El gran ingeniero, temporada 2, capítulo 2.
El sol apenas asomaba sobre el borde del Gran Cañón, tiñendo las paredes de tonos dorados y carmesí mientras los primeros rayos se filtraban a través de las grietas de la cueva donde Victor y Yet habían pasado la noche. El aire estaba fresco, cargado con un leve aroma a tierra húmeda y a roca recién calentada por el sol de la mañana. El silencio era casi absoluto, roto únicamente por el murmullo distante del viento que serpenteaba entre las paredes del cañón y por el lejano canto de un ave solitaria.
Victor abrió los ojos con calma, observando cómo la luz bañaba las superficies irregulares de la cueva. Su respiración era tranquila, medida, mientras ajustaba los lentes de su visor integrado con la memoria de la nave, calibrando mentalmente la jornada que les esperaba.
“Es hora de explorar,” dijo finalmente, su voz resonando en el aire frío de la mañana con una calma solemne. Se incorporó con movimientos suaves, casi ceremoniosos, y comenzó a preparar su equipo. Sobre su hombro descansaba la máquina tubular portátil, un artefacto que parecía un híbrido entre un rifle futurista y un instrumento científico. Su superficie metálica brillaba con un tono gris mate bajo los primeros rayos de sol, y los tubos y conductos emitían un zumbido bajo, como si respirara por sí misma.
Yet se incorporó al mismo tiempo, restregándose los ojos con la mano libre y sujetando su garrote con firmeza. El aroma a madera fresca y a sudor de la noche anterior se mezclaba con la tierra de la cueva, creando una sensación familiar y reconfortante que contrastaba con la tensión del nuevo día.
Victor caminó hacia Yet, colocando una mano firme sobre su hombro. “No te alejes demasiado,” advirtió con seriedad. “Recuerda lo que pasó la última vez.” Su mirada era profunda, casi hipnótica, y Yet sintió la gravedad de la advertencia, como si la memoria de los peligros anteriores se materializara en el aire frío de la cueva.
Yet asintió, su mandíbula apretada mientras ajustaba la postura. La madera de su garrote, áspera y sólida, se asentaba en su mano con un peso que le daba seguridad. El viento entraba por la entrada de la cueva, trayendo consigo el aroma de la vegetación de altura y de la humedad que se acumulaba en los rincones del cañón, mezclando fragancias terrosas con el olor más limpio de la brisa matinal.
Ambos avanzaron lentamente hacia la salida de la cueva. Sus pasos levantaban pequeñas nubes de polvo que flotaban suavemente, atrapadas por los primeros rayos del sol. Las paredes del cañón reflejaban la luz de manera irregular, proyectando sombras que se alargaban y retorcían a medida que caminaban, como si la tierra misma los observara y jugara con su percepción.
Victor desplegó su máquina tubular, ajustando los controles con precisión meticulosa. Su respiración era medida, cada exhalación sincronizada con el latido de su corazón. El zumbido bajo del artefacto se mezclaba con el canto del viento, produciendo una vibración que recorría la palma de sus manos. “Mantente cerca,” repitió, su voz ahora un susurro firme mientras avanzaban hacia el cañón. “No subestimes lo que hay debajo de nosotros.”
El cañón se abría ante ellos como una garganta inmensa de roca roja y gris, sus paredes surcadas de grietas y pequeñas cuevas. La vegetación era escasa, con arbustos secos y pasto amarillento que se mecían con la brisa matinal. Cada sonido —el crujido de las piedras bajo sus pies, el silbido del viento entre las rocas, el zumbido de la máquina tubular— parecía amplificado por la inmensidad del entorno, creando una sensación de expectación constante.
Mientras exploraban, un fenómeno extraño comenzó a manifestarse. La tierra bajo sus pies tembló levemente, una vibración apenas perceptible que se propagaba a través de las rocas. Victor se detuvo, levantando la mano para indicar silencio. El zumbido de su máquina aumentó ligeramente, como si detectara una anomalía. Yet apretó el garrote, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
De repente, la tierra comenzó a abrirse. Del suelo emergieron figuras delgadas y humanoides, con extremidades desproporcionadamente largas y cabezas ovaladas. Sus cuerpos parecían formados por un material orgánico extraño, húmedo y brillante, con garras que se extendían como hojas metálicas. Un olor acre y terroso impregnó el aire, mezclándose con el aroma fresco del cañón y el sudor de Yet. Cada criatura emitía un siseo bajo, un sonido que resonaba en el aire y en los huesos de quienes lo escuchaban.
Yet reaccionó primero. Con un grito de batalla que resonó entre las paredes del cañón, levantó su garrote y se lanzó hacia la criatura más cercana. Cada movimiento era potente y calculado; el garrote golpeaba con un sonido sordo y contundente, partiendo la carne extraña y húmeda de la criatura. El olor a sangre y tierra se intensificó, mezclándose con el aroma metálico de su arma tubular que Victor sostenía con firmeza.
Victor, mientras tanto, apuntó su máquina tubular hacia otra de las criaturas. Con un disparo controlado, un rayo de plasma emergió del cañón del dispositivo, iluminando la escena con un brillo azul y quemando la figura de la criatura en un estallido de vapor y chisporroteo. El aire vibró con la energía liberada, y el calor intenso quemó el polvo cercano, creando un efecto de ondulación en el ambiente.
Yet continuaba su ataque, girando y golpeando con precisión, sintiendo la tensión de la batalla recorrer cada fibra de su cuerpo. El garrote parecía una extensión de su voluntad; cada golpe generaba un impacto sonoro que resonaba en el cañón y hacía que la criatura cayera en pedazos. El hedor de la carne y la tierra se mezclaba con la sensación metálica del aire cargado de energía, creando un ambiente casi irreal.
Victor avanzaba con calma, cada disparo calculado, observando cómo las criaturas caían ante el rayo de plasma. El sonido era intenso, un chasquido eléctrico que se combinaba con los silbidos y rugidos de las figuras que aún permanecían de pie. La luz azul del plasma reflejaba en sus lentes, proyectando destellos en las paredes del cañón y en la piel de Yet, resaltando el sudor y la concentración en su rostro.
En un momento, una criatura logró esquivar el ataque de Victor y se lanzó hacia él con una velocidad sorprendente. Su garras cortaron el aire, produciendo un silbido agudo. Victor reaccionó instintivamente, moviéndose con agilidad y disparando un rayo de plasma que impactó de lleno en la criatura, desintegrándola en una explosión de vapor y olor a ozono.
Yet terminó con la última de las criaturas que lo rodeaba, levantando su garrote una vez más antes de que se desplomara definitivamente. Su respiración era rápida y pesada, cada exhalación llenando el aire de humedad y tensión. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, mientras el sonido de la lucha se disipaba lentamente, dejando un silencio pesado y cargado de adrenalina.
Victor bajó su máquina, exhalando con un suspiro de alivio y fascinación. “Extraordinario… cada una de estas criaturas tiene una estructura biológica que desafía toda comprensión conocida,” murmuró, inclinándose para examinar los restos de la criatura que había aniquilado. El olor a carne quemada y a tierra húmeda todavía flotaba en el aire, mezclándose con la brisa fresca del cañón.
Yet se acercó, su garrote descansando sobre su hombro, y observó a su amigo con una mezcla de respeto y orgullo. “Si sigues así, no habrá nada que pueda sorprenderte,” dijo con una sonrisa breve, mientras limpiaba la empuñadura de su arma con un paño improvisado.
Victor asintió lentamente, pero su mirada ya se dirigía hacia el horizonte, donde las paredes del cañón se encontraban con el cielo azul intenso. “Rápido… debemos regresar a la nave,” dijo finalmente. La urgencia en su voz no era tanto por las criaturas, sino por el fenómeno que podrían provocar al permanecer en la zona más tiempo.
Ambos corrieron hacia la nave, sus pasos levantando polvo y pequeñas piedras que crujían bajo sus pies. El aire fresco del cañón se mezclaba con el aroma metálico de la máquina tubular y con el hedor de la batalla reciente, creando un olor penetrante que impregnaba su ropa y su piel.
Desde una loma cercana, un clan de indios observaba la escena con asombro y reverencia. Sus ojos reflejaban el horror y la fascinación, mientras los tambores invisibles de la emoción resonaban en sus corazones. Los aldeanos habían visto a los dos hombres luchar contra lo imposible, y cada movimiento quedaba grabado en su memoria como un acto de poder y dominio sobre la tierra y sus secretos.
Victor y Yet llegaron finalmente a la nave, jadeando levemente pero con la adrenalina aún corriendo por sus venas. La esfera metálica esperaba silenciosa, su superficie reflejando la luz del sol matinal con un brillo iridiscente. El zumbido bajo de sus sistemas parecía darles la bienvenida, como un recordatorio de que estaban a salvo por el momento, aunque el mundo bajo ellos seguía lleno de misterios y peligros.
Yet subió primero, apoyando el garrote en la pared interna de la nave, mientras Victor cargaba su máquina tubular con movimientos medidos, sintiendo el calor que emanaba de sus tubos y el peso firme en sus manos. La puerta de la nave se cerró con un susurro metálico, sellando la escena del cañón y dejando atrás el olor a tierra y criaturas que aún flotaba en el aire.
Ambos se sentaron brevemente en la cubierta, respirando hondo y permitiendo que la tensión acumulada se disipara lentamente. El aroma del metal y del aire limpio de la altura llenaba sus pulmones, mientras la nave comenzaba a elevarse nuevamente, ascendiendo hacia el cielo azul. Desde su posición elevada, el cañón aparecía como un laberinto de sombras y luces, testigo silencioso de la batalla que había tenido lugar, y de la destreza y fuerza de los dos exploradores que se atrevieron a desafiar lo desconocido.
Victor giró hacia Yet, sus ojos reflejando la determinación y la curiosidad que siempre lo habían definido. “Lo que vimos hoy… es solo el principio,” dijo, su voz firme, aunque teñida de anticipación. “Hay más bajo la tierra… secretos que esperan ser descubiertos. Y nosotros seremos quienes los encuentren.”
Yet asintió, el garrote descansando sobre sus piernas mientras su mirada se perdía en la inmensidad del horizonte. El sol ya se elevaba sobre el Gran Cañón, iluminando cada grieta, cada roca y cada sombra, como si la naturaleza misma marcara el inicio de un nuevo día de descubrimientos y peligros.
El zumbido constante de la nave se mezclaba con el silencio del cañón y con la respiración tranquila de los exploradores, creando una armonía extraña entre el peligro vivido y la seguridad relativa del momento. A lo lejos, el clan de indios todavía los observaba, grabando en su memoria cada movimiento, cada gesto, cada disparo de plasma, como una historia que sería contada durante generaciones, un relato de fuerza, misterio y supervivencia.
Y así, mientras la nave se alejaba lentamente, la tierra bajo ellos parecía recuperar su calma, aunque el eco de la batalla y la presencia de lo desconocido permanecían, esperando el siguiente encuentro, la siguiente exploración, la siguiente oportunidad de desafiar lo imposible.
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