El gran ingeniero: el especial.
El amanecer filtraba su luz dorada a través de las nubes del altiplano, tiñendo la superficie metálica de la nave con reflejos cálidos que parecían respirar junto con el entorno. El aire era frío y puro, cargado con ese aroma limpio que solo existe en las alturas después de una noche de tormenta. Dentro, el silencio solo era interrumpido por el zumbido constante de los mecanismos en reposo y el tenue chasquido de los sensores ajustándose al nuevo día.
Victor y Yet estaban de regreso, con el barro aún seco en sus botas y la tensión de la noche anterior todavía vibrando en sus músculos. La escotilla se cerró detrás de ellos con un suave siseo hidráulico, aislándolos del viento cortante. El interior de la nave olía a metal templado, ozono y aceite sintético: una mezcla que, para Victor, significaba seguridad.
Victor no respondió enseguida. Se dirigió hacia una mesa de trabajo llena de instrumentos desarmados y fragmentos de circuitos brillantes. Sobre la superficie descansaba un pequeño cubo metálico, del tamaño de una mano cerrada, con líneas luminosas que pulsaban débilmente, como el ritmo pausado de un corazón dormido. Lo tomó entre sus dedos y lo observó con detenimiento.
—Esto —dijo finalmente, alzando el artefacto hacia la luz— es un traductor universal.
Yet entrecerró los ojos, fascinado por los reflejos azulados que recorrían la superficie del cubo. —¿Traductor?
Victor asintió, girando la pieza lentamente. —Analiza las ondas sonoras, las interpreta, y luego reproduce el mensaje en la lengua que el oyente pueda entender. Puede traducir cualquier idioma... incluso aquellos que ya no existen.
—¿Y cómo funciona?
Victor lo colocó sobre la mesa; un pequeño zumbido se elevó cuando el dispositivo se activó, proyectando un velo translúcido de símbolos flotantes en el aire. —Absorbe los patrones de vibración de la voz, los compara con un banco universal de fonemas y sintaxis, y los reorganiza en tiempo real. En términos simples... convierte la incomunicación en historia.
Yet sonrió, esa sonrisa curiosa de quien mezcla asombro y respeto. —Siempre consigues que suene fácil.
—No lo es —respondió Victor, ajustando el cubo hasta que un tono agudo indicó calibración completa—. Pero será necesario. Si mis cálculos son correctos, y nunca me equivoco, los nativos estarán esperándonos allá afuera.
El silencio que siguió fue denso, cargado de expectativa. Ambos se colocaron las capas térmicas y abrieron la escotilla. Un viento helado se coló de inmediato, agitando sus ropas y llevando consigo el olor a tierra húmeda, hojas aplastadas y humo distante.
El sol ascendía entre las montañas, derramando un brillo anaranjado sobre el claro donde habían aterrizado. La luz caía sobre los bordes curvos de la nave, haciéndola relucir como un fragmento caído del cielo. Frente a ellos, a unos veinte metros, estaban los hombres de la tribu.
Eran unos cien, tal vez más. Sus cuerpos, pintados con pigmentos ocres y rojos, parecían surgir del propio paisaje. Sostenían lanzas y arcos, pero no atacaban. Solo observaban, tensos, con los ojos abiertos y un miedo reverencial en sus rostros curtidos por el sol.
El silencio entre ambos grupos era absoluto, interrumpido solo por el susurro del viento entre los arbustos secos. El aroma de la resina quemada llegaba desde los collares de protección que colgaban de los cuellos de los indígenas.
Victor activó el cubo, que emitió un suave resplandor azulado y un sonido semejante a un suspiro eléctrico. Una onda invisible recorrió el aire. Los guerreros dieron un paso atrás, murmurando algo en su lengua.
—No teman —dijo Victor con voz firme.
El traductor vibró, y de inmediato, en el aire, se escuchó la misma frase reproducida con acento indígena perfecto, como si uno de ellos la hubiera pronunciado. Los hombres se miraron entre sí, confundidos, maravillados.
Uno de los ancianos dio un paso al frente, su mirada fija en Victor. Sus labios se movieron lentamente, pronunciando palabras guturales que el cubo transformó en una voz grave y serena:
—¿Quiénes son ustedes?
El viento levantó un torbellino de polvo dorado a su alrededor. Victor observó el rostro del anciano, luego a Yet, y respondió con calma, mientras el cubo traducía:
—Somos viajeros... y solo buscamos entender.
El eco de las palabras, humanas y metálicas a la vez, flotó sobre el claro. Por un instante, todos parecieron contener la respiración. Y así, bajo el cielo del altiplano, la historia del contacto entre dos mundos acababa de comenzar.
El fuego crepitaba en el centro del círculo, lanzando chispas que ascendían hacia el cielo nocturno, donde millones de estrellas titilaban con una claridad casi sobrenatural. El aire olía a madera quemada, a grasa animal derretida y a tierra húmeda. Los sonidos de la noche —el croar lejano de los sapos, el silbido del viento entre las cañas, el crujido de los insectos— tejían un fondo sonoro hipnótico mientras Victor, sentado sobre una piedra plana, observaba a los hombres de la tribu reunidos frente a él.
Horas después:
Las sombras bailaban sobre sus rostros pintados con barro y pigmentos rojos, haciendo que sus expresiones parecieran vivas, mutables, como si los dioses antiguos los observaran desde el fuego mismo. El anciano que los lideraba, de cabello blanco y trenzas gruesas, se inclinó hacia Victor, sus ojos reflejando el fuego como dos carbones encendidos.
—Aquello que enfrentaron… —comenzó el viejo con voz grave, arrastrando las palabras como si pesaran siglos— …no son bestias comunes. Son los guardianes del oro sagrado.
Victor frunció el ceño. La brisa fría del altiplano le rozó la piel, trayendo consigo el aroma mineral del lago cercano. En su memoria aún resonaba el eco del combate: las criaturas surgiendo de la tierra húmeda, sus cuerpos delgados y deformes, la piel grisácea, las garras centelleando bajo el sol.
—¿Guardianes? —preguntó con tono incrédulo
El anciano cerró los ojos, inhaló profundamente y levantó su bastón adornado con plumas secas. —Hace mucho tiempo, antes de que los hombres camináramos por estas tierras, el cielo se abrió con un trueno que no era trueno. De las nubes bajaron los Amauta del Fuego, seres de rostro brillante y mirada fría. Trajeron herramientas que quemaban la tierra y la moldeaban como si fuera barro.
El viento avivó las llamas, y el fuego iluminó los rostros expectantes de los guerreros jóvenes. Victor los observó, sintiendo cómo el calor del fuego le secaba los labios.
—Pero —continuó el anciano—, los Amauta no se quedaron. Cuando tomaron lo que buscaban, dejaron tras de sí a sus sirvientes: seres sin alma, hechos de carne y sombra. Guardianes eternos del oro. Nadie puede acercarse a los montes o los lagos donde lo enterraron sin despertar su furia.
Un murmullo recorrió el círculo. Las mujeres apretaban a sus hijos contra el pecho. Algunos hombres trazaron símbolos de protección sobre el suelo.
Victor cruzó los brazos, con el brillo del fuego reflejándose en los cristales de sus gafas.
Victor bajó la mirada hacia el fuego, observando cómo una brasa se desmoronaba lentamente, dejando una estela de humo azul. En su mente, sin embargo, las palabras del anciano resonaban con una lógica inquietante. No dioses, pensó, sino visitantes… entidades tecnológicamente avanzadas que el hombre primitivo confundió con divinidades.
—Giordano Bruno… —murmuró para sí, más como un pensamiento que como una declaración—. Hace siglos habló de infinitos mundos habitados, de inteligencias diseminadas por el cosmos… y murió quemado por decirlo.
El anciano lo observó, sin comprender las palabras, pero reconociendo en su tono el peso de algo importante.
Victor levantó la vista. —Tal vez no fueron dioses los que vinieron, sino viajeros… exploradores como nosotros —dijo con voz baja, casi reverente.
El viento sopló más fuerte, apagando parte del fuego y haciendo que las sombras se alargaran como espectros danzantes sobre las paredes de roca. Los indios guardaron silencio, como si una presencia invisible hubiera pasado entre ellos.
Victor, mirando el cielo tachonado de estrellas, sintió que el universo le devolvía la mirada. En aquel instante, comprendió que la verdad no estaba ni en los mitos ni en la ciencia… sino en el espacio intermedio donde ambas se rozan.
Días después:
El amanecer filtraba su luz dorada a través de las rendijas de la nave esférica, bañando el laboratorio improvisado en un resplandor cálido que contrastaba con el brillo metálico de las superficies. El aire dentro estaba cargado de un olor peculiar: mezcla de ozono, grasa quemada y materia orgánica en descomposición. Los instrumentos de Victor emitían un zumbido constante, interrumpido solo por el sonido de sus dedos tecleando sobre los paneles luminosos que flotaban frente a él.
En el centro de la sala, sobre una mesa de acero pulido, yacían los restos de dos de aquellas criaturas que habían enfrentado días atrás. La piel grisácea de los cuerpos parecía brillar bajo la luz artificial, y el líquido negruzco que había escurrido de las heridas se había endurecido en una textura resinosa. El ambiente olía a hierro, a humedad antigua, y a algo más profundo, más biológico: una podredumbre que se mezclaba con el perfume metálico del aire reciclado.
Yet permanecía de pie junto a la pared, el garrote apoyado en su hombro, observando en silencio los movimientos de Victor. Cada tanto fruncía el ceño, incómodo ante el sonido húmedo de los instrumentos que cortaban la carne muerta.
Victor, con una expresión de concentración casi religiosa, levantó una de las extremidades de la criatura más grande. La piel se tensó, revelando tendones oscuros y fibras que pulsaban ligeramente al contacto con la herramienta eléctrica.
—Mira esto, Yet —dijo Victor, con la voz baja, casi hipnotizado—. El tejido sigue respondiendo a impulsos eléctricos incluso después de muerto. Fascinante.
Yet se acercó un poco, el rostro endurecido por la desconfianza. —¿Qué son exactamente? —preguntó, rompiendo el silencio.
Victor se enderezó, tomó una pequeña toalla para limpiar sus manos manchadas de líquido oscuro y lo miró con esa calma fría que siempre lo caracterizaba. —Obreros —respondió finalmente—. Criaturas diseñadas, no nacidas. Fueron traídas aquí por aquellos que los indios llaman dioses. Su función era una sola: excavar el oro de las cavernas, día y noche, sin detenerse, sin cuestionar.
El sonido de las palabras flotó en el aire, pesado. Yet frunció el ceño. —¿Diseñadas? ¿Por los mismos seres del cielo de los que hablaban los indios?
Victor asintió lentamente. —Exacto. Fueron construidas biológicamente. Su piel, sus músculos, su capacidad de resistencia... Todo en ellos está optimizado para el trabajo bajo tierra. Mira sus manos. —Tomó una de las extremidades y la levantó a la altura de la luz. Las garras alargadas reflejaron el brillo azulado con un destello afilado. —Estas estructuras son perfectas para cavar, para rasgar roca y tierra. Y observa el sistema nervioso —añadió, colocando un pequeño tubo conectado a un generador portátil—. No es del todo orgánico. Tiene rastros metálicos, partículas conductoras. Son híbridos, Yet. Mitad carne, mitad máquina.
Yet observó con asombro y algo de repulsión. La idea de que algo vivo pudiera ser hecho así lo perturbaba. —¿Entonces los dejaron aquí… solos?
Victor asintió, manipulando un dial en su consola. —Exacto. Abandonados para cuidar lo que sus creadores consideraban valioso. El oro… el mismo metal que en nuestro mundo los hombres veneran y matan por obtener.
Un sonido eléctrico llenó la habitación. Victor tomó un fino cable conectado a una pequeña bobina y lo acercó al cuerpo del primer espécimen. El aire se cargó de un aroma a ozono y humo. Un leve destello azul recorrió la piel del cadáver, y de pronto, el brazo de la criatura se movió con un espasmo seco, golpeando la mesa con un golpe sordo.
Yet dio un paso atrás, instintivamente apretando el mango de su garrote. —¿Está vivo?
Victor sonrió, con una chispa de satisfacción en los ojos. —No. Solo sus nervios responden a la electricidad. Observa. —Aumentó la intensidad, y el brazo comenzó a temblar, luego a contraerse con movimientos espasmódicos, como si tratara de recuperar la vida. —Una ligera carga electromagnética puede hacer que su sistema nervioso reaccione. Es lo que debió mantenerlos activos por tanto tiempo bajo tierra. Algún tipo de campo energético los alimenta.
El zumbido del generador creció, y el olor metálico se intensificó. El segundo cuerpo comenzó a moverse también, las garras arañando el aire con un chirrido áspero.
Victor apagó el dispositivo. Los cuerpos se relajaron, inertes otra vez. El silencio que siguió fue pesado, como si la habitación contuviera la respiración.
Yet habló en voz baja: —Da miedo pensar que pudieron moverse así estando muertos.
Victor lo miró con una calma casi indiferente. —El miedo no sirve aquí, Yet. El conocimiento sí. Y ahora lo tenemos.
Se giró hacia la consola principal de la nave y comenzó a ingresar datos. En las pantallas flotantes se proyectaban esquemas anatómicos, pulsos eléctricos, mapas neuronales. El rostro de Victor se iluminaba con cada destello de información.
—Con esto —dijo, sin apartar la vista— podemos entender cómo funcionan. Y más importante aún… cómo detenerlos.
Horas después:
La aurora se alzaba perezosa, tiñendo de rojo las laderas de la montaña. El aire olía a humedad mineral, a cobre y a la tensión previa a una tormenta. Los indios se movían silenciosos entre las piedras, cubiertos con pigmentos de guerra que relucían bajo la tenue luz. Habían aceptado el plan de Víctor con una mezcla de temor y devoción: el hombre del fuego celeste había prometido librarlos de los demonios que custodiaban el oro maldito.
Víctor, mientras tanto, ajustaba los últimos parámetros de su antena portátil, un artefacto delgado, de filamentos metálicos que vibraban al contacto con la brisa. A cada roce chispeaban con un zumbido agudo, casi imperceptible, como el murmullo de insectos eléctricos.
—Listo —dijo, sin levantar la vista—. En cuanto la señal penetre la roca, se moverán hacia nosotros.
Yet observaba en silencio. Tenía el torso desnudo, cubierto de cicatrices antiguas y con el garrote apoyado en el suelo. La piel curtida por el sol brillaba con el sudor del amanecer. Miraba a Víctor como si intentara descifrar un lenguaje de otro mundo, y quizá así era.
—¿Y si algo sale mal? —preguntó, rompiendo el silencio.
Víctor sonrió apenas, esa sonrisa suya de certeza matemática.
—Nada sale mal cuando se entiende el mecanismo.
Encendió la antena. Un pulso azul, apenas visible, se expandió por el aire. El suelo tembló, leve al principio, como si la montaña respirara. De pronto, un eco profundo recorrió las galerías subterráneas. Los indios se agazaparon, los pájaros emprendieron vuelo en bandadas negras, y un estruendo sordo emergió desde las entrañas de la tierra.
—Empieza —dijo Víctor.
La nave, camuflada entre las rocas, se iluminó con líneas de energía blanca que recorrieron su fuselaje. Los motores emitieron un rugido grave, como un animal metálico despertando. Víctor la guió hacia la cueva más grande, donde las sombras parecían tener vida propia.
El interior olía a polvo seco y ozono. La oscuridad era casi total, interrumpida solo por los destellos azulados de los monitores del panel de control. De pronto, algo golpeó el suelo de piedra con fuerza.
¡THAM!
Una grieta se abrió frente a ellos, y de ella comenzaron a salir las criaturas. Tenían cuerpos pálidos y delgados, casi traslúcidos, con ojos que no reflejaban luz. Sus garras largas raspaban la roca, dejando un sonido áspero que erizaba la piel.
Yet apretó el garrote, pero Víctor levantó una mano.
—Espera.
Un nuevo pulso salió de la antena. Las criaturas, como obedeciendo una orden invisible, giraron sus cabezas al unísono. Luego comenzaron a correr, todas en dirección a la nave, enloquecidas por la señal electromagnética.
—Venid —susurró Víctor, con los ojos fijos en el radar—. Venid hacia la trampa.
Los monitores registraban decenas de puntos acercándose. Las vibraciones aumentaban, y el aire dentro de la cueva se cargó de electricidad estática. El cabello de Yet se erizó; el olor a ozono era intenso, punzante.
—Ahora —ordenó Víctor.
Presionó un interruptor. Un estallido de luz blanca envolvió la cueva. La onda expansiva sacudió las paredes, haciendo caer trozos de roca y levantando una nube de polvo ardiente. Las criaturas chillaron con un sonido metálico, entre el silbido y el rugido, antes de desintegrarse en una lluvia de fragmentos carbonizados.
El silencio posterior fue irreal. Solo el eco lejano del trueno y el goteo lento del agua entre las grietas. Yet tosió, cubriéndose la boca.
—¿Lo logramos? —preguntó.
Víctor no respondió. Miraba un punto en el radar que seguía encendido, inmóvil en el centro de la pantalla. Un solo punto.
Desde la profundidad de la cueva, un sonido emergió. Un rugido grave, tan profundo que pareció venir del núcleo mismo de la montaña. El polvo comenzó a moverse, y entre las sombras apareció una silueta. Era más grande que cualquier criatura anterior, más robusta, su piel era de un gris oscuro, casi metálico. Tres pares de ojos brillaban en su rostro como brasas, y de su espalda se extendían apéndices oscuros, semejantes a alas quebradas.
—Cerbero —murmuró Víctor, apenas audible.
—¿Qué significa eso? —preguntó Yet, retrocediendo un paso.
—El guardián —respondió Víctor—. Siempre hay uno.
La criatura rugió, y el sonido retumbó como un trueno multiplicado. Las rocas vibraron, los monitores parpadearon, y parte del techo comenzó a colapsar.
Víctor apretó los controles de la nave y activó las defensas. Una esfera de energía envolvió el fuselaje, generando chispas que cortaban el aire como látigos de luz. Cerbero embistió con una fuerza descomunal; el impacto lanzó ondas de choque que hicieron que los indios, afuera, cayeran al suelo.
—¡Tenemos que salir! —gritó Yet.
—No —respondió Víctor, su voz serena en medio del caos—. Vamos a enfrentarlo.
Desactivó el escudo y abrió la compuerta. El aire caliente entró como un golpe. Ambos descendieron: Víctor con su máquina tubular colgada del hombro; Yet con el garrote listo, su respiración pesada y la mirada fija en el monstruo.
El suelo temblaba bajo los pasos de Cerbero. Cada exhalación del ser levantaba polvo y olor a azufre. En los túneles laterales, los indios emergían para acabar con las criaturas sobrevivientes, sus gritos de guerra mezclándose con el zumbido eléctrico de las armas.
Víctor avanzó unos pasos, calculando la distancia.
—Su centro nervioso es triple. Apunta al segundo torso, no al primero.
Yet asintió. Se abalanzó sobre el ser con una velocidad feroz, golpeando una de las patas con su garrote. El impacto resonó como un tambor hueco. Cerbero rugió, giró sobre sí mismo, y lanzó un zarpazo que abrió una grieta en el suelo e impactó levemente a yet.
Víctor disparó su arma. Un rayo de plasma atravesó el aire con un silbido agudo, impactando en uno de los torsos. Un líquido negro y brillante salió disparado, evaporándose al contacto con el aire.
El monstruo aulló, sus tres bocas descompasadas gritaron como una sinfonía de furia. Las luces del arma chispearon; Víctor reajustó la carga.
—Otra vez —dijo, firme.
Yet giró, esquivó otro zarpazo y golpeó el segundo torso. En ese instante, Víctor descargó un nuevo rayo. Esta vez el plasma penetró hasta el núcleo del ser. Un estallido azul iluminó toda la cueva.
Cerbero se convulsionó, sus extremidades se contrajeron, y finalmente cayó con un estrépito que hizo vibrar la montaña entera.
El silencio regresó, espeso, casi sagrado.
Los indios salieron de entre las sombras, mirando a los dos hombres con asombro y reverencia. Uno de ellos murmuró algo que el traductor universal de Víctor interpretó con voz metálica:
—Los hijos del rayo han vencido al guardián.
El aire dentro de la cueva aún estaba denso, cargado de humo y polvo. El cuerpo de Cerbero yacía inmóvil, como una montaña vencida, pero el silencio posterior al combate no trajo alivio: trajo un gemido.
Yet se tambaleó. El garrote cayó de su mano, resonando contra la roca húmeda. Su piel, ennegrecida por el polvo, mostraba una herida abierta entre el vientre y el pecho. La sangre brotaba con lentitud espesa, casi negra bajo la luz azulada de los restos de energía del combate.
—¡Yet! —gritó Víctor, corriendo hacia él.
El olor a hierro quemado llenó el aire. Al tocarlo, Víctor sintió el calor de la carne abierta; el pulso del gigante era rápido, irregular. Sin perder un segundo, lo guió. El dolor de yet era inmenso, pero su cuerpo movido por la adrenalina se volvió pura fuerza mecánica.
La cueva temblaba ligeramente, desprendiendo polvo sobre ellos mientras corrían hacia la nave. Cada paso resonaba como un eco de urgencia. El zumbido de los sistemas automáticos de la nave los recibió en cuanto cruzaron la compuerta. Las luces médicas se encendieron, proyectando haces fríos que recortaban las siluetas.
—Aguanta, Yet —murmuró Víctor, depositándolo sobre la camilla de operaciones.
El olor a desinfectante sintético reemplazó al del polvo. Las máquinas comenzaron a zumbar: bisturís automáticos, brazos articulados, sensores. Víctor los manejaba con una precisión sobrehumana, su mente corriendo en mil direcciones a la vez. Cosía, suturaba, inyectaba, cauterizaba. La herida se cerraba, pero la piel volvía a abrirse al segundo. Algo en la estructura interna, en la matriz biológica, estaba más allá de lo que conocía.
—No… no reacciona… —susurró, con la voz entrecortada.
Yet, medio consciente, lo miró con sus ojos grises, húmedos.
—No… pasa nada, hermano… ya terminamos…
—¡Cállate! —replicó Víctor con desesperación—. No terminamos nada.
Sus dedos temblaban. Las pantallas mostraban lecturas rojas: fallo multiorgánico inminente. Víctor golpeó la consola, el ruido seco resonó en toda la cabina. Su mente, normalmente un torrente de lógica y control, se convertía ahora en un torbellino caótico. Ideas, ecuaciones, teorías, fechas… todas desbordándose.
—Tiene que haber una forma… —murmuraba, apretando los dientes—. Nanoregeneración… bioimpresoras… ¡no!… eso se inventa… dos siglos después…
De pronto, se quedó quieto. Los ojos se le iluminaron con un brillo de cálculo.
—Doscientos setenta años… —susurró—. Exactamente eso.
Se giró hacia la consola de la nave y comenzó a teclear con frenesí. Los paneles se iluminaron, mostrando proyecciones de tiempo, coordenadas y trayectorias temporales. Programó los criocontenidos, ajustó las cápsulas de hibernación, y estableció un contador: Reactivación automática, año 2030.
El aire se volvió frío. El vapor del sistema criogénico llenó la cabina como una neblina azulada. Víctor movió, con la camilla, a Yet una última vez, colocándolo dentro de la cápsula transparente. La luz del escáner recorrió su cuerpo, registrando sus signos vitales por última vez.
Víctor apoyó la frente en el cristal.
—No te voy a dejar morir —susurró, con voz quebrada—. Solo vas a dormir… hasta que el mundo pueda salvarte.
Luego entró en su propia cápsula.
El último sonido que oyó antes de que la puerta se sellara fue el susurro de la máquina, marcando el inicio del sueño más largo de la historia humana.
Y así, mientras la montaña volvía al silencio, dos cuerpos quedaron suspendidos en el tiempo, aguardando el despertar de un nuevo siglo.
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