El arca, capitulo 6, temporada 2.
El asentamiento, aunque precario, había empezado a tomar forma con ramas trenzadas, telas desgastadas como techos, y fogatas que crepitaban tímidamente contra la humedad de la noche. Aquella orilla de la isla, por lo general serena, se había transformado en un santuario temporal donde los miembros del Arca encontraban algo parecido a la rutina. Pero esa noche, todo cambió.
El cielo se había desgarrado desde hacía horas. La tormenta descendía como una bestia sobre ellos, con vientos que aullaban entre las estructuras improvisadas y una lluvia que golpeaba la tierra con furia ciega. Cada gota caía pesada, espesa, dejando un sabor a óxido en la boca. El aire estaba cargado de electricidad, de tensión, de una promesa no dicha. Los truenos eran martillazos en el cielo, y los relámpagos arrancaban sombras abruptas de las palmeras que flanqueaban la costa.
Los cuerpos se encogían bajo mantas improvisadas, temblando más por el presentimiento que por el frío. La arena se convertía en barro bajo los pies descalzos, y el olor a madera mojada y a resina ardida flotaba entre las fogatas a medio morir.
Y entonces, se oyó.
Un rugido profundo, como el lamento de un monstruo mecánico, irrumpió entre el estrépito de la tormenta. No fue trueno ni ola. Fue algo distinto, metálico y agónico. Un sonido que brotó desde el este, retumbando en las entrañas de la isla: un barco encallando.
El corazón del asentamiento se congeló. Por un instante, ni el viento se atrevió a moverse. Luego, el caos.
Fatality no esperó instrucciones. Se levantó como si ya hubiera soñado ese momento. Su voz no fue grito, sino filo:
—¡Niños y mujeres, al refugio! ¡Ya!
Nadie cuestionó. Las madres tomaron a sus hijos, cubriéndolos con lonas y pieles. Corrieron entre la lluvia, dejando tras de sí huellas veloces y respiraciones temblorosas. El refugio era una vieja grieta entre rocas, profunda y húmeda, donde el eco de cada paso parecía anunciar secretos antiguos. Allí se amontonaron, conteniendo el aliento, con los ojos brillando bajo la escasa luz de una antorcha.
Mientras tanto, Elder emergió entre la niebla como un tótem. A su lado, un bloque de hombres curtidos: hombros anchos, rostros endurecidos por el sol, la sal y el miedo convertido en voluntad. Iban armados con lanzas improvisadas, tubos de fuego aún calientes y palos reforzados con clavos oxidados.
—Nos separamos en dos grupos —dijo Elder, su voz un tambor bajo el trueno—. Rodeamos. Nadie dispara hasta que sepamos.
Las botas chapoteaban entre charcos. El barro se pegaba a las piernas como si la isla misma quisiera retenerlos. El olor a sal, a azufre, a miedo... todo se mezclaba en el aire denso. Cada paso hacia la costa era una marcha hacia lo desconocido.
Los minutos se estiraron como el viento en la vela rota de un recuerdo. El grupo avanzó entre maleza y rocas, bordeando la playa hasta que, finalmente, lo vieron.
Un barco encallado, quebrado a un lado, descansaba como un animal herido bajo la tormenta. El casco, aunque agrietado y crujiente, tenía madera buena —robusta, vieja, casi noble—. Las cuadernas sobresalían como costillas desnudas, y la popa estaba partida, pero no del todo hundida. A cada golpe del oleaje, la estructura gemía, como si aún luchara por mantenerse viva.
Fatality se acercó primero, clavando los ojos en el casco con la pericia de quien ha construido refugios con poco y ha aprendido a reconocer lo valioso. Tocó la madera húmeda y asintió, sus palabras apenas audibles entre el murmullo de la lluvia y el retumbar lejano del trueno:
—Es buena madera, Elder. Muy buena madera.
Luego, con esa media sonrisa que usaba para esconder la gravedad de las cosas, giró el rostro y dijo:
—Te toca ir, mi John... sin miedo.
Elder frunció el ceño sin dejar de mirar el esqueleto del navío. Se quitó la capucha empapada y lanzó una exhalación entre dientes.
—Dejen de decirme así. Mi madre se molesta.
Algunos soltaron una risa breve, casi nerviosa. La tensión se aligeró por un segundo. Entonces Elder subió.
Cada tablón crujía bajo su peso, como si sus pasos despertaran ecos dormidos. El aire allí olía a sal, madera podrida y sangre vieja. Entró agachado, con la lanza en alto, los ojos repasando cada rincón. No hubo rugidos, ni movimientos bruscos, solo el silencio húmedo del desastre. La tormenta afuera era ahora un ruido lejano, filtrado por los restos del casco.
Cuerpos. Cuatro. Tal vez cinco.
Tendidos entre redes, sillas rotas, y cofres derramados. Humanos. De contextura normal. Nada que ver con los gigantes que habían visto en aquella otra ocasión, esos seres deformes que ocupaban dos veces el tamaño de un hombre común. Estos eran simples marineros, con ropas rasgadas, piel aún húmeda y ojos apagados. Algunos tenían heridas abiertas, otros parecían dormidos por siempre.
Elder avanzó sin hacer ruido, su respiración un hilo de niebla. Cada paso era una oración, cada mirada, una sospecha.
Y entonces la vio.
En el timón, reclinada hacia un lado, como si se hubiese dormido luchando contra la tormenta, estaba una mujer. Su figura era voluptuosa, marcada incluso bajo la ropa empapada que se le adhería al cuerpo como una segunda piel. El cabello oscuro le caía sobre el rostro, ondulado, brillante bajo la luz intermitente de los relámpagos. Tenía la mano derecha aún en la rueda del timón, como si no quisiera soltar el control, incluso en la inconsciencia.
No parecía herida. Solo dormida. O desmayada.
Elder se detuvo frente a ella, y por un momento, el tiempo se detuvo con él.
No era un monstruo.
No era una amenaza evidente.
Era… una pregunta que aún no tenía respuesta.
La lluvia había amainado, pero las nubes aún colgaban pesadas sobre el cielo como un techo de humo. Elder descendía por la pendiente de rocas y arena con pasos firmes, aunque medidos. En sus brazos, la mujer reposaba con la cabeza ladeada, el cabello chorreando como una cortina negra sobre su pecho. Su cuerpo, aunque inerte, se sentía cálido, y su respiración débil pero constante aliviaba el peso simbólico de cargar a un desconocido.
Los demás miembros del Arca salieron al encuentro, rodeándolo con mezcla de alerta y curiosidad. Algunos desenfundaron por reflejo, pero al ver la figura indefensa entre los brazos de Elder, relajaron los hombros.
Fatality fue el primero en acercarse, su mirada entrenada se deslizó con precisión sobre el cuerpo de la mujer. Sus dedos, firmes pero rápidos, tocaron la piel del cuello y luego examinaron sus labios resecos.
—Deshidratación leve —anunció con seguridad, como si hubiese visto mil casos iguales en otras costas, otras ruinas.
—Podría haber estado consciente hace unas horas. La tormenta la debe haber agotado del todo.
Inmediatamente, señalaron hacia la zona techada del asentamiento, donde una lona gruesa colgaba como refugio improvisado. Un par de jóvenes extendieron una camilla improvisada hecha de tela tensa sobre ramas gruesas. Elder la colocó con cuidado, como quien deposita algo más que un cuerpo: una posibilidad, una pregunta.
Pero no se alejó.
Mientras los demás comenzaban a dispersarse, murmurando entre ellos, preparando agua caliente y tela limpia, Elder permaneció sentado junto a ella, sin tocarla, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en su rostro inmóvil.
No entendía por qué. Había encontrado otros náufragos antes. Algunos morían, otros despertaban y hablaban con miedo o con mentira. tal vez era un instinto primitivo, algo enterrado en su médula, en su memoria ancestral, que lo obligaba a quedarse.
El campamento comenzaba a calmarse, el fuego chispeaba tímidamente mientras el humo subía como una plegaria. Elder se inclinó un poco, observando cómo el pecho de la mujer subía y bajaba con lentitud. Notó una cicatriz fina en su clavícula, como un hilo blanco de historia antigua, y una pequeña pulsera de cobre en su muñeca izquierda, oxidada por la sal.
La lona del refugio ondeaba suavemente con el murmullo del viento, mientras las gotas restantes de la tormenta resbalaban por los bordes como lágrimas que el cielo ya no podía sostener. La luz tenue del amanecer se colaba entre los pliegues, y en medio de ese silencio contenido, la mujer abrió los ojos.
Eran verdes. Pero no cualquier verde: un verde profundo, como la espesura de una selva virgen bajo la lluvia o como el cristal de una botella vieja arrastrada por el mar. Brillaban aún con humedad, pero en cuanto enfocaron el entorno, su intensidad cambió. Ya no eran los ojos de una náufraga. Eran ojos de cálculo, de análisis, de peligro.
Elder lo notó de inmediato. Había estado sentado junto a ella, bebiendo un poco de caldo tibio, cuando ese par de faros esmeralda lo atravesaron sin pestañear. Su cuerpo seguía tendido en la camilla, pero su mirada se movía como un halcón: de la estructura del techo a los materiales, del fuego central al número de hombres visibles, del color del agua en su jícara al desgaste en los cuchillos apoyados contra el tronco.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz grave, ronca, pero llena de control.
Elder apenas se incorporó.
—A salvo —dijo simplemente—. Estás en tierra firme. Te encontramos en un navío encallado.
Ella parpadeó una sola vez.
—Claro... las corrientes nororientales, la fractura en el casco y el ruido que oí antes de desmayarme. Suena lógico. Los tablones de este refugio fueron cortados por herramientas rudimentarias, pero firmes. Sus botas están secas: llevan horas sin moverse. El fuego fue encendido hace poco, lo suficiente para hervir agua, pero no para cocinar. Debo haber estado inconsciente menos de seis horas.
Elder la miró con una ceja alzada.
—¿Cómo... puedes deducir todo eso tan rápido?
La mujer se incorporó lentamente, con la agilidad de quien sabe que su cuerpo es arma tanto como escudo. Su cabello, todavía húmedo, caía en cascada sobre sus hombros. Se llevó una mano al costado, tanteando el vendaje, luego miró directo a los ojos de Elder. Una leve sonrisa apareció en sus labios, apenas curvada, como una advertencia velada.
—Porque soy la estratega más temida de los mares —dijo con una voz ahora clara, firme, elegante y peligrosa—.
La gran Tashira.
El nombre cayó como una piedra en el agua. El silencio que le siguió fue espeso. Elder sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.
Tashira.
La sombra detrás de flotas perdidas.
La mente tras asedios imposibles.
Y ahora, estaba allí. Viva. Mirándolo. Con los ojos más verdes y despiertos que había visto en su vida.
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