El arca, temporada 2, capitulo 1.

 La habitación estaba tenuemente iluminada por lámparas de aceite suspendidas sobre una mesa rectangular de madera envejecida. Las sombras oscilaban en las paredes de concreto desnudo, proyectando figuras que parecían danzar al ritmo de las discusiones. El aire olía a tinta fresca, cuero viejo y una ligera humedad que se filtraba desde los cimientos del edificio reconstruido. Cuatro generales, con rostros curtidos por la guerra y las vigilias interminables, rodeaban la mesa junto a Fatality, que permanecía erguido, gesticulando con calma mientras desplegaba unos pergaminos desgastados sobre la superficie rugosa.

“En Siría, durante los últimos siglos de la antigua tierra,” comenzó Fatality, señalando con la pluma una sección del mapa, “se intentó una forma de socialismo comunitario. La producción era compartida, las decisiones, horizontales. Pero fue aplastado por las potencias exteriores... no por su ineficiencia, sino por lo que representaba.” Su voz era baja, firme, casi hipnótica, como si hablara no sólo a los presentes, sino a las generaciones futuras que podrían leer ese mismo documento.

Los generales lo escuchaban con atención, asintiendo de vez en cuando, aunque el cansancio comenzaba a notarse en sus ojos vidriosos. En el extremo de la mesa, reclinado en una silla improvisada con mantas dobladas como almohadón, Elder comenzaba a cabecear. Sus párpados se cerraban pesadamente, su cuerpo, antes tenso por el hábito de la autoridad, se dejaba ir con cada respiración más profunda.

Fatality notó su estado. Interrumpió su explicación por un instante y giró ligeramente el torso hacia él.

“General Elder,” dijo con un tono más elevado, pero sin brusquedad, como quien llama a alguien desde una bruma densa.

Elder abrió los ojos de golpe, sacudido por el sonido de su título. “¿Qué pasa?” masculló, su voz rasposa aún atrapada entre la vigilia y el sueño. Se incorporó torpemente, parpadeando, mientras su mirada recorría la sala sin comprender del todo dónde se hallaba.

“Estamos decidiendo el destino del Arca,” respondió Fatality, señalando el esquema central de la mesa: un diagrama que mostraba los distritos de producción, los núcleos de organización comunal, las rutas de abastecimiento.

Elder frunció el ceño, frotándose la frente con el dorso de la mano. “¿Todavía…?” murmuró, la palabra saliendo como un suspiro incrédulo. Luego, tras una pausa, añadió con un dejo de orgullo: “Tuve un sueño... batallas gloriosas, miles de hombres marchando. ¡Acero y canto!”

Hubo un silencio corto.

“Las batallas han terminado,” dijo Fatality, sin cambiar el tono, pero con una gravedad que cayó como plomo en el ambiente.

Elder soltó una exhalación suave, casi resignada, y dejó caer la cabeza sobre el respaldo de la silla. “Por desgracia…” susurró, mientras sus ojos se cerraban de nuevo, arrastrado por el cansancio que ningún triunfo podía disipar.

Los generales se miraron en silencio. La pluma de Fatality retomó su movimiento, como si cada palabra escrita pesara tanto como un disparo en la guerra que acababa de terminar. Afuera, la noche avanzaba, y el nuevo mundo seguía dibujándose entre mapas, recuerdos y silencios.

Horas después una puerta de madera chirrió al abrirse, dejando pasar una ráfaga de aire seco mezclado con el aroma a tierra caliente. Elder entró despacio, con las botas cubiertas de polvo colgando de un solo hombro. Su mirada se alzó apenas cruzó el umbral: la sala seguía igual, con las cortinas de baja calidad bordadas por su madre temblando suavemente con el viento, y el aroma a especias, leña y algo hirviendo en la cocina flotando en el aire como un abrazo antiguo.


—¡Elder! —gritó su hermana desde el pasillo, apareciendo al instante con una sonrisa ancha y viva. Lo rodeó con los brazos sin esperar respuesta, pegando su mejilla a su pecho—. ¡Mamá, vino! ¡Está aquí!


Desde la cocina, una figura pequeña y encorvada salió a paso lento, pero decidido. Era su madre, con las manos aún húmedas por haber estado lavando. Lo miró por un segundo, como para convencerse de que era real, y luego se lanzó a abrazarlo, apoyando la cabeza en su hombro con un suspiro que venía del fondo del alma.


—Estás más flaco —murmuró—. Pero gracias al cielo, estás entero.


Elder esbozó una media sonrisa, se quitó el abrigo con torpeza y lo colgó en el mismo clavo de siempre junto a la puerta. Se sentó en la silla de mimbre junto a la mesa y dejó escapar un largo resoplido.


—¿Y cómo te fue? —preguntó su madre mientras regresaba a la cocina.


—Ganamos, pero ahora este es el trabajo más aburrido de mi vida —dijo, casi sin pensarlo. Su voz sonó ronca, algo seca por los meses de mando, pero había un dejo de alivio en ella.


—¡Tanto clamar por la revolución, tanto discurso inflamado! —se burló su hermana desde la entrada, cruzada de brazos, con una sonrisa pícara.


Elder la miró con un ojo entrecerrado, pero no con enojo. Había algo reconfortante en esa burla familiar, algo que le decía que sí, que estaba en casa de nuevo.


—La revolución terminó —replicó—. Ahora es un nuevo orden. Más papeles que acero, más decisiones que cortes.


—Más aburrido que glorioso, ¿eh?


Él asintió en silencio, con una mueca resignada. La revolución que habían soñado con fuego ahora se tejía con normas, estructuras y discusiones interminables. No era menos importante, pero sí menos épico.


En la cocina, su madre removía con una cuchara de madera una olla humeante. El burbujeo suave de la sopa se mezclaba con el aroma de zanahoria, cebolla y especias, llenando la casa con una calidez que no sentía desde antes de la guerra.


—Te hice tu sopa favorita —dijo ella, sirviendo un tazón humeante—. No sabía si ibas a volver… pero igual la hacía cada semana.


Elder tomó la cuchara, y al probar la primera cucharada, cerró los ojos. El sabor lo golpeó como un recuerdo, tibio y lleno de vida.


—Estoy en casa —susurró. Esta vez, no como comandante. Solo como hijo.


El interior del Arca vibraba con un sonido bajo, un gemido metálico que recorría los pasillos y se filtraba en las paredes como el latido enfermo de un coloso agonizante. Fatality se mantenía firme en la sala de control, rodeado por pantallas titilantes y paneles llenos de luces rojas que parpadeaban como advertencias de un desastre inminente. Su equipo técnico trabajaba a su alrededor, deslizando dedos inquietos sobre teclados desgastados y murmurando entre ellos con urgencia contenida.  


El aire tenía un leve olor a metal caliente y aceite rancio, una mezcla que se había vuelto tan familiar como la guerra misma. Pero la guerra había terminado, y ahora enfrentaban una batalla diferente: la lenta descomposición de su refugio, el Arca, el último vestigio de la revolución.  


—El sistema de soporte está perdiendo presión en los conductos primarios —informó una de las ingenieras, con la voz tensa—. Si seguimos así, podríamos perder la estabilización en cuestión de semanas… o días.  


Fatality no respondió de inmediato. Se frotó la frente con dos dedos, sintiendo el sudor pegajoso que se acumulaba en su piel. Lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Lo llamaban Fatality por su pesimismo implacable, por su habilidad para anticipar lo peor. Y una vez más, tenía razón.  


—Todo esto es por la guerra —murmuró, más para sí mismo que para los demás—. Tiempo sin mantenimiento, sistemas ignorados mientras nos enfocábamos en la lucha. Ahora nos está cobrando la factura.  


Un chasquido eléctrico rompió el silencio. Una chispa saltó de una de las consolas, iluminando por un segundo la expresión tensa de los técnicos. Un zumbido grave se deslizó por las paredes, como un susurro mecánico de advertencia.  


—¿Tenemos una solución? —preguntó Fatality, su voz firme, sin rastro de pánico.  

—Podríamos intentar una reparación manual —sugirió otro ingeniero—, pero necesitaríamos acceder a los niveles inferiores. Las cámaras de presión están al límite.  


Fatality exhaló despacio. No había opciones fáciles.  


—Entonces lo haremos. Organicen un equipo. Yo iré con ellos.  

Los motores gimieron de nuevo, más fuerte esta vez. Como un susurro de advertencia.  


—Nos estamos quedando sin tiempo —dijo Fatality, con el peso del destino en su voz—. Y nunca hemos tenido el lujo de la suerte.

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