El arca, capitulo 8, temporada 2.
Tashira se hallaba en el interior del Arca, una estructura herrumbrosa y semienterrada entre dunas y olvido. Elder y Fatality la habían conducido hasta un cuarto estrecho, de techo bajo y suelos cubiertos por una malla de cables retorcidos. Allí, en el centro, una lámpara brillaba con una llama estable y extrañamente viva.
Tashira se detuvo frente al objeto. No parecía gran cosa: una base de latón ennegrecido, vidrio resquebrajado por el calor y un cuello torcido como si hubiese sobrevivido a un naufragio. Se inclinó con cuidado, observando las alargadas marcas en su base. Rayas negras, algunas irregulares, como si alguien hubiese intentado borrarlas a mano.
—¿Lleva mucho tiempo encendida? —preguntó, sin girarse.
Fatality, que se apoyaba en el marco de la puerta como una estatua curtida, respondió con tono grave:
—Fuego interminable. Petróleo refinado. La encendí hace meses. No se apaga.
Tashira sonrió. No de forma amplia, sino apenas con un pliegue en la comisura del labio, como quien ha encontrado una pieza faltante en un rompecabezas.
—Entonces probablemente es resistente al agua.
Elder, que aún tenía las botas cubiertas de arena del puerto, asintió con un leve encogimiento de hombros.
—La sumergimos una vez cuando se inundó el almacén. Siguió encendida.
Tashira enderezó la espalda. Su trenza rojiza se deslizó sobre su hombro como una cuerda viva. Sus ojos destellaban con una mezcla de cálculo y certeza. Se acercó a la pared y con una tiza de cal improvisada marcó una línea curva sobre un panel oxidado. Luego otra, y otra, formando una especie de mapa en miniatura.
—El enemigo creera que la noche es su aliada y en el fuego... —tocó la lámpara suavemente, como si acariciara a una criatura dormida—, hallaremos refugio y ellos muerte.
El cuarto pareció tensarse. Elder se irguió, comprendiendo apenas.
—¿Estás pensando...?
—En señales. En trampas. En cebos. En fantasmas —enumeró Tashira—. En la victoria de sombras.
El sonido del mar quedaba lejos, pero el crujido metálico del Arca era constante, como un corazón latiendo bajo tierra. Tashira alzó la lámpara y la sostuvo en alto, dejando que su resplandor tiñera su rostro de oro líquido.
—No necesito una flota. Solo necesito que crean que la tengo en cada sombra. Esta noche no atacaremos. Esta noche los haremos temer.
Elder tragó saliva. El plan había comenzado.
Mientras tanto, en la isla de Prisan, el cielo estaba cubierto por una bóveda gris y baja, como si el firmamento mismo se sintiera pesado por lo que estaba a punto de ocurrir. El mar golpeaba con fuerza las rocas negras de la costa, y el olor a sal, sangre seca y cuero húmedo impregnaba el aire como una advertencia antigua. Los tambores de guerra resonaban en la plaza central, su ritmo profundo vibraba en el pecho como un segundo corazón.
Los Prisanos se alineaban en filas. Altos, de espaldas anchas y músculos tensos como raíces viejas, vestían cuero endurecido y metales oscuros. Sus pieles, curtidas por el sol y marcadas por cicatrices que hablaban de antiguas cacerías, relucían bajo el sudor denso que les cubría la frente. Algunos llevaban pinturas de guerra en forma de zarpazos o fauces abiertas en los pómulos, y todos, sin excepción, empuñaban lanzas largas como estandartes de muerte.
El tambor se detuvo.
Desde el trono de piedra negra, esculpido directamente sobre una formación volcánica, el Rey Prisan se alzó. Era el más grande entre ellos, con una corona hecha de colmillos marinos y fragmentos de obsidiana. Su barba trenzada caía hasta el pecho, y sus ojos eran dos pozos de furia helada.
—Una vez más es la hora —rugió, su voz desgarrando el aire como una lanza de trueno—. Atacaremos en la noche.
Un grito brotó de las gargantas de los guerreros, tan potente que las gaviotas huyeron de la costa. El eco retumbó en los acantilados cercanos, despertando a las bestias marinas que dormían en cuevas sumergidas.
Uno a uno, los Prisanos comenzaron a moverse hacia el puerto. La madera de los embarcaderos crujía bajo su peso, y el sonido de los cascos rozando el agua se mezclaba con el relincho de bestias de carga y el golpeteo de armaduras ensambladas. Los barcos —negros, largos y cubiertos con estandartes de hueso— esperaban con las velas recogidas y los mástiles como lanzas alzadas contra el cielo.
En la proa del navío más grande, un mascarón en forma de calavera con fauces abiertas parecía reírse del mar mismo. Guerreros subieron a bordo con movimientos precisos, disciplinados como una bestia colectiva entrenada para la matanza. No intercambiaban palabras; el silencio era su lenguaje antes del derramamiento de sangre.
Las velas se desplegaron como alas negras. Los remos comenzaron a moverse al unísono. El mar se partió en caminos bajo ellos. Partían no hacia una batalla, sino hacia una cacería.
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