El gran ingeniero, temporada 2, capitulo 1.
El interior de la enorme nave esférica vibraba suavemente mientras surcaba el cielo, el zumbido de los motores resonando en los paneles metálicos y haciendo temblar apenas los cristales que ofrecían una vista panorámica de la tierra que quedaba atrás. Victor y Yet se encontraban en la cubierta central, rodeados por luces tenues que reflejaban un halo azulado sobre sus rostros, y por la ventana, la aldea Nuca aparecía pequeña y solitaria, como un punto olvidado entre el verde de los bosques. Las casas de madera parecían frágiles desde la altura; las calles, antes bulliciosas, ahora se encontraban vacías, y el aroma a leña quemada y tierra mojada flotaba en la memoria de Yet como un recuerdo distante.
Victor caminó lentamente hacia la gran consola de navegación, sus dedos rozando suavemente los controles fríos y lisos mientras observaba el horizonte del continente extenderse ante ellos. “Yet”, dijo con su voz serena, cargada de la calma habitual que escondía siempre algo de determinación, “he estado pensando en nuestro próximo destino. Las famosas 13 colonias… deberíamos ir allí.”
Yet frunció el ceño, su mirada fija en la distancia, intentando imaginar lo que Victor describía. “¿Dónde queda eso?”, preguntó, su voz grave resonando apenas por encima del murmullo constante de la nave. Su corazón latía con una mezcla de curiosidad y una inquietud apenas perceptible; la idea de alejarse más de la aldea, de su esposa, le producía un peso en el pecho.
Victor giró hacia él, la luz de los paneles haciendo brillar sus ojos con un reflejo casi metálico. “Al otro lado del continente”, explicó con firmeza, señalando un mapa holográfico que se proyectaba frente a ellos. Las formas de montañas, ríos y costas se delineaban en azul y verde sobre la superficie flotante, mientras el aire en la nave olía a metal y ozono, como si la electricidad de los sistemas de propulsión impregnara todo a su alrededor.
Yet permaneció en silencio por un momento, luego preguntó con cautela: “¿Vamos a dejar la aldea sola?” Su voz llevaba un matiz de preocupación, un hilo de duda que apenas se atrevía a pronunciar.
Victor sonrió, con una mezcla de confianza y nostalgia. “Estarán bien ahora. Los tincas han sido expulsados. La aldea puede mantenerse por sí misma.” El sonido suave de la brisa que se filtraba por las rendijas de la nave se mezclaba con el zumbido de los sistemas, y Yet sintió un extraño vacío en el estómago, como si la certeza de Victor no alcanzara a llenar la ausencia de su hogar.
“¿Y… mi esposa?”, preguntó Yet finalmente, la palabra saliendo con un dejo de miedo y resignación.
Victor se acercó, apoyando una mano sobre su hombro, firme pero tranquilizadora. “Nos despediremos. Será breve, pero suficiente."
Yet asintió con suavidad, dejando que la aceptación reemplazara a la resistencia. Un suspiro escapó de sus labios, mezclándose con el murmullo constante de la nave. Por un instante, solo se escuchó el zumbido mecánico y el latido de su propio corazón, un recordatorio silencioso de que el mundo que conocían quedaba atrás, y que un nuevo viaje los esperaba al otro lado del continente.
Mientras la nave giraba, inclinándose hacia el este, los rayos dorados del sol poniente se colaron por las ventanas, pintando la cubierta con sombras largas y cálidas. Victor y Yet, lado a lado, contemplaron la tierra que se alejaba, sintiendo una mezcla de anticipación y nostalgia, y en el aire quedó suspendida la promesa de aventuras por venir, mientras la aldea Nuca, pequeña y abandonada, desaparecía lentamente de su vista.
La aldea Nuca se extendía ante ellos como un tapiz vivo de madera y barro, iluminada por la luz cálida del sol que acariciaba los techos y las hojas de los árboles. Victor y Yet descendieron de la enorme nave esférica, cuyos paneles metálicos brillaban con reflejos dorados, mientras el zumbido residual del motor reverberaba en el aire, como un murmullo ancestral que parecía despertar la curiosidad y el temor de los aldeanos.
El aroma de la tierra húmeda y de la madera quemada flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de las flores silvestres que crecían entre las casas. Desde la plaza central, la tribu los observaba, agrupada en un semicírculo, con ojos que reflejaban una mezcla de respeto, miedo y expectación. Los tambores comenzaron a sonar, bajos y graves, resonando en el pecho de los presentes y haciendo que cada paso sobre la tierra vibrara con un eco casi ritual.
Victor y Yet avanzaron con calma hacia el centro de la plaza, los pies levantando un leve polvo que se filtraba en los respiraderos de la nave y en la ropa de los aldeanos. Las lenguas tribales se mezclaban en un murmullo que se apagaba cada vez que Victor levantaba la voz, firme y serena: “Hijos de Nuca, escuchen. La nave que ven ante ustedes no es una máquina cualquiera, sino un objeto divino. Los dioses nos llaman, y debemos regresar a ellos.”
El viento movió suavemente las hojas de los árboles, produciendo un susurro que parecía reforzar sus palabras, mientras la luz del sol reflejaba destellos en los paneles metálicos, creando un efecto casi sobrenatural que hipnotizaba a la tribu. Los tambores disminuyeron su ritmo, y un silencio reverente cubrió la plaza como un manto pesado.
Yet permaneció a un lado, su cuerpo erguido y firme, pero su respiración denotaba la tensión que sentía. A su alrededor, el aroma de la madera recién cortada y de la tierra cálida se mezclaba con la fragancia de los ritos antiguos, y podía escuchar, casi como un eco, los pasos y murmullos de los ancianos que se acercaban a ofrecer incienso y pequeñas ofrendas.
Victor continuó, su voz resonando con un poder inesperado: “Nosotros, elegidos por los dioses, debemos ascender. La nave nos llevará a su morada, donde los que nos esperan contemplan nuestro destino. Sean testigos de esta ceremonia y acepten que nuestro camino no es suyo, pero nuestra protección permanece sobre ustedes.”
Los aldeanos, guiados por la superstición y el respeto hacia la sabiduría de Victor, inclinaron la cabeza en señal de obediencia y reverencia. Algunos se arrodillaron, otros levantaron las manos al cielo, y un murmullo colectivo de aceptación llenó la plaza, mezclándose con el aroma a humo de las ofrendas y la vibración lejana de los tambores.
Yet respiró hondo, sintiendo la mezcla de tristeza y resolución que lo acompañaba desde la partida de su aldea. Victor le lanzó una mirada breve pero cargada de entendimiento, y juntos subieron nuevamente a la nave, dejando atrás la tierra que los había visto crecer. La puerta de la esfera se cerró con un susurro metálico, y mientras el zumbido del motor aumentaba, la aldea quedó pequeña bajo ellos, bañada por la luz dorada del atardecer y por la certeza de que habían cumplido su ceremonia, tanto para los dioses como para los hombres.
El sol del Gran Cañón comenzaba a ocultarse tras los acantilados rocosos, tiñendo las paredes de la gigantesca hendidura de tonos rojos y dorados que parecían arder con la luz del crepúsculo. Victor, de dieciocho años, sus músculos tensos tras largas jornadas de trabajo, inspeccionaba el terreno mientras Yet cargaba su habitual garrote sobre el hombro, un hábito aprendido durante los meses de su estadía en la aldea Nuca. La madera del garrote, áspera al tacto, desprendía un aroma terroso mezclado con el sudor del guerrero. La brisa del cañón traía consigo el olor seco de la roca y la levedad del aire frío de la altura, un contraste con la calidez que había cubierto la jornada.
Ambos habían trabajado desde la primera luz hasta el ocaso, moviendo escombros, reforzando la zona que sería su asentamiento temporal y explorando cavidades rocosas que podrían servir como refugio. Ahora, mientras el cielo se oscurecía en un azul profundo y las primeras estrellas titilaban, se preparaban para descansar. Yet, a lado de victor, se inclinó para colocar el garrote en la entrada de la cueva improvisada, una especie de señal que para él representaba seguridad y preparación.
El silencio dominaba el lugar, interrumpido solo por el murmullo del viento que se colaba entre las grietas de la roca y el lejano canto de un ave nocturna que daba vueltas sobre el cañón. Las sombras alargadas de las paredes rocosas parecían moverse con vida propia, y la luz de la luna comenzaba a delinear sus formas sobre el suelo rugoso. Victor suspiró, dejando escapar el cansancio acumulado, mientras cerraba los ojos un instante para absorber la quietud del momento.
Sin previo aviso, un crujido metálico rompió la calma. De la compuerta lateral de la nave, que descansaba sobre el borde de la meseta, emergió una figura que parecía surgir de la nada. Los ojos en blanco del intruso reflejaban un brillo antinatural, y su semblante era idéntico al de los habitantes de Nuca, un espejo aterrador de la realidad que Victor había dejado atrás semanas antes. Su piel, ligeramente más pálida por la luz de la luna, parecía brillar con un resplandor fantasmal, y su presencia imponía un silencio inmediato, como si la propia gravedad del cañón contuviera la respiración.
El sujeto caminó hacia ellos con movimientos precisos, cada paso resonando sobre la roca con un eco metálico que hacía vibrar los nervios. En su mano sostenía una pluma, pequeña y aparentemente inofensiva. Victor frunció el ceño, percibiendo de inmediato que había algo extraordinario en la forma en que la luz de la luna se reflejaba en ella. Antes de que pudiera reaccionar, la pluma comenzó a vibrar, ondulando ante sus ojos como si tuviera voluntad propia. En un instante, bajo un fenómeno que Victor percibió casi como manipulación molecular, la pluma se transformó en una lanza, sólida y letal, que el sujeto lanzó con una precisión aterradora.
Victor reaccionó de inmediato. Su entrenamiento y reflejos le permitieron esquivar la lanza con un movimiento ágil; la punta rozó el aire sobre su hombro, produciendo un silbido cortante que le hizo sentir el frío de la muerte rozando su piel. El sujeto no dudó ni un instante: se lanzó de nuevo hacia él, con los brazos extendidos y un grito que resonaba en sus propias mandíbulas, cargado de una agresividad sobrenatural.
Yet, percibiendo la amenaza, sintió un instinto que no había experimentado antes. Su mirada se enfocó en Victor, y la necesidad de protegerlo prendió un fuego interno que lo hizo olvidar el cansancio. Su cuerpo imponente se tensó, los músculos de sus brazos se endurecieron, y el garrote, pesado y sólido, se convirtió en una extensión de su voluntad. Con un giro rápido y potente, golpeó la cabeza del atacante con tal fuerza que el cráneo se partió en un estallido húmedo y sordo. El sonido, grotesco y real, resonó por el cañón como un tambor macabro, y el cuerpo del sujeto cayó al suelo, inerte, con un golpe que levantó polvo y pequeñas piedras a su alrededor.
Victor, aún con el corazón acelerado, se acercó para observar el resultado. Lo que vio lo fascinó y horrorizó a la vez: del cadáver emergía una especie de gusano negro, de tamaño aproximado al de una rana, que se retorcía y reptaba con movimientos bruscos y erráticos. Su superficie brillaba con un lustre húmedo y aceitoso, y el aroma que emanaba, un hedor dulzón y terroso, llenaba el aire con un olor desagradable pero intrigante. Victor inclinó la cabeza, casi como un pez curioso, estudiando la criatura con ojos llenos de asombro científico.
“Yet… ¿qué es eso?” preguntó con la voz teñida de fascinación, sus dedos extendiéndose casi instintivamente para tocarlo.
Yet, sin dudarlo, levantó su garrote nuevamente y, con un golpe seco y contundente, pulverizó al gusano contra las rocas. Un sonido húmedo y crujiente acompañó la acción, y pequeñas motas negras se esparcieron sobre el suelo rugoso. El hedor se intensificó por un momento, antes de disiparse lentamente con la brisa nocturna.
Victor frunció el ceño, la curiosidad científica mezclándose con frustración. “que hiciste?"
Yet suspiró, dejando caer el garrote con un ruido seco que resonó en la cueva improvisada. Su rostro, iluminado por la tenue luz de la luna que se filtraba por la entrada, estaba grave pero sereno. “acabé con la alimaña."
Victor asintió lentamente, comprendiendo la lógica inquebrantable de su amigo, aunque una chispa de frustración permanecía en sus ojos. “Podría haber estudiado el cuerpo …” murmuró, más para sí mismo que para Yet.
Yet se encogió de hombros y señaló al cuerpo del sujeto: “Entonces estudia El cadaver"
Victor se inclinó sobre el cadáver, observando los detalles: los ojos en blanco que ahora habían perdido su brillo sobrenatural, la piel fría y tensa bajo la luz lunar, y los patrones sutiles que recordaban a la tribu Nuca, como si una especie de copia molecular hubiera sido activada por algún mecanismo desconocido en la nave. Las manos de Victor rozaron cuidadosamente la piel muerta, sintiendo la textura y la temperatura, mientras Yet permanecía a su lado, la respiración pesada y constante, atento a cualquier amenaza que pudiera surgir de nuevo.
La cueva se llenó de un silencio pesado tras la muerte del sujeto y del gusano, un silencio que parecía absorber el sonido del viento y los ecos distantes del cañón. Las paredes rocosas reflejaban tenuemente la luz de la luna, haciendo que la escena se viera casi teatral, como si fueran actores atrapados en un escenario natural y hostil.
Victor finalmente se incorporó, respirando hondo para calmar su corazón acelerado. “Tenemos mucho que registrar. Esto… esto es extraordinario, Yet. Algo que podría cambiar nuestra comprensión de la biología de la región.”
Yet lo miró con una mezcla de respeto y cansancio. “Entonces estudia el cadáver. Pero descansa. Lo demás puede esperar hasta mañana.”
Victor asintió, dejando que la mente comenzara a ordenar los pensamientos mientras el sonido del viento que atravesaba la grieta del cañón se mezclaba con el leve murmullo de la nave suspendida sobre la meseta. La noche se cerraba a su alrededor, densa y silenciosa, pero cargada de posibilidades y peligros que aún no comprendían del todo.
Yet se recostó sobre una roca, el garrote junto a él, y cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión del día se disipaba lentamente. Victor permaneció de pie, estudiando cada detalle del cadáver, los patrones en la piel, los ojos vacíos, las extremidades rígidas, registrando mentalmente cada elemento que podría explicar el fenómeno. Afuera, la luna iluminaba la escena con un resplandor frío, casi quirúrgico, mientras el cañón respiraba con ellos, observando en silencio los secretos que apenas comenzaban a descubrir.
El cielo del Gran Cañón se oscurecía lentamente mientras la luna alcanzaba su cenit, bañando la roca roja con un resplandor plateado que parecía reflejar la tensión en el aire. La enorme nave esférica, suspendida sobre la meseta, emitía un zumbido bajo y constante, como el latido de un corazón mecánico cansado. Victor y Yet se encontraban en el interior, rodeados por el suave resplandor azul de los paneles de control. La atmósfera estaba cargada de un olor metálico, mezclado con la humedad que se filtraba desde los sistemas de refrigeración del casco.
Victor observaba las pantallas con el ceño fruncido, notando irregularidades en los indicadores. “Yet… algo no está bien. Los sistemas de propulsión… están fallando”, murmuró, su voz apenas audible sobre el zumbido de los motores.
Yet, sujetando su garrote aún impregnado del polvo del día, se acercó a una consola cercana, percibiendo vibraciones inusuales bajo sus pies. La sensación era extraña, como si cada panel y cada botón vibrara con una intención propia, una alerta silenciosa que recorría el metal del suelo hasta sus huesos.
De pronto, un chirrido agudo y prolongado retumbó en las paredes de la nave. Las compuertas laterales comenzaron a cerrarse automáticamente con un movimiento pesado y mecánico, sellando todo escape posible. Victor y Yet intercambiaron una mirada rápida; el corazón de ambos latía con fuerza, cada golpe resonando en sus pechos como un tambor de guerra. La nave temblaba levemente, y pequeñas chispas saltaron de los paneles de control, liberando un olor acre a electricidad quemada y ozono que picaba en la nariz y la garganta.
Victor se acercó a uno de los asientos de hibernación, la luz azul de los paneles reflejándose en sus ojos. “Yet… parece que… nos están poniendo en camara de inactividad”, dijo, con un tono que mezclaba sorpresa y una fría aceptación. Su respiración se volvió más lenta, como si ya anticipara el letargo que se aproximaba.
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