El hijo pródigo y el angel de la muerte, capitulo 3.

 La nave descendió lentamente, flotando sobre la inmensa plataforma de aterrizaje del Palacio Imperial de Big African. A través del ventanal, William y Ángel contemplaron la estructura colosal que se alzaba ante ellos: muros negros como la obsidiana, columnas adornadas con filigranas doradas y estatuas de reyes antiguos vigilando con ojos impasibles. La atmósfera estaba cargada de polvo y humedad, impregnada del aroma a incienso quemado y aceite mecánico.  


—Identifíquese.—La voz metálica del intercomunicador resonó en la cabina.  


William presionó el comunicador con calma.  


—William Disis.


Un silencio denso. Luego, con un crujido mecánico, las puertas colosales se abrieron sin más palabras.  


William y Ángel descendieron por la rampa de la nave, sus pasos resonando sobre la superficie pulida del hangar imperial. El aire era pesado, denso con el aroma a madera antigua y especias. A medida que avanzaban por los pasillos de piedra y mármol, el murmullo de voces apagadas se hizo presente.  


Al entrar al Salón de la Emperatriz, el ambiente era sofocante. Sus hermanos estaban allí, todos vestidos con túnicas oscuras, sus rostros sombríos reflejados en los cristales de las altas ventanas. No se necesitaban palabras para comprender la gravedad de la situación.  


Pero entre todos ellos, William no pudo evitar fijarse en uno en particular. El joven de los ojos de serpiente, malerius.


Estaba reclinado en una silla al fondo del salón, con una sonrisa apenas insinuada en los labios pálidos. Su piel era ceniza, sus dedos temblaban levemente mientras giraba un pequeño cilindro metálico entre ellos. El olor a sustancias químicas y sudor lo delataba. Su astucia, sin embargo, permanecía intacta.  


Ninguno habló. No era necesario. La tensión entre ellos era como un alambre a punto de romperse.  


Al fondo, sobre un lecho de terciopelo rojo, yacía la Emperatriz. Su piel, antaño luminosa, tenía ahora la palidez de la cera. Su pecho subía y bajaba con dificultad, sus labios temblaban con un esfuerzo apenas contenido. A su lado, el Ministro Imperial, un hombre de porte rígido y mirada calculadora, dio un paso adelante.  


—Majestad, el Imperio necesita un sucesor. Debe decir su voluntad.


El silencio del salón se volvió asfixiante. William sintió el latido de su propio corazón martilleándole las sienes.  


La Emperatriz abrió los labios. Un sonido áspero emergió de su garganta.  


—El…  


Sus dedos se crisparon sobre las sábanas. Sus ojos buscaron a alguien en la habitación. Tal vez a él. Tal vez a otro.  


Pero entonces, el aire escapó de sus labios en un último suspiro.  


La Emperatriz había muerto.  


Un murmullo inquieto recorrió el salón como una brisa helada. El ministro enarcó una ceja. Los hermanos de William se miraron entre sí. El malerius dejó escapar una risa baja y seca.  


El trono imperial estaba vacío.

El murmullo se extendió como una tormenta silenciosa en el salón imperial. Los hermanos de William se agruparon en pequeños círculos, susurrando con furia contenida. Algunos nombraban a Malerius con respeto, reconociendo su astucia. Otros miraban a William, el primogénito, con la esperanza de que reclamara lo que le correspondía.  


—Un exiliado no tiene derecho a hablar aquí. —La voz serpenteante de Malerius rompió la tensión.  


William levantó la mirada y lo vio avanzar con su andar relajado, como un depredador que ya ha atrapado a su presa. Sus ojos afilados brillaban con la satisfacción de quien ha preparado un juego desde el principio.  


—Recuerda lo que hiciste contra nuestra madre.—continuó Malerius, cada palabra pronunciada con veneno.  


Un chasquido en la mente de William. No lo pensó. Su puño se cerró y se estrelló contra la mandíbula de Malerius con un golpe seco. El impacto resonó en el salón y el astuto hermano se tambaleó. Pero entonces, sonrió. Todo había salido como lo planeaba.  


—!Arresten a William! —ordenó el Primer Ministro con un gesto firme.  


Las tropas, vestidas con armaduras de placas doradas, se movieron como una sola entidad. Sus botas resonaban contra el mármol mientras levantaban sus rifles de plasma.  


Pero antes de que pudieran tocar a William, Ángel se movió.  


Con la furia de un relámpago, el chico de 16 años se lanzó contra los guardias. Sus manos, más veloces que la vista, se alzaron en ataques precisos. Un crujido sordo llenó el aire cuando un soldado cayó con la tráquea destrozada. Otro fue derribado con un giro fluido, su cuerpo golpeando el suelo con violencia.  


El tercer y el cuarto guardia intentaron dispararle, pero Ángel se deslizó entre ellos con gracia milenaria, desarmándolos antes de que pudieran reaccionar. El quinto, un soldado más experimentado, trató de bloquear su ataque, pero Ángel lo arrojó contra una columna con una llave brutal.  


Un sexto guardia logró levantar su rifle, el cañón encendiéndose con un brillo letal dirigido a William.  


Ángel no dudó.  


En un instante, se movió tras él y hundió su daga en la base de su cuello. Un estallido de sangre caliente salpicó el suelo de mármol. El soldado cayó con un último estertor.  


William vio la escena y comprendió que no había vuelta atrás. Se dejó llevar por su herencia. Sus huesos se retorcieron, su piel se estiró y su cuerpo se expandió en una transformación que hacía eco a sus ancestros. Alas membranosas surgieron de su espalda, su rostro se alargó en una fiera criatura alada.  


Con un poderoso aleteo, se elevó 


—¡Ángel, vamos!


Ángel corrió hacia él y saltó. William lo atrapó en el aire justo cuando un disparo cruzaba donde él había estado.  


Con una última mirada a Malerius, que aún sonreía desde el suelo, William atravesó la ventana y desapareció en la oscuridad del cielo.

El viento silbaba entre las alas membranosas de William mientras ascendía en la noche estrellada. Ángel se aferraba a su espalda con fuerza, sintiendo el frío cortante de la altura. Sus ojos escudriñaban el firmamento cuando, entre la inmensidad oscura, distinguió una silueta acercándose.  


—!William, una nave se aproxima!—advirtió con urgencia.  


William giró la cabeza sin alarmarse. Sus ojos reptilianos reflejaron las luces parpadeantes de la nave que se acercaba.  


—No te preocupes, es Santa.


Ángel frunció el ceño, sin soltar su agarre.  


—¿Cuál Santa?


William sonrió, a pesar de la tensión del momento.  


—Un viejo amigo.


La nave los alcanzó rápidamente, flotando con elegancia a su lado. Era un modelo antiguo, de un plateado desgastado, con marcas de quemaduras en el fuselaje y antenas largas que zumbaban con energía estática. La compuerta inferior se abrió con un silbido hidráulico, invitándolos a entrar.  


William aleteó con fuerza y se deslizó hacia la abertura, aterrizando con precisión en el interior metálico. Ángel bajó de su espalda y miró alrededor, su respiración aún acelerada.  


En la cabina, un hombre delgado y anciano manipulaba los controles con dedos ágiles. Su rostro estaba surcado de arrugas, y sus ojos, profundos como pozos de sabiduría, se mantenían fijos en la pantalla de navegación.  


—Jesús Manso Smith. —susurró William con un dejo de alivio.  


El anciano giró levemente la cabeza y esbozó una sonrisa cansada.  


—Sigues metiéndote en problemas, chico.  

En el palacio imperial Malerius se alzó en el centro del salón del trono. Su túnica negra ondeaba mientras caminaba con paso lento y calculador. Las sombras de las antorchas titilaban en las paredes doradas, reflejando los rostros divididos de la nobleza imperial.  


—El trono necesita liderazgo. No podemos permitir el caos.—su voz era un terciopelo afilado.  


La mitad de los presentes asintieron solemnemente. Él era el estratega, el astuto, Pero la otra mitad se mantenía en silencio, sus miradas llenas de duda.  


—¡William es el heredero legítimo!—gritó un noble, dando un paso al frente.  


Malerius le dedicó una sonrisa gélida.  


—William huyó como un cobarde. —se inclinó levemente hacia adelante— Yo, en cambio, estoy aquí.


El silencio se hizo pesado. El destino del Imperio se había fracturado en dos.


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