El hijo prodigo y el abgel de la muerte, temporada 3, capítulo 7.
Malerius se hallaba en la cima de la plataforma central, el resplandor azul del mineral reflejándose en sus ojos como un océano helado. Frente a él, William apenas podía mantenerse erguido, las botas resonando huecas contra el suelo metálico, mientras contemplaba el panorama que se desplegaba a su alrededor.
—Doce —dijo Malerius, su voz cortante como un filo de cristal—. Doce estructuras base. Cada una un pilar de nuestra ciudad. Cada una un símbolo.
William siguió la línea de módulos que emergían del suelo: torres de cristal metálico, laboratorios flotantes, viviendas suspendidas como racimos de una fruta imposible. La luz de los haces verticales danzaba sobre ellos, proyectando sombras largas que se entrecruzaban, como un tapiz vivo. La brisa inexistente se llenaba del olor a ozono, metal caliente y polvo eléctrico; el zumbido de los generadores vibraba en el pecho como un tambor de guerra.
—¿Doce? —murmuró William, incrédulo—. ¿Por qué ese número?
Malerius bajó la vista, la sonrisa apenas perceptible bajo el resplandor azul—. Doce —repitió—. Un número sagrado. Desde el Olimpo hasta el Valhalla. Una forma de representar el poder absoluto, de grabarlo en la mente colectiva. Cada torre, cada módulo, es una extensión de ese control. Cada uno de estos doce es un faro que dictará la ley de nuestra ciudad.
William tragó saliva. Su mirada se movía de una estructura a otra, intentando comprender el orden detrás del caos aparente. Las torres más lejanas parecían flotar sobre la neblina azulada del mineral, los bordes iluminados como filamentos eléctricos que conectaban todo en una red viva. Cada línea de luz pulsaba con ritmo propio, creando una sinfonía silenciosa que parecía responder a los pensamientos de Malerius.
—Y… ¿la gente? —preguntó William, con voz temblorosa—. Todo esto… ¿no es demasiado?
Malerius alzó una mano, y un haz de luz blanca recorrió los doce pilares, destacando sus contornos. El aire vibró con un zumbido más agudo, y William sintió un estremecimiento que recorrió su espalda hasta los dedos de las manos. Era un orden que no admitía discusión, una geometría que imponía respeto incluso sin palabras.
—No es cuestión de demasiado o poco —dijo Malerius—. Es cuestión de percepción. Cada estructura es un mensaje, cada línea de luz un decreto. Doce torres, doce faros, un mito que la mente colectiva no podrá ignorar. Aquí no construimos casas; construimos un recuerdo. Un poder que se quedará incluso cuando los mortales olviden sus nombres.
William se quedó en silencio, inhalando el aroma metálico y eléctrico que llenaba el aire. La superficie del mineral parecía latir bajo sus pies, ondulante, viva. Y mientras observaba cómo los módulos se anclaban y los haces de luz danzaban sobre ellos, comprendió que Malerius no solo estaba levantando una ciudad: estaba levantando un imperio en la conciencia de todos, y él mismo, su hermano, se hallaba ya atrapado en esa leyenda.
—Doce —susurró William, finalmente—. Doce torres. Y todos ellos deberán obedecerlas, incluso si no saben por qué.
Malerius inclinó la cabeza ligeramente, el resplandor azul reflejando su satisfacción. El número, la estructura, la ciudad y la leyenda se entrelazaban, una sinfonía de poder absoluto que comenzaba a imponerse sobre la realidad misma.
El aire en la cueva era denso, húmedo y caliente, cargado con el olor ácido del sudor y la sangre vieja que impregnaba las paredes rocosas. La luz de las antorchas que llevaban apenas rozaba los contornos de los hombres murciélago que emergían de las sombras, criaturas deformes, con alas membranosas que crujían como cuero viejo al desplegarse y garras negras que brillaban con una amenaza silenciosa. Sus ojos reflejaban la escasa iluminación con un brillo rojizo, y su chillido colectivo retumbaba como un tambor metálico, reverberando contra la piedra y perforando los tímpanos.
Angel se movía con velocidad letal, sus dos espadas cortando el aire en arcos precisos. El metal chocaba contra huesos y carne, y cada impacto enviaba una sacudida vibrante por sus brazos. Sin embargo, la cantidad de enemigos parecía infinita. Por cada hombre murciélago que caía a sus pies, otros tres se lanzaban sobre él, inundando su visión de alas negras que golpeaban el aire con fuerza y dejando un rastro de sudor y fluidos viscosos que salpicaban el suelo. Su respiración era rápida, cada inhalación un esfuerzo para mantener la concentración, cada exhalación un recordatorio de que el Chi que normalmente lo fortalecía estaba ausente. Sus músculos ardían, pero su determinación no flaqueaba.
A su lado, Lupus rugía con un sonido profundo, casi animal. Sus manos, enguantadas en cuero grueso, se cerraban alrededor de los cráneos de los hombres murciélago, y con un movimiento brutal los rompía con un crac ensordecedor. La sangre y las vísceras salpicaban su rostro y pecho, y él no parecía inmutarse, aunque cada golpe que recibía le costaba más de lo que podía ignorar. Un ala rota le había dejado un hematoma que subía desde el hombro hasta la clavícula, y una uña afilada había arañado su brazo dejando surcos profundos que ardían con cada movimiento. Aun así, continuaba, un muro de fuerza bruta en medio del caos.
Angel bloqueó un ataque que venía desde un ángulo inesperado, el impacto vibrando por sus muñecas y antebrazos. Sintió el golpe como un martillazo, y por un instante su equilibrio tambaleó. Los murciélagos eran rápidos, impredecibles, cada uno con una fuerza que desafiaba su tamaño. El zumbido de sus alas llenaba sus oídos, una sinfonía macabra que dificultaba distinguir un enemigo del otro. Cada corte que hacía dejaba un aroma metálico en el aire: sangre fresca, hierro oxidado y carne quemada por los golpes repetidos.
—¡Lupus! —gritó, su voz tensa, entrecortada—. ¡No puedes seguir así, te están desgastando!
—¡No importa! —rugió el otro, su voz cavernosa reverberando en la cueva—. ¡Solo hay un camino!
Angel giró sobre sí mismo, usando ambas espadas para abrirse paso. Sintió la tensión en su espalda y piernas como si la cueva misma intentara impedir su movimiento. Cada murciélago abatido parecía atraer a otros cinco. Su visión se llenaba de destellos metálicos, de sombras que se movían en patrones caóticos, y del olor acre de la sangre esparcida por el suelo. Sus dedos se resbalaban del sudor y la sangre, y el contacto con la empuñadura era cada vez más exigente. Sin Chi, cada corte era un esfuerzo físico puro, agotador, y pronto notó que su respiración se volvía un rugido bronquial que amenazaba con quebrarlo.
Lupus, en el otro extremo, levantó un brazo y derribó a dos murciélagos de un golpe seco, escuchando cómo crujían sus cráneos bajo su fuerza. Sintió un corte en la pierna, profundo y palpitante, pero no se detuvo. Cada movimiento era un balance entre fuerza y dolor, cada respiración un desafío. El aire estaba impregnado de una mezcla de polvo de roca, sangre y sudor, y la humedad hacía que los sonidos rebotaran en la cueva de manera distorsionada, amplificando los chillidos de las criaturas.
Angel dio un paso atrás, esquivando un ataque frontal, sintiendo cómo un filo rozaba su hombro y le dejaba un corte que ardía intensamente. Cada murciélago que lograba derribar era un pequeño alivio, pero no podía ignorar la creciente presión. La horda parecía interminable, y la sensación de asfixia por la multitud de cuerpos oscuros era palpable. Sus brazos temblaban de esfuerzo, y la fatiga comenzaba a arrastrar su juicio.
—¡No podemos detenernos! —gritó Angel, más para sí mismo que para Lupus—. ¡Cada segundo que dudamos, se multiplican!
A su lado, Lupus derribó otro enemigo, pero su respiración era profunda y entrecortada, sus heridas ya sangraban profusamente. El olor metálico se hacía más fuerte, mezclado con la humedad del ambiente y el calor que emanaba de los cuerpos de las criaturas. Aun así, siguieron avanzando, uno tras otro, golpeando, cortando, rompiendo, mientras la cueva parecía cerrarse sobre ellos, un abismo de sombras y sangre.
El choque continuaba, brutal y despiadado. Cada instante estaba lleno de zumbidos de alas, crujidos de hueso y el aroma penetrante de la muerte. Angel sabía que, sin su Chi, cada movimiento era un acto de pura voluntad y resistencia. Lupus, pese a su fuerza, estaba al borde del colapso, pero aún así se mantenía firme, un guardián de carne y furia en medio de la marea negra.
Y la horda no cedía.
El mundo parecía haberse desvanecido. Angel y Lupus cayeron pesadamente sobre la tierra húmeda, sus cuerpos entumecidos y doloridos, mientras un frío intenso los envolvía como un sudario. Sus respiraciones eran cortas, entrecortadas, mezcladas con el olor acre del sudor, la sangre reseca y la humedad del suelo de la cueva. La oscuridad los rodeaba por completo, y cada sonido era amplificado: el goteo del agua, un aleteo lejano, el crujir de las piedras bajo su peso.
Horas pasaron como un borrón indefinido. Ni la noción del tiempo ni la percepción del espacio tenían sentido; solo existían ellos, tendidos, y el recuerdo punzante de la horda de hombres murciélago, de los huesos crujidos, de la sangre esparcida por cada rincón de la cueva. Un zumbido constante comenzó a filtrarse en su inconsciencia, un tono suave pero insistente, que parecía atravesar sus huesos hasta despertar algo profundo en sus sentidos.
Angel fue el primero en abrir los ojos. La luz no era natural, pero tampoco tenía origen aparente. Un resplandor uniforme iluminaba un túnel amplio, las paredes suaves y brillantes como si estuvieran pulidas, reflejando cada destello de una forma que parecía sobrenatural. La superficie del suelo era lisa, fría al tacto cuando Angel apoyó la palma de su mano, y un aroma extraño flotaba en el aire: mezcla de minerales frescos, humedad y un toque metálico casi imperceptible, como si la piedra misma sangrara.
—¿Dónde… estamos? —susurró, con voz ronca. El eco suave del túnel devolvió sus palabras multiplicadas, pero sin dureza, como si el espacio mismo las acogiera.
Lupus parpadeó varias veces, incorporándose lentamente. Sus músculos protestaban, tensos y doloridos, y su respiración profunda llenaba el túnel de un ritmo pesado y constante. Miró a su alrededor, examinando cada pared, cada reflejo, cada sombra que parecía moverse en la periferia de su visión.
—No lo sé… —contestó, frotándose el pecho y las piernas—. Todo se siente… limpio. Demasiado limpio. Como si… alguien nos hubiera traído aquí.
Un crujido ligero resonó detrás de ellos. Ambos se giraron al instante, armas imaginarias listas, pero lo que encontraron fue un hombre que parecía frágil a primera vista. Su espalda encorvada y sus brazos delgados contrastaban con la presencia magnética que irradiaba. Sus ojos, sin embargo, eran claros, profundos, y reflejaban una autoridad tranquila, como si cada gesto hubiera sido meditado durante siglos.
—Ah… ya despertaron —dijo, su voz sorprendentemente firme, resonando con un timbre que atravesaba el aire como una campana metálica—. Me alegra que estén bien.
—¿Quién… quién eres? —preguntó Angel, todavía con un hilo de incredulidad, mientras se incorporaba, sus rodillas crujían y sus músculos gritaban con cada movimiento.
—Soy alguien que tuvo que rescatarlos —respondió el Anciano, encorvado sobre un bastón delgado, pero con movimientos precisos, seguros, que traicionaban fuerza oculta—. La cueva no es segura para mortales.
Lupus se apoyó en su rodilla, evaluando el terreno, mientras Angel ya estaba de pie, observando cada detalle del túnel. La iluminación parecía provenir de la propia piedra, un resplandor uniforme que no proyectaba sombras duras, pero delineaba perfectamente los contornos del espacio. El aire era fresco, cargado de un leve olor a ozono y humedad, que recordaba a la bruma antes de una tormenta eléctrica.
—¿Salida? —preguntó Lupus, casi instintivamente—. ¿Por dónde se sale de aquí?
El Anciano levantó un dedo tembloroso, señalando hacia un corredor estrecho al final del túnel. La luz lo delineaba como un camino invitante, seguro. Angel y Lupus intercambiaron una mirada breve antes de avanzar. Cada paso sobre el suelo frío producía un sonido sordo y amortiguado, y sus botas crujían levemente contra las piedras lisas.
—Gracias —dijo Angel, con un tono más relajado, aunque su desconfianza seguía palpable.
—Sí, gracias —añadió Lupus, con un gesto que intentaba ser humilde, aunque su mirada permanecía firme, evaluando al hombre frente a ellos.
El Anciano sonrió levemente, sin mover más que los ojos para seguirlos.
—No es nada —dijo finalmente, con voz grave y pausada—. Solo deben… arrodillarse y rendirse ante Um-ak-thar.
Ambos se detuvieron. Angel frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Lupus, por un instante, arqueó una ceja, confundido.
—¿Um-ak-thar? —preguntó Lupus—. ¿Qué es eso?
—Mi dios —respondió el Anciano, simple, casi ceremonial en su tono—. Aquél que ordena y observa. Aquel a quien todos debemos entregar nuestra devoción.
Angel soltó un bufido, un sonido cargado de incredulidad y desafío.
—Yo no me voy a arrodillar ante nada ni nadie —dijo, su voz firme, el orgullo y la terquedad palpables en cada palabra.
Lupus suspiró, llevándose una mano a la rodilla dolorida.
—A mí me duele la rodilla… así que tampoco —murmuró, con un dejo de ironía y frustración.
El Anciano alzó ambas manos levemente, y su expresión se volvió más seria, más grave.
—Si no se arrodillan —advirtió—… tendré que matarlos.
Un silencio pesado llenó el túnel. Angel y Lupus se miraron, y en sus ojos había reconocimiento mutuo, humor y desafío. Un instante después, una risa contenida escapó de ambos. La tensión que había crecido hasta el límite se rompió por esa pequeña fisura de humanidad compartida, aunque breve.
De repente, el Anciano apareció detrás de Angel con una rapidez que desmentía su apariencia frágil. Su sombra se extendió sobre ellos, su presencia llenando el espacio con un aura de poder inesperado. Angel sintió el aire comprimirse a su alrededor, como si el túnel mismo se hubiera hecho más estrecho. Lupus reaccionó al instante, tomando posición defensiva, y ambos supieron que la broma había terminado.
El Anciano los abrumó con movimientos imposibles de anticipar. Sus ataques eran rápidos, precisos, y cada contacto dejaba una vibración en la piel, un ardor que recorría la columna vertebral. Angel y Lupus tuvieron que retroceder, esquivar y lanzarse a los costados, sintiendo la piedra bajo sus pies vibrar con cada paso y cada golpe. El olor acre de la sangre y la tensión llenaba el aire; el túnel parecía comprimirse alrededor de ellos, amplificando el sonido de sus respiraciones, los crujidos de huesos y el choque de manos contra la piedra.
—¡Rápido! —gritó Lupus, impulsando a Angel hacia adelante mientras esquivaban un barrido que desgarró el aire con un silbido cortante—. ¡Hacia el río!
Angel apenas podía mantenerse en pie, pero Lupus lo cargó sobre su espalda, sintiendo el peso de su amigo mezclado con el ardor de la adrenalina y el pánico. Cada salto sobre rocas húmedas y cada movimiento hacia el río era un cálculo de vida o muerte. El sonido del agua creció mientras se acercaban, un rugido profundo y constante que les indicaba el destino: un refugio momentáneo, una oportunidad de sobrevivir.
El Anciano, sin embargo, no cedía. Su figura emergía detrás de ellos de manera casi espectral, cada paso rápido, ligero y mortal. La presión sobre sus cuerpos se intensificaba, cada movimiento requería fuerza bruta y coordinación absoluta. El olor del ozono mezclado con la humedad del túnel y la sangre en sus propias manos los envolvía como un recordatorio constante del peligro inminente.
Finalmente, alcanzaron la cascada. Lupus, jadeante y agotado, saltó con Angel a la corriente, el agua fría golpeando sus piernas y brazos con fuerza intensa. La caída y el golpe contra el río los hizo tambalear, pero la corriente los arrastró con rapidez, llevándolos lejos del alcance inmediato del Anciano. El rugido del agua, mezclado con el latido acelerado de sus corazones, llenó sus oídos, dejando atrás por un momento la amenaza inmediata.
Se ocultaron bajo un saliente rocoso detrás de la cascada, empapados, temblando de frío y esfuerzo, pero vivos. El aire estaba cargado con la bruma húmeda de la caída, mezclado con el aroma metálico del mineral arrastrado por el río y el perfume terroso de la vegetación cercana. Sus cuerpos ardían por la tensión, cada músculo reclamando descanso, pero sus mentes seguían alerta, conscientes de que el Anciano no era un enemigo cualquiera.
Angel se incorporó lentamente, los ojos fijos en la cortina de agua que los protegía parcialmente. Lupus apoyó la espalda contra la roca, respirando con fuerza, sintiendo la corriente aún arrastrar sus pies. Ambos sabían que habían escapado, pero también comprendían la magnitud de lo que enfrentaban: no un hombre, sino un poder concentrado, ágil y brutal, que podía derribar la lógica de cualquier enfrentamiento convencional.
—Tenemos que… reagruparnos —dijo Angel, con la voz apenas audible sobre el rugido de la cascada.
—Y planear el siguiente movimiento —asintió Lupus, frotándose los brazos temblorosos mientras el agua fría seguía calando sus trajes—. Este… este no es un enemigo común.
Sus miradas se encontraron, cómplices y decididas. Sabían que la batalla no había terminado. Apenas había comenzado.
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