Operacion medusa, capitulo 29.
El estadio más grande del mundo vibraba bajo el peso de millones de espectadores. Los gritos ensordecedores de la multitud resonaban como olas que chocaban contra las imponentes paredes metálicas de la arena. Un mar de luces parpadeantes iluminaba el ambiente, mientras el aire denso se cargaba de una tensión casi palpable. En el centro, el campo de fuerza chisporroteaba con un resplandor azulado, encerrando a los dos combatientes en una burbuja que aislaba sus movimientos del resto del mundo.
El superhombre chino, con músculos definidos como si estuvieran esculpidos en mármol, miraba fijamente a su oponente. Sus ojos, oscuros como la noche, reflejaban una determinación inquebrantable. Frente a él, el superhombre estadounidense, más robusto y de una estatura que lo aventajaba, flexionaba sus manos, sus nudillos crujían como ramas secas bajo presión. Los dos guerreros se encontraban listos para una batalla.
Sin previo aviso, el superhombre chino se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un borrón de movimiento. Su velocidad era sobrehumana, un destello que desafiaba la percepción. Antes de que el estadounidense pudiera reaccionar, ya estaba siendo golpeado en el costado con una fuerza devastadora. El impacto resonó como un trueno, pero no hubo tiempo para que la multitud procesara el golpe, pues el chino ya estaba detrás de él, esquivando con elegancia un contragolpe que parecía lento en comparación.
El estadounidense lanzó una serie de golpes poderosos, cada uno con una fuerza descomunal, pero su velocidad no estaba a la altura de la agilidad del chino. Este último lo superaba una y otra vez, como si anticipara cada movimiento. El aire vibraba con el sonido de los golpes, pero la mayoría fallaban su objetivo, golpeando el vacío mientras el chino seguía esquivando, moviéndose con una precisión casi perfecta.
De repente, un impacto seco resonó en la arena cuando el superhombre chino conectó un golpe directo en el pecho de su oponente, un golpe tan fuerte que el estadounidense retrocedió tambaleándose. Un murmullo de asombro recorrió el estadio. El superhombre chino no se detuvo; en lugar de eso, se lanzó de nuevo, esta vez con una ráfaga de golpes rápidos y precisos, como una tormenta imparable. Cada impacto era como el martilleo de un herrero, firme, rítmico, demoledor.
El superhombre estadounidense intentaba defenderse, pero su cuerpo ya no respondía con la misma rapidez. Se tambaleaba bajo la lluvia de golpes, sus respiraciones se volvían erráticas, mientras su visión comenzaba a nublarse. Y entonces, con un último golpe devastador al rostro, el gigante cayó.
El estadio, que había quedado en un silencio expectante, estalló en un rugido ensordecedor. El cuerpo del superhombre estadounidense yacía inmóvil en el suelo del ring, inconsciente. La luz del campo de fuerza se desvaneció, y el superhombre chino se quedó de pie, triunfante, respirando profundamente mientras su cuerpo brillaba bajo las luces intensas del coliseo.
La casa de madera del abuelo de Julius estaba inmersa en el frío invernal. El calor de la chimenea crepitaba suavemente, pero el aire permanecía denso, impregnado de preocupación. Julius yacía en una vieja cama, su rostro pálido y cubierto de sudor, mientras el anciano Josif, Mariana, y un veterinario que fungía como doctor, lo observaban con rostros tensos. El aliento de todos se volvía visible en el aire helado de la habitación, que contrastaba con el sofocante calor que envolvía a Julius.
El veterinario, un hombre robusto de manos callosas, apartó una manta que cubría a Julius y, tras auscultarlo con un estetoscopio desgastado, frunció el ceño.
—Tiene neumonía —dijo en voz baja, con un tono grave que hizo eco en la pequeña sala—. Llevarlo al hospital solo empeorará su estado. El viaje podría ser fatal.
Josif, el abuelo, sacudió la cabeza, con su rostro surcado de arrugas aún más tenso.
—Le he dicho mil veces que no salga afuera después de estar al fuego —murmuró con un tono de reprimenda, aunque la culpa brillaba en sus ojos. Miró a Mariana, como buscando en ella una solución que él no podía ofrecer.
Mariana se adelantó un paso y puso una mano firme sobre el hombro de Josif.
—Josif —dijo ella, su voz baja y firme—, hay algo que no te he contado. Fui parte de un experimento soviético, creado para ser más fuerte que cualquier humano. Fui campeona del torneo en Moscú, mi sangre es extraordinaria.
El anciano la miró, con sus ojos cansados, desconcertado por la revelación. El silencio que siguió fue roto solo por el crepitar del fuego en la chimenea.
—¿Entonces tu sangre podría curar a Julius? —preguntó finalmente Josif, su voz áspera pero llena de esperanza.
Mariana asintió con decisión, su rostro grave pero lleno de determinación.
—Le dará la fuerza que necesita para vencer la enfermedad.
Josif cerró los ojos por un momento, asimilando lo que había dicho. Luego, sin dudar, asintió con fuerza.
—Excelente —susurró, sus manos temblando ligeramente al apoyar su peso en el bastón.
Mariana se dirigió al veterinario, que aún sostenía su instrumental con indecisión. Sacó de su bolsillo una moneda de oro, brillante incluso bajo la luz tenue de la habitación. La moneda llevaba la inscripción de Nikolái I, un emblema de valor incalculable.
—Aquí tienes, por tu equipo —le dijo, extendiendo la moneda. El veterinario miró la moneda, sorprendido por su rareza, pero no dijo nada, aceptándola y entregándole el equipo con un gesto silencioso. Pronto se retiró, dejándolos solos en la habitación.
Con calma profesional, Mariana comenzó el procedimiento. Sus manos, firmes por su entrenamiento militar, trabajaban con precisión mientras extraía una pequeña cantidad de su sangre y la transfundía a Julius. Los instrumentos brillaban bajo la luz del fuego, el líquido oscuro fluyendo lentamente hacia las venas del niño.
Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a iluminar el paisaje nevado cuando Julius se levantó. Su rostro, antes pálido y agotado, ahora estaba lleno de vida. Sentía una energía nueva recorrer su cuerpo. La fiebre había desaparecido, y su respiración, antes pesada, ahora era ligera.
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