El meditador, capitulo 1.
En lo más hondo del hogar, allá donde el sol no entra y el silencio es casi materia, existe un rincón donde la infancia y el misterio se dan la mano. Allí, bajo el crujir de tablones viejos y el aroma persistente de la humedad, vivía un sótano al que pocas veces se bajaba. Pero un día, un niño curioso, descalzo y callado, decidió aventurarse. Sus pies desnudos tocaban la madera con reverencia, como si cada paso en ese descenso fuese un viaje hacia otro tiempo. No iba solo: lo acompañaba ese silencio espeso, y una luz temblorosa que colgaba del techo como si a duras penas quisiera seguir viva.
El aire olía a madera antigua, a polvo y secretos. El niño bajaba sin miedo, impulsado por una curiosidad que lo sostenía como un hilo invisible. No sabía qué buscaba, pero lo buscaba con cada célula. Tocaba los objetos dispersos con la delicadeza de quien cree que en cualquier rincón puede habitar un alma dormida. Su mano se posó sobre un viejo baúl ennegrecido por los años. Tenía herrajes oxidados y un cierre que parecía resistirse al tiempo. Con esfuerzo, lo abrió. Un aire denso escapó del interior, como el primer suspiro de un espíritu olvidado.
Allí, envuelto en penumbra y polvo, reposaba un cuaderno de tapas de cuero, grueso, pesado, con un lazo de hilo que lo mantenía cerrado, como si se tratara de un relicario que contenía no recuerdos, sino destinos. El niño lo tomó como quien recibe un legado. Subió corriendo las escaleras con el libro en la mano, su risa llena de asombro y fuego.
En la sala, su madre lo miró aparecer con esos ojos que saben leer más allá del rostro. Él le mostró el cuaderno, y ella, sin necesidad de abrirlo, supo de qué se trataba. Le dijo que pertenecía al bisabuelo, un hombre que había dedicado su vida a la búsqueda de un poder que jamás encontró. Creía que algo dormía en su interior, algo más grande que lo humano, algo que se podía despertar con palabras secretas, con ayunos, con señales. Pero todo había terminado en frustración, en una vida de intentos fallidos y promesas que no cruzaron el umbral.
El niño escuchaba sin parpadear, como si cada palabra de su madre fuera un conjuro. El cuaderno vibraba en sus manos. Lo abrió. La primera frase, escrita con tinta marchita, decía: “El poder se esconde en quien no lo grita”. Sintió en su pecho una chispa encenderse. No era una frase bonita. Era una invitación. Su madre lo observó en silencio. No dijo nada, pero en sus ojos se mezclaban el amor y la nostalgia, como si algo que había dormido en la sangre familiar ahora comenzara a despertarse.
El niño no volvió al sótano. Ya no hacía falta. El misterio lo llevaba ahora dentro. El cuaderno se volvió su compañero. No era solo un libro, era una grieta en la realidad, un mapa sin coordenadas que le hablaba con símbolos y frases incompletas. Lo leía cada noche, en silencio, sin decir nada a nadie. No buscaba convertirse en alguien especial. Solo quería entender.
A los nueve años, un día cualquiera, se sentó en el patio mirando la higuera. La luz de la tarde pintaba sombras suaves sobre su piel. Su madre pensó que dormía, pero algo en su quietud no era de este mundo. Pasaron diez horas. No se movió, no parpadeó. El viento, los ruidos, la noche cayendo... nada lo sacó de ese estado. Al anochecer se levantó, tranquilo, y su madre lo abrazó con fuerza, sin comprender del todo. En su interior supo que algo había pasado, algo que no tenía nombre.
A los once años, en una reunión familiar, su primo mayor se burlaba de él. El niño lo miró en silencio y dijo en voz baja: —Tú escondiste aquel sobre azul. Y mentiste al tío sobre el caracol.
El primo palideció. Nadie había mencionado eso jamás. Nadie entendía cómo lo sabía. El niño bajó la mirada y dijo: —No lo pensé. Solo lo sentí.
Y así, sin pretenderlo, algo comenzó a crecer. No era poder en el sentido convencional. Era una forma distinta de estar en el mundo, de oír lo que no se dice, de ver lo que no se muestra.
A los quince, una mañana cualquiera, mientras desayunaban, le dijo a su madre: —Hoy me dividí.
Ella pensó que hablaba de un corte, pero él le explicó: —Separé mi alma de este cuerpo. Fui dos. Vi desde fuera. Te vi dormir. Tu cabello sobre la almohada lila.
Ella no dijo nada al principio. Lo miró con ternura, luego con preocupación, y finalmente, con resignación dulce. Le tocó la frente. No había fiebre. No había locura.
—Ve a tirar la basura —le dijo.
Y él obedeció, con una serenidad que nacía de otro sitio. En sus ojos brillaba algo más grande que las palabras.
Nunca pidió que creyeran en él. No necesitaba la validación de nadie. Su camino era silencioso, profundo. El cuaderno del bisabuelo, ahora desgastado y con páginas sueltas, seguía ardiendo en él. No por lo que prometía, sino por lo que encendía.
A los veinte años, una mañana luminosa, se acercó a su madre con una petición inusual.
—Llévame al concurso —le dijo—. Necesito mostrar algo.
Ella se sorprendió.
—¿Concurso? ¿De talentos? Eso es para bromas, para cantar...
—Confía en mí —pidió él, con esa calma de quien sabe que algo lo espera.
Ella aceptó, no porque creyera en concursos, sino porque creía en él.
El teatro estaba lleno. Risas, aplausos, luces de colores. Payasos, cantantes, equilibristas. El joven esperaba sin ansiedad, como si ya supiera que su momento llegaría. Y llegó. Subió al escenario sin nervios.
—No traigo instrumentos ni magia —dijo—. Solo un gesto.
Pidió un voluntario. Un anciano cojeando subió al escenario. El joven se inclinó, tocó su rodilla herida, y en segundos, el dolor desapareció.
—¡No duele! —gritó el viejo.
Una mujer con migraña fue la siguiente. Bastó un toque en la sien. Ella lloró, aliviada.
La ovación fue larga. Los jueces, asombrados, le otorgaron un premio especial: dos boletos para un viaje al Tíbet.
En casa, su madre, llamada Victoria, no sabía si alegrarse o temer.
—¿Por qué tan lejos? ¿Qué buscas allá?
—Buscar lo que falta —respondió él—. Saber qué hay más allá.
Ella no supo qué decir. Solo suspiró.
—Entonces iremos juntos —concluyó.
El avión partió una noche sin luna. Las alas parecían brillar con una luz propia. Él miraba el cielo, ella lo miraba a él. Sabía que algo había cambiado para siempre. El muchacho llevaba en su pecho una llama encendida, un fuego heredado que no era del bisabuelo, sino suyo propio. Un fuego que ya no pedía permiso para arder.
Y así, en un rincón del mundo, un niño que un día bajó al sótano descalzo, ahora volaba hacia las cumbres más altas. No buscaba fama, ni milagros, ni gloria. Solo quería aprender.
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