

—Lo mío son las armas, no la presencia física —replicó Geometry, sin ofenderse—. Además, solo tengo quince años. La masa muscular es una ineficiencia en una cabina de interceptación.

El chico soltó un suspiro largo, su cuerpo relajándose contra las ataduras.

—Yo solo tengo doce —dijo, bajando la cabeza.

Geometry se quedó mudo. Por primera vez en toda la misión, su precisión mental flaqueó. Miró la estatura del muchacho, sus hombros anchos de 1.70 metros, y luego recordó sus propios doce años, cuando apenas era una sombra en los pasillos del centro de entrenamiento.

—¿Doce? —susurró Geometry—. Los nutrientes de la opulencia son... fascinantes. Eres una unidad biológica de gran escala para tu ciclo vital.

—Y tú eres un arma muy pequeña para tener quince —replicó el chico, recuperando un poco de su altanería de heredero, aunque con un tono más suave—. Me llamo... bueno, mi abuelo me llamaba 'Heredero', pero puedes llamarme Yosy

Geometry sacó un cuchillo sónico y, con un movimiento preciso, cortó las bridas del chico. Bubo se frotó las muñecas, sintiendo el hormigueo del flujo sanguíneo regresando a sus dedos. El aire en la cabina cambió; el olor a miedo fue reemplazado por la fragancia metálica de un pacto.

Yosy extendió su mano enorme, una mano que nunca había empuñado nada más pesado que un cubierto de plata. Geometry extendió la suya, fría y callosa por el manejo de controles de fuego.

Cuando se estrecharon las manos, el contraste fue total: el puño de Bubo envolvía casi por completo la mano del tirador.

—Bien, yosy —dijo Geometry, volviendo a su consola—. Empezaremos con el entrenamiento 

—Hecho —asintió yosy, mirando por la ventana de la nave hacia las estrellas—. Al menos en el espacio no hay nadie que me obligue a comer verduras sintéticas.

La nave se alejó de las ruinas de la Ciudad Flotante, una astilla de guerra transportando a un tirador que era un niño y a un gigante que aún no era un hombre, unidos por el hambre de supervivencia y el rugido de los motores en el vacío.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Ramsung galactic, capitulo 1.

La hermandad de la piedra, capitulo 1.

El horizonte, capitulo 4.