El gran ingeniero, capítulo 3, temporada 2.

 El zumbido de los sistemas vitales resonó como un corazón mecánico dentro de la nave. Una línea de luz blanca se deslizó por el borde de la cápsula, y un chasquido metálico interrumpió el silencio acumulado durante siglos. El cristal translúcido se partió en dos, liberando una exhalación de vapor frío que se derramó como niebla sobre el suelo metálico.

Dentro, el cuerpo de Victor emergió lentamente, su piel cubierta por una delgada película de condensación. El aire olía a ozono, a metal viejo y a humedad estancada. Por un momento, solo se escuchó su respiración: lenta, vacilante, como si cada inhalación fuera un intento por recordar cómo se habitaba el mundo.


Abrió los ojos. El resplandor azulado del panel de control se reflejaba en sus pupilas, creando destellos eléctricos que parecían pensamientos recién nacidos. Se incorporó con movimientos rígidos, los músculos tensos después del sueño prolongado. El frío del piso se filtró a través de la planta de sus pies descalzos, punzante, casi doloroso.

Frente a él, la segunda cápsula permanecía sellada. Dentro, el cuerpo de Yet descansaba inmóvil, flotando en la suspensión del tiempo. Su rostro tenía la serenidad de los muertos y la inocencia de los que aún esperan. Un hilo de luz recorría su pecho, pulsando débilmente, sincronizado con los latidos de la nave.


Victor se acercó, apoyando la palma sobre el vidrio helado.

“Todavía duermes,” murmuró. Su voz, quebrada por la hibernación, resonó con un eco apagado.

La niebla interna del contenedor respondía a su toque, girando lentamente como un aliento vivo.

“Te restauraré pronto,” añadió, y el compromiso se grabó en el aire como una promesa silenciosa.


Dio media vuelta y caminó hacia el núcleo central. Cada paso hacía crujir el suelo metálico bajo su peso, y el aire cargado de polvo se arremolinaba en su estela. La cabina de control seguía intacta, aunque cubierta por una fina capa de óxido y minerales cristalizados. En el centro, la consola de mando lo esperaba, un entramado de luces muertas y pantallas dormidas.


Con una precisión casi ritual, Victor presionó la palma contra el panel biológico. Un filamento de luz recorrió sus venas desde el hombro hasta la muñeca; su ADN, comprimido en códigos lumínicos, fue leído por los sensores de la nave. Un zumbido profundo recorrió el casco como un despertar antiguo.

Los monitores se encendieron uno por uno.

—Identidad confirmada: Control maestro reactivado. —anunció la voz metálica del sistema, distorsionada por siglos de inactividad.

Victor cerró los ojos mientras el calor del proceso recorría su cuerpo. Era como sentir el latido de una criatura que lo reconocía como su creador y su rehén. Los motores principales vibraron en un pulso grave, y por un instante el aire dentro de la nave se volvió denso, cargado de energía.


Una brisa sutil comenzó a circular por las rendijas, trayendo consigo un olor desconocido: la mezcla de polvo mineral, tierra húmeda y vegetación exterior. El mundo los estaba llamando.

Victor exhaló y caminó hacia la compuerta de salida. Los engranajes se resistieron unos segundos antes de ceder, dejando entrar una corriente de aire tibio y luminoso. Afuera, el sol colgaba bajo, filtrando sus rayos a través de la bruma que cubría el valle. La luz se reflejaba en el metal de la nave, tiñéndola de tonos dorados y rojizos, como si el amanecer la abrazara.


Salió.

El suelo era áspero, cubierto de grava y fragmentos de piedra pulida. El viento le rozó la cara con una suavidad húmeda, y el olor de la tierra viva lo golpeó como una revelación. Escuchó el rumor distante de un arroyo, el zumbido de insectos, el canto errático de un ave que no conocía. Todo sonaba nuevo, pero también antiguo, como si el planeta los hubiese estado esperando pacientemente.


Frente a la nave, una caverna se abría entre las rocas, su boca oscura marcada por reflejos dorados. Victor se acercó despacio, sintiendo bajo sus botas el crujir de la grava. El aire del interior era más frío, cargado con el olor mineral de la piedra húmeda. Cada gota que caía desde el techo resonaba como un reloj invisible midiendo el tiempo perdido.


Entonces las vio.


Dos figuras colosales se alzaban en el fondo de la caverna. Estatuas de oro macizo, sus cuerpos deformes, casi monstruosos, pero inconfundibles. Una sostenía un garrote primitivo; la otra, un artefacto cilíndrico similar al que él mismo había empuñado siglos atrás.

La superficie dorada reflejaba la tenue luz de la entrada, lanzando destellos sobre las paredes rugosas. Los rostros, horribles y desproporcionados, parecían congelados en un grito o en una oración. Sin embargo, en medio de esa deformidad, Victor reconoció la forma de sus propias facciones… y las de Yet.


Un escalofrío recorrió su espalda.

Se acercó, extendiendo la mano hasta tocar el oro frío. El metal tembló levemente bajo su contacto, como si respondiera a su presencia. En sus dedos quedó el rastro del polvo antiguo mezclado con sudor.

Miró de nuevo los rostros, y por un instante creyó verlos moverse, respirando, observándolo.


El eco de su respiración llenó la caverna.


Detrás de él, la nave seguía zumbando en su letargo, y dentro, Yet aún dormía.

Victor bajó la mirada, sintiendo la gravedad del tiempo y del mito entrelazarse en su mente.

El amanecer se filtraba por las grietas del horizonte cuando Victor encendió el pequeño vehículo aéreo que él mismo había diseñado siglos atrás. La nave vibró suavemente, emitiendo un zumbido agudo que crecía como un coro de abejas metálicas. Las hélices retráctiles se desplegaron con precisión quirúrgica, y una bruma ligera se levantó del suelo al activarse los estabilizadores. El olor a ozono volvió a llenar el aire, mezclado con el de aceite envejecido y metal caliente.


Victor se ajustó el cinturón de seguridad, comprobó los monitores con un gesto automático y, al fin, elevó la nave. El paisaje se redujo bajo él: un mosaico de montañas erosionadas, barrancos resecos y restos de estructuras que el tiempo había casi borrado. El cielo, vasto y silencioso, parecía extenderse hacia el infinito. Mientras ascendía, el viento golpeaba la cúpula transparente con un sonido seco, y el reflejo del sol naciente le dio al fuselaje un tono cobrizo.


El viaje fue largo. Las horas se deslizaban lentas, marcadas solo por el zumbido constante de la turbina. A medida que avanzaba, la monotonía del desierto fue cediendo ante las huellas del nuevo mundo: carreteras que se cruzaban como venas negras, torres de comunicación, parches de luz que parpadeaban a lo lejos como luciérnagas artificiales.

Victor observaba todo con una mezcla de asombro y nostalgia. Tres siglos habían pasado desde que se congeló en la cápsula. El mundo, al que una vez había pertenecido, ahora era una criatura extraña.


Finalmente, el radar del vehículo detectó una concentración luminosa en el horizonte. Las Vegas.

La ciudad emergía como una joya delirante en medio del desierto, irradiando luces de neón incluso bajo la luz del día. Edificios de vidrio relucían como espejos solares, y anuncios holográficos proyectaban figuras danzantes sobre el aire. Victor frunció el ceño; el contraste entre la desolación del cañón y aquella orgía luminosa lo desorientó.


Descendió a varios kilómetros de la urbe, lo bastante lejos para evitar detecciones. El vehículo se posó entre las rocas con un suspiro mecánico. El aire que entró por la compuerta olía a calor y asfalto, mezclado con ese dulzor químico de las ciudades modernas. Se cubrió los ojos ante el brillo y empezó a caminar.


Vestía su traje inglés del siglo XVIII, cuidadosamente preservado en la cápsula. El abrigo azul oscuro, de botones dorados, reflejaba la luz del sol con una elegancia anacrónica. Las botas altas crujían con cada paso sobre la grava, y el cuello de encaje blanco se agitaba con el viento. Los transeúntes lo observaban con curiosidad: unos sonreían, otros grababan discretamente con sus dispositivos, algunos murmuraban “¿es una filmación?”.

Victor, impasible, caminó con la compostura de quien no debía explicarse ante nadie.


Las calles olían a fritura, combustible y perfume sintético. Los letreros titilaban: BURGERS, TATTOO, CASINO OPEN 24/7, cada palabra una ráfaga de luz que le quemaba los ojos. Entró en un restaurante de aspecto sencillo, atraído por el aroma a pan tostado y carne asada. El sonido de las conversaciones, los platos al chocar y una melodía pop saliendo de los altavoces lo envolvieron en un torbellino sensorial.


El interior tenía un brillo artificial, todo acero y plástico. Un ventilador dispersaba aire frío y olor a detergente. Victor se sentó en una mesa cerca de la ventana, observando con fascinación cómo la gente comía con prisa, mirando pantallas luminosas que sostenían en la mano.


Cuando el mesero llegó —un joven de cabello teñido y sonrisa mecánica—, Victor habló con su tono firme y educado, aunque un tanto arcaico:

—Buenos días, caballero. Me gustaría degustar un platillo sencillo. Lo que sea más común en esta región.


El mesero alzó una ceja, divertido.

—Claro… ¿una hamburguesa, tal vez? ¿Con papas y refresco?


Victor asintió lentamente, sin entender del todo, pero confiando en el tono de ofrecimiento.

—Eso será suficiente.


Mientras esperaba, observó los cubiertos, la textura del mantel plástico, el brillo antinatural de las luces LED. Todo parecía hecho para resistir el tiempo, pero sin alma. Cuando la comida llegó, el olor lo golpeó con fuerza: grasa caliente, pan recién tostado, un leve toque de mostaza y sal. Llevó un trozo a la boca con cautela. La textura era blanda, tibia, casi inverosímil.

Cerró los ojos. El sabor era una explosión densa y vulgar, pero profundamente satisfactoria. Trescientos años sin comer nada y ahora su cuerpo redescubría el placer primitivo del alimento.

Sintió la saliva acumularse, el estómago contraerse, los músculos relajarse en una mezcla de asombro y gratitud.


Al terminar, levantó la mano para llamar al mesero.

—¿Podría traerme la cuenta? —preguntó con serenidad.


El joven asintió, y al regresar dejó un papel con un número impreso. Victor lo miró con curiosidad, como si intentara descifrar una fórmula. Luego, sacó de su bolsillo una pequeña pepita de oro, irregular, brillante, que destelló bajo la luz del restaurante.

La colocó con cuidado sobre la mesa.

—Esto bastará, imagino.


El mesero la tomó entre los dedos, sonrió con incredulidad y soltó una breve risa.

—Lo siento, señor, no aceptamos oro falso.


El rostro de Victor se endureció.

—¿Falso? —repitió, su voz bajó un tono—. Está hablando con el mayor experto en geología y metalurgia del siglo… o al menos, del que yo conocí. Ese oro es real.


El mesero lo observó, sin entender si se trataba de una broma.

—Mire, señor… aunque fuera de verdad, no puedo aceptarlo. Esto no es una joyería.


Victor frunció el ceño, ofendido.

—Entonces, ¿dónde aceptan algo de valor auténtico en esta época?


El joven, incómodo, se encogió de hombros.

—No lo sé, quizá en una casa de empeño… con el comisionado, el dueño. Ahí podrían decirle.


Victor se puso de pie con dignidad.

—Agradezco su información —dijo, dejando la pepita sobre la mesa con gesto solemne—. No se moleste, yo mismo resolveré esta transacción.


El Comisionado


El aire del desierto era seco y eléctrico, cargado con ese olor a metal caliente y caucho derretido que parece impregnar toda ciudad fronteriza. Víctor avanzaba con la cabeza erguida, el sol del mediodía reflejándose en los botones de latón de su abrigo inglés, una prenda que parecía salida de un museo. El viento le agitaba las solapas y hacía crujir las costuras curtidas por el tiempo. A cada paso, la gente lo miraba con curiosidad: un joven de mirada firme, cabello oscuro y porte antiguo, caminando entre carteles de neón y automóviles rugientes como bestias modernas.


Frente a él, un letrero desteñido vibraba con la luz del sol: “Comisionado’s Pawn & Gold Exchange”. Las letras eran de un rojo gastado, y el vidrio de la entrada reflejaba su rostro con un leve temblor. Por un momento, Víctor se observó como si viera a un fantasma.

Inspiró profundo. El aire sabía a polvo, nicotina y monedas viejas.


Empujó la puerta.

Un timbre chirrió desde lo alto, y un aire frío, casi antinatural, lo envolvió. Dentro olía a madera húmeda, metal y grasa de máquina. En los estantes, brillaban instrumentos antiguos, relojes de bolsillo, guitarras eléctricas, cámaras fotográficas, rifles, piezas de oro y plata bajo un vidrio rayado.

Al fondo, tras un mostrador de acero pulido, un hombre alto y corpulento lo observaba. Su piel era oscura como la caoba recién aceitada, y un parche negro cubría su ojo izquierdo. Tenía una sonrisa lenta, calculadora. En su muñeca derecha brillaba un reloj de oro grueso, y su voz, cuando habló, fue como un trueno contenido:


—¿Qué tienes para ofrecer, muchacho?


Víctor se detuvo frente a él. La sombra del mostrador le cubría media cara, dejando su perfil antiguo, casi victoriano, resaltado por la luz amarilla que descendía desde una lámpara oxidada.


—Traigo algo —dijo Víctor con serenidad— que, según entiendo, ustedes aún valoran.

Abrió la bolsa de cuero que llevaba en el cinturón y volcó su contenido sobre el mostrador.

Un kilogramo de oro, en pepitas y pequeños fragmentos irregulares, cayó con un sonido denso, puro, casi musical.


El comisionado enarcó una ceja.

Sus dedos, gruesos pero precisos, recorrieron las piezas. El tacto del metal lo hizo fruncir los labios en aprobación. Tomó una de las pepitas, la sopló con fuerza, la miró a contraluz, luego la rozó con una piedra de toque y la frotó con ácido.

El líquido no reaccionó.

El hombre sonrió.


—Esto es bueno. Muy bueno. Oro puro.

—Por supuesto —respondió Víctor, ligeramente ofendido—. ¿Qué otra cosa iba a traerle?


El comisionado soltó una carcajada breve, como el rugido lejano de un motor. Luego, sin apartar la vista del oro, murmuró:


—Puedo darte diecisiete mil dólares.


Víctor arqueó las cejas.

—¿Dólares?. ¿Cuánto sería en libras esterlinas?


El comisionado lo miró un instante, como si intentara decidir si aquel hombre hablaba en serio o si le tomaba el pelo. Luego sacó una calculadora de bolsillo, la encendió con un pitido y tecleó rápidamente.


—Treinta y cuatro mil libras, más o menos.


Víctor lo observó con sospecha.

—¿Treinta y cuatro mil? Me está tomando el pelo, caballero-dijo Victor pensando que era demasiado 

El comisionado apoyó ambas manos sobre el mostrador y sonrió con cierta ironía.

—esta bien,  te ofrezco el doble de mi primera oferta. Diecisiete mil por dos. Treinta y cuatro mil. Pero no más.


Hubo un silencio.

Víctor asintió lentamente, procesando. Los números le parecían absurdos. 

—Acepto. —Dijo con un ligero movimiento de cabeza.


El comisionado asintió satisfecho, abrió una caja registradora moderna y contó los billetes con ritmo maquinal. El sonido del papel frotándose tenía un timbre extraño para Víctor, casi desagradable. Le recordaba a hojas secas trituradas.


—Aquí tienes —dijo el hombre, empujando el fajo de billetes.


Víctor guardó el dinero dentro de su abrigo. Luego preguntó:

—Dígame, señor Comisionado… busco arrendar una vivienda. Un departamento, tal vez. ¿Sabe cómo puedo hacerlo?


El hombre soltó una risita corta.

—¿Tienes identificación?

—¿Identificación?

—Sí. Una licencia, un pasaporte, algo que diga que eres tú.


Víctor lo miró con perplejidad.

—En mi tierra bastaba con tener rostro y palabra.

—Sí, bueno —replicó el comisionado con una sonrisa ladeada—, ahora no basta con eso.

—¿Y cómo consigo una de esas… licencias?

—Depende. Legal o rápido.


Víctor inclinó la cabeza, intrigado.

—Rápido.


El comisionado apoyó un codo en el mostrador, se acercó un poco. Su voz bajó hasta hacerse confidencial:

—Tengo un amigo. O más bien, un amigo de un amigo. Puede conseguirte una licencia en veinte minutos.

—Interesante —dijo Víctor, con un brillo científico en los ojos—. ¿Y cuánto costaría ese servicio?


El hombre levantó una ceja.

—La mitad de lo que acabas de ganar.

—¿La mitad?

—Y una comisión. —Sonrió de lado— Por eso me llaman el Comisionado.


Víctor lo observó en silencio. La palabra “comisión” flotó en su mente como un eco de los viejos comerciantes del puerto de Bristol.

Había ironía en el destino: tres siglos después, los hombres seguían traficando con papeles y favores.


Finalmente asintió.

—Trato hecho.

El comisionado extendió su enorme mano. Su piel era cálida, áspera, y olía a aceite de máquina. Víctor la estrechó con firmeza, notando cómo los callos se cruzaban con los suyos, una alianza tácita entre dos mundos que nunca debieron encontrarse.


—Te gustará la ciudad, inglés —dijo el hombre mientras guardaba el oro restante—. Aquí el oro permite lo imposible.


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