El último intelectual, capitulo 1.

 


Un letrero oxidado se alzaba sobre dos postes carcomidos por la intemperie.

"Bienvenido a Yallstone. Población: 5,000", decía,

aunque en realidad, eran muchos menos.

Las letras, torcidas por el viento y los años,

parecían susurrar más que anunciar.

Un cuervo graznó sobre la T descascarada,

como si el cartel mismo fuera tumba y epitafio.


A lo lejos,

apenas un punto en la vastedad reseca del horizonte,

algo se movía.

Una mancha, primero inmóvil,

que crecía

paso a paso,

como si el tiempo la arrastrara de regreso desde otro siglo.


El sol partía el cielo en dos:

un azul deslavado arriba,

una tierra de herrumbre abajo.

El calor ondulaba el aire con dedos invisibles,

torciendo la imagen del caminante como un espejismo que no cedía.

Pero no era espejismo.


Era un hombre.

De treinta, tal vez treinta y cinco inviernos,

aunque su andar

llevaba el peso de mil veranos agotados.


Sus ropas eran jirones que alguna vez

quizá fueron abrigo,

pero ahora eran solo trapos colgados de un cuerpo seco y endurecido.

Sus botas, cuarteadas hasta parecer raíces secas,

dejaban huellas de polvo fino

que el viento recogía sin apuro.


Y sin embargo,

sus ojos —¡ay, sus ojos!—

eran dos brasas lentas,

dos pozos infinitos que reflejaban estrellas extintas.

Sabiduría, decían. No con voz, sino con la calma que mira sin huir.


Al cruzar el umbral de Yallstone,

ni campanas ni saludos:

solo silencio.

El mismo silencio que dejan las ciudades cuando olvidan que alguna vez fueron vivas.


Los postes de luz seguían allí,

erguidos como esqueletos de otra era,

con cables colgando como lianas muertas,

zumbando apenas con el viento.


Los coches, oxidados y vencidos por la maleza,

reposaban como bestias prehistóricas.

No había motores, no había humo,

ni música lejana,

ni el zumbido agudo de un dron.

Solo el crujido seco de su caminar sobre grava antigua.


Y la gente…

la poca gente

se escondía tras cortinas mugrosas,

como si la visión de alguien

—alguien que aún pensaba—

los hiriera más que el hambre.


No había celulares, ni pantallas, ni voz grabada que diera la hora.

No quedaban algoritmos para mostrarles qué desear.

Lo que la piel recordaba del plástico era un vago asco,

una nostalgia hueca que ya ni dolía.


El hombre se detuvo.

Alzó la vista hacia una estructura rectangular:

la vieja biblioteca.

Pintura comida, vidrios rotos,

pero aún de pie.

Abrió la puerta.

Un chirrido como grito de historia olvidada le dio la bienvenida.


Dentro,

el polvo flotaba como espíritu.

El bar era una herida vieja

en la piel resquebrajada del pueblo.

Un bloque de concreto sin ventanas,

con una puerta de hojalata torcida,

y un rótulo hecho a cuchillo sobre madera que apenas decía:

"Cantina refugio"


Al abrir la puerta,

un vaho espeso de sudor rancio,

alcohol barato y aceite recalentado

le dio la bienvenida como una bofetada tibia.


Adentro,

la penumbra reinaba como ley.

Un foco colgante parpadeaba con una cadencia irregular,

como un ojo nervioso incapaz de decidir si mirar o morir.

Un ventilador oxidado giraba en el techo,

más por terquedad que por utilidad.


Tras la barra,

el cantinero —un hombre rollizo de cara curtida y brazos peludos—

limpiaba un vaso con un trapo tan sucio

que el vaso salía más impuro que al entrar.


El forastero,

aquel hombre de ojos sabios y ropas deshechas,

se acercó sin titubear.

Sus pasos eran secos,

firmes,

como si los hubiese dado ya en sueños muchas veces.


Se sentó en el banco de madera carcomido,

puso las manos sobre la barra,

y con voz serena como río en calma,

dijo:


—Dos órdenes de tacos, por favor.


El cantinero lo miró de reojo,

encogiéndose de hombros.


—Eso se puede. Carne de soya y tortilla reciclada,

como le gusta al Consejo Nutricional —dijo con sonrisa seca.


Mientras cocinaban en la plancha vieja,

el olor a grasa refrita invadía el aire

como un recuerdo cansado.

Cebolla vieja chispeaba,

la tortilla crujía como papel chamuscado.


El forastero miró alrededor:

hombres dormidos sobre la mesa,

mujeres con el maquillaje corrido por las lágrimas o el sudor,

risas flojas,

miradas ausentes,

todas tan lejos del pensar como un pez del desierto.


Tomó el primer taco y lo comió con calma,

masticando como si saboreara no el alimento

sino el momento.

Luego el segundo.

No hablaba.

Solo observaba.


Entonces, miró al cantinero y preguntó:


—¿Hay libros en este pueblo?


El cantinero alzó la ceja,

como si hubiese escuchado una blasfemia.


—¿Libros?


Rió, y la risa fue más tos que alegría.


—Mira, forastero,

la gente que llega aquí

viene por putas o por pulque.

Nadie pregunta por letras.

¿Qué vas a hacer con un libro? ¿Comértelo?


El forastero sonrió, apenas.


—No vine a vivir para satisfacer mis instintos.


El cantinero dejó de limpiar el vaso.

Su voz se volvió grave,

casi escéptica.


—¿Y quién te dijo que eso es malo?

Los psicos dicen que uno debe dejar fluir el deseo.

Que negarse es represión.

Y la represión… enfermedad.


El hombre lo miró de frente.

Sus ojos no tenían ira,

tenían firmeza,

como quien ha discutido con dioses y no se arrodilló.


—No tengo en estima a los psicos —dijo—.

Inventaron excusas para justificar la decadencia.

Redujeron el alma a un diagrama y olvidaron que pensar también es curarse.


El cantinero resopló.

—Bueno, tú sabrás.

Aunque aquí eso no te servirá de mucho.


—Quizá no —respondió—, pero aún tengo hambre de razones.


El cantinero regresó tras la barra,

sacó una libreta vieja

donde anotaba deudas y nombres.


—Son cinco centavos cada orden —murmuró, distraído.


El hombre asintió.


—Entonces son diez centavos por las dos.


El cantinero se detuvo,

frunció el ceño.


Volteó a mirar el cartel clavado sobre la barra:

una tabla con precios tallados torpemente:


1 orden — 5 centavos


2 órdenes — 10 centavos


3 órdenes — 15 centavos


4 órdenes — 20 centavos



Se quedó en silencio,

como si algo en esa aritmética básica le pareciera brujería.


—Ajá… sí… —murmuró, más para sí—.

Diez centavos.


El hombre ya había dejado las monedas exactas sobre la barra.

Brillaban débilmente bajo la luz enferma del foco,

como si ellas también quisieran desaparecer.


El cantinero las tomó sin decir palabra.

Y mientras el forastero se levantaba,

preguntó, más por reflejo que por interés:


—¿Y tú quién eres, entonces?


El hombre se detuvo en el umbral,

volteó la cabeza apenas,

como si dudar le quitara tiempo.


—Uno que recuerda lo que todos han olvidado.


Y salió.


El aire de la tarde,

más frío ahora,

le acarició el rostro como si supiera que había algo distinto en él.

Los borrachos siguieron durmiendo.

La música siguió sonando con idioteces sin sentido.


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