El arca, capitulo 5, temporada 2.

Pronto, los habitantes del arca comenzaron a esparcirse con más libertad por la isla. El temor inicial cedía poco a poco ante la necesidad de saber, de tocar, de comprobar con los propios sentidos que el mundo no estaba muerto. Caminaban entre formaciones irregulares, por senderos que el tiempo había trazado con manos invisibles, sus pasos dejando huellas efímeras sobre la tierra resquebrajada. El sol, aún despiadado, colgaba inmóvil en lo alto, haciendo que todo reluciera con un brillo áspero, como si el paisaje estuviera cubierto de vidrio molido.


Los cuerpos se movían pesados, cargados por la humedad pegajosa del aire salado que llegaba, cada vez más perceptible, desde el oeste. Una brisa tibia recorría las mejillas, cargando consigo partículas de sal y un dejo de yodo oxidado. Las bocas se humedecían por instinto, y los pulmones inhalaban profundo, como si quisieran saborear el océano antes de verlo. Los sonidos también cambiaban: ya no era solo el murmullo del viento entre las rocas, sino un rumor grave, rítmico, que venía de lejos, como una respiración inmensa.


Fatality, que había permanecido silenciosa durante horas, alzó la vista hacia una elevación cercana. Elder ya estaba allí, firme como un poste anclado en la historia. Ella lo siguió sin decir palabra, sus botas levantando polvo con cada paso. Al llegar, él apenas la miró; sus ojos estaban clavados en el horizonte.


Frente a ellos, el océano se abría como una herida inmensa y viva. El agua se extendía hasta fundirse con el cielo en un abrazo pálido y sin bordes. Las olas rompían con cadencia sobre la orilla rocosa, dejando una espuma densa y sucia que parecía sangre coagulada de algún dios antiguo. El olor era abrumador: sal, algas, madera podrida y algo más profundo, más animal.


Y entonces, apareció.


A lo lejos, cruzando con lentitud solemne, un barco surcaba la línea del horizonte. No era una ilusión. Su silueta era oscura, recortada contra el azul. Tenía mástiles, velas triangulares recogidas, y un casco que brillaba débilmente bajo el sol. El barco avanzaba como un fantasma, silencioso, ajeno, pero presente.


—¿Lo ves? —murmuró Elder.


Fatality asintió, con la boca entreabierta.


El viento cambió apenas, y desde la distancia llegó un silbido agudo, como una bocina desgastada por el tiempo. Fue solo un segundo, pero bastó para que todos los sentidos se encendieran. Los habitantes, esparcidos, comenzaron a mirar hacia el mar, señalando, murmurando. Algunos corrieron hacia la costa, otros simplemente se quedaron inmóvHiles, con la piel erizada por la idea imposible: **no estaban solos**.


La isla, por un instante, dejó de ser un desierto. El mundo respiraba. Y allá, sobre el agua, algo —o alguien— los había visto.

Con la visión del barco aún fresca en la memoria colectiva, una nueva urgencia se instaló entre los habitantes. El miedo ya no era parálisis, sino combustible. Fatality, con la mirada afilada como obsidiana recién pulida, se colocó al frente. Sus órdenes no eran gritos; eran certezas que se imponían en el aire con la gravedad de lo inevitable.


—Vamos a necesitar armas —dijo, su voz áspera—. De las buenas.


La isla, antes desconocida, empezó a revelar su valor oculto: fragmentos de estructuras oxidadas, restos de maquinaria semienterrada, depósitos de minerales metálicos rojizos, piedras sulfurosas que apestaban a huevo podrido, y cuevas profundas donde aún se oía el eco del agua subterránea. Cada objeto, cada partícula, se convertía en recurso.


Los grupos se dividieron por zonas. Los pies pisaban tierra firme con urgencia, levantando nubes de polvo que se adherían a la piel como una segunda costra. Las manos, muchas ya vendadas o laceradas por días de esfuerzo, se metían entre la maleza espinosa y bajo las rocas calientes, extrayendo alambres, tubos de cobre verdoso, resortes deformados, cristales quebrados.


El olor metálico del óxido se mezclaba con el perfume amargo del sudor y la resina que brotaba de los árboles cuando eran abiertos con machetes improvisados. Algunos encontraron barriles enterrados, restos de un tiempo bélico olvidado: dentro, pólvora aún activa, húmeda pero recuperable. Otros hallaron cilindros de gas, apenas reconocibles por las letras borrosas grabadas en su superficie corroida.


En una vieja cueva cercana a la costa, Elder descubrió una veta de azufre. Al extraerla, el aire se volvió pesado y caliente, como si el mismísimo aliento del infierno se filtrara por las grietas. El azufre chispeaba al sol como brasas congeladas, y pronto comenzó la elaboración de pequeñas cargas explosivas bajo la supervisión de Fatality, quien parecía haber estudiado cada detonación con el rigor de una científica y la precisión de una guerrera.


—Lanzallamas primero —indicó—. Son intimidantes. Y no fallan.


Un grupo comenzó a ensamblar tubos con válvulas, conectando los cilindros de gas con mechas improvisadas hechas de tela empapada en aceite extraído de frutas rancias. El primer prototipo bufó como una bestia al despertar. Una chispa, y el fuego estalló con un rugido agudo, arrojando una lengua incandescente de un metro de largo. El calor quemaba el aire y pintaba la noche con una luz naranja, oscilante, infernal.


La pólvora se secaba al sol sobre hojas anchas, negra como el alma de la isla. Se envolvía en papel prensado, se compactaba, se cargaba en tubos de bambú reforzado con hierro fundido al fuego lento de fogatas humeantes. Las armas eran rudimentarias, sí, pero tenían intención. Tenían espíritu.


La isla, por primera vez, parecía hablar su mismo idioma: un lenguaje de supervivencia, de preparación. Las herramientas ya no eran palos ni piedras. Eran fuego, explosión, precisión. Y Fatality, con las manos manchadas de aceite y el rostro endurecido por la decisión, sabía que lo que venía no sería fácil.


Pero estarían listos.


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