Dos jóvenes comiendose el mundo

 El aire en el hangar de entrenamiento de la *Colmillo* estaba saturado con el aroma acre del refrigerante y el ozono estático que desprendía la Matriz. Lupus observaba desde la pasarela superior, sus dedos tamborileando sobre el metal frío de la barandilla. Abajo, Yosy se movía en un torbellino de movimiento que desafiaba la lógica biológica.

—No pienses en el golpe, Yosy —rugió Lupus, su voz resonando en el espacio cerrado como un martillazo—. Siente la resistencia del aire antes de que el droide dispare.

Yosy inhaló. El aire que entraba en sus pulmones sabía a hierro y aceite sintético. Frente a él, tres esferas de combate de Geometry, capturadas en la última escaramuza, giraban con un zumbido agudo que le erizaba el vello de la nuca. Un destello rojo: el primer disparo de plasma.

Lo que a un humano normal le habría tomado meses de disciplina, a Yosy le tomaba milisegundos de observación. Sus ojos captaron la dilatación de la lente del droide, el incremento de la temperatura en el cañón y la sutil vibración del motor de posicionamiento. En un parpadeo, su cuerpo se inclinó, dejando que el rayo de energía pasara tan cerca que el calor le chamuscó una hebra de cabello, dejando un olor a quemado dulce en el ambiente.

No solo esquivaba; **asimilaba**.

En el siguiente ataque, Yosy no esperó. Sus manos se movieron con una cadencia que imitaba exactamente la frecuencia de disparo de las esferas. Su Chi, ahora una extensión fluida de su voluntad, se enroscó alrededor de la primera esfera como una serpiente de luz blanca. Con un giro de muñeca, devolvió la energía cinética al núcleo del droide, que estalló en una lluvia de chispas metálicas y un estruendo seco que vibró en las suelas de sus botas.

—Aprendizaje acelerado... —susurró Lupus para sí mismo, impresionado por la plasticidad neuronal del joven—. Es como si estuviera descargando el estilo de combate directamente del vacío.

Semanas después, esa destreza se trasladó al campo real. En las ruinas de la Estación Delta, el ambiente era una amalgama de frío absoluto y el hedor a óxido húmedo. Angel flotaba como un espectro, cubriendo la retaguardia con escudos de resonancia pura, mientras Yosy y Lupus avanzaban por el pasillo principal.

Yosy era una sombra letal. Cada vez que un guardia de Geometry alzaba un arma, Yosy ya había calculado la trayectoria, la fuerza de impacto necesaria y el punto de presión exacto para desarmarlo. Sus movimientos eran una danza de precisión geométrica: un golpe seco en el plexo, un giro que aprovechaba la inercia del enemigo, y el sonido constante de metal chocando contra hueso.

Al finalizar la misión, mientras recuperaban el aliento entre el vapor que escapaba de las tuberías rotas, Lupus miró a Yosy. El joven no jadeaba; su piel brillaba con un sudor fino y su Chi pulsaba con una calma aterradora.

—Ya no eres un aprendiz —dijo Lupus, ajustando su mochila cargada de tecnología recuperada—. Eres un arma que se calibra sola.

Yosy sonrió, una expresión que apenas rozó sus labios mientras el aroma a victoria y pólvora fría los envolvía. La *Colmillo* los esperaba, y el universo, antes inmenso y amenazante, empezaba a sentirse como un tablero que ellos mismos estaban aprendiendoa dominar.

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