El angel de la muerte y el hijo pródigo, temporada 2, capitulo 4.

 El sonido metálico de las compuertas cerrándose fue lo único que rompió el silencio en la nave. Jesús Manso Smith, concentrado en los controles, no desviaba la mirada de la pantalla, pero su rostro arrugado reflejaba una paz serena, como si el caos exterior no lo afectara en lo más mínimo. William, sentado en el banco de la nave, respiraba con pesadez. El peso de la muerte de su madre, de la Emperatriz, lo aplastaba, y la sensación de impotencia lo corroía por dentro.


—No puedo creer que no vaya a poder estar allí… —murmuró William, apretando los puños, la rabia mezclada con tristeza en su voz.


Jesús Manso no miró al joven, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente, como si hubiera escuchado muchas veces esa queja. Finalmente, habló, con su voz ligera y pausada:


—La guerra no se gana asistiendo a funerales, William. La lucha está más allá de esos muros.


William suspiró profundamente y se acercó a la ventana de la nave. El espacio vacío, negro y profundo, le parecía el único lugar donde podía escapar de los ecos de la muerte y las traiciones. Las estrellas, tan lejanas, se extendían ante él como una inmensidad infinita. 


—¿A dónde vamos? —preguntó, la inquietud aflorando en su tono.


Jesús Manso giró suavemente la cabeza hacia él, sus ojos reflejando una vieja sabiduría.


—¿Recuerdas aquel lugar de tu adolescencia? —preguntó, dejando que el aire pesado del espacio impregnara su voz.


William no dudó. Las imágenes vinieron rápidamente a su mente, nítidas y claras. El olor a tierra húmeda y moho, la humedad goteando de las paredes de piedra, la sensación de frío que calaba los huesos y, sobre todo, el sonido de los ecos reverberando en el interior de aquellas oscuras y profundas cuevas. Un refugio donde había encontrado consuelo y libertad, lejos de las intrigas del palacio imperial.


—Las cuevas… —dijo, casi en un susurro, mientras sus ojos se fijaban en las estrellas, como si pudiera verlas a través de los recuerdos.


Jesús Manso sonrió ligeramente, como si hubiera esperado esa respuesta. Sus dedos recorrían los controles con una precisión que solo los años de experiencia podían otorgar.


—Un excelente lugar para guardar la nave —comentó con tranquilidad. El sonido suave de las antenas zumbando y el leve temblor del motor indicaban que ya estaban en marcha, rumbo a ese santuario oculto, a ese refugio ancestral.


La nave avanzaba en silencio, el aire dentro de la cabina estaba ligeramente cargado con el olor a metal envejecido y a aceite de los antiguos motores. El sutil zumbido de la nave era una melodía que envolvía a William en una calma momentánea. A lo lejos, la imagen del palacio imperial se desvanecía, con las luces de la ciudad titilando como un recuerdo borroso en la distancia.


William se recostó en su asiento, cerrando los ojos. Las palabras del Ministro, la noticia de la muerte de la Emperatriz, el caos que se había desatado en el salón del trono… todo parecía lejano, todo quedaba atrás. La nave se deslizaba en la vastedad del espacio, mientras las sombras de las cuevas lo esperaban. Y allí, tal vez, podría encontrar algo que no fuera solo el vacío. Algo que le permitiera respirar.


—Pronto llegaremos —dijo Jesús Manso, interrumpiendo sus pensamientos, como si leyera su mente.


William asintió, sus manos firmes sobre las reposabrazos, preparándose para el siguiente capítulo de su vida, mientras las estrellas seguían danzando silenciosas ante la ventana.

El sol descendía lentamente sobre el horizonte, pintando de tonos anaranjados y morados el cielo que se extendía sobre el Palacio Imperial. A lo lejos, el gigantesco cortejo funerario ya avanzaba por las largas avenidas adornadas con banderas negras, mientras el sonido de los tambores resonaba en la ciudad, marcando el paso solemne de la procesión. En el aire flotaba un aroma denso a incienso y flores marchitas, mezclado con el leve retumbo de las campanas que tocaban en tono grave, como un recordatorio de la muerte de la Emperatriz.


El Palacio Imperial se había transformado en un espacio sombrío y ceremonial. Las columnas de mármol negro estaban envueltas en guirnaldas de flores blancas y doradas, mientras los nobles y dignatarios se alineaban en los pasillos, sus rostros velados en un silencio pesado, como si el aire mismo se hubiera impregnado de la tristeza de la tragedia. La Emperatriz, en su ataúd de cristal, descansaba en el centro de una sala llena de velas encendidas, su figura embalsamada pareciendo aún viva, aunque su piel ahora mostraba un matiz azulado, casi irreal.


Las sombras danzaban en las paredes del gran salón, proyectadas por las luces vacilantes de las velas. Los murmullos de los asistentes, cubiertos con capas oscuras, se entrelazaban con el sonido del viento que soplaba desde las aberturas, trayendo consigo un aire frío que calaba los huesos. El aroma pesado de la cera derretida se mezclaba con el incienso, creando una atmósfera densa y cargada de rituales olvidados.


Pero, lejos de toda esa solemnidad, William no podía dejar de pensar en el futuro. En su futuro. traiciones. 

A medida que la noche caía y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, William se acercó a Ángel, que observaba la tierra seca.

—Es hora —dijo William en voz baja, su tono grave y decidido.


Ángel lo miró, sus ojos fijos en el rostro de su amigo, notando la determinación que había tomado forma en él. 


—¿Al que llamas "planeta de los piratas"? —preguntó Ángel, su voz tan baja como un susurro.


William asintió, mirando una última vez el funeral que se desarrollaba ante ellos. La fría luz de las estrellas fuera del palacio ya comenzaba a brillar con más fuerza, un contraste marcado con la atmósfera cerrada y pesada del salón. El aire estaba cargado de un silencio profundo, solo interrumpido por los ecos distantes de las ceremonias y los lamentos, como si el Imperio entero estuviera de luto, pero William ya no podía seguir con esa farsa.


—Es hora de movernos —dijo con firmeza. La nave los esperaba, y las sombras del futuro se deslizaban como un río oscuro. El planeta de los piratas, un refugio para los desterrados donde su exilio le trajo amigos, lo esperaba.


Ángel asintió sin decir una palabra. No era necesario. El plan estaba claro, William dio un paso hacia el futuro.

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