Historias alternativas, temporada 1, capitulo 1

 El valle parecía un cuenco de silencio entre montañas, un anfiteatro natural donde el viento murmuraba en lengua extraña. Hernán Cortés avanzó al frente, los cascos de su caballo hundiéndose en la tierra húmeda. Era temprano, y el sol apenas rompía las sombras con haces de fuego tenue, reflejándose en algo que, desde la distancia, parecía imposible: cuatro estatuas de oro, erguidas sobre una plataforma de piedra volcánica, tan altas como una casa, tan vivas bajo la luz que casi dolía mirarlas.


Los hombres contuvieron el aliento. El aire olía a humedad, a hojas podridas, a incienso antiguo que todavía flotaba desde los braseros apagados. El lugar había sido sagrado: los muros bajos estaban cubiertos de glifos pintados con pigmentos que el tiempo no había apagado del todo; rostros de dioses con dientes de obsidiana parecían observarlos. Un par de guacamayas, como testigos, chillaron desde lo alto de una ceiba, el eco de sus voces rebotando en el valle como una advertencia.


Cortés desmontó. Sus botas crujieron contra el suelo cubierto de hojas secas. Caminó despacio hasta una de las estatuas: un guerrero tallado con precisión sobrenatural, el torso reluciente, el rostro sereno. A su alrededor, el oro irradiaba un calor casi animal. Cuando pasó la mano por la superficie, sintió una vibración tenue, como si aquel metal respirara.


—A esto llaman idolatría —murmuró, aunque sus ojos, brillantes, decían otra cosa.


Los hombres lo rodearon, algunos persignándose, otros tragando saliva con avidez. El capitán levantó la mirada y dio una orden seca. Se ató una cuerda gruesa al tobillo dorado de la figura más cercana. Cuatro soldados se colocaron detrás, tensando el cáñamo con pasos firmes. El sonido de las fibras crujiendo se mezcló con el canto lejano de los insectos.


El tirón fue seco. La cuerda gimió. Por un instante, la estatua pareció resistirse, balanceándose apenas, proyectando un reflejo cegador sobre los rostros sudorosos. Luego el equilibrio se quebró: un gemido metálico, el ruido grave del oro golpeando la piedra, y un polvo espeso se levantó del suelo.


El cuerpo del dios yacía inclinado, su cabeza aún unida al torso. Uno de los hombres —un extremeño de barba tupida— levantó un mazo. El golpe resonó en el valle, un trueno hueco. Otro, y otro. Cada impacto arrancaba chispas, dentelladas de metal puro. El aire se llenó de un zumbido agudo, casi doloroso, el olor del oro caliente mezclado con el sudor y la resina seca.


Cortés observaba sin pestañear. Cada martillazo parecía arrancar algo más que metal; el sonido rebotaba entre las montañas como una plegaria invertida. Cuando por fin la cabeza cayó, rodó un breve trecho, dejando una huella brillante en la tierra.


Silencio antiguo de un mundo entero.

El salón del Alcázar olía a cera, cuero y poder. Las antorchas, altas como lanzas, derramaban una luz temblorosa sobre los tapices que narraban guerras santas y coronaciones. Era invierno, y el aire de Castilla traía un frío de piedra, de esos que calan en los huesos y hacen crujir los dientes. Aun así, Hernán Cortés, de pie frente al trono, no temblaba. Su capa, húmeda por la neblina de la mañana, goteaba sobre las losas de mármol, dejando marcas oscuras que parecían manchas de sangre.


Isabel de Castilla y Fernando el Católico lo observaban desde sus asientos elevados. Ella, envuelta en terciopelo púrpura, tenía las manos cruzadas sobre el regazo y una mirada que no vacilaba; era la mirada de quien ha escuchado demasiadas promesas de gloria. Él, un poco más atrás, sostenía un pergamino entre los dedos, los nudillos pálidos de tanto apretar.


Cortés inclinó la cabeza, solo lo necesario para mostrar respeto, pero no sometimiento.

—Vuestras Altezas —dijo, con voz grave, rasposa por los meses de mar y polvo que lo habían formado—, lo que he visto en aquellas tierras no tiene igual. Los hombres allá caminan con oro en las orejas, las paredes relucen como espejos, los templos son montañas talladas a mano. Y no solo riquezas, Majestades... hay imperios, ejércitos, un poder que rivaliza con Roma misma.


Su voz resonó entre los muros, vibrante, arrastrando consigo un eco de jungla y tambores. Algunos de los presentes —secretarios, cortesanos, un fraile silencioso— se miraron con inquietud. Nadie dudaba que aquel hombre hablaba con fuego en la lengua.


—Y bien —replicó Fernando, apenas levantando la mirada—, ¿qué es lo que pedís exactamente?


Cortés dio un paso al frente. El sonido de su bota contra el mármol fue seco, decidido.

—Hombres, armas, y el permiso de volver —dijo—. He traído pruebas —y con un gesto ordenó abrir el cofre que dos marineros depositaron a sus pies. El metal rechinó al girar la cerradura, y cuando la tapa se levantó, el salón se inundó con un resplandor dorado.


Dentro, la cabeza arrancada de la estatua. Pulida, maciza, innegable. La luz del oro rebotó en los ojos de todos los presentes. Isabel se inclinó levemente hacia adelante; el reflejo cálido encendió sus mejillas.


—Dios mío... —murmuró, más como un pensamiento que como una oración.


El fraile hizo la señal de la cruz, murmurando en latín. Los cortesanos se inclinaron, fascinados y temerosos. Cortés aprovechó el efecto y continuó:

—Esto, Altezas, fue hallado en un solo templo. Imaginen lo que espera más allá. Con vuestra bendición y el estandarte de Castilla, puedo someter esas tierras, convertirlas, y traer sus tesoros al servicio de la Corona.


El silencio que siguió fue espeso como miel. Afuera, una ráfaga de viento azotó los ventanales, haciendo vibrar los plomos. En la distancia se oyó el repique de una campana; cada nota parecía marcar el pulso del momento.


Isabel apartó la mirada del oro y la posó sobre el hombre que la reclamaba con palabras. Había en sus ojos algo entre admiración y desconfianza.

—Sois un hombre audaz, capitán —dijo finalmente—. Pero también imprudente. Castilla tiene generales formados en la guerra, hombres que entienden la disciplina del reino. No dudo de vuestro valor, pero... no sois vos quien debería encabezar una empresa de tal magnitud.


Cortés sintió el golpe como una lanza bajo el pecho. Por un segundo, el eco de su respiración fue lo único audible. Luego inclinó la cabeza, lentamente, hasta que la sombra le cubrió el rostro.

—Majestad —dijo con un hilo de voz—, ningún general del reino ha visto lo que yo he visto. Ninguno ha sentido el suelo temblar bajo los tambores de aquellos pueblos ni ha visto el oro fluir como agua. No necesito más que fe y hombres. Y os juro que volveré con un imperio entero a vuestros pies.


Fernando lo observó con una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

—Las coronas no se forjan con juramentos, capitán —respondió—, sino con obediencia.


La reina se levantó. Su vestido arrastró un murmullo de seda.

—Vuestro descubrimiento será evaluado. Mandaremos un general. Vos, Cortés... podéis regresar a vuestras tierras de Medellín. Servidnos desde allí.


El capitán apretó los puños. Sintió el olor del incienso mezclarse con el de la cera derretida, el aire denso del salón cerrándose sobre él. Su mirada volvió al cofre abierto, a la cabeza dorada que había sido su testigo y su condena.


Cuando salió del salón, la tarde ya moría. Las sombras del Alcázar se estiraban sobre el suelo como serpientes negras. Detrás de él, las puertas se cerraron con un golpe sordo. El eco del metal reverberó en el pasillo, largo y frío.


Cortés caminó hacia la plaza sin mirar atrás. El viento traía el olor a leña húmeda, y en su mente, una sola idea brillaba con la persistencia del oro: si Castilla no lo enviaba... iría igual.

El amanecer se alzó rojo sobre el valle del Anáhuac, como si el cielo mismo hubiese sido herido. Las nubes, densas y bajas, ardían con reflejos de cobre. En la distancia, los volcanes parecían guardianes inmóviles que observaban la guerra que se gestaba entre sus faldas. El aire olía a humo, sudor y sangre vieja, a obsidiana y tierra quemada.


El general Rodrigo de Guzmán, enviado directo de Castilla, contemplaba el horizonte desde su caballo. Había llegado hacía meses con un ejército disciplinado: ballesteros, hombres de lanza, arcabuceros. Todos curtidos en África y Granada, todos convencidos de que aquella empresa sería rápida. Pero el suelo mesoamericano se tragaba la arrogancia europea como si tuviera hambre.


—Dicen que su emperador se llama Cuauhtémoc —dijo un alférez, limpiándose la frente cubierta de polvo—. Que lo siguen como si fuera un dios.


El general no respondió. Apretó los dientes y giró la cabeza. Frente a ellos, a menos de una legua, se alzaban los estandartes mexicas: plumas verdes, discos de oro, lanzas coronadas con puntas negras. Y entre esas filas, algo que aún les parecía irreal: búfalos.


Eran gigantes de piel oscura, de lomos arqueados y cuernos tan gruesos como ramas. Su aliento humeaba en la mañana, y sobre sus lomos iban guerreros con armaduras de algodón endurecido, pintados con franjas rojas y blancas. Cada animal estaba cubierto por mantos bordados con símbolos del sol y la lluvia. El sonido de su respiración formaba un rugido colectivo, como un trueno que venía del suelo.


Rodrigo había visto caballos embestir en Flandes, pero esto era distinto. Aquellos animales no corrían con la ligereza del corcel europeo: avanzaban como montañas vivas, y el suelo vibraba bajo sus pasos.


—Por Cristo —susurró uno de los soldados, santiguándose—, esas bestias son del infierno.


El general clavó su espada en el suelo y habló con voz seca.

—No. Son del hombre. Todo lo que sangra, muere.



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Cuauhtémoc avanzó al frente de su ejército, el penacho de plumas verdes moviéndose con el viento. Su rostro estaba cubierto con pintura negra desde los pómulos hasta la mandíbula; solo sus ojos, oscuros y fijos, sobresalían como carbones encendidos. Su lanza terminaba en obsidiana tallada con precisión de joyero. Detrás de él, los tambores golpeaban un ritmo grave, profundo, que hacía temblar los corazones antes de que el combate comenzara.


—¡Cuīcatl in tlachinolli!, ¡la canción del fuego y el agua! —gritaron los capitanes.


El ejército mexica respondió con un rugido unísono. Los búfalos comenzaron a avanzar, empujados por los jinetes que clavaban lanzas en sus costados para enfurecerlos. El sonido era inhumano: un bramido que hizo temblar a los caballos españoles, que recularon, relinchando con terror.


Rodrigo alzó su espada.

—¡Formación! ¡Ballesteros al frente!


Los españoles se movieron con la precisión que solo años de guerra podían dar. Los cascos relucían bajo el sol naciente. Los ballesteros tensaron las cuerdas; el olor a grasa animal y hierro se mezcló con el sudor.


El primer proyectil silbó y se clavó en el cuello de un búfalo. El animal ni siquiera se detuvo. Otro dardo se hundió en un hombro. Reaccionó con un bramido que levantó polvo, y embistió. La línea castellana se quebró como madera podrida.


Los búfalos chocaron contra los hombres y los lanzaron por el aire. Las lanzas de obsidiana atravesaban cotas de malla como si fueran tela. Un grito agudo, el de un joven soldado que veía cómo su pierna quedaba atrapada bajo una de esas moles, resonó por encima del caos. El olor del miedo se volvió espeso, mezclado con el cobre caliente de la sangre.


Rodrigo trató de reagrupar a sus hombres.

—¡A los flancos, maldita sea! ¡A los flancos!


Sus caballeros cargaron por los lados, buscando golpear los costados de los búfalos, pero los animales resistían el acero. Los guerreros mexicas lanzaban flechas con fuego, y cada impacto incendiaba el aire. Las plumas ardían, el humo cegaba, y el sol se deformaba detrás de las columnas de polvo.


Cuauhtémoc observaba desde un montículo de piedra. Sus ojos seguían cada movimiento con calma feroz. Levantó su lanza y señaló hacia el centro del enemigo.

—Nehualia! —ordenó—. ¡Adelante, los de jaguar!


Un grupo de guerreros con pieles moteadas irrumpió entre las líneas españolas. Llevaban mazas con hojas de obsidiana que brillaban como vidrio bajo el sol. El sonido de los golpes —ese chasquido seco del metal contra hueso— se mezcló con los gritos de los moribundos.


Rodrigo sintió una lanza rozarle el rostro. El calor de la sangre le corrió por la mejilla. Se giró, furioso, y hundió su espada en el abdomen del atacante. La hoja atravesó carne, hueso y salió por la espalda, pero antes de caer, el mexica le escupió al rostro. Su saliva estaba mezclada con polvo rojo.


El general retrocedió, jadeando. Todo su cuerpo vibraba por la tensión.

El campo se había vuelto un caos: caballos desbocados, búfalos agonizantes, humo, cuerpos retorcidos. El suelo se había transformado en lodo espeso de sangre y tierra.


Desde lo alto del valle, un trueno. No era un dios: eran arcabuces.

Los españoles que quedaban dispararon una descarga cerrada. La explosión de pólvora llenó el aire con olor a azufre y metal. Varios guerreros mexicas cayeron, pero el resto siguió avanzando.


Cuauhtémoc descendió entonces, a pie, entre sus hombres. Su respiración era un ritmo controlado, su mirada fija en el enemigo. Pasó junto a los cadáveres sin detenerse. Cuando levantó su lanza, los tambores cambiaron de ritmo: más rápido, más agudo. Era la señal final.


Los guerreros rodearon a los españoles, cerrando el círculo. Rodrigo miró alrededor: apenas quedaban unos cincuenta hombres de los trescientos con los que había llegado. Sus caballos, exhaustos, resoplaban espuma. Levantó la espada una última vez.


—¡Por Castilla! —rugió.


El choque final fue breve y salvaje. Las espadas chocaban contra las mazas de obsidiana, lanzando destellos que parecían relámpagos. El general cayó del caballo, rodó por el suelo, y cuando se incorporó, frente a él estaba Cuauhtémoc.


El silencio pareció caer un instante. Solo los dos respiraban.

El mexica avanzó despacio. La lanza relucía bajo el sol del mediodía, y en su rostro no había odio, sino una serenidad terrible.

—No has venido por Dios —dijo en su lengua, sabiendo que el extranjero no entendería—. Has venido por el oro.


Rodrigo alzó su espada, pero la lanza de Cuauhtémoc se hundió primero, directa, precisa. El acero europeo tintineó al caer.


El general cayó de rodillas. El cielo, tan alto, le pareció de un rojo profundo, igual al del amanecer. El olor a humo lo envolvió, espeso, y mientras su visión se desvanecía, creyó oír el rugido de los búfalos mezclado con los tambores.


Cuando el sol se ocultó tras los volcanes, el valle era una bruma de fuego y polvo. Los mexicas levantaron sus estandartes entre los cadáveres, y Cuauhtémoc, cubierto de sangre y sudor, alzó la mirada al cielo.


El eco del tambor siguió golpeando, constante, como si el corazón del mundo siguiera latiendo entre los cuerpos, reclamando la tierra para sí misma.

El aire de Tlaxcala olía a polvo, maíz tostado y pólvora vieja. Era un aire seco, cortante, que quemaba los pulmones al respirarlo, como si el mismo valle recordara que estaba hecho de cenizas y sangre. El sol, inclinado sobre las sierras, caía a cuchilladas de luz sobre los campamentos improvisados. Allí, Hernán Cortés —el capitán que había desobedecido al trono de Castilla— se encontraba de pie, mirando un horizonte que no pertenecía a ningún rey.


A su alrededor, los hombres se movían entre el bullicio de una guerra que todavía no terminaba: herraduras golpeando piedra, risas tensas, oraciones murmulladas. Los tlaxcaltecas, sus nuevos aliados, afilaban sus macuahuitl junto a los soldados españoles. Los aceros europeos y las hojas de obsidiana descansaban uno al lado del otro sobre mantas de palma, como si fueran hermanos de sangre. El olor del sudor, mezclado con la resina quemada de los templos que habían purificado días atrás, formaba una atmósfera densa, casi sagrada.


Cortés, con el yelmo bajo el brazo y la barba crecida, observaba el campo. Frente a él se extendían las tierras bajas que antes pertenecían al imperio mexica. Ahora, las banderas del águila tlaxcalteca ondeaban sobre las chozas saqueadas. Los aztecas habían sido expulsados de esa franja de territorio —una pequeña victoria en el mapa del mundo, pero un terremoto en el equilibrio de los dioses.


El capitán sabía lo que había hecho: había traicionado una orden directa de Castilla. El general Rodrigo de Guzmán —el hombre que el trono había enviado en su lugar— se estaba batiendo con los ejércitos de Cuauhtémoc más al oeste. Y él, Cortés, había aprovechado el momento para levantar su propia guerra, no ya en nombre de los reyes católicos, sino en nombre de sí mismo.


A su espalda, el viento levantaba polvo y rumores. Un fraile franciscano, temeroso, se acercó.

—Capitán —dijo—, los hombres preguntan si levantarán el estandarte de Castilla.


Cortés se volvió despacio. Sus ojos, quemados por el sol, tenían el brillo de alguien que ha cruzado demasiadas fronteras interiores.

—No —respondió con voz baja—. Hoy, el estandarte es otro.


El fraile lo miró, desconcertado. El capitán señaló hacia el horizonte, donde los tlaxcaltecas celebraban con gritos guturales, golpeando tambores hechos de tronco hueco.

—Hoy luchamos por esta tierra —continuó—. No por los reyes que no saben ni dónde nace el sol.



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Al caer la tarde, el cielo se volvió de un rojo profundo, el color del maíz cuando arde. Las sombras se estiraban sobre el valle como lanzas. Desde las colinas cercanas se oían los últimos ecos de la batalla: chillidos de heridos, relinchos, el chasquido de las hogueras. Las aldeas mexicas, antaño protegidas por su imperio, humeaban bajo el control tlaxcalteca.


Cortés recorrió el campo de guerra a caballo. Cada paso del animal hacía crujir el suelo seco, cubierto de restos de plumas y lanzas rotas. A su derecha, un grupo de guerreros tlaxcaltecas bailaba alrededor de un tótem improvisado: un poste cubierto con escudos mexicas capturados. El fuego crepitaba, iluminando los rostros pintados de rojo y negro.


El capitán detuvo su caballo y miró. Había algo hipnótico en aquella danza. El ritmo de los tambores parecía venir del mismo corazón de la tierra. Cada golpe resonaba en su pecho.


Entonces lo entendió. Esa era la verdadera independencia. No la proclamada en los palacios de Castilla, sino la que se respiraba cuando un pueblo sometido al fin mordía el aire como si fuera libre.


Cortés desmontó, pisando la tierra con las botas manchadas de polvo. A su alrededor, los hombres callaron. El silencio se expandió, solo interrumpido por el crepitar del fuego y el zumbido lejano de los insectos nocturnos.


—Hoy —dijo— hemos hecho lo que ningún ejército europeo había logrado. Hemos vencido al águila de Tenochtitlán, no con oro ni con miedo, sino con fuego y valor.


Los rostros morenos lo observaban en la penumbra, los ojos brillando como brasas.

—Desde este día, Tlaxcala no servirá ni a emperadores ni a dioses que se alimentan de sangre. —Su voz se alzó, firme—. Servirá a su propio destino.


Los guerreros gritaron, un rugido que hizo vibrar el suelo. Algunos lanzaron al aire trozos de obsidiana, otros se golpearon el pecho. El sonido era el de un pueblo que se arrancaba las cadenas con las manos.


Cortés levantó la espada. El reflejo del fuego bailó sobre la hoja.

—Y si algún día los reyes de Castilla preguntan quién me dio autoridad —añadió—, diré que fue el trueno, el polvo y el valor de los hombres libres.


El fraile, a unos metros, se santiguó en silencio. Sabía que lo que acababa de presenciar era una herejía política y espiritual, pero no se atrevió a hablar.



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Esa noche, el campamento fue una mezcla de celebración y duelo. Los tambores tlaxcaltecas sonaban como si el corazón de la tierra hubiera despertado. Los españoles bebían vino agrio de sus botas de cuero, y algunos, vencidos por la fatiga, dormían sobre montones de maíz. El aire estaba cargado de humo, carne asada y sudor.


Cortés permaneció aparte, mirando el fuego central. En su mente, veía las dos coronas que se disputaban su alma: la de Castilla, de oro y obediencia, y la otra, la que nacía ahora en aquel suelo: de polvo, sangre y libertad.


Un niño tlaxcalteca se acercó con una antorcha. Sus ojos brillaban de admiración.

—Tlahtoani —dijo, usando la palabra de sus mayores para “señor” o “emperador”.


Cortés sonrió levemente.

—No, muchacho —respondió—. Yo no soy su tlatoani. Solo un hombre que no quiso arrodillarse.


Pero el niño ya se había ido, y las voces alrededor comenzaban a corear su nombre. “Cortés, Cortés, Cortés…” mezclado con tambores y cánticos indígenas. Un sonido extraño, como si dos mundos opuestos se trenzaran en un mismo pulso.


El capitán cerró los ojos. Sintió el calor del fuego sobre el rostro, el olor dulce del copal que ardía en los altares tlaxcaltecas, y la brisa nocturna trayendo el eco de los búfalos y los tambores lejanos de Tenochtitlán.


Allá, Cuauhtémoc resistía aún al ejército castellano. Pero aquí, en el valle de Tlaxcala, el otro fuego ya había prendido: el de una independencia que no obedecía ni a reyes ni a dioses, solo a la voluntad humana de no someterse.



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Al amanecer, cuando el cielo se tiñó de gris y los volcanes se cubrieron de bruma, Cortés subió a una colina. Desde allí contempló la extensión conquistada. El viento soplaba entre los magueyes, llevando consigo el aroma del campo recién incendiado.


Uno de sus hombres se acercó con paso lento.

—Capitán, los tlaxcaltecas dicen que deberíais recibir una corona.


Cortés no respondió enseguida. Miró hacia el horizonte, donde el sol nacía sobre la tierra libre.

—No necesito una corona —dijo finalmente—. La mía ya está puesta: es de polvo y fuego.


Y mientras el sol se alzaba, los tambores tlaxcaltecas volvieron a sonar. En ese instante, Hernán Cortés, el desobediente, el traidor a la corona y fundador de su propio destino, fue coronado simbólicamente por la tierra misma: el eco de los volcanes, el rumor del viento y el corazón de un pueblo que, por primera vez, respiraba su propio nombre.

En una tribu maya El aire del amanecer era espeso. Un resplandor dorado atravesaba los huecos del techo de palma y se derramaba sobre los rostros reunidos en el consejo. Los tambores habían callado hacía unos minutos, y en su lugar, el sonido de los insectos, el crujir de las brasas y el murmullo de los árboles eran la respiración misma del mundo. En el centro, la hija del chamán se irguió.


Sus ojos, tan oscuros que parecían absorber la luz, miraban con una calma que inquietaba. Llevaba el cuerpo cubierto con telas teñidas de azul añil y ocre, los colores del conocimiento y de la tierra. 


—Ellos dominan metales que arden como el sol —dijo, con voz firme, que se elevó por encima del crepitar del fuego—. Sus lanzas lanzan truenos, y sus pieles de hierro desvían las flechas. Pero no son dioses. Si respiran, si sangran, si duermen... entonces pueden ser comprendidos.


El jefe de la tribu, un hombre corpulento de rostro surcado por cicatrices, la observaba en silencio. En su mano sostenía una lanza que reflejaba el fuego como si este temiera consumirse frente a ella.


—¿Y qué propones, Ixchel, hija de Ek Balam? —preguntó al fin.


Ella se inclinó brevemente, y el aroma a copal se elevó de su piel, mezclándose con el humo y el olor agrio del sudor colectivo.


—He visto sus barcos —respondió—. Bestias de madera que beben el viento y escupen fuego. He visto sus hombres en Tlaxcala, y he aprendido que no todos les temen. Los tlaxcaltecas luchan contra los mexicas, y los extranjeros les enseñan a usar su fuego. Si aprendemos nosotros también… podremos traer esa fuerza a nuestro pueblo.


Un murmullo recorrió el círculo. Las mujeres que tejían en los bordes del recinto dejaron caer los hilos, los ancianos intercambiaron miradas de sospecha. Aprender de los extranjeros sonaba a herejía, casi tanto como robarles el alma.


—Dices estudiar su poder… —replicó un viejo consejero, cuya piel parecía corteza seca—. Pero quien toca el fuego puede arder.


Ixchel sonrió apenas. Su voz descendió a un tono más suave, casi íntimo.


—No busco tocarlo, abuelo. Busco comprender su danza. El fuego puede devorar, pero también puede cocer el maíz.


El jefe asintió lentamente, mientras su mirada se perdía en las llamas. Afuera, los monos gritaban desde los árboles más altos; un papagayo lanzó un chillido que cortó el aire. La selva entera parecía esperar una respuesta.


—Hablas con la lengua de los dioses —dijo el jefe al fin—. Pero también con la astucia de una serpiente. ¿Cómo harías eso que dices?


Ella extendió sobre el suelo un lienzo de fibras secas donde había dibujado, con pigmentos naturales, un mapa. Las líneas trazaban ríos, pasos de montaña, aldeas menores. En el centro, un círculo marcaba Tlaxcala.


—Hay mercaderes que viajan con cacao y jade. Algunos ya tratan con los tlaxcaltecas. Iré entre ellos, con ofrendas. Diré que busco hierbas curativas, y que deseo aprender su lengua. Una vez dentro, observaré los talleres donde forjan el hierro y los lugares donde duermen los hombres del fuego. Aprenderé sus secretos… y los traeré de vuelta.


El silencio fue absoluto. Solo el chisporroteo del fuego y el canto distante de una rana rompían el aire. Luego, el jefe golpeó el suelo con la base de su lanza.


—Sea —dijo con solemnidad—. Pero si descubren tu engaño, no habrá rescate posible.


Ixchel alzó la barbilla. La luz del fuego se reflejó en sus ojos, y por un instante, pareció que el espíritu de la selva misma miraba a través de ella.


—Entonces moriré sabiendo que mi sangre encendió la sabiduría de nuestro pueblo.


El viento sopló desde la espesura, trayendo el olor a lluvia y tierra viva. Los tambores volvieron a sonar, lentos y graves, marcando el inicio de un destino. Ixchel salió del círculo con la cabeza alta. Detrás de ella, los ancianos murmuraban plegarias. Delante, la selva la esperaba, vasta, húmeda y temblorosa, como si supiera que en esa joven que olía a copal y jaguar se gestaba el primer pensamiento científico de su tiempo.


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