El ultimo intelectual, capitulo 3.
Jonhas dormía a la intemperie, como todo forastero sin amo ni comité. Su cuerpo estaba tendido sobre una manta rota que apenas lo separaba del suelo reseco, y su mochila —liviana de libros, vacía de comida— servía de almohada improvisada. No era un lugar especial: un claro entre dos estructuras caídas, una sombra leve proyectada por lo que alguna vez fue un almacén de herramientas.
La noche estaba casi sin luna. Solo el cielo, vasto y estrellado como archivo abierto, ofrecía su lejanía sin juicio. Jonhas lo miraba sin prisa, como quien no espera nada pero igual observa. Sus ojos, hundidos por el cansancio, no buscaban consuelo, sino dimensión. Se sabía pequeño, finito, insignificante. Y sin embargo, bajo ese firmamento mudo, también se sabía consciente. Suficientemente despierto como para merecer seguir vivo.
El hambre era una punzada sorda en su estómago, no nueva, no urgente, pero persistente como un eco. Hacía doce horas había mordido su última rebanada de pan duro —más corteza que alimento—, y ahora lo acompañaba solo el sabor ausente, la sequedad de boca, la tensión leve en las sienes. No se quejaba. Sabía que no era castigo, sino continuidad: el precio de no pertenecer.
Fue entonces que lo escuchó.
Un sonido extraño, entre roce y galope lento. Algo que arrastraba peso sobre grava. No un zumbido, no un silbido, sino algo con masa, con carne. Giró apenas la cabeza, sin sobresalto. Había aprendido que la sorpresa consumía energía.
Y la vio.
Entre sombras quebradas y polvo suspendido, emergía la figura blanca. La gata. Aquella que lo había mirado con juicio antiguo en la biblioteca abandonada. Aquella que lo había seguido sin obedecer. Pero esta vez no venía sola. Sujetaba entre los dientes —con fuerza dosificada, con colmillos expertos— el cuello de un cerdo. No una cría recién nacida, pero tampoco adulto: un animal de unos treinta días, todavía tierno, aún con la piel fina, la carne rosada bajo el barro.
La gata avanzaba con esfuerzo, pero sin duda. Sus patas se afirmaban en el suelo como si trazaran líneas de sentido. El cerdo arrastrado dejaba un surco húmedo, breve, casi sagrado, en la tierra seca.
Cuando llegó junto a él, soltó la presa con precisión felina, sin dramatismo, sin exhibición. Luego se sentó. Y lo miró.
Jonhas se incorporó. El aroma cálido de sangre fresca le invadió las fosas nasales como una promesa primitiva. Sintió cómo el cuerpo, antes contenido, se despertaba en oleadas: saliva espesa, músculos atentos, memoria animal.
Pero no se abalanzó. Se inclinó hacia ella, bajó la mirada.
—¿Para mí? —preguntó con voz ronca, sin retórica.
La gata no respondió. Solo lamió una de sus patas manchadas, como quien sabe que el gesto ya fue suficiente.
Entonces Jonhas comprendió.
No era caridad.
Era reconocimiento.
Poco después, Jonhas encendió la hoguera. Las ramas secas crujieron como huesos viejos, y el fuego tomó cuerpo con una danza lenta, roja, necesaria. La luz temblorosa proyectó sombras torcidas sobre las paredes derruidas, como si antiguos espíritus despertaran solo para presenciar el rito.
Colocó al cerdo sobre una parrilla oxidada que halló entre los restos del mundo, y el aroma comenzó a brotar: grasa derritiéndose, piel tostándose, un vapor denso que hablaba en el idioma del hambre saciada. Su estómago gruñó, pero no con ansiedad, sino con gratitud paciente.
Se volvió hacia la gata, que observaba desde una roca cercana, erguida, serena, con la mirada clavada en el fuego y no en la carne.
—Gracias —murmuró Jonhas, y al contemplar aquella criatura de pelaje inmaculado, con sangre seca aún en las patas, añadió—: Te llamaré Muerte Blanca.
Ella entrecerró los ojos, como si aceptara el título no como nombre, sino como espejo.
El fuego crepitaba. Jonhas se acomodó sobre la tierra caliente y dijo, sin esperar comprensión, solo presencia:
—Voy a contarte un cuento. Lo leí alguna vez, en una biblioteca al sur...
Y cerrando los ojos un instante, buscó entre los pliegues de su memoria la voz del relato.
La hoguera crepitaba con suavidad, y el olor del cerdo asado tejía una atmósfera tibia, casi solemne. Jonhas, con las manos sobre las rodillas y la mirada puesta en las llamas, habló sin levantar la voz, como si la historia que iba a contarle a Muerte Blanca no necesitara énfasis, solo ser dicha.
Ella escuchaba. No como oyen los animales, sino como escuchan los testigos antiguos.
—Era un león —comenzó—. No uno cualquiera. Un príncipe. Hermano del rey.
Vivía a su sombra, y eso no era una metáfora. El sol lo rozaba solo por reflejo. No porque le faltara ingenio, al contrario: era más sabio, más articulado, más capaz de ver lo invisible. Pero le faltaba algo que el pueblo no sabía nombrar, y sin embargo adoraba: la virilidad brillante de su hermano. Su fuerza física. Su presencia incuestionable.
El príncipe no rugía como él. No cazaba con la misma brutalidad. No seducía. Por eso, el trono nunca fue suyo.
Pero no se retiró. Comenzó a mirar hacia donde nadie más miraba: más allá del reino, más allá de la sabana cantada en los himnos. Allí, donde el polvo cubría los huesos, y los ecos no eran de gloria, sino de hambre.
Allí vivían las hienas.
Criaturas expulsadas. Feas, angulosas, risueñas sin gracia. Para el rey, eran una amenaza al equilibrio natural. Para el príncipe, eran simplemente muchas. Demasiadas para ignorar.
Comenzó a visitarlas. A hablar. A escuchar.
Y en ese contacto, entendió algo: el equilibrio era una mentira útil para quien ya estaba arriba.
Con el tiempo, el príncipe dejó de ser visitante. Se convirtió en interlocutor. En aliado. Les dio estructura, lenguaje, horizonte. No por caridad, sino por necesidad.
Comprendió que un nuevo orden era posible, pero no si el viejo seguía reinando.
El golpe fue limpio. Dos muertes bastaban: su hermano y el cachorro heredero. El primero cayó. El segundo huyó. Un error que pareció menor… hasta que creció.
El nuevo rey gobernó con las hienas como columna. Por primera vez, no se rugía desde la cumbre, sino desde abajo. Pero la historia no es tan fácil de reescribir. El cachorro volvió. Fuerte. Nostálgico del orden perdido.
Y el reino —siempre sediento de líderes con mandíbula cuadrada— lo recibió con las patas abiertas.
El príncipe cayó. Y las hienas… fueron nuevamente empujadas al margen.
Pero esta vez no olvidaron.
“Nos dio nombre.”
“Nos organizó.”
“Nos vio.”
Y aunque vivieron de nuevo entre sombras, recordaron al único león que jamás les habló como bestias.
Jonhas calló. El silencio regresó, denso, reflexivo.
Muerte Blanca entrecerró los ojos. En la llama, las formas danzaban como si comprendieran.
—No todo cuento tiene héroe —dijo Jonhas—. Pero algunos tienen justicia, aunque dure poco.
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