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Mostrando las entradas de julio, 2025

El meditador, capítulo 2.

  El viento soplaba con un murmullo constante, como un canto antiguo que venía de las cumbres invisibles. La nieve crujía bajo las pisadas del buey almizclero, cuyos flancos subían y bajaban con un ritmo fatigado. Su aliento formaba nubes tibias en el aire gélido, mientras las pezuñas resbalaban ocasionalmente sobre la roca húmeda y helada. El joven Rodolfo caminaba en silencio, con la capucha echada hacia atrás y el rostro expuesto al frío. A su lado, su madre, llevaba los brazos cruzados contra el pecho, protegiéndose del viento que mordía la piel como pequeños cuchillos. El guía, un hombre enjuto de rostro curtido, detuvo la marcha de pronto. Se volvió hacia ellos con gravedad en los ojos. —Debemos parar aquí. El animal no resistirá más por hoy —dijo, señalando al buey, cuya respiración era ya un jadeo tembloroso. El joven Rodolfo se detuvo. Miró al buey como si pudiera leer algo más allá del cuerpo. El animal estaba agotado, sí… pero no vencido. Se acercó con lentitud, exten...

El meditador, capitulo 1.

En lo más hondo del hogar, allá donde el sol no entra y el silencio es casi materia, existe un rincón donde la infancia y el misterio se dan la mano. Allí, bajo el crujir de tablones viejos y el aroma persistente de la humedad, vivía un sótano al que pocas veces se bajaba. Pero un día, un niño curioso, descalzo y callado, decidió aventurarse. Sus pies desnudos tocaban la madera con reverencia, como si cada paso en ese descenso fuese un viaje hacia otro tiempo. No iba solo: lo acompañaba ese silencio espeso, y una luz temblorosa que colgaba del techo como si a duras penas quisiera seguir viva. El aire olía a madera antigua, a polvo y secretos. El niño bajaba sin miedo, impulsado por una curiosidad que lo sostenía como un hilo invisible. No sabía qué buscaba, pero lo buscaba con cada célula. Tocaba los objetos dispersos con la delicadeza de quien cree que en cualquier rincón puede habitar un alma dormida. Su mano se posó sobre un viejo baúl ennegrecido por los años. Tenía herrajes oxida...

El ultimo intelectual, capitulo 3.

  Jonhas dormía a la intemperie, como todo forastero sin amo ni comité. Su cuerpo estaba tendido sobre una manta rota que apenas lo separaba del suelo reseco, y su mochila —liviana de libros, vacía de comida— servía de almohada improvisada. No era un lugar especial: un claro entre dos estructuras caídas, una sombra leve proyectada por lo que alguna vez fue un almacén de herramientas. La noche estaba casi sin luna. Solo el cielo, vasto y estrellado como archivo abierto, ofrecía su lejanía sin juicio. Jonhas lo miraba sin prisa, como quien no espera nada pero igual observa. Sus ojos, hundidos por el cansancio, no buscaban consuelo, sino dimensión. Se sabía pequeño, finito, insignificante. Y sin embargo, bajo ese firmamento mudo, también se sabía consciente. Suficientemente despierto como para merecer seguir vivo. El hambre era una punzada sorda en su estómago, no nueva, no urgente, pero persistente como un eco. Hacía doce horas había mordido su última rebanada de pan duro —más cortez...

El último intelectual, capítulo 2.

  Jonhas preguntó a tres personas antes de encontrar respuesta. No con palabras largas —esas escaseaban en Yallstone—, sino con gestos torpes, miradas huidizas y un dedo flaco señalando una colina donde la maleza casi había devorado la estructura. La biblioteca. Un edificio desvencijado, apenas sostenido por una voluntad que no parecía humana, sino mineral. Piedra que se resiste al tiempo, madera que cruje no por debilidad, sino por dignidad. Jonhas caminó hacia ella con paso contenido, como si no quisiera asustar a los fantasmas que seguramente habitaban su interior. Frente a la puerta, un anciano con rostro de cuero seco y ojos amarillos como aceite viejo le detuvo con un gruñido. —¿Vienes a sacar fotos o a robar papel para prender fogata? —Vengo a leer. El viejo lo observó con una mezcla de burla y compasión. —Date prisa, entonces. Mañana la queman. Orden del comité. “Demasiado polvo, demasiadas ideas.” Jonhas no respondió. Solo asintió. Y agradeció, una vez más, a su vo...