El arca, capitulo 9.
El mar estaba quieto, tenso como una cuerda afinada al borde del estallido. Las naves Prisan, oscuras y enormes, se habían agrupado en una media luna frente al Arca, atraídas por las luces que parpadeaban como luciérnagas danzando en la bruma. Los mástiles crujían al balancearse con el oleaje, y las velas plegadas goteaban agua salada sobre cubiertas sudorosas.
Los guerreros olfatearon el aire. Algo no encajaba. El olor del mar se mezclaba con una nota más espesa, dulzona y venenosa, como aceite viejo derramado sobre carne caliente. Uno de los capitanes frunció el ceño y se giró para hablar, pero no alcanzó a emitir palabra.
El fuego se desató sin advertencia.
Desde el interior del Arca, un rugido sordo ascendió por los ductos oxidados y, en un destello, el barril oculto en la base de la estructura estalló como un corazón comprimido demasiado tiempo. El fuego petroquímico brotó en una llamarada azul y dorada, como un sol descontrolado que se desbordaba por las grietas de metal corroído. En un segundo, las llamas lamieron las primeras velas, treparon por los cordajes y se lanzaron de barco en barco como bestias hambrientas.
El aire se volvió irrespirable. El rugido del incendio fue seguido por el estallido de los depósitos de aceite y pólvora en las naves Prisanas. El cielo se tiñó de rojo. Las sombras de los guerreros, sorprendidos y encandilados, danzaban entre los estallidos como figuras condenadas en una pintura infernal. El mar, usualmente frío y oscuro, se volvió una superficie hirviente salpicada de cuerpos ardientes y madera en llamas.
Los gritos eran agudos, humanos y animales al mismo tiempo. Algunos Prisanos se lanzaban al agua, solo para ser alcanzados por llamaradas flotantes que les prendían las ropas como mantos de muerte. Otros intentaban combatir las llamas con cubos de agua de mar, inútiles ante la voracidad del fuego alimentado por petróleo. El humo espeso subía en columnas que ocultaban las estrellas.
Desde una colina de arena, Tashira observaba el infierno que había conjurado. Sus ojos brillaban con reflejos de cobre mientras la brisa arrastraba hasta ella los ecos del desastre. Reía, no con crueldad sino con la satisfacción contenida de quien ha ensamblado durante meses una trampa perfecta y la ve ejecutarse con precisión matemática.
—Ciento setenta y seis —dijo en voz baja, mientras con un trozo de carbón marcaba otra línea sobre una piedra plana, en su cuaderno de guerra improvisado—. Una victoria más.
Elder, a su lado, aún tenía sangre seca en el rostro. Observaba el mar incendiado con una mezcla de horror y asombro.
—¿Qué es eso? —preguntó, incapaz de apartar la vista del espectáculo.
Tashira giró hacia él. Su trenza rojiza danzaba con el viento, y en su rostro no había arrogancia, solo una serena convicción.
—Mi legado —dijo—. Para que no me olviden, incluso cuando ya no quede fuego que encender.
El océano ardía. Y el nombre de Tashira se grababa, una vez más, en el libro invisible de los que reinventan el mundo desde las sombras.
El choque de metal contra metal resonaba como un trueno encajonado entre las paredes del barco. El agua salpicaba desde abajo con cada sacudida del casco, mientras el humo de las armas improvisadas y los cuerpos ardiendo se colaba entre las rendijas del piso. Elder se abría paso entre el caos como un relámpago envuelto en rabia contenida, con la mirada fija, los músculos tensos, los nudillos ensangrentados bajo las vendas sueltas que ya no podían llamarse guantes.
El barco Prisan estaba atrapado, sus flancos rodeados por las pequeñas lanchas de asalto. Los guerreros de Elder habían trepado por los costados como arañas de guerra. Era una cacería breve, pensaron al principio. Pero los Prisanos no eran presa.
Luchaban con la desesperación del que no espera redención. A pesar del número en contra, de la sorpresa y del terreno cerrado, respondieron con fiereza brutal. Lanzas de acero oscuro emergían de los rincones, espadas curvas se movían como latigazos, y cada paso que Elder y los suyos daban costaba una vida. El suelo se volvió una trampa resbaladiza de sangre y aceite. El olor era agrio, metálico, con un fondo denso a carne quemada.
Uno de los guerreros de Elder cayó a su lado, atravesado por una hoja corta y gruesa. No gritó; solo se derrumbó con los ojos abiertos. Elder giró y devolvió el golpe con un tajo ascendente que abrió el pecho del atacante, y luego otro, y otro. Cada movimiento era calculado, preciso. Pero no sin ira.
Los Prisanos retrocedían hacia la popa, formando un círculo defensivo en torno a su capitán. Era un hombre alto, de piel curtida, con una cicatriz blanca atravesándole la mejilla como si la cara hubiese sido partida y luego remendada con ceniza. Su espada era negra, curva, y se movía con la habilidad de alguien que había nacido matando.
El combate se volvió cerrado, Elder sintió el calor de la sangre ajena empapar su pecho. Uno de los suyos le gritó algo, pero no lo oyó. El rugido de la batalla era un mar de sonidos sordos y húmedos.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad envuelta en fuego y furia, los últimos Prisanos cayeron. El capitán, herido pero vivo, yacía de rodillas, la respiración como un fuelle roto, la mirada intacta, desafiante.
—Mátalo —dijo uno de los suyos, escupiendo sangre—. Termina.
Pero Elder lo miró, y vio algo más allá de la guerra: la historia, la voluntad, la derrota que aún no se rendía.
—No —dijo con voz áspera, tomando al capitán por el brazo—. Este se viene con nosotros.
Le amarró las manos con soga gruesa y lo cargó sobre el hombro, sintiendo el peso del enemigo como si fuera un símbolo, no solo un cuerpo.
El barco humeaba detrás. Los muertos lo cubrían como un velo. Pero Elder no miró atrás. Caminó hacia la lancha. Y el mar, testigo silente, se lo tragó de nuevo.
La luz tenue de las lámparas oscilaba al ritmo del mar, proyectando sombras largas en las paredes de madera vieja. El ambiente olía a sal, a cuero húmedo y a una suave fragancia cítrica que apenas se distinguía, como si el lugar hubiese sido preparado con intención. El hombre abrió los ojos de golpe, jadeando, con los músculos tensos y la mente aún atrapada en el fragor de la batalla. Intentó incorporarse, pero descubrió que no estaba atado. Solo cubierto por una manta áspera, tendido sobre un camastro en lo que parecía la cabina de mando de un gran navío.
Frente a él, de pie con los brazos cruzados, lo observaba una figura que no necesitaba presentación. La cicatriz en su mejilla se tensó cuando la vio, reconociéndola de inmediato. Sus ojos verdes, brillantes como la esmeralda, eran tan imponentes como las historias que de ella hablaban.
—Tashira... —susurró, con la voz reseca.
Ella inclinó la cabeza con una sonrisa leve, sin arrogancia pero con plena conciencia de su leyenda. Llevaba una chaqueta carmesí, adornada con placas de metal oscuro, y una capa negra que apenas rozaba el suelo. Cada paso que daba tenía el peso de una decisión meditada.
—Capitán Othar, del Vigía de Fuego. Me honra que mi reputación sea tan efectiva —dijo, su voz serena, firme, como el filo de una espada envainada—. Has luchado como un verdadero lobo de mar. Me habría dolido matarte, pero Elder insistió en traerte. Lo observé en silencio… y te vi.
Othar bajó la mirada un instante. La derrota aún palpitaba en su pecho como una herida abierta. El fuego, los gritos, el agua teñida de sangre. Y su bandera, hundiéndose con sus hombres.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó con un deje amargo, pero sin el veneno del orgullo herido.
Tashira caminó hasta una mesa cartográfica y extendió un pergamino con rutas, islas marcadas con cruces, y círculos rojos que rodeaban lo que parecía una tormenta en movimiento. Apoyó una mano sobre el papel y alzó la vista hacia él.
—El mundo está cambiando. Las alianzas se rompen. Los imperios nacen. Yo no quiero destruir los mares… quiero rehacerlos. Necesito comandantes que no teman cambiar su destino. Que sepan lo que es perder… y aún así mantenerse de pie.
Othar la miró. Su mente se debatía entre el deber muerto y la posibilidad incierta. Sabía que el rey Prisan no lo perdonaría. La traición, aunque involuntaria, lo sellaba como enemigo. No tenía puerto al que regresar. Solo el exilio… o la oportunidad.
—¿Y si digo que sí? —preguntó.
—Entonces serás libre. Y serás parte de algo más grande que tu escuadra. Algo que cruzará el mar y el tiempo —respondió Tashira, con voz templada—. Tu espada servirá al legado… no al trono.
Hubo un largo silencio. Othar respiró hondo, como si absorbiera el mar mismo.
—Acepto —dijo al fin, con el eco de su vieja vida disipándose en su pecho.
Tashira asintió, giró sobre sus talones, y una nueva historia comenzó a escribirse.
La noche abrazaba la cubierta con una calma engañosa. Las estrellas se derramaban sobre el cielo como cristales rotos sobre terciopelo, y el mar, oscuro y profundo, murmuraba con suaves olas que lamían los bordes del casco. Elder se encontraba recostado sobre una barandilla, la mirada clavada en el horizonte. Aún sentía en los dedos la sangre de la última batalla, aún escuchaba el eco de los gritos ahogados entre el fuego.
Tashira se le acercó sin anunciarse, como solía hacerlo: descalza, con la capa abierta dejando entrever la curva de su cadera ceñida por una faja de cuero negro y rojo. Su silueta parecía tallada por el viento y el acero. La brisa nocturna agitaba sus cabellos rojizos, y el perfume especiado que siempre la precedía se mezclaba con el salitre y el humo lejano.
—¿Piensas quedarte aquí, entre los escombros del deber? —dijo con una voz baja, rasposa, casi íntima—. O… ¿quieres ver qué hay al otro lado del mundo?
Elder no respondió al instante. Su ceño estaba fruncido, atrapado entre el peso del honor y la promesa de una libertad salvaje. Sabía que Tashira no ofrecía certezas, solo vértigo. Donde ella iba, la muerte era invitada, pero también la gloria.
—no se si me queda fé.
Tashira se apoyó junto a él, sus hombros rozándose apenas.
—Entonces pelea por ti —susurró—. Por el rugido del acero, por las noches que no terminan, por los mapas que nadie ha dibujado. Conmigo no tendrás amo… solo destino.
Elder sintió cómo su cuerpo se tensaba. No solo por sus palabras, sino por su cercanía. El calor de su piel, el brillo de sus ojos, la forma en que su voz parecía reptar por sus huesos. Su silueta era un arma más: feroz, sinuosa, y letal en su belleza. Pero no era solo deseo carnal lo que lo atrapaba, era la embriaguez del abismo que ella representaba. Una mujer con fuego en la lengua y promesas en los labios. Una pirata, sí, pero también una idea.
—¿Y si muero contigo? —preguntó, casi riendo.
—Entonces serás leyenda —respondió sin pestañear.
El silencio se volvió espeso. Elder miró sus ojos. No había súplica en ellos, solo certeza. Se inclinó un poco, como si buscara el abismo, y al final, suspiró con resignación y hambre.
—Maldita seas, Tashira… me tienes.
Ella sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, que contenía mares por conquistar.
—Siempre te tuve, Elder. Solo faltaba que lo admitieras.
El sol apenas despuntaba, tiñendo el cielo de un ámbar suave que se deshacía lentamente en el azul del amanecer. El puerto estaba en silencio, salvo por el crujido ocasional de las cuerdas y el murmullo sordo del mar. Una brisa fresca traía consigo el olor a algas, madera mojada y sal, envolviendo el muelle como un recuerdo viejo.
Elder estaba de pie frente a su madre y su hermana. Llevaba la espada a la espalda, las botas firmes sobre la madera, pero su mirada se quebraba. La madre, de rostro arrugado por los años y la angustia, le sujetaba las manos con fuerza, como si pudiera impedir que el destino lo arrastrara. Sus dedos temblaban. La
—No tienes que irte, hijo —dijo la madre, su voz ronca por la emoción contenida—. Aún hay lugar para ti aquí.
Elder la miró con ojos húmedos. La cicatriz en su mejilla ardía como si fuera nueva. Su pecho estaba hecho un nudo, pero el mar lo llamaba con una fuerza mayor. No solo el mar, sino lo que venía con él: batallas, gloria, la historia escrita con sangre y voluntad.
—Si me quedo, moriré por dentro —respondió con ternura áspera—. No puedo ser uno más entre los vivos sin rumbo.
La madre bajó la cabeza, soltándolo lentamente, como si dejara ir una parte de su alma.
A unos metros, Tashira observaba en silencio. Llevaba una capa oscura que flameaba al compás del viento. A su lado, el prisionero convertido en aliado —el antiguo capitán Prisan— revisaba las provisiones sin intervenir. El barco aguardaba, alto y orgulloso, con sus velas ya listas, bebiendo luz del amanecer como si fuera su combustible.
Elder se agachó y abrazó a su hermana. Ella lo aferró con desesperación, como si su pequeño cuerpo pudiera detener el curso de la historia.
—Volveré —le susurró—. Seré más que un cuento. Seré alguien por quien valga la pena esperar.
Le dejó una trenza suya amarrada con cuero, y se levantó sin mirar atrás. Porque sabía que si lo hacía, no partiría jamás.
Tashira lo esperaba al pie del puente. Cuando subió a bordo, ella le ofreció una mirada sin palabras, pero cargada de todo: fuego, desafío, destino.
El barco zarpó con un crujido solemne, alejándose lentamente del muelle. Las olas rompían contra el casco, marcando el inicio del viaje. Elder observó la costa por última vez. Su madre y su hermana se hacían cada vez más pequeñas, fundiéndose con el resplandor del día naciente.
El viento sopló con más fuerza. Y así, entre memorias que ardían y horizontes por escribir, comenzó la travesía.
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