El arca, capitulo 7, temporada 2.

 La arena caliente crujía bajo sus pies mientras el sol caía implacable sobre el puerto. El olor a sal y metal oxidado flotaba en el aire, mezclado con el humo tenue que salía de una de las fragatas ancladas. Elder caminaba junto a Tashira, con pasos tensos pero firmes, acercándose a una figura envuelta en una chaqueta larga: Fatality. El rostro curtido del hombre se volvió hacia ellos con expresión severa, aunque sus ojos se suavizaron ligeramente al verlos llegar.


—¿Sabes algo de la Gran Tashira? —preguntó Elder, directo, con la voz ronca por la sequedad del aire.


Fatality entrecerró los ojos. —Pues no...por qué?

Elder miró de reojo a la mujer a su lado, cuyo parche de cuero y la trenza rojiza destacaban como una llama en medio del polvo.


—Porque ella —dijo, señalándola— dice serlo, la "gran estratega de los 7 mares"


Fatality la miró de arriba abajo. Tashira cruzó los brazos y sostuvo la mirada con una sonrisa de medio lado, como si no necesitara que le creyeran.



Ella se adelantó con elegancia agresiva, como si cada paso marcara territorio.


—Recuperé el puerto de Maregavia con seis naves y un montón de pólvora mojada. Hundí tres buques del Imperio de Bronce sin disparar un solo cañón. ¿Te suena la rebelión de los acantilados del este? Yo diseñé ese asalto. Treinta navíos tomados sin bajas propias —dijo sin alardear, con tono preciso, como quien recita un inventario.


Fatality ladeó la cabeza, frunciendo el ceño. El viento le agitaba los cabellos grises, y sus dedos jugueteaban con un anillo de hierro.


—Impresionante... Nosotros tuvimos problemas importantes en el arca...

Su voz arrastraba el peso de años y derrotas. Pero antes de que pudiera exponer su relato, Tashira levantó una ceja y habló con naturalidad:


—Usaron propaganda anónima, cortaron los suministros imperiales, aprovecharon los recursos periféricos para levantar bases sin llamar la atención... y ganaron, ¿no?


El silencio se tragó el momento. 


—Sí. Exactamente así.


Tashira sonrió, aunque sus ojos no mostraban orgullo, sino certeza.


—Yo hubiera hecho lo mismo —dijo, como si hablara del tiempo.


Elder miraba a ambos, sin entender algunos de los términos. 

En ese instante, entre el humo, el sol y el salitre, supo que no era solo una historia. La Gran Tashira estaba de vuelta.

Horas después El crepúsculo teñía el cielo con tonos de óxido y vino derramado, y el viento arrastraba el murmullo inquieto del mar contra los pilotes del viejo muelle. En el interior de una casamata abandonada, iluminada por una lámpara de aceite, Tashira observaba un mapa extendido sobre una mesa de madera astillada. Elder, de pie a su lado, no dejaba de mirar por la única ventana, hacia el horizonte donde horas antes había visto aquellas figuras.


—Eran altos... piel dura, cicatrices como marcas de guerra. Dijo elder

Tashira levantó la vista, y un brillo peligroso cruzó sus ojos.


—Prisanos —dijo, como si el nombre fuera una daga que cortaba el silencio—. Salvajes del sur. Bestias humanas. He derribado a docenas de ellos en otras costas... son fuerza pura. Si los viste, Elder, entonces ya están oliendo sangre. No vienen a observar. Vienen a devorar.

El ambiente se volvió más denso, como si el aire mismo se hubiera tensado. El aceite de la lámpara chisporroteó. El salitre que impregnaba las paredes ahora parecía sudor frío.


—¿Qué hacemos? —preguntó Elder, tragando saliva, sintiendo el peso de la responsabilidad que se le venía encima.


Tashira alzó la cabeza lentamente, como una serpiente despertando del letargo.


—¿Con cuántos navíos contamos? —preguntó con la voz pausada, pero cortante.


Unos pasos detrás, Fatality entró en la sala, apoyándose en la pared con los brazos cruzados. Su rostro estaba ensombrecido por la vela que parpadeaba.


—Ninguno. 

El silencio volvió a caer, tenso como una cuerda a punto de romperse.


Tashira no parpadeó. Una sonrisa imperceptible curvó sus labios, pero no era de alegría; era la sonrisa de quien ha visto un monstruo y ya ha pensado cómo decapitarlo.


—Perfecto —murmuró, alisando el mapa con la palma—. Entonces ésta será una de mis grandes hazañas estratégicas.


Elder la miró con incredulidad.


—¿Perfecto? No tenemos barcos, ni cañones. ¿Qué puedes hacer con eso?


Tashira le respondió sin mirarlo, con la vista fija en los trazos del mapa como si leyera una partitura de guerra.


—No necesito barcos para hundir al enemigo. Solo necesito que él crea que tengo una flota invisible. La guerra, Elder, no se gana con fuerza, sino con miedo. Y el miedo se cultiva con precisión.


La llama de la lámpara tembló como si respondiera a sus palabras. En ese momento, el polvo del cuarto pareció girar en torno a ella, como atraído por su presencia. La estratega sin barcos, sin barcos... ya había empezado a ganar.


Fuera, el mar rugía en la distancia, como si los Prisanos hubieran escuchado su desafío.

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