La hermandad de la piedra, capítulo 2.

 El aire en las catacumbas de la diosa Hécate no era aire, sino una exhalación de siglos acumulados, cargada con el olor a azufre, sangre seca y el aroma dulzón de la putrefacción que nunca termina de consumirse. A tres kilómetros bajo la superficie, donde la luz del sol era un concepto olvidado y la oscuridad tenía una textura física, el silencio solo era interrumpido por el goteo rítmico de un fluido viscoso que caía de las estalactitas de hueso.

En el centro de la antecámara, un anciano de aspecto cadavérico permanecía de pie. Su piel, delgada como el pergamino antiguo, se tensaba sobre unos pómulos que amenazaban con perforar la superficie. Sus ojos eran dos pozos de ceniza, apagados pero ardiendo con una determinación que desafiaba su fragilidad biológica. Cada respiración era un silbido asmático, un recordatorio de que sus pulmones estaban colapsando bajo el peso de los años.

—Este cuerpo es muy débil —susurró el anciano, y su voz sonó como el crujido de hojas secas bajo una bota—. Pero bastará.

Frente a él se erguía el Monumento de las Tres Encrucijadas, una mole ciclópea de mármol negro veteado con plata, dedicada a la reina de los fantasmas. El monumento era una torre de rostros agónicos, tallados con tal maestría que parecían seguir al visitante con la mirada. La energía que emanaba de la estructura era una presión física, un rechazo divino hacia cualquier intruso.

El anciano levantó su mano derecha. Era una garra de dedos nudosos y temblorosos. Sin embargo, cuando cerró el puño, el aire alrededor de su brazo comenzó a pudrirse. Una energía oscura, de un violeta tan profundo que hería la retina, brotó de sus poros. Era una fuerza corrosiva, una manifestación de entropía pura que devoraba la luz y el calor del ambiente.

Con un movimiento seco, golpeó la base del monumento.

La explosión no fue un estallido de fuego, sino una implosión de sonido y materia. El mármol negro se desintegró en polvo fino mientras la energía oscura se filtraba por las grietas, convirtiendo la piedra sólida en arena. El suelo, incapaz de soportar el peso y la violencia del ataque, cedió con un rugido que hizo vibrar los cimientos de la tierra.

El anciano cayó. No como un hombre que se precipita al vacío, sino como un depredador que desciende a su territorio. El viento de la caída agitaba sus harapos, revelando un cuerpo marcado por runas de sacrificio.

Cuando sus pies golpearon el suelo del subsuelo, a cientos de metros de profundidad, la onda de choque levantó una nube de hollín. Al aclararse la vista, a unos quinientos metros de distancia, lo vio: el Talismán de Hécate. Era una joya de un color rojo sangriento, un rubí tallado en forma de corazón anatómico que latía con una luz interna. Estaba suspendido en un pedestal de obsidiana, bañando la caverna en un resplandor escarlata que recordaba a una herida abierta.

—Mi tesoro —murmuró, sus ojos reflejando el brillo rojo.

De las sombras de las columnas laterales, tres figuras se deslizaron con la fluidez del humo. Eran las Guardianas de las Sombras, tres brujas de altura inhumana, vestidas con harapos hechos de cabellos de ahorcados. Sus rostros estaban cubiertos por máscaras de porcelana blanca que lloraban sangre negra. Se plantaron entre el anciano y el talismán, entrelazando sus dedos largos y afilados.

Comenzaron a recitar. No eran palabras, sino frecuencias de otro plano. Un coro disonante de siseos y guturales que hicieron que las paredes de la cueva comenzaran a sangrar.

—¡Aparere, Spiritus Primordialis! —gritaron al unísono.

El aire frente a ellas se rasgó. Del vacío surgió un Espíritu Antiguo, una entidad hecha de ectoplasma verde y fragmentos de armaduras oxidadas. Su presencia trajo consigo un frío absoluto, una temperatura tan baja que el sudor en la piel del anciano se convirtió en agujas de hielo. El espíritu lanzó un alarido que no se escuchó con los oídos, sino con el alma, intentando fragmentar la voluntad del intruso.

El anciano no retrocedió. Sus labios se curvaron en una sonrisa llena de dientes amarillentos.

—Juegos de niños —dijo.

Liberó su aura. Si antes era una ráfaga, ahora era un tsunami de energía maligna. La oscuridad salió de su cuerpo con tal fuerza que tomó forma física: un espectro colosal, una versión pesadillesca y gigante de sí mismo, con múltiples brazos armados con guadañas de sombra. El aura oscura era tan densa que el olor a ozono fue reemplazado por el de una fosa común abierta bajo el sol.

El espectro del anciano se lanzó hacia adelante. Con un solo golpe transversal de su garra de sombra, atravesó al Espíritu Antiguo. No hubo lucha. El espíritu se desvaneció en jirones de niebla inútil en cuestión de segundos, su esencia devorada por la entropía del anciano. Sin detenerse, el aura maligna barrió a las tres brujas. Sus máscaras de porcelana estallaron y sus cuerpos se convirtieron en ceniza antes de que pudieran terminar su siguiente maldición. El silencio regresó, pero solo por un instante.

El suelo comenzó a temblar. No era un sismo, era un despertar.

Cientos de Gigantes de Piedra, seres de cinco metros de altura forjados con la roca misma de las catacumbas, brotaron del suelo y de las paredes. Sus ojos eran vetas de cuarzo brillante y sus pasos hacían que la tierra saltara. Se unieron en una falange de roca y odio, cerrando el paso hacia el talismán. Eran la línea de defensa física de la diosa.

El anciano comenzó a caminar. Cada vez que extendía un dedo, una ráfaga de energía oscura salía disparada como un proyectil cinético.

El primer gigante fue alcanzado en el pecho; la roca se pulverizó instantáneamente, dejando un agujero perfecto por donde se veía el otro lado de la caverna. El segundo intentó aplastarlo con un puño del tamaño de un carruaje, pero el anciano simplemente sopló una nube de energía corrosiva que disolvió el brazo del coloso en segundos.

Era una coreografía de destrucción. El anciano se movía con una velocidad que su cuerpo moribundo no debería poseer, impulsado por una magia negra que consumía su propia fuerza vital a cambio de poder absoluto. Ráfaga tras ráfaga, los gigantes se convertían en escombros. El estruendo del granito rompiéndose era ensordecedor, llenando el aire de un polvo mineral que dificultaba la visión, pero él no necesitaba ojos. Sentía la vibración de cada enemigo.

Cuando el último gigante cayó, convertido en una pila de piedras inertes, la tierra misma pareció sollozar.

Un rugido profundo, que nació en el núcleo del planeta, hizo que el techo de la caverna comenzara a desprenderse. De una grieta volcánica en el fondo del abismo, emergió el Dragón Legendario de Hécate. Sus escamas eran de un verde esmeralda tan oscuro que parecían negras, y cada una era tan grande como un escudo de guerra. Sus alas, membranosas y cubiertas de runas doradas, se batieron levantando ráfagas de viento caliente.

El dragón abrió sus fauces, revelando hileras de dientes como espadas dentadas. De su garganta surgió un torrente de fuego primordial, una llama blanca que derretía la roca a su paso.

El anciano no se cubrió. Levantó una mano y generó una barrera de energía oscura. El fuego blanco impactó contra la oscuridad, creando una cúpula de plasma que iluminó toda la catacumba. El calor era tan intenso que el aire alrededor del anciano comenzó a distorsionarse, pero él permaneció impasible, sus harapos apenas chamuscados por la radiación térmica. Su expresión era de puro aburrimiento.

—Demasiado lento —sentenció.

En un parpadeo, el anciano desapareció de su posición. Reapareció en el aire, justo encima de la cabeza del dragón. Su velocidad desafiaba la física; era un borrón de sombras contra el resplandor del fuego.

Con una fuerza imposible, aterrizó sobre el cuello de la bestia. Sus manos pequeñas y nudosas se cerraron sobre las escamas del dragón. Una corriente de energía oscura comenzó a fluir desde sus palmas, penetrando la carne y los huesos de la criatura. El dragón lanzó un rugido de agonía mientras sus venas se tornaban negras bajo sus escamas.

El anciano puso un pie sobre el hombro del dragón y, usando sus brazos como palancas cargadas con toneladas de presión mágica, torció el cuello de la criatura hacia atrás. El sonido fue como el de un árbol centenario partiéndose en dos: un crujido seco y definitivo de vértebras rompiéndose.

El dragón murió antes de tocar el suelo. Su inmenso cuerpo colapsó, levantando una tormenta de arena y piedras.

El anciano descendió del cadáver del dragón con un salto ligero. Su respiración era ahora más pesada, y un hilo de sangre negra corría por la comisura de sus labios. El esfuerzo estaba reclamando el poco tiempo que le quedaba a ese cuerpo, pero ya no importaba.

Caminó los últimos metros con una calma solemne. El pedestal de obsidiana estaba frente a él. El talismán rojo latía con una intensidad casi cegadora, como si reconociera la llegada de un nuevo y terrible dueño. El aroma del rubí era el del poder absoluto: una mezcla de incienso real y la electricidad de una tormenta de verano.

El anciano extendió su mano temblorosa y cerró los dedos alrededor del talismán.

En el momento del contacto, el brillo rojo inundó sus venas, iluminando su esqueleto a través de su piel traslúcida. El dolor fue inmenso, pero su risa, una carcajada ronca y triunfal, resonó en las profundidades de las catacumbas, ahogando cualquier otro sonido. Tenía el tesoro. El mundo, o lo que quedaba de él, sería el siguiente.

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