El angel de la muerte y el genio: especial de año nuevo.
El frío no era solo una cuestión de temperatura; era una presencia física, una mortaja de escarcha que se filtraba por las costuras de los trajes y convertía el aliento en cristales de hielo antes de que pudieran abandonar los labios. Angel y Lupus caminaban por la cresta de una duna de nieve silícea, sus figuras recortadas contra un cielo de un color violeta eléctrico, donde las tres lunas del planeta colgaban como monedas de plata gastadas.
Angel avanzaba con su habitual levedad, sus botas flotando a milímetros de la superficie blanca, evitando romper la costra de hielo. A su lado, Lupus caminaba con la pesadez de un titán, cada paso hundiendo el metal de sus grebas en la nieve con un crujido seco y rítmico. El aire olía a ozono estancado y a la resina helada de los pinos de cristal que crecían en los valles inferiores, un aroma que picaba en la nariz como agujas invisibles.
Lupus se detuvo un momento, observando el horizonte donde las estrellas titilaban con una fijeza artificial. Un suspiro pesado escapó de su pecho, empañando el visor de su casco.
—Seguramente —dijo Lupus, su voz resonando con un timbre cavernoso en la quietud del páramo—, en la cima de esas doce torres, Malerius debe estar descorchando las reservas más caras. En la Ciudadela, el Año Nuevo no se celebra con silencio, sino con exceso.
Angel ladeó la cabeza, un gesto de curiosidad genuina que hizo que los filamentos de su túnica emitieran un suave zumbido de Chi. Se detuvo en seco, suspendido en el aire frío.
—¿Año Nuevo? —preguntó Angel. La palabra sonaba extraña en su lengua, como un concepto que no lograba encontrar un anclaje en su memoria—. ¿Qué es eso del "Año Nuevo", Lupus?
Lupus se giró lentamente, sus ojos grises clavados en su compañero con una mezcla de incredulidad y una sombra de tristeza. El viento sopló con fuerza, arrastrando una nube de polvo brillante que raspó las placas de su armadura.
—¿De verdad no lo sabes? —preguntó Lupus, su voz bajando una octava—. ¿Incluso en los rincones más oscuros de la galaxia el tiempo se marca con un final y un principio. ¿No tenías algo así en tu clan?
Angel negó con la cabeza, observando cómo la nieve se arremolinaba bajo sus pies sin tocarlos. Sus recuerdos del clan eran una sucesión de entrenamientos bajo cascadas heladas, el olor a incienso rancio en los dojos de piedra y el sabor metálico del agua purificada.
—En mi clan no había festividades —explicó Angel, con una calma que a Lupus le resultó inquietante—. No celebrábamos el paso del tiempo, porque el tiempo era solo un ciclo de preparación. El día de hoy era igual al de ayer, y el de mañana sería igual al de hoy hasta que llegara el momento del combate. La única marca que importaba era la progresión del Chi. Un año era solo una cifra en un pergamino, no una razón para detenerse.
Lupus guardó silencio un instante, procesando la información. En su mente de analista y guerrero, la cultura de Angel se dibujaba como algo despojado de toda grasa emocional, una estructura ósea sin carne.
—Tu gente... —murmuró Lupus, reanudando la marcha mientras la nieve crujía bajo sus botas—, su cultura parece tribal, Angel. Casi ascética. En los mundos centrales, e incluso en las colonias mineras más miserables, el Año Nuevo es el eje sobre el que gira la esperanza.
Caminaron unos metros más hasta llegar a un saliente rocoso que los protegía del viento. Lupus se sentó, dejando que el metal de su equipo golpeara la piedra con un sonido sólido y reconfortante. El aroma del cuero húmedo y el aceite de sus articulaciones mecánicas comenzó a emanar de él debido al calor corporal.
—Es una festividad de reunión —continuó Lupus, gesticulando con sus manos anchas—. La gente se junta bajo las luces de neón o alrededor de hogueras de plasma. Hay comida en abundancia: carnes curadas en sal de asteroides, frutas sintéticas que estallan en azúcar, licores que te queman la garganta y te hacen olvidar el frío de los motores. Se brinda, Angel. Se levantan copas de cristal o vasos de plástico abollados y se grita al vacío que hemos sobrevivido otros doce meses. Es un caos de ruido, música y calor humano.
Angel escuchaba, intentando visualizar la escena. El concepto de "abundancia" chocaba frontalmente con su comprensión de la realidad bajo el mando de Malerius.
—No lo creo —dijo Angel, cruzando los brazos sobre el pecho, su figura aún flotando ligeramente—. Malerius no permitiría algo así. Él siempre raciona.
Lupus soltó una risa corta, un sonido que pareció vibrar en las paredes de roca.
—Ahí es donde te equivocas, pequeño saltimbanqui —replicó Lupus, señalando hacia el cielo, como si pudiera ver las doce torres a través del vacío—. Para Malerius, el mito es indispensable. Él sabe que no se puede gobernar solo con raciones y decretos. Un pueblo que no tiene un mito en el que creer es un pueblo que se marchita, o peor, que piensa.
Lupus se inclinó hacia adelante, y el resplandor azul del terminal que llevaban en la mochila proyectó sombras alargadas sobre su rostro.
—Malerius jamás se negaría a una festividad tan importante —sentenció Lupus—. Él la usa. Convierte el Año Nuevo en una demostración de su poder. Las torres brillarán con una intensidad que se verá desde la órbita, los ciudadanos recibirán una ración extra de lujo, y él se presentará ante ellos no como un administrador, sino como el arquitecto que les ha regalado otro año de vida. El Año Nuevo es el pegamento de su leyenda. Él no solo regala comida; regala la sensación de que, bajo su mando, el futuro es posible.
—No me malinterpretes, Angel —dijo Lupus, su voz rompiendo el silencio como un crujido de gravilla—. Tu compañía es suficiente, Pero si hay algo que realmente extraño de este maldito año nuevo, es la comida.
Lupus cerró los ojos un momento, y su expresión se suavizó por la nostalgia.
—Hablo de comida de verdad. No estas pastas de proteínas que saben a cartón mojado. Hablo de costillares de buey de las lunas bajas, asados hasta que la grasa burbujea y la carne se desprende del hueso con solo mirarla. Panes de centeno negro, calientes, con mantequilla salada derritiéndose en las migas. Y el vino... vino de las reservas de Nueva Europa, tan oscuro que parece sangre y tan fuerte que te calienta el alma antes de que llegue al estómago.
Angel abrió los ojos lentamente. La descripción de Lupus era un asalto sensorial para el cual su educación ascética no lo había preparado. En su mente, la comida siempre había sido combustible, una necesidad biológica que debía satisfacerse con la mayor eficiencia posible. Pero la pasión en la voz de Lupus le despertó una chispa de curiosidad prohibida.
—Si no fuera por la red de vigilancia perimetral —dijo Angel, y su cuerpo osciló levemente en el aire—, podría ascender. Podría flotar hasta la plataforma de la torre central y... traer algo de ese festín.
Lupus soltó una carcajada seca, pero sus ojos brillaron con interés.
—¿Flotar tan alto? Estamos a casi setecientos metros bajo el nivel de la plataforma. La presión del aire cambia, y el viento en las alturas es capaz de descuartizar a un hombre. Jamás has intentado una elevación de esa magnitud.
—Nunca lo he hecho —admitió Angel, sintiendo el flujo del Chi en su espina dorsal como una corriente de agua helada—. Pero el vacío me llama.
Lupus miró hacia la abertura de la cueva, donde el cielo se veía atravesado por los haces de luz festiva de la ciudadela de Malerius.
—A esta hora —murmuró Lupus, consultando un cronómetro interno—, la mayoría de los guardias y oficiales deben estar ebrios. Malerius celebra la obediencia con excesos permitidos. El protocolo de seguridad se vuelve poroso cuando el alcohol y la euforia del "mito" nublan el juicio. Si hay un momento para ser un fantasma, es ahora.
Angel no necesitó más. Se desenrolló en el aire, sus pies estirándose hacia abajo pero sin tocar jamás la tierra. Con un movimiento fluido, se impulsó hacia la salida de la cueva. Al cruzar el umbral, el viento de la montaña lo golpeó, pero él no opuso resistencia; simplemente se convirtió en parte de la corriente.
El ascenso fue una experiencia trascendental. Angel cerró los ojos, dejando de ver con sus pupilas para ver con su sistema nervioso. El mundo se convirtió en una red de vectores de viento y diferenciales de presión. Con cada exhalación, empujaba su Chi hacia abajo, creando una plataforma invisible que lo lanzaba hacia el cielo. El frío se volvió más agudo, un cuchillo que cortaba su piel, pero su mente estaba anclada en la luz dorada que brillaba muy por encima de él.
Sintió la gravedad intentar reclamarlo, un peso sordo en sus entrañas que le decía que él pertenecía al suelo, pero Angel simplemente soltó ese pensamiento. El aire se volvió más delgado, el olor a nieve fue reemplazado por el aroma industrial del combustible de las naves y, de repente, por algo más: el perfume de especias quemadas, azúcar tostada y levadura.
Llegó al borde de la plataforma central de la Torre Doce. Se deslizó sobre el parapeto metálico como una mota de polvo. El suelo aquí estaba caliente, irradiando la energía de los generadores internos de la ciudad. El contraste sensorial fue brutal. Pasó del silencio sepulcral de la montaña al estruendo de la música sinfónica procesada por sintetizadores y el murmullo de miles de voces.
Angel se mantuvo en las sombras de un conducto de ventilación. Sus ojos se abrieron con asombro. Frente a él, en una plaza suspendida bajo una cúpula de cristal, se desplegaba un banquete que desafiaba la lógica del racionamiento que él conocía. Mesas de madera de ébano cargadas con fuentes de plata; pavos reales sintéticos con plumas de caramelo, bandejas de frutas que brillaban como joyas bajo la luz de los hologramas.
Un hombre, un técnico de mantenimiento con el uniforme desabrochado y una botella de licor a medio vaciar en la mano, salió tambaleándose de una de las puertas laterales. Se detuvo a pocos metros de donde Angel estaba suspendido, justo en medio de un rayo de luz lunar.
El técnico parpadeó, frotándose los ojos enrojecidos. Vio a Angel: un joven de cabellos plateados, túnicas que ondeaban sin peso y pies que no tocaban el metal, flotando en silencio absoluto.
—¿Un... un espíritu? —balbuceó el hombre, el aroma a alcohol barato emanando de él en oleadas—. ¿Es un fantasma del Viejo Mundo?
Angel no se movió. Mantuvo su mirada serena, una calma que resultaba aterradora para alguien cuya mente estaba nublada por el fermento. El técnico soltó un gemido ahogado, sus rodillas cedieron y se desplomó en el suelo, desmayado por una mezcla de terror supersticioso y embriaguez extrema.
—curioso —susurró Angel para sí mismo, recordando las palabras de Lupus sobre cómo el miedo y el exceso afectaban al sistema.
Se adentró en el centro festivo, moviéndose con una discreción que rozaba lo sobrenatural. Esta era la primera vez en su vida que realizaba una misión de espionaje, y aunque su corazón latía con una cadencia nueva, su cuerpo seguía las instrucciones de su entrenamiento. Evitó las cámaras térmicas moviéndose a través de los flujos de aire caliente de las estufas externas, camuflando su firma de calor.
El interior del recinto olía a una mezcla embriagadora de asados, flores de invernadero y el perfume caro de los oficiales del Imperio. Era un aroma denso, casi sólido, que se pegaba a su garganta. Angel encontró una antecámara donde se almacenaban las provisiones de reserva para la noche.
En una esquina, vio un costal de tela gruesa, probablemente usado para transportar granos de café de lujo. Lo tomó con dedos ágiles. Sus movimientos eran rápidos, impulsados por una emoción infantil que luchaba por emerger a través de su fachada de guerrero.
Empezó a llenar el costal. Metió hogazas de pan que aún emitían un calor reconfortante, trozos de carne curada envueltos en papel encerado que olían a humo y pimienta, y un puñado de esas frutas brillantes que Lupus había descrito. Sus manos se sentían extrañas tocando tales lujos; la textura del pan era más suave que cualquier cosa que hubiera sentido en su clan.
Finalmente, sus ojos se posaron en una botella de vidrio verde oscuro, sellada con cera roja. No sabía qué era, pero el resplandor que emitía bajo las luces de la sala sugería importancia. La deslizó con cuidado en el centro del costal, protegiéndola.
Con el costal al hombro, que ahora ejercía una presión real sobre su espalda, Angel se preparó para el descenso. Se asomó al borde de la plataforma, mirando hacia el abismo de sombras donde lo esperaba su compañero. El viento volvió a rugir, pero esta vez, Angel llevaba consigo un pedazo del mito de Malerius, un fragmento de la abundancia que el dictador usaba para encadenar voluntades.
Se lanzó al vacío, no como alguien que cae, sino como alguien que regresa a casa después de haber robado el fuego de los dioses. El descenso fue rápido, una caída controlada donde el peso de la comida le daba una inercia nueva, una conexión con la materia que nunca había experimentado.
Cuando sus pies finalmente rozaron la nieve cerca de la cueva, Lupus ya lo esperaba en la entrada, con una antorcha de plasma en la mano y una expresión de duda que se transformó en pura maravilla al ver el costal abultado.
—Lo lograste, muchacho —dijo Lupus, su voz vibrando con una alegría genuina mientras el olor del banquete comenzaba a filtrarse desde el costal hacia el aire gélido del refugio—. Has traído el Año Nuevo a la resistencia.
Angel aterrizó por fin, sus botas hundiéndose unos centímetros en la nieve, sintiendo el peso del mundo y el calor del botín. El 725 DX terminaba, pero el sabor de la victoria, real y tangible, apenas comenzaba a manifestarse.
El interior de la gruta se transformó. Lo que antes era un refugio húmedo y gélido, impregnado de la austeridad del guerrero, se convirtió en un santuario de olores que desafiaban la desolación de Kepler-4. Lupus, con la destreza de quien ha sobrevivido a mil raciones de campaña, extendió una lona limpia sobre la roca plana, mientras Angel depositaba el costal con una delicadeza casi ritual.
Cuando el joven abrió la tela, el aroma del banquete estalló en el aire viciado. El pan de centeno, todavía conservando un núcleo de calor, desprendía una fragancia a levadura y tierra que hizo que las glándulas salivales de Lupus reaccionaran con un pinchazo de dolor y placer. Había trozos de jamón de buey de las lunas bajas, veteados con una grasa nacarada que empezaba a sudar bajo el resplandor azul del terminal, y frutas carmesíes que olían a sol y a azúcar fermentada.
Lupus tomó la botella de vidrio verde. Con un movimiento seco, rompió el sello de cera roja y el corcho cedió con un pop sordo que resonó en las paredes de piedra. El aroma del vino inundó el espacio: un perfume denso de ciruelas negras, especias amaderadas y un toque de humo.
—Esto, Angel —dijo Lupus, sirviendo el líquido oscuro en dos cuencos de metal desconchado—, es la única variable que Malerius no puede controlar del todo: el placer de ser humano.
Angel tomó su cuenco. El vino estaba frío, pero al primer sorbo, sintió una llamarada líquida que descendió por su garganta, expandiéndose en su pecho como una pequeña supernova. No era solo el alcohol; era la textura del privilegio, el sabor de un mundo que se le había negado. Al morder el pan, la corteza crujió entre sus dientes, liberando una suavidad que contrastaba con la dureza de su vida diaria.
—Sabe a... —Angel buscó la palabra, mientras el calor del vino empezaba a relajar sus músculos—, sabe a importancia.
Lupus soltó una carcajada profunda, devorando un trozo de carne con una avidez casi animal. Sus dedos estaban manchados de grasa y sus ojos brillaban con un fuego que no era solo el de la antorcha de plasma.
—Sabe a libertad, muchacho. A que esta noche, nosotros somos los reyes de esta roca.
Fuera, el viento de 725 soplaba su último aliento, arrastrando nieve silícea contra la entrada de la cueva. Dentro, los dos proscritos compartían el botín del cielo. No había jerarquías, ni protocolos, ni misiones. Solo el sonido de la masticación, el tintineo del metal contra la piedra y el calor compartido de una comida que sabía a rebelión.
Cuando el reloj interno de Lupus marcó la medianoche, ambos levantaron sus cuencos. El resplandor del terminal de Um-ak-thar latió con una luz dorada, bañando sus rostros en un resplandor de esperanza y hierro. El año terminaba, pero en esa gruta, entre el olor a vino y pan, el futuro se sentía, por primera vez.
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