El meditador, capítulo 2.
El viento soplaba con un murmullo constante, como un canto antiguo que venía de las cumbres invisibles. La nieve crujía bajo las pisadas del buey almizclero, cuyos flancos subían y bajaban con un ritmo fatigado. Su aliento formaba nubes tibias en el aire gélido, mientras las pezuñas resbalaban ocasionalmente sobre la roca húmeda y helada. El joven Rodolfo caminaba en silencio, con la capucha echada hacia atrás y el rostro expuesto al frío. A su lado, su madre, llevaba los brazos cruzados contra el pecho, protegiéndose del viento que mordía la piel como pequeños cuchillos. El guía, un hombre enjuto de rostro curtido, detuvo la marcha de pronto. Se volvió hacia ellos con gravedad en los ojos. —Debemos parar aquí. El animal no resistirá más por hoy —dijo, señalando al buey, cuya respiración era ya un jadeo tembloroso. El joven Rodolfo se detuvo. Miró al buey como si pudiera leer algo más allá del cuerpo. El animal estaba agotado, sí… pero no vencido. Se acercó con lentitud, exten...