El angel de la muerte y el genio, capítulo 1.
El silencio de la cabina Épsilon-7 no era absoluto; estaba compuesto por el siseo del soporte vital y el golpeteo rítmico del pulso de Geometry contra sus propios tímpanos. A través del visor reforzado, la Hendidora del Espacio se veía como una aguja de obsidiana cosiendo el tejido de la nebulosa. De repente, tres destellos de luz blanca rasgaron la oscuridad.
Eran tres interceptores de clase Velox, naves de ataque rápido que olían a combustible de alta densidad y a la impaciencia de sus pilotos. Se aproximaban en una formación de pinza perfecta, sus motores de plasma dejando estelas de un azul ionizado que Geometry podía calcular mentalmente antes de que se estabilizaran. Eran extensiones de la voluntad de su madre, Taho: precisas, gélidas y carentes de cualquier duda.
Geometry suspiró, y el vapor de su aliento empañó brevemente el panel táctil. Sus dedos no dudaron. No hubo odio en su movimiento, solo una aplicación matemática de la violencia.
—Variable de trayectoria: delta-nueve. Ángulo de incidencia: absoluto —susurró.
Con un movimiento fluido, Geometry intervino los protocolos de comunicación de los interceptores desde su cápsula. No disparó un solo cañón; simplemente reconfiguró sus vectores de empuje mientras estaban en máxima aceleración. El resultado fue una sinfonía de destrucción geométrica. Dos de las naves colisionaron entre sí con un crujido metálico que, aunque inaudible en el vacío, proyectó una onda de choque de chatarra incandescente y luz naranja que iluminó el rostro de Geometry. La tercera nave, intentando compensar el giro, se partió bajo la fuerza de su propia inercia, convirtiéndose en una nube de cristales de hielo y fragmentos de titanio que brillaban como estrellas muertas.
Todo terminó en 1.4 segundos.
En el puente de la Hendidora, el aire se volvió pesado, saturado de un olor a ozono que parecía quemar las fosas nasales. El contramaestre Varek, un hombre cuya piel estaba marcada por décadas de disciplina militar, observaba las pantallas holográficas con una mezcla de horror y parálisis. Tres puntos verdes habían desaparecido; en su lugar, solo quedaba el parpadeo estático de los restos.
—Capitana… —Varek tragó saliva, y el sonido fue estruendoso en el silencio sepulcral—. Los interceptores… han sido neutralizados. El chico los ha desintegrado sin usar armas. ¿Por qué… por qué los enviamos en esa trayectoria de aproximación tan vulnerable?
Taho no se movió. Permanecía de pie, con las manos entrelazadas en la espalda, observando los restos de sus hombres flotando en la lejanía. Su rostro era una máscara de porcelana administrativa.
—Por protocolo, contramaestre —respondió ella. Su voz era una línea plana, sin armónicos de pena o sorpresa—. Los manuales de deserción exigen un despliegue de captura inmediato. El protocolo no se detiene porque el objetivo sea excepcional.
Varek sintió un frío que no provenía del espacio, sino de la mujer frente a él.
—¿Solo por protocolo? —preguntó él, con un hilo de voz—. Sabía que él los destruiría. Sabía que era imposible detenerlo.
—Efectivamente —dijo Taho, girándose lentamente hacia él. Sus ojos eran dos cuencas de lógica pura—. Intentar detener a Geometry es una futilidad estadística. Su comprensión de la mecánica de sistemas supera a la de cualquier piloto de esta flota. Pero el sistema debe actuar como si hubiera una posibilidad.
A kilómetros de distancia, dentro de la cápsula, Geometry sintió un dolor punzante en el pecho que no tenía una causa física. Sus dedos acariciaron el metal frío del panel de control, y cerró los ojos. En su mente, construyó un modelo predictivo del puente de mando. Pudo ver a Taho, pudo oler el aroma estéril de su perfume de mando y escuchar el tono desprovisto de alma con el que ella explicaría la muerte de sus propios pilotos.
Imaginó las palabras exactas: "Protocolo cumplido".
—Lo sabías —susurró Geometry al vacío—. Los enviaste para que yo los matara, solo para marcar una casilla en tu informe de daños.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, deslizándose bajo el sello de su traje presurizado. No lloraba por los pilotos, sino por la confirmación final de que él nunca había sido un hijo, sino una unidad de procesamiento en el gran esquema de Taho. La cápsula Épsilon-7 se alejó más hacia la oscuridad, dejando atrás el resplandor de los escombros metálicos, mientras el chico, que era capaz de calcular el ángulo de una estrella, no encontraba la fórmula para dejar de sentir que el universo era un lugar demasiado frío para un corazón de carne.
El aire en el valle se había vuelto de un color violeta mortecino, esa hora incierta donde el sol se oculta y las sombras parecen cobrar una sustancia física, casi pegajosa. Angel y Lupus se encontraban en un pequeño claro, rodeados por el murmullo de los pinos y el olor a resina quemada. El suelo estaba cubierto de agujas secas que crujían bajo el peso de Lupus, mientras Angel, fiel a su nueva naturaleza, permanecía a unos centímetros de altura, una presencia etérea cuya túnica ondeaba sin que hubiera brisa.
—Recuerda —susurró Lupus, su voz era un rugido contenido que hacía vibrar el aire—. No es un hombre. No busques su alma, busca el mecanismo. Si se apaga, no es por voluntad, es por interferencia.
Angel asintió, apretando el mango de su látigo. El arma no era de cuero común; era una trenza de filamentos de grafeno y seda de araña lunar, diseñada para conducir el Chi como si fuera un cable de alta tensión. El metal del mango estaba frío, pero el cuerpo del látigo emitía un calor sutil, un zumbido que solo Angel podía sentir en la base de su cráneo.
La sorpresa no vino con un ruido, sino con una ausencia total de sonido. Los pájaros enmudecieron y el aroma de la resina fue reemplazado súbitamente por el olor a ozono y a polvo de tumba.
El Anciano apareció en el centro del claro. No caminó; simplemente se manifestó, como un error en la proyección de la realidad. Sus ojos, vacíos de cualquier humanidad, se fijaron en Angel. Antes de que el guerrero pudiera reaccionar, el Anciano se lanzó hacia adelante, un borrón de túnicas grises que cortaba el aire con un silbido metálico.
—¡Ahora! —rugió Lupus.
El cambio en Lupus fue violento y magnífico. Sus ropas se rasgaron con el sonido de lonas rompiéndose mientras su columna vertebral se arqueaba y se expandía. El vello oscuro brotó de sus poros con una rapidez febril, y el olor a animal salvaje, a almizcle y a tierra mojada, inundó el claro. En un segundo, la masa de Lupus se triplicó. Sus garras se hundieron en el suelo, arrancando terrones de hierba y piedra mientras se lanzaba no a golpear, sino a contener.
Lupus, en su forma de lobo, interceptó al Anciano en el aire. El impacto fue seco, como dos troncos colisionando. El licántropo rodeó el cuerpo frágil pero increíblemente denso del Anciano con sus brazos masivos, hundiendo sus colmillos en el hombro del atacante. El Anciano no gritó; de su herida no salió sangre, sino un vapor azulado y frío que olía a estática.
—¡Hazlo! —gruñó Lupus, sus músculos temblando bajo el esfuerzo de sujetar a una entidad que vibraba con una frecuencia antinatural.
Angel cerró los ojos y se desconectó del mundo exterior. En su mente, el látigo dejó de ser un objeto y se convirtió en una vena abierta de su propio espíritu. Concentró cada átomo de su Chi, cada gramo de la energía que había cultivado en la cascada, y la empujó hacia su brazo derecho. El látigo comenzó a brillar con una luz blanca cegadora, una incandescencia que proyectó sombras largas y distorsionadas contra los árboles.
El aire alrededor del látigo empezó a crepitar. El olor a ozono se volvió insoportable, picando en los ojos de Angel. Con un grito que nació desde sus entrañas, Angel lanzó el golpe.
El látigo no se movió como una cuerda, sino como un rayo. Cruzó el espacio en una trayectoria perfecta, una línea de geometría pura que impactó directamente en el esternón del Anciano, justo en el punto donde Lupus lo mantenía inmovilizado.
El sonido del impacto no fue un latigazo, sino una explosión controlada, un "thump" sordo que sacudió los pulmones de los presentes. Una onda de choque barrió el claro, doblando los árboles jóvenes y apagando cualquier otra luz.
Por un instante, el tiempo se congeló. El látigo de Angel estaba enterrado en el pecho del Anciano. Entonces, algo cedió. Con un chasquido metálico, un objeto rectangular, del tamaño de una palma y cubierto de filamentos de bronce y cristal, salió despedido del pecho de la criatura.
En el momento en que el objeto abandonó el cuerpo, el Anciano dejó de existir. No cayó, no murió; simplemente se desmoronó. Sus ropas colapsaron sobre el suelo y su cuerpo se convirtió en un fino polvo gris que el viento del impacto dispersó en segundos, dejando solo un rastro de ceniza que olía a incienso rancio.
Lupus, volviendo lentamente a su forma humana mientras jadeaba y se limpiaba los restos de ceniza del pelaje que aún se retraía, caminó hacia el objeto que brillaba sobre la hierba. Sus manos, aún grandes y temblorosas, lo recogieron con una delicadeza inesperada.
—Aquí está —dijo Lupus. Su voz era de nuevo la del hombre analítico, aunque su pecho todavía subía y bajaba con violencia.
Angel descendió hasta que sus botas tocaron el suelo, sintiendo el peso de la gravedad regresar a sus huesos como una carga de plomo. Se acercó a su compañero, observando el artefacto. Era una pieza de tecnología que parecía orgánica, con luces parpadeando en su interior como si tuviera un latido propio. El aroma que emanaba ahora era limpio, como el de una sala de servidores refrigerada.
—¿Ya lo sabías? —preguntó Angel, limpiándose el sudor de la frente—.
Lupus lo miró de reojo, una pequeña sonrisa de orgullo intelectual asomando en su rostro marcado por la batalla. Se enderezó, recuperando su postura de mando.
—Fui declarado el hombre más inteligente en todo mi planeta, Angel —respondió Lupus, sin arrogancia, solo enunciando un hecho—. La fe de ese hombre era demasiado perfecta, demasiado matemática. Un dios no requiere un anclaje físico de esa frecuencia. Esto no era un devoto; era un terminal.
Lupus presionó una de las muescas del aparato con el pulgar. El objeto emitió un pitido armónico y, de repente, una columna de luz azul proyectó un holograma tridimensional que llenó el claro.
Era un mapa. Pero no un mapa de la región, ni siquiera del planeta. Era una red de líneas de luz que conectaban sistemas estelares, con puntos de pulsación roja que marcaban estructuras idénticas a las doce torres de Malerius. En el centro del mapa, una coordenada brillaba con una intensidad dorada: el origen del Imperio, el punto donde la conciencia colectiva estaba siendo recolectada.
Angel observó el mapa, el resplandor azul reflejándose en sus pupilas. El mundo se sentía de repente mucho más grande y mucho más peligroso.
—No estamos solo en una cueva —murmuró Angel, comprendiendo la magnitud—. Estamos en un tablero de ajedrez galáctico.
Lupus cerró el mapa, pero mantuvo el objeto con firmeza. El viento sopló de nuevo, llevándose los últimos restos del polvo del Anciano, dejando el claro en un silencio expectante.
—Y ahora —dijo Lupus—, sabemos exactamente hacia dónde movernos.
El vacío no es negro cuando lo miras con los ojos de quien posee el Factor B. Para Geometry, el espacio era una red infinita de vectores, una arquitectura de fuerzas invisibles que se manifestaban en su mente como hilos de luz plateada. El Savantismo que corría por sus venas, esa mutación cognitiva que lo convertía en una calculadora biológica, no le permitía simplemente "ver" el universo; lo obligaba a procesarlo.
La cápsula Épsilon-7 derivaba en el silencio más absoluto. Dentro, el aire olía a plástico estéril y al rastro metálico de una lágrima seca. Geometry estaba sentado en el asiento del piloto, pero no tocaba los controles. Sus ojos estaban fijos en el cinturón de asteroides de la periferia de Kepler, pero su mente estaba a años luz, reconstruyendo el rostro gélido de su madre.
Se sentía perdido, un náufrago en un océano de geometría euclidiana. Sin embargo, su cerebro no descansaba. El Factor B hacía que analizara la rotación de un fragmento de roca a tres mil kilómetros de distancia: Rotación: 4.2 RPM. Composición: Ferro-níquel. Probabilidad de colisión con la trayectoria actual: 0.00004%. El universo era un rompecabezas que él resolvía sin querer, mientras su corazón seguía siendo una variable que no lograba despejar.
De repente, una vibración sutil recorrió el chasis de la cápsula. No fue un impacto, sino un pulso de escaneo.
—Interferencia en el cuadrante siete —murmuró, su voz rasposa por el desuso—. Velocidad de aproximación: Mach 12 en vacío relativo.
Una sombra se materializó desde el lado oscuro de un asteroide. Era una nave pirata de clase Colmillo, un diseño prohibido por los tratados de la Vieja Europa por su peligrosidad. Era compacta, ligera, poco más que un motor de plasma sobredimensionado unido a un casco de fibra de carbono reforzada. El aroma a ozono quemado que emitían sus propulsores parecía filtrarse incluso a través del casco de la cápsula.
Los piratas no enviaron una señal de radio; enviaron un ráfaga de advertencia que rozó el escudo térmico de la Épsilon-7, llenando la cabina de un resplandor naranja y un zumbido eléctrico que erizó el vello de los brazos de Geometry.
En cualquier otro ser humano, el pánico habría nublado el juicio. En Geometry, el Factor B se activó como un mecanismo de relojería. El tiempo pareció dilatarse. Vio la nave pirata no como una amenaza, sino como un conjunto de debilidades estructurales.
—Masa de la cápsula: 1,200 kg. Masa del atacante: 4,500 kg. Punto de pivote: Eje de empuje trasero.
Geometry no disparó sus cañones láser; no tenía sentido gastar energía en un blindaje de carbono. En lugar de eso, activó los micro-propulsores de maniobra. La Épsilon-7 giró sobre su propio eje con una violencia que habría roto el cuello de un piloto normal, pero el chico acompañó el movimiento con una rigidez calculada.
En un movimiento que desafiaba la lógica del combate espacial, Geometry utilizó el cañón principal de su cápsula no como un arma de fuego, sino como un martillo. Calculó el momento exacto en que la nave pirata pasaba a su lado para una maniobra de abordaje. Con un golpe seco, el cañón metálico de la Épsilon-7 impactó directamente en la tobera del motor izquierdo de la nave pirata.
El sonido fue un crack estructural que vibró a través de los cascos unidos. El motor del Colmillo se deformó, el plasma comenzó a filtrarse con un brillo púrpura errático y la nave enemiga quedó anclada a la cápsula por la fuerza del impacto y el magnetismo residual.
Geometry se levantó. Su cuerpo se movía con una precisión inhumana, cada paso calculado para compensar la falta de gravedad interna. Tomó una pistola de pulsos y activó el sello de la escotilla de abordaje. El aire silbó mientras las presiones se igualaban, un sonido agudo que olía a aceite de motor barato y aire viciado de los piratas.
Entró en la nave enemiga como un espectro de justicia geométrica.
El interior de la nave pirata era un caos de cables expuestos, pantallas sucias y el olor penetrante a tabaco sintético y sudor viejo. Había tres hombres. El primero, un gigante con cicatrices químicas en el rostro, levantó un rifle de asalto.
Geometry no esperó. El Factor B le indicó el ángulo exacto de la trayectoria del proyectil antes de que el pirata apretara el gatillo. Se inclinó tres grados a la izquierda, sintiendo el calor de la bala pasar a milímetros de su oreja, y disparó. El pulso de energía impactó en el centro de la frente del gigante, cuya cabeza golpeó el panel de control con un sonido sordo.
Los otros dos piratas gritaron, pero para Geometry, sus gritos eran solo frecuencias acústicas que podía ignorar. El segundo pirata intentó sacar un cuchillo de vibración; Geometry calculó la extensión de su brazo y, con un movimiento seco, le rompió la muñeca antes de ejecutarlo con un disparo a quemarropa en el esternón. El olor a carne quemada y ozono llenó la pequeña cabina.
El tercer pirata, el capitán, retrocedió contra el mamparo, con los ojos abiertos por un terror primario. Intentó suplicar, pero las palabras se atascaron en su garganta al ver la mirada de Geometry: no había odio en esos ojos, solo una frialdad matemática.
—Tu existencia es una ineficiencia —dijo Geometry.
El último disparo iluminó la cabina con un destello blanco. El silencio regresó, interrumpido solo por el siseo de un conducto de refrigeración roto.
Geometry bajó el arma. El Factor B comenzó a procesar los datos de la nueva nave: Sistemas de navegación: Activos. Combustible: 85%. Alcance: Interestelar. Era una nave mucho mejor que su cápsula. Era el vehículo que necesitaba para su propósito.
Se sentó en la silla del capitán, todavía caliente, y comenzó a limpiar los paneles con un trozo de tela. Sus dedos se movían con la misma elegancia con la que calculaba las órbitas de los planetas.
De repente, una señal de largo alcance parpadeó en el monitor principal. Era una frecuencia de baja frecuencia, un pulso rítmico que venía de una región de espacio profundo, cerca de un planeta cuya firma mineral era inconfundible: Nueva europa. Pero había algo más, una anomalía en el mapa estelar, una distorsión que solo alguien con su cerebro podía notar.
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