El hijo prodigo y el angel de la muerte: el fin.
William finalmente se hallaba en su trono, una majestuosa pieza de madera oscura adornada con detalles de plata y cuero que reflejaban la luz del sol filtrada por los enormes ventanales del salón. El lugar, impregnado del aroma a madera antigua y cera de abejas, se sentía pesado, casi asfixiante. Las paredes, cubiertas de tapices que narraban batallas gloriosas, resonaban con el murmullo constante de los consejeros y líderes de facciones que se habían reunido para exigir su firma en concesiones que aseguraran sus propios intereses. El aire estaba cargado de tensiones invisibles, vibrantes como la estática antes de una tormenta.
Cada palabra de los nobles y generales era una petición implacable. Los hombres bestia, con sus ojos desmesuradamente grandes y su aliento denso, clamaban por la libertad, por la autonomía que durante tanto tiempo les había sido negada. La corte, sin embargo, no parecía preocuparle mucho. William, con una sonrisa forzada, extendía la pluma y firmaba sin siquiera mirar los documentos, dejándose arrastrar por la corriente de demandas que se alzaban ante él como olas en un mar inabarcable. El sonido de la pluma rasgando el papel era un eco que se repetía como un latido en la quietud de la sala.
Frente a él, una fila interminable de representantes de planetas le ofrecía más y más concesiones, como si cada firma le acercara más a la idea de ser algo más que un simple hombre. A medida que la tinta se deslizaba sobre el papel, William se sentía más atrapado en la pompa de su nueva posición. No era el rey que imaginaba, no era el gran gobernante que siempre había soñado ser; era una marioneta, una figura decorativa atrapada entre las sábanas de poder que ahora se tejían a su alrededor.
En la penumbra, Freddy observaba la escena con una sonrisa sardónica. Se acercó discretamente a Yosarian Jr., quien estaba reclinado en una silla de cuero oscuro, sus dedos jugando con un pequeño dispositivo de metal que emitía un zumbido bajo. El sonido de las conversaciones a su alrededor parecía lejano para él, como si el mundo entero hubiera caído en una distorsión temporal.
"¿Lo ves?" dijo Freddy, señalando a William con una ligera inclinación de cabeza. "Ese tipo se cree emperador."
Yosarian Jr. levantó la mirada, sus ojos fríos y calculadores. Un destello de amusement recorrió su rostro, pero no dejó que su voz traicionara su indiferencia. "No hay problema", respondió con tranquilidad, su tono tan afilado como un cuchillo. "Mientras siga siendo lo que es... una farsa."
La sala seguía llena de demandas, de palabras que eran como garras clavándose en la carne del sistema, pero Yosarian Jr. no podía evitar sentir una profunda satisfacción en su interior. No importaba cuántos se arrodillaran ante el trono de William, ni cuántos papeles firmara. En esa era del capital, él era el mayor capitalista, el verdadero poder detrás de los hilos. Las luchas de aquellos que se arrodillaban eran tan pequeñas ante su dominio económico.
William, incapaz de percatarse de la conversación a sus espaldas, seguía firmando sin cesar. El salón, una prisión dorada, lo envolvía mientras las sombras de aquellos que lo utilizaban se alargaban, y el sonido de la pluma continuaba marcando el ritmo de su farsa.
El aire del gran salón se sentía pesado, como si el mismo espacio estuviera atrapado entre los ecos de la victoria y la quietud de lo que había quedado atrás. Los tapices, que antes parecían narrar historias de gloria y conquista, ahora se erguían como silenciosos testigos de lo que estaba a punto de suceder. William, aún sumido en la monotonía de su nuevo rol, no esperaba la llegada de Angel. La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales, creando reflejos dorados sobre las antiguas piedras del suelo, y la figura de Angel apareció en la entrada, desmarcándose de la multitud que se agolpaba a su alrededor. Su silueta era imponente, pero la expresión de su rostro parecía vacía de la energía que había tenido en los días de lucha.
Angel caminó hacia el centro del salón, el sonido de sus botas resonando en el suelo de piedra como un tambor lejano. En sus ojos no había rastro de ira ni de deseo, solo una calma resignada que contrastaba con la furia que había definido sus primeros días a la sombra de William. Se detuvo frente al trono, sus hombros erguidos, pero la tensión de su postura era clara. Miró a William con una mirada profunda, como si buscara algo en él, algo que había estado ahí desde el principio, pero que ahora se había desvanecido.
"William", dijo, su voz grave y serena, cortando el murmullo constante de la corte. "Te agradezco por haber luchado a mi lado. Ha sido un honor, una lucha que pocos podrían comprender, pero… es hora de buscar nuevos horizontes."
El silencio en la sala se hizo denso. William lo miró fijamente, sus ojos ligeramente entrecerrados, como si la realidad de las palabras de Angel le llegara demasiado tarde. Angel ya no era el compañero de batallas que había compartido tanto; ya no era el hombre de las sombras al lado del trono, sino un ser distinto, que había visto más allá de las fronteras de lo que habían logrado juntos. La tensión en el aire se sentía como un nudo, pero había algo en el tono de Angel que no dejaba espacio para la duda. Era la decisión de alguien que había comprendido que el poder, tal como se presentaba, ya no valía la pena.
"¿Te vas?" William apenas logró decir, su voz cargada de una tristeza inexplicable. El brillo de las joyas en su trono reflejaba un resplandor que ahora le parecía vacío, sin propósito.
Angel asintió, un gesto lento, como si todo el peso de su decisión estuviera en la simple afirmación. Dio un paso hacia William, y la sala pareció quedar en suspenso, el aire se tensó con una corriente casi palpable. Cuando se plantó frente al trono, extendió la mano hacia William. El contacto entre ambas manos fue breve, pero firme, como si cada dedo transmitiera años de lealtad, sacrificio y comprensión.
Era una despedida, sí, pero no una ruptura total. La piel de sus manos se rozó con una fricción suave, un recordatorio del trabajo compartido y de las luchas que, en su momento, parecieron infinitas. El calor de la mano de Angel se trasladó a la de William, que, por un momento, no supo si debía aferrarse más fuerte o dejarlo ir. En ese instante, entre el roce de sus manos, William entendió algo fundamental: el poder, el imperio que había soñado construir, era efímero, y en su lugar, la verdadera lealtad se encontraba en las decisiones que uno mismo tomaba.
"Te deseo lo mejor, amigo mío", murmuró William, su voz casi un susurro en la quietud de la sala.
"Que encuentres lo que buscas", respondió Angel, retirando lentamente su mano. Y, con esa última mirada, se dio la vuelta, dejando atrás al hombre que había sido su compañero, ahora inmerso en el peso de lo que ya no podía sostener.
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