El último intelectual, capítulo 2.
Jonhas preguntó a tres personas antes de encontrar respuesta. No con palabras largas —esas escaseaban en Yallstone—, sino con gestos torpes, miradas huidizas y un dedo flaco señalando una colina donde la maleza casi había devorado la estructura.
La biblioteca.
Un edificio desvencijado, apenas sostenido por una voluntad que no parecía humana, sino mineral. Piedra que se resiste al tiempo, madera que cruje no por debilidad, sino por dignidad. Jonhas caminó hacia ella con paso contenido, como si no quisiera asustar a los fantasmas que seguramente habitaban su interior.
Frente a la puerta, un anciano con rostro de cuero seco y ojos amarillos como aceite viejo le detuvo con un gruñido.
—¿Vienes a sacar fotos o a robar papel para prender fogata?
—Vengo a leer.
El viejo lo observó con una mezcla de burla y compasión.
—Date prisa, entonces. Mañana la queman. Orden del comité. “Demasiado polvo, demasiadas ideas.”
Jonhas no respondió. Solo asintió. Y agradeció, una vez más, a su voz interior: esa corriente silenciosa que lo guiaba sin hablar, que unía datos antes de que su conciencia los procesara. Había caminado hasta Yallstone sin saber por qué, y ahora comprendía: lo último vivo del pensamiento estaba a punto de volverse ceniza.
Empujó la puerta. Crujió.
El aire estaba cargado de memoria: papel húmedo, cuero seco, tinta dormida. El polvo flotaba como si aún pensara.
No había orden. Los estantes eran columnas torcidas, el suelo estaba cubierto de hojas sueltas, y sin embargo, Jonhas no buscó: eligió. Con la rapidez de quien ya había imaginado mil veces este momento, comenzó a recorrer los pasillos, a extraer libros, a soplar portadas, a leer índices, a seleccionar. Filosofía política, sistemas agrarios, manuales técnicos, tratados éticos, narrativas antiguas, registros de extinción, biografías de pensadores solitarios.
Cada volumen elegido era anotado con precisión en su libreta de tapa gruesa. No copiaba títulos por nostalgia, sino por estrategia.
1. Reconstrucción de infraestructura: hidráulica, energía básica.
2. Pensamiento lógico: silogística, falacias comunes, fundamentos.
3. Historia de las resistencias: revueltas éticas y sistemas comunitarios.
4. Anatomía humana. Medicinas antes del colapso.
5. Filosofía del límite. Sobre el dolor y la necesidad.
El lápiz se movía con ritmo contenido. No era urgencia, era método. Como quien sabe que el mundo se puede salvar, pero solo si se sabe por dónde empezar.
Mientras escribía, una polilla danzó sobre una lámpara sin luz. El silencio era total, pero no muerto: vibraba.
Jonhas cerró su libreta. La miró un momento. Luego miró a los libros, apilados frente a él como una barricada.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió una emoción extraña: no esperanza —eso era frágil—, sino posición.
Iban a quemar los libros.
Él no iba a impedirlo.
Iba a recordarlos.
Y con eso, tal vez, bastaba.
Sentado entre estantes vencidos y papel carcomido, Jonhas comenzó a hablar. No a nadie en particular. Tal vez al polvo. Tal vez a sí mismo. Tal vez al futuro.
Su voz era lenta, como quien arrastra cada palabra desde un fondo lleno de ruinas.
—Todo comenzó sin disparos… —murmuró—. Y por eso nadie se dio cuenta.
Levantó un libro sin título, arrancó una hoja vacía y escribió una línea con lápiz tembloroso. Luego continuó:
—A mediados del siglo XXI, la psicoterapia se convirtió en dogma. Lo que nació como herramienta individual fue adoptado como estructura de gobierno emocional. Bajo el disfraz del bienestar, los sectores neoliberales la promovieron como doctrina: "equilibra tu mente, y el mundo se ordenará solo".
Cerró los ojos, como buscando un recuerdo entre cenizas.
—Pronto, cualquier emoción intensa fue considerada una falla. Hipervigilancia, rabia, lucidez excesiva… patologías. Y entre todas, una fue declarada peligrosa: la obsesión matemática.
Abrió los ojos.
—Pensar demasiado era sospechoso. Las escuelas comenzaron a asociar el pensamiento lógico con el trastorno. Se decía que “el que analiza todo, no vive”. Y así, lentamente, las matemáticas puras desaparecieron del currículo. Luego fue la filosofía.
Se puso de pie, caminó hasta una estantería rota, y acarició un tomo desgastado de “Ética a Nicómaco” como si fuera un animal herido.
—Decían que filosofar era problemático. Que preguntar por el sentido, la verdad o la muerte desequilibraba al sujeto. Lo reemplazaron todo por “habilidades blandas”: empatía superficial, comunicación no violenta, adaptabilidad emocional.
Escupió con desprecio suave. No por rabia. Por duelo.
—La educación se volvió un centro de gestión emocional. Y el pensamiento, un riesgo. Aprender a soportar reemplazó el deseo de comprender. El “yo siento” mató al “yo pienso”. Y así, sin guerra, sin fuego, sin dictadores… se apagó el mundo.
Regresó a su mesa. Tomó la libreta donde había escrito el temario. Pasó la página.
Historia del hundimiento.
Y bajo ese título comenzó a anotar con firmeza:
1. Instrumentalización del sufrimiento: la psicoterapia como pacificación neoliberal.
2. Prohibición simbólica del pensamiento matemático y lógico.
3. Censura de la filosofía en nombre del equilibrio emocional.
4. Reemplazo del conocimiento por gestión afectiva.
5. Colapso de los sistemas sin sujetos capaces de sostenerlos.
Alzó la vista.
—No fue un apocalipsis —dijo—. Fue una extinción de la lucidez. Un suicidio cultural lento, con sonrisa terapéutica.
Se quedó en silencio un instante. Afuera, la luz del atardecer teñía las paredes con un naranja polvoriento. En algún lugar del pueblo, una bocina emitía frases automáticas sobre “bienestar comunitario” y “aceptación radical”.
Jonhas no la escuchaba.
—No sobreviví por casualidad. Sobreviví porque no quise curarme de lo que ellos llamaban enfermedad.
Volvió a escribir, esta vez con más presión:
Recordar es resistencia. Pensar es reconstruir.
Y guardó la libreta en su abrigo, como si fuera arma y semilla.
Un maullido, profundo y sostenido, rompió el silencio como una cuerda vibrando en el aire.
Jonhas levantó la mirada, sin sobresalto, como si hubiera estado esperando precisamente ese sonido.
Entre dos estanterías torcidas, entre sombras y restos de lo que fue conocimiento, emergió la figura. Una gata. Pero no una cualquiera.
Era enorme. De pelaje blanco casi brillante incluso bajo la luz moribunda, con una presencia que no se explicaba solo en su tamaño. Jonhas no la estimó en menos de catorce kilos. Aun así, no era una criatura obesa ni torpe. Tenía una musculatura leve pero visible, como si hubiese sido cazadora en otros tiempos, o tal vez aún lo fuera.
Avanzó sin apuro, sin miedo. Se detuvo a unos metros de él y lo miró. O más bien, lo examinó, con una inteligencia muda, felina, antigua.
Jonhas se inclinó sin decir palabra. Abrió su mochila, extrajo su botella —de esas viejas de acero inoxidable que ya casi no se veían—, y con la tapa formó un cuenco improvisado.
—Aquí. —dijo simplemente.
La gata se acercó. Olfateó. Bebió.
Lo hizo con una sed paciente, como si llevara días sin probar agua, pero no hubiera querido mendigarla. Sus movimientos eran elegantes, como si cada gesto recordara un linaje olvidado.
Jonhas la observó beber con una leve expresión de reconocimiento.
—Tú también lo recuerdas, ¿no? —murmuró—. Lo que era distinto.
Cuando terminó, la gata alzó la mirada, lamió su hocico con lentitud, y se sentó en silencio, como si esperara la siguiente escena de una obra que ambos conocían.
Jonhas cerró su libreta, se levantó, se colgó la mochila al hombro y echó una última mirada a los libros que no podría llevarse.
—Nos vamos. —dijo.
Y dio el primer paso hacia la puerta.
No miró hacia atrás. No hizo ruido. Y, sin embargo, supo que ella lo seguía.
Sus patas eran silenciosas sobre el suelo polvoriento, pero su presencia se sentía con claridad. No era mascota ni sombra. Era testigo.
Afuera, el aire cargado de cenizas futuras soplaba con la calma tensa de lo irreversible. El sol ya casi caía, y los últimos reflejos dorados se fundían con la herrumbre del pueblo.
Jonhas caminó por la calle vacía. Y la gata —blanca como contradicción del mundo— lo siguió con paso lento, firme, preciso.
Juntos, parecían parte de algo que aún no tenía nombre.
Un hombre y una bestia extinta.
Un sobreviviente y una testigo muda.
Un lector y una criatura que aún sabía observar.
El viento levantó un papel viejo, que danzó entre ellos antes de perderse en la calle.
Jonhas no se detuvo. Tampoco ella.
Y así partieron.
Sin destino claro.
Pero con
algo más valioso que un mapa:
una memoria compartida.
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