El horizonte, capitulo 1.
El mar se extendía ante ellos como una sábana infinita de zafiro líquido, surcada apenas por las finas líneas que dejaba su embarcación. El viento soplaba firme, henchía las velas y mecía la madera vieja con crujidos suaves, casi como si el barco respirara. El sol, a media altura, lanzaba destellos dorados que salpicaban las olas como brasas vivas. La sal del océano, omnipresente, se pegaba a la piel, al cabello, y enrojecía suavemente los labios.
Sobre la cubierta, Tashira se mantenía de pie junto al timón, su silueta recortada contra el horizonte. Llevaba la chaqueta abierta, dejando que el viento jugara con los pliegues de su ropa. Sus ojos, de un verde agudo como la hoja recién brotada, examinaban la tripulación de tres con gravedad ceremoniosa.
—Elder —anunció con voz clara, cargada de autoridad—. Desde ahora serás el contramaestre de esta nave.
Elder, un hombre fornido de cabellos negros y rizados, parpadeó sorprendido, interrumpiendo momentáneamente el nudo que hacía en un cabo. Se irguió, secándose las manos sudadas en el pantalón de lona.
—A la orden, capitana —dijo, aunque una sonrisa casi infantil se asomó en las comisuras de sus labios.
Tashira asintió apenas, luego giró hacia el otro miembro de su pequeña tripulación: Othar. Él era más menudo, de piel bronceada y manos veloces, con una mirada nerviosa que lo escaneaba todo constantemente, como si temiera que el cielo mismo le cayera encima.
—Y tú, Othar, serás nuestro Maestre de Velas. Sin tu buen ojo y manos ligeras, no llegaremos lejos.
Othar soltó una carcajada breve, áspera como el roce del yute contra la piel, y saludó llevándose dos dedos a la sien.
—Espero estar a la altura, capitana.
Durante un momento, sólo se oyó el repiqueteo de las sogas, el chasquido de la tela tensa y el golpe rítmico del casco al cortar las olas. Los tres compartieron una especie de tregua silenciosa con la vastedad azul.
Pero fue Elder quien rompió la calma, acercándose al timón, su sombra alargándose junto a la de Tashira.
—¿A dónde nos dirigimos, capitana? —preguntó, con la voz grave y arrastrada por la humedad del aire.
Tashira giró apenas la cabeza, una media sonrisa curvando su boca.
—A la Isla de las Ranas. Necesitamos provisiones frescas antes de adentrarnos más en el cinturón de islas exteriores.
Elder frunció el ceño. Se rascó la nuca con una mano callosa, dejando escapar un suspiro que olía a mar y tabaco.
—¿Y por qué no recargamos allá en el Arca? Era más rápido... más seguro, diría yo.
La capitana soltó una carcajada corta, pero no burlona. Tenía la resonancia del trueno contenido: energía poderosa bajo control.
—Porque —dijo, girándose ahora completamente para encararlo—, soy la mejor estratega del océano.
La afirmación no sonó arrogante en su voz; fue una simple declaración de hecho, como decir que el mar era salado o que el viento soplaba del este. La seguridad en sus palabras se extendió por la cubierta como una nueva brisa, tensa y vibrante.
—Dejar sin provisiones a una población incipiente —continuó Tashira— no es la mejor forma de hacer aliados. El Arca es joven todavía, Elder. Si los dejamos escasos y hambrientos, ¿qué creen que pensarán de nosotros cuando regresemos? Necesitamos su lealtad, no su rencor. La política de mares largos se navega con paciencia, no con prisas.
La explicación dejó a Elder pensativo. No era un hombre que gustara de politiqueos, prefería los combates claros y los objetivos simples, pero entendía la sabiduría en las palabras de su capitana. Asintió despacio, apretando los labios en una línea fina.
En ese momento, Othar, que se había encaramado al bauprés para ajustar un cabo suelto, gritó por encima del rumor constante de las olas:
—¡Oye, Tashira! —llamó, su voz cargada de preocupación—. ¡Se escucha poco sobre otras islas últimamente!
El viento llevó sus palabras hacia ellos en fragmentos deshilachados, pero el tono era inconfundible.
—¿Qué quieres decir? —respondió Tashira, ladeando la cabeza.
Othar saltó ágilmente de vuelta a la cubierta, sus botas resonando huecas sobre las tablas.
—Allá, en la Isla de Prisan... decían que cuando se vuelve raro el tráfico de noticias y barcazas, es porque se están preparando para algo. —Se encogió de hombros, inquieto—. Usualmente para un ataque.
Elder cruzó los brazos sobre el pecho, su expresión endureciéndose.
Tashira entrecerró los ojos, como si tratara de ver más allá de la línea curva del océano. Un nudo imperceptible de tensión pareció apretar el aire alrededor de ellos, haciendo que hasta el canto lejano de las gaviotas sonara más agudo.
—¿Un ataque? —murmuró, más para sí que para los otros.
El olor metálico del agua salada, el tacto áspero de la cuerda en las manos, el aullido del viento entre las velas... todo parecía ahora más vívido, más urgente. Como si el propio mar se hubiera tensado, presintiendo una tormenta inminente.
—Podría ser solo paranoia isleña —dijo Elder, aunque su voz carecía de convicción.
Tashira no respondió de inmediato. Cerró los ojos un segundo, dejando que el viento le azotara la cara, dejando que el susurro del océano le hablara en su lengua milenaria de advertencias y secretos.
Finalmente, abrió los ojos.
—Nos mantendremos en guardia —decidió, su tono firme como el acero frío—. Pero no cambiaremos de rumbo. Necesitamos esas provisiones.
Othar se encogió de hombros, aceptando la decisión aunque la inquietud seguía danzando en sus pupilas oscuras. Elder golpeó dos veces el suelo con la bota, un gesto que en él significaba asentimiento.
El barco, como un animal obediente, siguió cortando el océano, su proa apuntando directa hacia el oeste, donde la Isla de las Ranas esperaba oculta tras la bruma del horizonte. Cada crujido de las velas, cada latido de las olas contra el casco, parecía ahora formar parte de un latido mayor, profundo, que anunciaba que el mar no les daría tregua fácil.
Claro, aquí tienes tu escena expandida a 1000 palabras, con detalles sensoriales para hacerla más inmersiva:
Después de varias horas surcando las aguas de un mar cubierto de neblina, finalmente avistaron la Isla de las Ranas. Desde la cubierta, el aire salino les golpeaba el rostro, cargado de humedad y del croar incesante de los anfibios escondidos entre los manglares. Cada remoada era un eco en el silencio tenso del ambiente, como si hasta el océano estuviera conteniendo la respiración.
Cuando desembarcaron, la tierra bajo sus pies era fangosa, impregnada del olor penetrante a musgo y madera podrida. Avanzaron por un sendero irregular, bordeado de juncos tan altos como un hombre, hasta que vislumbraron un asentamiento diseminado entre charcos y raíces retorcidas. Las casas, elevadas sobre pilotes, eran cabañas de maderas viejas que crujían como si quisieran desmoronarse bajo el peso de su propio abandono.
La presencia de forasteros no pasó desapercibida. Sin embargo, en cuanto las miradas locales se posaron en Tashira, los murmullos crecieron como un fuego bajo el viento. El reconocimiento fue inmediato. Algunos desviaron la vista, otros tensaron las mandíbulas en un gesto de involuntario respeto. Se trataba de Tashira, la estratega más temida de todo el continente. Aquella cuya sola mención hacía a soldados desertar antes de entrar en combate.
Tashira caminaba con el porte de quien sabe que no debe pedir permiso para existir. Su armadura ligera tintineaba a cada paso, las botas marcando un ritmo decidido sobre la pasarela de madera. Sus ojos, fríos como la piedra, no buscaban enemigos, sino posibilidades.
Elder caminaba junto a ella, atento, sin atreverse a romper la concentración que emanaba de ella como un campo invisible. Othar cerraba la formación por detrás, su mano descansando con naturalidad en el mango de su enorme maza.
Entraron en la zona del mercado: un puñado de puestos improvisados donde se vendían pieles de reptiles, armas oxidadas y frutas deformes por la humedad. El bullicio era escaso, como si todos estuvieran acostumbrados a hablar en susurros. La compra comenzó. Tashira revisaba mercancías, preguntaba precios, trazando mentalmente rutas de abastecimiento y alianzas potenciales.
Entonces, emergiendo del laberinto de puestos como una sombra torcida, apareció un sujeto de porte intimidante. Su rostro estaba surcado de cicatrices, y olía a una mezcla de sudor rancio y licor barato. Su mirada, cargada de una osadía estúpida, se deslizó sobre Tashira con una lascivia apenas disimulada.
Se acercó tambaleándose ligeramente, rompiendo la burbuja de respeto que había mantenido el resto de los lugareños. Le murmuró algo ininteligible, una mezcla de acoso vulgar y desafío, extendiendo una mano sucia hacia su brazo.
En un parpadeo, Othar se interpuso entre ellos. Sin pronunciar palabra, como si fuera una extensión natural de su voluntad, lanzó un golpe directo al rostro del hombre. El impacto resonó como un trueno seco en el aire cargado de humedad. El sujeto cayó pesadamente al suelo, su cabeza rebotando contra las tablas del mercado con un sonido sordo.
Un silencio espeso descendió sobre el asentamiento. Las conversaciones cesaron. Hasta las ranas parecieron contener el croar. Los ojos de todos se abrieron como platos, y enseguida empezaron los susurros, rápidos y alarmados:
—¡Es uno de los Hijos del Mangle!
—¡Su pandilla vendrá por él, seguro!
—¡Ahora sí estamos condenados!
El mercado, ya de por sí tenso, se convirtió en un hervidero de miradas nerviosas y pasos apresurados. Algunos comerciantes cerraron sus puestos de inmediato, recogiendo apresuradamente sus mercancías como si un huracán estuviera a punto de arrasar la isla.
Tashira, sin embargo, no se inmutó. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro, tan afilada como una daga. Se pasó una mano enguantada por el cabello oscuro, apartándolo de su rostro con un ademán despreocupado, mientras sus ojos brillaban con un fulgor calculador.
—Perfecto —murmuró, casi para sí misma.
Elder, a su lado, la miró con un atisbo de inquietud. Sabía reconocer esa sonrisa. Era la misma que había visto antes de las emboscadas más sangrientas, antes de las estrategias más audaces. Se inclinó ligeramente hacia ella, manteniendo la voz baja.
—¿Qué estás planeando, Tashira?
Ella no respondió de inmediato. Observaba el entorno con intensidad. Cada movimiento de los mercaderes, cada sombra que se deslizaba entre las cabañas, cada mirada furtiva. Todo era información. Cada trozo de nerviosismo era un hilo más en la telaraña que ya empezaba a tejer.
Finalmente, giró apenas la cabeza hacia Elder, sus labios curvados en una mueca divertida.
—Dejaremos que vengan —dijo, su voz tan suave como la seda, tan letal como el acero—. Y cuando lo hagan, serán nuestros.
El viento trajo consigo un olor más fuerte a tierra mojada y hojas podridas, como si la isla misma presintiera la inminente violencia. A lo lejos, un trueno retumbó, aunque el cielo aún no mostraba señales de tormenta.
Othar, sin dejar de vigilar el cuerpo inconsciente del acosador, se acercó lo suficiente para oír el plan. La expresión de su rostro, normalmente pétrea, se suavizó con una chispa de entusiasmo brutal.
Elder tragó saliva. Ya había tenido la oportunidad de escuchar hazañas de Tashira de la boca de Othar. La última vez que Tashira había dicho algo similar, una fuerza invasora de trescientos hombres había sido destruida en menos de una noche, usando apenas a una docena de guerreros y una serie de trampas perfectamente calculadas.
El aire, saturado de humedad, parecía vibrar con la anticipación del conflicto. Cada gota de sudor en la frente de los locales era un presagio. Cada crujido de la madera bajo los pasos apresurados era un tambor de guerra lejano.
El plan se formó en cuestión de minutos. Tashira no perdía tiempo: mandó a Elder a recolectar aceite barato y trapos, a Othar le asignó la tarea de preparar trampas en los puentes, debilitando cuidadosamente algunas tablas sin que se notara. Mientras tanto, Tashira consiguió la ayuda de un artillero local, un joven de rostro curtido por la pólvora llamado Jarik, que había presenciado la escena con ojos brillantes de admiración.
—¿Sabes manejar explosivos? —preguntó Tashira sin rodeos.
—Puedo hacer que un sapo vuele hasta la luna si me das el material adecuado —respondió Jarik, sonriendo con los dientes manchados de tabaco.
Perfecto.
La noche cayó como un telón negro sobre la isla. Las antorchas chisporroteaban, proyectando sombras temblorosas sobre el agua estancada. Se oían los ruidos del pantano: el croar de las ranas, el zumbido de los insectos, el susurro de ramas al moverse.
Y luego, el sonido de botas.
Docenas de ellas.
La pandilla venía, armados con machetes oxidados, garrotes y alguna que otra ballesta. Iban confiados, riendo y gritando amenazas. No sabían que cada paso los acercaba a una trampa.
En la oscuridad, Othar se movía como una bestia silenciosa. Agazapado bajo un puente, cortó las cuerdas que sujetaban los primeros tablones. Tres hombres cayeron al pantano, sus gritos ahogados al hundirse en el lodo.
Más adelante, Elder había colocado pequeñas fogatas ocultas bajo montones de hojas secas. Con un simple toque de su chisquero, las llamas comenzaron a lamer la noche, liberando columnas de **humo denso y negro** que se esparcieron con la brisa cálida.
—¡Fuego! ¡Fuego! —gritaron algunos.
En medio de la confusión, **Jarik** cumplió su parte. Desde una casa alta, lanzó pequeños explosivos hechos con pólvora, aceite y clavos. Estallaban cerca de los pandilleros, no para matarlos, sino para sembrar aún más caos. Cada explosión era un estallido seco que retumbaba en el pecho y llenaba el aire de olor a quemado y a metal caliente.
Los sentidos se volvieron traicioneros.
- La vista, cegada por el humo.
- El oído, confundido por las explosiones y los gritos.
- El olfato, saturado de pólvora y madera quemada.
- La piel, empapada en sudor.
Los pandilleros empezaron a separarse, a chocar entre ellos. Algunos, desesperados, se lanzaron a puentes que ya no eran seguros: se rompían bajo su peso, lanzándolos al lodo como ratas atrapadas.
Desde las alturas, Tashira observaba todo, con una fría satisfacción. Como una araña que ve a sus presas enredadas en la telaraña.
Cuando la mayoría de la pandilla estuvo desorientada y dispersa, dio la señal.
Othar salió de la sombra como una avalancha de músculo y furia, derribando enemigos uno tras otro.
Elder, con movimientos calculados, remataba a los rezagados o los atrapaba con redes improvisadas.
Tashira misma no se quedó atrás: bajó de su escondite, moviéndose entre el humo como un espectro, usando su daga para incapacitar a los líderes de la pandilla con precisión quirúrgica.
En menos de una hora, el enfrentamiento había terminado.
Los sobrevivientes huyeron, dejando atrás a sus heridos y sus muertos. El humo se disipó lentamente, revelando el verdadero panorama: puentes rotos, casas humeantes, cuerpos tendidos en el fango.
Tashira caminó entre los escombros con la seguridad de una reina tras la batalla. Llegó hasta donde estaba Jarik, quien la miraba con una mezcla de asombro y euforia.
—¿Tienes planes mañana? —preguntó ella, limpiando la sangre de su daga.
—Si es para hacer lo de hoy, cuenta conmigo —respondió Jarik, golpeándose el pecho con un puño.
Tashira asintió, y sin más, Jarik pasó a ser parte de su grupo.
La Isla de las Ranas, nunca volvió a ser la misma después de aquella noche.
Y el nombre de Tashira... resonó aún más fuerte, envuelto en el humo de la victoria.
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