El gran ingeniero, capítulo 4.

Seis meses después, Yet despertó en la habitación apenas iluminada por los primeros rayos del sol filtrándose a través de las cortinas. Su cabeza pesaba, y la sensación del colchón, demasiado firme para su gusto, le recordaba que no había vuelto a dormir en su antiguo cuarto. Parpadeó varias veces, intentando disipar la neblina de sueño, y entonces lo vio: Victor estaba allí, inclinado sobre una mesa improvisada de metal, manipulando con precisión un pequeño aparato que parecía vibrar con vida propia. Los ojos de Yet se abrieron de golpe; la intensidad del trabajo de Victor parecía irradiar calor, una energía casi palpable que llenaba la habitación.


Victor lo notó y, sin dejar de trabajar, sonrió. “Despiertas justo a tiempo”, dijo con una voz que mezclaba satisfacción y orgullo. Luego comenzó a relatarle, como si necesitara justificar cada paso, un proceso que había sido largo, meticuloso y extraño incluso para él. Yet se sentó, todavía adormilado, pero con la atención ya atrapada.


“Primero tuvimos que alquilar la casa”, empezó Victor, y sus palabras se intercalaban con un flashback que pareció materializarse en la habitación. La escena del pasado surgió vívida: la fachada de ladrillo rojo, la puerta chirriante al abrirse, y ese olor húmedo a madera vieja y sótano cerrado que impregnaba el aire. El sótano, húmedo y frío, parecía casi una cueva subterránea; cada respiración traía consigo el aroma a tierra mezclada con polvo acumulado por décadas. Victor describió cómo cada rincón fue inspeccionado, cómo los tablones crujían bajo su peso, y Yet podía sentir la textura rugosa de las paredes y el eco de sus pasos resonando en la piedra.


Luego vinieron los intercambios de oro. Victor detalló cómo cada pieza, brillante y pesada entre sus dedos, se convirtió en moneda para conseguir componentes. Yet casi podía sentir el calor metálico en la palma, el tintineo al chocar unas piezas con otras, y el olor penetrante a metal que parecía impregnar los bolsillos de Victor después de cada transacción. “No fue simple”, decía Victor, “cada intercambio tenía que ser calculado, cada movimiento medido.” Yet se sorprendió; no solo por la complejidad, sino por la meticulosidad obsesiva con la que Victor había manejado cada detalle.


Luego llegaron las piezas electrónicas. Victor describió los cables que se enredaban como serpientes negras y grises sobre la mesa de trabajo, los condensadores que reflejaban la luz como diminutos espejos y los chips que parecían fragmentos de universo en miniatura. Yet podía verlos en su mente: las placas de circuito con caminos dorados como ríos brillantes, los tornillos diminutos que necesitaban ser colocados con pinzas, y el olor a estaño caliente que se desprendía al soldar. La habitación de Victor, según relataba, se había llenado de un zumbido constante, una sinfonía mecánica de ventiladores, herramientas y máquinas que trabajaban a un ritmo hipnótico.


Yet se levantó de golpe, impulsado por la fascinación y la incredulidad. Caminó hacia la mesa y tocó con cuidado el aparato terminado. Su superficie metálica irradiaba una energía fría pero intensa, y la combinación de texturas—suave en algunos paneles, rugosa en otros—le provocó una corriente eléctrica que recorrió su brazo. “Esto… lo hiciste todo tú solo”, murmuró, su voz mezcla de asombro y respeto. Victor asintió, con una chispa de satisfacción que iluminó su rostro cansado pero orgulloso.


“Cada paso estuvo calculado”, continuó Victor, mientras Yet inspeccionaba el aparato como si quisiera memorizar cada detalle. “La casa, el sótano, los intercambios… las piezas. Todo debía encajar perfecto.” La luz del sol ya llenaba la habitación, resaltando cada borde metálico, cada cable cuidadosamente colocado, cada soldadura precisa. Yet podía casi escuchar el zumbido latente del aparato, una promesa de potencia contenida, y sintió que un vértigo de anticipación le recorría la columna vertebral.


Finalmente, Victor se reclinó, dejando escapar un suspiro largo y profundo. “Y aquí está. Todo terminado.” La habitación, con sus sombras alargadas y el aroma persistente a metal y polvo, parecía contener un silencio solemne, roto solo por el latido acelerado de Yet y el zumbido leve del aparato. Cada detalle del proceso—la casa, el oro, los cables, el sótano, la paciencia infinita—se había transformado en una presencia tangible, y Yet comprendió, en un golpe de claridad, la magnitud del trabajo y la genialidad de Victor.




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