El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 6
La noche se había instalado sobre la ciudad naciente como un manto frío y metálico. Las luces de los módulos de la nave aún brillaban con un resplandor azul y rojo, pero la altura de los edificios convertía los corredores superiores en pasillos de sombra. Angel y Lupus caminaban por uno de esos corredores, sus pasos amortiguados por la cubierta de metal, que aún conservaba el calor de la actividad diurna. El zumbido de los generadores vibraba bajo sus pies como un latido constante, y cada sonido parecía multiplicarse en el vacío de la estructura.
Se detuvieron junto a un ventanal que daba hacia el abismo. Bajo ellos, el mineral resplandecía débilmente, iluminado por la radiación de la estrella distante, creando un paisaje ondulante que parecía un océano congelado de plata. Angel apoyó los brazos en el marco, dejando que la luz reflejara su rostro. Sus ojos brillaban con curiosidad y cierto atisbo de diversión. Lupus, más alto y ancho que la mayoría, cruzó los brazos, su musculatura tensa bajo la piel como un animal en espera.
—Oye —dijo Angel, rompiendo el silencio con una risa ligera—. ¿Qué piensas del proyecto de Malerius?
Lupus esbozó una sonrisa que apenas iluminó su semblante, y exhaló aire que hizo brillar la luz del ventanal sobre sus colmillos, leves y afilados.
—Nunca me interesó esto de los reinos, las ciudades flotantes y toda esa grandilocuencia —respondió, con un dejo de desprecio y diversión—. Si tan solo hubiera una forma de ir… abajo.
Angel giró el rostro, evaluando al hermano mayor de Malerius con un brillo travieso.
—Podríamos tomar una nave —propuso con entusiasmo, sus dedos jugueteando con el borde del ventanal como si estuviera tanteando la idea en el aire.
Lupus negó con la cabeza, su expresión más grave, aunque no perdió la sonrisa de medio lado.
—Malerius es demasiado inteligente para no haber contemplado un robo de naves —dijo, la voz resonando como un rugido contenido—. Si queremos llegar abajo, tendremos que hacerlo directamente.
El silencio volvió a instalarse, pesado y expectante. Angel respiró hondo, dejando que el aire frío llenara sus pulmones presurizados. Por un momento, se quedó contemplando el abismo, como si estuviera visualizando cada metro hasta el suelo.
—Entonces… —murmuró finalmente—. ¿Nos lanzamos?
—Cuando caiga la noche —confirmó Lupus, la seriedad en su tono mezclada con un entusiasmo apenas contenido—. Debemos estar listos.
Las horas pasaron lentamente. La luz azul de los generadores disminuía, y la estructura comenzó a sumergirse en penumbra, apenas iluminada por las placas de señalización y los destellos intermitentes de las torres más altas. El aire se volvió más frío, cortante sobre los trajes presurizados. Finalmente, Angel y Lupus se colocaron en el borde de una de las plataformas superiores.
—¿Estás listo? —preguntó Angel, tensando los dedos sobre su cinturón, donde el látigo de energía descansaba enrollado, listo para ser desplegado.
Lupus bajó la cabeza, inhalando con fuerza, y luego su cuerpo comenzó a cambiar. Los músculos se expandieron y retorcieron, la piel se cubrió de un pelaje gris oscuro que brillaba con reflejos metálicos bajo la luz artificial, y sus ojos adquirieron un brillo amarillo intenso. Su respiración se volvió más profunda, y sus colmillos se alargaron ligeramente. En unos segundos, frente a Angel, se erguía un lobo colosal de tres metros, imponente y listo para lanzarse al abismo.
—¿Y tú? —gruñó Lupus, la voz ahora más gutural, reverberando en el metal—. ¿Cómo piensas descender?
Angel sonrió con confianza, enrollando su látigo de energía en la mano.
—Saltaré y me sostendré antes de impactar al suelo —dijo, la voz firme, casi alegre—. Como siempre.
—Eso suena… muy arriesgado —replicó Lupus, con un brillo de preocupación en sus ojos—. No puedo sostenerte si fallas.
Angel encogió los hombros, despreocupado.
—En mi planeta es normal hacerlo —explicó, los dedos acariciando el mango del látigo—. Me entrené desde pequeño.
—¿Desde qué edad? —preguntó Lupus, su cuerpo aún vibrando con energía contenida.
—Ocho años —dijo Angel, con total naturalidad.
Lupus se quedó paralizado. Sus orejas se movieron hacia atrás, un gesto instintivo de sorpresa y consternación.
Angel rió, un sonido agudo que se perdió en la negrura de la noche.
—Sí, mayorcito —dijo—. Pero suficiente. Lo importante es que sé lo que hago.
El viento inexistente parecía intensificar la tensión. Lupus dio un último vistazo al abismo bajo sus pies, evaluando el trayecto, cada línea luminosa sobre el mineral, cada fractura que podría convertirse en obstáculo. Su instinto animal vibraba, listo para lanzarse.
—Entonces vamos —murmuró, y su rugido profundo resonó en la estructura, haciendo vibrar la plataforma y provocando que los reflejos del mineral brillaran como relámpagos atrapados en un océano de plata.
Con un salto poderoso, Lupus se lanzó hacia abajo. Sus patas golpeaban la superficie metálica en intervalos regulares, cada impacto generando un estruendo sordo. La estructura parecía vibrar bajo su peso. Cien kilómetros más abajo, el suelo lo esperaba, pero la distancia no importaba; su corazón de lobo lo guiaba. Cada músculo trabajaba con precisión perfecta, la respiración pesada cortando el aire cargado de ozono.
Angel lo siguió un instante después, lanzándose en un salto controlado. El látigo de energía se extendió, apuntando hacia un anclaje en la estructura más baja. Sin embargo, un microdesajuste hizo que el gancho fallara. El látigo rebotó, y Angel cayó con fuerza sobre Lupus. El impacto los hizo rodar varios metros por la superficie, y ambos quedaron inconscientes unos segundos, mientras el olor a metal y ozono llenaba sus fosas nasales.
Cuando Lupus abrió los ojos, el cielo estaba teñido de azul oscuro, las luces de la ciudad distante parpadeando como estrellas artificiales. Angel estaba a su lado, consciente pero tambaleándose.
—¿Por qué fallaste? —gruñó Lupus, su voz más humana que lobo, aunque aún teñida de rabia y preocupación.
Angel se incorporó lentamente, sacudiendo el polvo de su traje.
—Mi chi… —comenzó, las palabras mezcladas con jadeos—. Por alguna razón, estaba fallando últimamente. Pero me recuperaré.
Lupus lo observó, impresionado. La combinación de confianza, destreza y audacia del joven lo dejaba sin palabras. El muchacho frente a él no era solo valiente; era extraordinario.
—Eres… asombroso —dijo finalmente Lupus, con un rugido más bajo, de admiración mezclada con respeto—. Nunca había visto algo así.
Angel sonrió débilmente, masajeando la muñeca donde descansaba el látigo.
—Solo cuestión de práctica —murmuró—. Ahora toca lo demás.
Y como si el destino hubiera escuchado sus palabras, un sonido distinto rompió la quietud: un crujido bajo sus pies, seguido de un murmullo insectoide. Grandes sombras comenzaron a emerger de las grietas en el mineral, proyectando siluetas monstruosas sobre la luz tenue de los módulos. Eran hormigas gigantes, de varios metros de largo, con exoesqueletos oscuros y segmentados que reflejaban la poca luz de la superficie como obsidiana. Sus mandíbulas chirriaban con fuerza, y el aroma ácido de su secreción se mezclaba con el olor a metal y ozono, creando una sensación nauseabunda y peligrosa.
—Hora de ponerse en guardia —gruñó Lupus, adoptando postura, las patas traseras firmes, la cola tensada como un látigo vivo.
Angel desenrolló su látigo con rapidez, la energía chispeando a lo largo del cable como un relámpago contenido. Sus ojos se enfocaron en el enjambre, calculando la trayectoria, la fuerza y el ángulo necesario para impactar con precisión.
Las primeras hormigas se abalanzaron sobre ellos, sus patas golpeando el suelo con un retumbar metálico, y el aire se llenó del crujido de sus mandíbulas. Lupus lanzó un salto hacia adelante, sus garras cortando el aire, arrancando a una de las criaturas del suelo y lanzándola contra otra con un golpe poderoso que hizo vibrar la estructura. Su respiración era profunda y rápida, el pelaje erizado por la adrenalina.
Angel giró el látigo en un arco amplio, atrapando a dos hormigas en su campo de energía y arrojándolas lejos con fuerza. El sonido del impacto resonó como un martillazo en el metal, y un chisporroteo eléctrico iluminó la escena durante un instante.
—¡Cuidado a la derecha! —gritó Lupus, desviando otra criatura con un golpe de su cola musculosa.
El ataque era feroz y constante. La estructura parecía resonar con la violencia del combate, el mineral bajo sus pies vibrando con cada movimiento. El olor a ozono y hierro se intensificaba, mezclándose con el sudor de sus cuerpos y la ferocidad de sus movimientos.
Angel y Lupus se movían como un solo organismo: el látigo trazando líneas de energía, el lobo usando fuerza bruta y agilidad. Cada embate era calculado, un baile de supervivencia entre monstruos y hombres transformados.
El cielo oscuro, la ciudad naciente y el mineral resplandeciente formaban un escenario casi mitológico, donde la luz y la sombra, el fuego y la carne, se mezclaban en una coreografía mortal. Ambos sabían que cada segundo contaba, que el equilibrio entre la vida y la muerte era frágil y que la supervivencia dependía de su sincronización perfecta.
Mientras los primeros embates terminaban y las hormigas retrocedían momentáneamente, Lupus se inclinó hacia Angel, respirando con fuerza.
—Nunca pensé que diría esto… pero eres incluso más impresionante de lo que imaginé —dijo, con un dejo de respeto que rozaba la reverencia.
Angel sonrió, aún concentrado en las criaturas que se reagruparían en cualquier momento.
—Y esto apenas comienza —murmó, mientras el látigo brillaba con intensidad, listo para el siguiente ataque.
El viento inexistente parecía moverse de nuevo, arrastrando con él la vibración metálica del mineral y los ecos de la ciudad naciente, como si toda la estructura aguardara el desenlace de la batalla. La noche estaba viva, y bajo ella, los dos jóvenes guerreros se preparaban para enfrentar lo desconocido.
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