Dos jóvenes comiéndose el mundo, capitulo 2.
El espacio profundo no conocía la piedad, pero conocía muy bien la inercia. El interceptor de Geometry, una aguja de obsidiana cortando el vacío, se lanzó hacia un carguero de clase Mula que intentaba ocultarse tras el cinturón de asteroides de Sigma-9. La velocidad era tal que Yosy sintió cómo sus órganos se presionaban contra su columna vertebral, una sensación de pesadez líquida que lo hacía sentir como un saco de arena húmeda.
—Sujétate a los asideros de inercia —ordenó Geometry. Sus dedos eran un borrón sobre los hologramas de control—. Vamos a abordar.
Con un movimiento que desafiaba las leyes de la física, Geometry disparó los arpones magnéticos. El impacto fue seco, un eco metálico que vibró en los dientes de Yosy. El aire en la cabina se volvió denso, cargado de la electricidad estática de los acoples de abordaje.
—Sígueme. No te quedes atrás o la descompresión te convertirá en confeti —dijo el tirador, saltando del asiento con la ligereza de un gato callejero.
Yosy, tambaleándose sobre sus piernas de gigante joven, lo siguió por el tubo de acceso. El olor en la nave capturada era distinto al del interceptor: olía a sudor rancio, a comida procesada de baja calidad y a un miedo que se podía masticar. Era el aroma de los proscritos.
Se detuvieron ante una compuerta hidráulica que siseaba vapor de refrigerante. Geometry se giró, su rostro pálido iluminado por el parpadeo rojo de las luces de emergencia.
—¿Qué... qué me toca hacer? —susurró Yosy. Sus manos grandes temblaban, golpeando accidentalmente las paredes de metal corrugado.
Geometry señaló la puerta.
—Entra ahí. Hay cuatro de ellos. Diles exactamente estas palabras: «Quedan arrestados en nombre de Nueva Europa».
Yosy sintió que el poco aire que quedaba en sus pulmones se evaporaba. Miró sus propias manos, suaves y hechas para acariciar telas finas, no para imponer la ley.
—¿Y si me disparan? —preguntó con la voz quebrada—. Soy un blanco muy grande, Geometry. No me pueden fallar ni aunque quieran.
Geometry ni siquiera parpadeó. Sus ojos, dos cuencas de cálculo frío, lo miraron de arriba abajo.
—Soy el mayor experto en armas de la galaxia, Yosy. Conozco el ángulo de cada cañón y el tiempo de respuesta de cada gatillo en este sector. No tienen armas.
La puerta se abrió con un estruendo metálico.
Yosy entró tropezando. El espacio era una sala de máquinas convertida en comedor improvisado. Cuatro hombres, curtidos por la radiación estelar y con cicatrices que parecían mapas de violencia, se detuvieron con las cucharas a medio camino de la boca. Eran mercenarios de bajo nivel, pero para Yosy, parecían demonios de hierro.
—Quedan... —Yosy tragó saliva, el sabor a miedo rancio inundando su boca—. Quedan arrestados en nombre de Nueva Europa.
Hubo un segundo de silencio absoluto, interrumpido solo por el goteo de una tubería. Luego, el mayor de ellos, un tipo con un implante ocular que chispeaba malicia, soltó una carcajada que sonó como cristales rotos.
—¿Un niño gordo con ropa de seda? —rugió el mercenario—. Nueva Europa debe estar desesperada.
No dispararon. Geometry tenía razón en eso
Desde la sombra del umbral, Geometry observó la escena. Vio cómo el primer golpe impactaba en la mejilla de Yosy, haciendo que la cabeza del chico rebotara.
Creí que aguantaría al menos un minuto pensó Geometry, preparando su mano para desenfundar.
Pero entonces, algo cambió en la atmósfera.
Yosy no cayó. El golpe no lo derribó; lo despertó. Un gruñido que no sonaba a niño, sino a una bestia herida, surgió de lo más profundo de sus entrañas. No era técnica, no era disciplina; era la fuerza bruta de un linaje que había sido alimentado con lo mejor del sistema durante generaciones, una reserva de energía biológica que nunca había sido liberada.
Yosy devolvió el golpe. Fue un movimiento desordenado, un arco de fuerza pura que golpeó al primer hombre en el pecho, lanzándolo contra una consola de navegación con la fuerza de un pistón hidráulico.
—¡Déjenme en paz! —gritó Yosy, y sus palabras vibraron en el metal del suelo.
Uno tras otro, los mercenarios intentaron reducirlo. Eran cuatro contra uno, pero Yosy era una montaña de potencial desperdiciado que finalmente encontraba una salida. Un golpe tras otro. Recibía impactos que habrían roto las costillas de Geometry, pero su masa corporal absorbía el castigo y lo transformaba en furia. Sus puños grandes, ahora manchados de sangre y grasa, se movían con una cadencia desesperada.
Lucha tras lucha. El aire se llenó de gritos, del sonido de huesos crujiendo y del jadear pesado del gigante de doce años. Al final, el silencio regresó, pero esta vez era un silencio de tumba.
Yosy cayó de rodillas, rodeado por los cuerpos inconscientes de sus oponentes. Su respiración era un silbido asmático y su visión se tornó negra por el esfuerzo extremo. Antes de perder el conocimiento, sintió el frío suelo de metal contra su mejilla.
El chico tiene talento, pensó Geometry, saliendo de las sombras con un respeto renovado. Es una batería de energía cinética sin pulir.
Horas después, de vuelta en el interceptor, Yosy despertó. El sabor amargo del metal seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con el sabor ferroso de la sangre seca. Le dolía cada fibra de su cuerpo; sentía como si un crucero de batalla le hubiera pasado por encima.
—¿Cómo... cómo me fue? —preguntó, intentando sentarse. Sus ojos estaban hinchados, pero buscaban la aprobación del tirador.
Geometry estaba sentado frente a él, operando un pequeño dispositivo. No lo miró de inmediato.
—¿Cuántas peleas habías tenido antes de hoy, Yosy?
Yosy lo pensó, recordando los banquetes silenciosos y los maestros de protocolo.
—Ninguna. Nunca nadie me tocó. Ni siquiera para jugar.
Geometry finalmente levantó la vista. Había una sombra de algo parecido a la admiración en su expresión plana.
—Te fue bien. Sobreviviste a una desventaja de cuatro a uno con puro instinto. Tienes la potencia, pero te falta el software para manejar ese hardware que llamas cuerpo.
Geometry se levantó y le acercó una caja pequeña, de un metal azul iridiscente que parecía vibrar bajo la luz de la cabina.
—¿Qué es esto? ¿Comida de verdad? —preguntó Yosy con esperanza.
—Mejor que eso —respondió Geometry—. Es un sistema avanzado de simulación de Nueva Europa. Es un entorno neuro-inducido. Entrenarás ahí mientras duermes. Aprenderás a convertir esa masa en palancas de fuerza, a leer el movimiento antes de que ocurra. Si vamos a encontrar el Zorgon Azul, no puedo tener a un asistente que solo sabe recibir golpes.
Yosy tomó la caja. Estaba pesada, fría y llena de promesas. Miró hacia el vacío exterior, donde las estrellas ya no parecían tan lejanas ni tan aterradoras.
—Mañana —dijo Geometry, volviendo a su consola—, aprenderás a golpear con el cerebro, no solo con las entrañas. Duerme, gigante. Mañana empieza la guerra de verdad.
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